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romi
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La cabaña de las princesas

8 de Junio de 2011 a las 21:10

Bubok

La cabaña de las princesas

            II- Y aquella noche, las dos princesas de la Alhambra, se quedaron a dormir en la casa de piedra de la mujer del borriquillo. En compañía del marido de la mujer y de su hijo. Y mientras las dos princesas se acomodaban en una rústica cama de madera de castaño y juncos secos, al rumor de las aguas del río que pasaba casi rozando las paredes de la casa, entre sí comentaban:

- ¿Te imaginas tú lo bonito que sería si este hombre nos hiciera una cabaña de monte para nosotras dos solas?

- Sí que sería bonito pero ¿dónde te gustaría a ti que nos hiciera esa cabaña?

- El sitio ya lo he visto cuando esta tarde subíamos desde el puente del río hacia esta casa.

- ¿En qué sitio?

- ¿No viste el pequeño valle de hierba y tierra llana que hay un poco más arriba del puente de piedra?

- Claro que lo he visto. Y me ha gustado tanto que por eso te dije que aquello se parece a un pequeño paraíso.

- Pues allí mismo es donde a mí me gustaría que el marido de esta mujer nos construyera una pequeña cabaña de monte para nosotras. ¿Qué te parece mi idea?

- Que me gusta mucho pero también estoy pensando en lo que ahora mismo estará sucediendo allá en los palacios de la Alhambra. Seguro que muchos están preocupados por nuestra ausencia.

- También pienso yo eso pero podemos volver cuando nos de la gana. Esto que ahora estamos planeando es solo para vivir una experiencia única. Todos los días allí encerradas en los palacios y siempre con las mismas cosas, ceremonias, fiestas y comidas, es de lo más pesado y sin sentido.  

- Claro que pienso como tú.  Lo que ahora mismo estamos viviendo es la libertad y el sueño que tantas veces habíamos imaginado.

            Y poco después de estas palabras, se quedaron dormidas. Cuando despertaron al día siguiente ya era media mañana. El sol brillaba limpio en lo más alto de las cumbres de Sierra Nevada y el silencio parecía envolverlo todo. Solo se oía el correr de las aguas del río, el rumor de una cascada, allá a lo lejos y el repiqueteo de una cencerrilla de las ovejas que cuidaba el marido de la mujer del borriquillo. Nadie había en la sencilla casa de piedra en esos momentos excepto ellas dos y la mujer del borriquillo. Ésta, ya le había preparado un sencillo pero exquisito desayuno: unas rebanadas de pan que ella misma amasaba y cocía en un pequeño horno de leña, unas tazas de leche de oveja y un poquito de aceite de oliva que la mujer había conseguido en sus intercambios de productos con la amiga de la medina de la Alhambra. También había preparado una cestica de frutos secos: higos, almendras, ciruelas, nueces…  

            Y en cuanto comprobó que las dos princesas se habían despertado, se acercó a ellas y les dijo:

- Seguro que en vuestros palacios de la Alhambra os echan de menos y por eso seguro que ya os están buscando.

Y ellas dos dijeron:

- Aunque esto sea así tú no te preocupes. Porque aunque piense que somos unas insensatas, nosotras hemos decidido libremente vivir esta aventura. Y si los solados llegan aquí y nos encuentran, ten por seguro que a ti no te pasará nada. Les diremos a todos que nos habéis tratado bien y que la decisión de venirnos a vivir a este lugar, es solo de nosotras.

Y la mujer les dijo:

- Bueno pero ahora, ya tenéis el desayuno preparado. En cuanto os levantéis podéis desayunar y luego nos ponemos en camino y regresamos a la Alhambra, vuestros palacios.    

- De regresar nada. Nos lo estamos pasando tan bien que vamos a quedarnos a vivir en una cabaña de monte que vamos a construir junto al río.

- ¿Una cabaña?

- Si, queremos pedirle a tu marido que nos ayude para construir esta cabaña junto a las aguas del río, en ese sitio tan bonito que vimos ayer por la tarde.

            Poco después las dos princesas se levantaron y lo primero que hicieron fue acercarse al río. Junto a las aguas se quedaron un buen rato, contemplando la transparencia y colores que, en la mañana, el río regalaba. El sol brillaba a media altura, llenando de luz primaveral la nieve de las laderas de las montañas, la hierba en las praderas y el agua que por el río saltaba. La princesa más joven dijo a su amiga:

- Esto es como si fuera el comienzo de un nuevo reino. Pequeño y lleno de luz y armonía, tal como siempre lo hemos soñado y en la libertad más real. ¿A que sería fantástico?

- ¿Qué es lo que sería fantástico?

- Lo que ya te he dicho: fundar aquí un reino pequeñito para disfrutar de la vida tal como en nuestros corazones siempre lo hemos deseado.

- Lo que estás comentando es bello y creo que tiene un gran sentido pero…

            La princesa mayor miró para el lado de arriba. Por donde descendían las aguas del río y la nieve brillaba en las laderas. Y sin pretenderlo descubrió que tanto las montañas como la nieve, las aguas, la hierba de la pradera, se veían como transparencias muy semejantes al cristal más puro y con muchos tonos azules y verdes esmeralda. Preguntó la princesa más joven:

- ¿Por qué me dices que pero…?

- Luego te lo cuento. Ahora vamos a lavarnos en las aguas del río y luego aceptamos el desayuno que esta mujer nos ha preparado.

- Pues venga porque también es cierto que tendremos tiempo de ir madurando todo lo que nos está ocurriendo.

Y sin pensarlo mucho, las dos se pusieron a lavar sus manos y caras en las aguas del río. Luego se pusieron al sol del claro día y mientras allí mismo, junto a las aguas y sobre la fresca hierba, desayunaban, observaban a las ovejas del marido de la mujer del borriquillo. Iban pastando por la ladera de enfrente y, por el lado de abajo del rebaño, se movía el que las guiaba. Era el marido de la mujer del borriquillo y, como ellas lo conocían de la noche que ya habían pasado en la casa de piedra, lo llamaron. Al oírlas, el hombre se vino hacia ellas y cuando llegó a donde estaban sentadas desayunando lo que la mujer les había preparado, las saludó y les preguntó:

- He oído que me habéis llamado. ¿Necesitáis algo?

- Sí, queremos comentar contigo unas cosas.

- ¿A caso necesitáis que mi mujer os acompaña de regreso a vuestros palacios allá en la Alhambra?

- Por ahora no es eso lo que necesitamos. Y porque las dos hemos decidido quedarnos a vivir en estas montañas y cerca de las aguas de este río.

- Y eso ¿Por cuánto tiempo?

- El tiempo todavía no lo hemos pensado. Por ahora solo nos apetece quedarnos aquí en una cabaña de monte que vamos a construir y disfrutar de este río y de la libertad que por aquí tenéis vosotros. ¿Tú puedes ayudarnos?

            El hombre se quedó quieto, mirándolas fijamente, meditó lo que le habían dicho y al rato dijo:

- Pienso que vuestros padres, allá en los palacios de la Alhambra y también muchos amigos y personas, os estarán echando de menos. Seguro que todos están preocupados por vosotras y por eso no hay que extrañarse de que en cualquier momento aparezcan por aquí los soldados y os pidan que regreséis con ellos.

- Esto ya lo hemos pensado y hablado con tu mujer. Pero también hemos pensado que nosotras tenemos derecho a decidir si regresamos a la Alhambra o nos quedamos a vivir aquí. Así que no pienses en lo que nos ha dicho y responde si quieres ayudarnos o no.

Y el hombre volvió a meditar un momento y luego les preguntó:

- ¿Y si los soldados vienen y al verme colaborando con vosotras me denuncia delante de vuestro padre, el rey?

- También esto ya lo hemos hablado con tu mujer. Y por eso te decimos lo mismo que a ella: que no te preocupes porque nosotras siempre vamos a salir en tu defensa aunque sea a costa de nuestra condena.

            Y a partir de aquel momento no se habló más. Sí el pastor llamó a su hijo que andaba cuidado el rebaño de ovejas. Vino éste enseguida, hablaron un momento, se pusieron de acuerdo con las princesas y, poco después, los cuatro comenzaron a buscar troncos, palos y ramas por el bosque de los castaños. El padre iba delante mirando, buscando y señalando los palos y ramas que le parecían buenas y ellos iban detrás no cortando árboles sino planificando cómo hacerlo y de qué modo transportar luego la madera al lugar del río donde ellas habían decidido construir su cabaña. Y al mediodía, pararon su trabajo, se fueron a la casa de piedra, comieron lo que la mujer del borriquillo les había preparado y antes de que el sol cayera, de nuevo regresaron al bosque para continuar con el proyecto. Ya en esta ocasión, con una gran sierra que enseguida, el padre y el hijo, comenzaron a usar. Serraron un gran castaño alto y seco pero sano y cuando el árbol cayó al suelo las princesas preguntaron:

- ¿Y cómo llevaremos luego toda esta madera a la llanura del río donde vamos a levantar nuestra cabaña?

- Arrastrándola con nuestro borriquillo.

Y al saber esto ellas se quedaron tranquilas porque, poco a poco, se iban dando cuenta que el pastor de la casa de piedra y su hijo, eran fuertes y sabían cómo llevar acabo lo que ellas les habían pedido.

            Se ponía el sol, regresaron a la casa de piedra, encerró el pastor sus ovejas en el corral y ya todos en la sala de la casa, charlaron durante un buen rato y luego se acostaron. Y aquella noche, mientras iban cogiendo el sueño arrullados por la corriente del río, el joven hijo del pastor, no paraba de pensar en las dos princesas. Para sí se decía: “Nunca en mi vida he visto muchachas tan hermosas y simpáticas como estas dos princesas. Sería el más feliz del mundo si ellas me hicieran su amigo y sería el más afortunado de la tierra si ellas me aceptaron por amigo. Pero yo ¿qué puedo darles o qué puedo hacer por ellas que no tengan en abundancia en sus vidas? Seguro que allá en la Alhambra tienen todo cuanto les apetezca: vestidos lujosos y joyas, libros y muebles fantásticos, amigos importantes y flores y muchos jardines. Por eso ellas deben verme muy poca cosa y una persona insignificante. Y por eso seguro que en ningún momento aceptarán que sea su amigo. Pero de todos modos, si se quedan a vivir cerca de este río y a dos pasos de donde vivo yo, voy a tener la oportunidad de verlas y charlar con ellas muchas veces. Y pienso que siempre que se me presente esta oportunidad, por mi parte, debo procurar ser amable y bueno con ellas. Desde mañana mismo voy a estar atento a todo lo que necesiten para complacerlas y que así vayan descubriendo que me interesan mucho y que las quiero. Voy a ser amable, educado, bueno… para que no les falte de nada y poco a poco vayan confiando en mí y me hagan amigo suyo. Son tan hermosas y jóvenes y parecen tener un corazón tan tierno que solo verlas y estar a su lado, todo me parece mucho más bello. Como si de pronto por aquí el universo todo lo hubiera llenado de estrellas de colores y de una alegría y dicha casi perfecta”.

            En cuanto amaneció al día siguiente, los cuatro de nuevo se pusieron mano a la obra y la mujer fue la encargada de preparar el borriquillo para comenzar a transportar la madera desde el bosque hasta la orilla del río. El joven no se apartada en ningún momento de las dos princesas y no paraba de mirarlas y comentar cosas con ellas. Les decía:

- Ya veréis que cabaña más bonita vamos a construir ahí junto a las aguas.

- Estamos tan emocionadas que nos morimos de ganas de verla ya levantada.

- Seguro que lo vamos a conseguir en solo dos o tres días. Y vosotras no preocuparos que yo voy a encargarme de que no os falte de nada. En mi huerto tengo sembrado muchas clases de hortalizas y frutas y en este río hay truchas muy grandes y buenas. Pescaré las mejores para vosotras y os las prepararé en las brasas de la lumbre que haré en la puerta de vuestra cabaña. Y con el permiso de mis padres, os voy a regalar el cordero más bonito, blanco y juguetón que ahora mismo tenemos en el rebaño para que juguéis con él y luego os llevaré por los sitios más bonitos de estas montañas y que solo yo conozco.

- Entonces ¿te gusta esta idea de veniros a vivir junto a este río?

- Me gusta mucho porque pienso que vosotras vais a llenar de algo maravilloso todos estos lugares. Por eso soy feliz de que hayáis decidido veniros a vivir tan cerca de mi casa.

            Y las princesas, viendo el interés y la buena disposición que, para con ellas mostraban los tres amigos de la montaña, expresaban su alegría diciendo:

- A partir de ahora en nuestras vidas solo habrá libertad, paisajes fantásticos llenos de luz y armonía y mucha tranquilidad. Se acabó para nosotras vivir encerradas en grandes y lujosos palacios y rodeadas de criados, murallas y torres. Y se acabó para nosotras tener que estar siempre sometidas a los caprichos de nuestros padres y de las demás personas que nos rodean. Somos persona y como tal tenemos derecho a decidir por nosotras mismas y a pensar y hacer de nuestras vidas lo que nos apetezca. ¡Viva la libertad!

            Y al oírlas, tanto el hombre como la mujer y el hijo, también se llenaban de entusiasmo pero con algunas reservas. Por eso el hombre, para sí pensaba: “En la juventud está el futuro de este mundo. Sin duda que es muy arriesgado lo que ellas están llevando a cabo pero si estas cosas no se hacen, nunca nada cambiarán entre los humanos”. Y la princesa pequeña le decía al hijo del pastor:

- También nosotras, con tu ayuda, sembraremos un huerto y cultivaremos hortalizas y frutas. Pescaremos en el río y criaremos algunos animales para tener leche y carne. Y sol, aire puro y paisajes para correr y meditar, fíjate cuanto tenemos.

Y al oírle esto el joven comentaba:

- Con vuestro entusiasmo y presencia todo por aquí, de la noche a la mañana, ha cambiado.

Y la princesa pequeña decía:

- Gracias, eres muy bueno y por eso tenemos tanta confianza en que nos ayudaréis mucho.

- Pero también debéis pensar en lo que ya os han dicho mis padres. Si vuestros padres, reyes de la Alhambra, vienen a buscaros ¿qué puede pasar?

- Ya verás como no pasará nada. Nadie en este mundo tiene derecho a decidir sobre nuestras vidas ni impedir que llevemos a cabo nuestros sueños.

            Pero las cosas no fueron como las princesas soñaban. Porque una tarde, a los tres días de comenzar la construcción de su cabaña de madera, cuando todos estaban junto al río acarreando palos y ramas y colocando las piezas en la estructura en lo que ya era el comienzo de la cabaña, de pronto vieron que cruzaba el puente un grupo de hombres montados a caballo. Se quedaron mirando, suspendiendo el trabajo en la cabaña y esperaron que se acercaran. Y cuando llegaron a ellos, el que dirigía el grupo, saludó a las princesas y les dijo:

- Por orden de vuestros padres debéis regresar inmediatamente a los palacios de la Alhambra.

Y la princesa pequeña, enseguida se adelantó y preguntó al que dirigía:

- ¿Y si no queremos regresar?

- Os haremos prisioneras. Es la orden que tenemos de vuestros padres.

Y al oír esto la mujer del borriquillo dijo a las princesas:

- Debéis obedecer las órdenes de vuestros padres.

Protestó la princesa mayor diciendo:

- Pero no hay derecho. Queremos ser libres y vivir nuestro sueño.

            Poco después, el escuadrón de soldados montados en sus caballos, cruzaban de nuevo el puente de piedra. Al frente del grupo se veían dos hermosos caballos blancos y, montados en ellos, se recortaban las siluetas de las dos princesas, escoltadas por el grupo de soldados y dirección a la Alhambra. En las azules aguas del río, al cruzar el puente, se reflejaron las siluetas de las dos princesas y las pequeñas olas de la corriente parecían como abrazarlas y llevárselas río abajo. Hacia el sol de la tarde, por donde el horizonte se teñía de oro y fuego.

            Desde la llanura, cerca del montón de palos y ramas y junto al la primera estructura de la cabaña de madera, el hombre, su hijo y la mujer del borriquillo, mundos miraban observando alejarse la comitiva. Y en uno de los momentos, el joven dijo a sus padres:

- Ahora parece como si todo esto por aquí se hubiera quedado, además de sin sentido, lleno de tristeza. Como sin luz, sin futuro, sin vida.       

Este relato tiene una tercera parte titulada:
JUNTO AL RÍO, RECORDANDO A LAS PRINCESAS

   
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