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romi
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Un hombre bueno

26 de Junio de 2011 a las 21:52

Bubok

Un hombre bueno

            Tenía su casa frente a la Alhambra, justo en la ladera sur del barrio del Albaicín y por eso, cada día, desde la primera hora de la salida de sol, gozaba del resplandor de las nieves en Sierra Nevada y de la luz y colores de los palacios Nazaríes. Su casa era hermosa, casi un palacio, con jardines, estanques llenos de agua, tierras muy buenas, vistas al río Darro y a la ancha Vega de Granada. Y dentro de su casa brillaban los azulejos, hermosas telas de seda, columnas de mármol de colores, lámparas de cristal y jarrones bellísimos, siempre llenos de flores frescas. Porque el hombre era tan rico que incluso hasta los reyes de la Alhambra lo admiraban. Tenía grandes extensiones de tierras llenas de todas clases de árboles frutales y muchas hortalizas y riachuelos de aguas muy abundantes y claras. Y también era dueño de muchas manadas de animales: vacas, cabras, ovejas, caballos… Por eso en las mesas de su lujoso palacio nunca faltaba de nada.

            Sin embargo, a pesar de la abundante riqueza, el hombre tenía un buen corazón. No estaba casado y por eso no tenía hijos pero sí, en muchos momentos de su vida, había estado enamorado. No de una sino de varias mujeres muy hermosas que siempre lo iban dejando. Cuando sus amigos le preguntaban:

- ¿Pero qué te pasa a ti que, aunque se te ve con mucha frecuencia rodeado de mujeres jóvenes y bellas, nunca eres gran amigo de ellas?

- Lo que me pasa es que siempre compruebo que ninguna me quiere por lo que soy sino por el dinero que tengo. Todas las mujeres que hasta hoy he conocido, buscan mis riquezas, el lujo y los salones de mi palacio.

- Si eso es cierto ¿qué piensas hacer?

- Seguiré buscando porque en el fondo de mi corazón, no dejo de soñar encontrar algún día la mujer perfecta que deseo.  

- ¿Y cómo es para ti esa mujer perfecta?

- Me la imagino inteligente, que me valore por lo que soy y no por lo que tengo, buena con los pobres y que sepa ver en las personas su mundo interno.

Y los amigos le decían:

- Pues que tengas suerte. Pero con la gran fortuna que tienes, será difícil que un día encuentres la mujer que sueñas.

            Cerca de la casa de este hombre rico había una humilde vivienda ocupada por un hombre pobre. También sin familia y por eso vivía solo. Y sus pertenencias eran tan escasas que solamente tenía la sencilla casa donde vivía y un trocito de tierra por el lado de abajo. También frente a la Alhambra y no muy lejos de las aguas del río Darro. En su casa por dentro no había más estancias que una muy pequeña sala y una habitación a la derecha. En la sala tenía una mesa, una silla de mimbre, algunos libros viejos, hojas de papel en blanco donde escribía cosas y algunas cestas de mimbre y esparto donde guardaba cosas. Principalmente en estas cestas guardaba almendras que le regalaban los amigos, nueces, higos secos y algunos tomates frescos o secos, según la época del año. Y también frutas como granadas, melocotones, moras silvestres de las zarzas del río Darro y moras del árbol que tenía sembrado en su trozo de tierra.

            También él, en este pequeño trozo de tierra, sembraba algunas matas de tomates, alcachofas, espinacas y girasoles. Al lado de arriba tenía un granado, un naranjo, un azofaifo y un acerolo. Por eso el hombre se la ingeniaba para que, con la cosecha que les daban sus cuatro árboles y las hortalizas de la tierrecilla, no le faltara alimento a lo largo del año. Y por eso él tenía todo muy bien organizado. En la época en que su naranjo ofrecía frutas maduras, solo cogía dos o tres cada día y siempre a primera hora de la mañana. Para desayunar y luego para la cena, lo mismo hacía con sus melocotones y con las granadas que le daba el granado. Y cuando las granadas, los higos y los melocotones maduraban en cantidad, los secaba. Sobre juncos los ponía al sol, los convertía en frutos secos que luego guardaba en sus cestas de esparto para irlos consumiendo a lo largo de todo el año. Las granadas las colgaba con una cuerda de esparto en la habitación de su cama y así las conservaba casi de un año para otro. Los amigos le decían:

- Con lo poco que tienes no sé cómo te las ingenias para que nunca te falten alimentos.

- Es cuestión de inteligencia y de no pedirle a la vida más de lo que hace falta. Y pocas son las cosas realmente necesarias.

- Pero es que a ti parece que nunca te faltara de nada. Y hasta muchas veces parece que te sobra.

Esto se lo decían porque este hombre pobre tenía una costumbre que a todos admiraba mucho. Bueno, no era una sola cosa sino dos, que él valoraba por encima de todas las demás cosas de su vida.            

            Junto al acerolo que tenía en su pequeño trozo de tierra, crecía una mata de lavanda. Grande y muy frondosa que todos los años, al llegar la primavera, echaba tallos nuevos. Y en los primeros días del verano, cuando el calor comenzaba a sentirse, su fantástica mata de lavanda se llenaba de flores. Muchas ramitas delgadas donde las florecillas se trababan y por eso, cuando todas estas mil florecillas se abrían, su mata de espliego se convertía en un auténtico jardín. Y por las noches, por las mañanas y al caer las tardes, las mil florecillas de lavanda llenaban de perfume no solo su casa y el trocico de tierra sino parte de la calle y del barrio del Albaicín. De aquí que los vecinos y los que le conocían, de vez en cuando también le decían:

- A ver cuando nos regalas un manojito de florecillas te tu manta de lavanda para que nos dé suerte en la vida.

Y él siempre les contestaba:

- Eso está hecho. Ven a mi casa cuando quieras o tengas tiempo y te llevas un ramito de estas flores tan perfumadas.

Y los vecinos y conocidos sí que algunas veces iban a su casa a por ramitos de flores de lavanda pero otras veces, no. Porque no tenían tiempo o porque pensaban que molestaban. El hombre pobre se fue dando cuanta de esto y se le ocurrió algo muy curioso.  

            En sus ratos libres, sentado en su casa, a la sombra del naranjo y siempre frente a la Alhambra, se ponía a construir pequeñas cajitas. De madera algunas y de juncos o de mimbre, otras. También de esparto y hasta de trocitos de cuero que un amigo suyo talabartero, le regalaba. Cada día hacía cuatro o cinco cajitas, en diferentes modelos y tamaños y luego por las noches, las llenaba de pequeños tallos de flores de lavanda. Y al día siguiente, a primera hora, se ponía en la puerta de su casa y cuando pasaban los vecinos y conocidos y le decían:

- ¡Qué bien huele tu manta de lavanda! A ver cuando nos regala un puñado de esta florecillas tan perfumadas.

Él cogía una de las cajitas llenas de ramos de flores y se la regalaba diciendo:

- Para que disfrutéis de este perfume tan delicioso y para que tengáis un recuerdo mío y la vida os llene de cosas bellas.

Los vecinos y amigos se lo agradecían y algunos, los que tenían huertos por las orillas del río Darro, le decían al hombre pobre:

- Cuando tú quieras o tengas tiempo, te pasas por mi huerto y coges de allí la fruta y hortaliza que necesites o quieras.

Y él también, en forma de agradecimiento, les correspondía diciendo:

- Pues de mi morera, ahora todos los días, cojo un montón de moras muy buenas. También cuando tú quieras y tengas tiempo, te pasa por mi casa y te llevas todas las que apetezcas.  

            Y los vecinos y amigos, no pero los niños hijos de estos, sí iban a su casa a por moras. Él mismo les ayudaba a cogerlas y luego se las lavaba en el agua de su fuentecilla. Y los niños, al comérselas, siempre decían:

- Las moras de tu morera saben a gloria.

Y luego lo miraban y le preguntaban:

- ¿Por qué tú regalas siempre todo lo que tienes y nunca quieres nada a cambio?

Y él les aclaraba:

- Cuando yo era pequeña mis padres siempre me decían que hay más gozo en dar que en recibir. Entonces no entendía el significado de sus palabras pero ahora, sí. Cuando seáis mayores haced vosotros lo mismo y veréis como lo que ahora os digo, es cierto.

- Y tus moras ¿también dan la salud y suerte en la vida?

- La salud y la suerte en la vida, casi siempre la llevamos dentro y hay que saber cultivarla para que den sus frutos como hago yo con mi naranjo.

Y los niños llevaban a sus casas, para compartir con sus padres, muy buenos puñados de estas bayas. Y los padres, doblemente agradecidos, en cuanto se encontraban con él, otra vez le repetían:

- No olvides que te puedes pasar por las tierras de nuestros huertos para coger de allí todo lo que quieras y necesites para la vida.  

            Y él, según iba avanzando la primavera y en los huertos del río Darro, las personas empezaban a sembrar las cosechas del verano, sí que iba a visitarlos. No para que le dieran frutos o verduras si no para ayudarles a labrar la tierra y para aconsejarles. Por eso, algunos le preguntaban:

- ¿A qué distancias es mejor plantar cada mata de tomate?

Él siempre le respondía:

- Como a medio metro una de otra. Así, cuando hayan crecido y se hagan grandes, tendrán espacio suficiente y darán buenos tomates.

Y los amigos a veces le preguntaban:

- Y los melones y sandías ¿Cuántas veces a la semana tenemos que regarlos?

- Solo un riego profundo por semana y procurar que el sol les de mucho. A estos frutos lo que mejor le siente es el sol y calor del verano.  

            Otros le preguntaban por el mejor método para podar sus parras o en qué momento era el apropiado para sembrar la hierba buena y el perejil. A todos, con cariño y respeto, ayudaba y aconsejaba y todos se lo agradecían repitiéndole:

- Llévate una pocas brevas de esta higuera mía verás qué buenas por las mañanas, fresquitas.

- También yo en mi huerto ya tengo algunos calabacines y pimientos. ¿Te corto unos kilos y te los llevas?

Y él otra vez les respondía:

- Es que con las moras de mi morera y los nísperos de mi árbol, casi tengo de sobra. No me da tiempo a comerme tantas cosas. Pero de todos modos, muchas gracias y estad tranquilos que en cuanto necesite de vuestros productos y de vuestros huertos, ya os lo pediré yo.

Pero era el caso que él nunca les pedía nada a cambio y sí cada día les seguía ayudando en todo lo que podía.  

            Por eso al hombre pobre, todos lo querían sinceramente. No por las riquezas que tuviera ni por las florecillas de lavanda que regalaba sino por su buen corazón y noble disposición para con todos los que conocía. Y de esto, el hombre rico y vecino del hombre pobre, se daba cuenta. Y no solo se daba cuenta sino que cada día analizaba más y más la forma de comportarse las personas con el hombre pobre y con él. Los que les rodeaban, conocía o tenía a su servicio, cada vez más le adulaban no por lo que era como persona sino por las riquezas que poseía. Por eso, en más de una ocasión, para sí se decía: “Todos, sin excepción ninguna, me buscan y alaban por mi dinero y esto, cada vez me agrada menos. Me gustaría que las personas se comportaran conmigo como veo que lo hacen con mi vecino pobre. Se nota a la legua que lo quieren y tratan con dignidad y amor. A mí me gustaría que también las personas me trataran así”.  

            Y un día, preguntó a uno de los vecinos:

- ¿Cuál es la razón por los que todos quieren tanto a mi vecino pobre?

Y le dijeron.

- Porque es sinceramente generoso. Lo poco que tiene siempre lo reparte con nosotros y hasta su tiempo y sus fuerzas y, de vez en cuando, nos da buenos consejos que practica y vive cada día.

- Sí que es bonito eso pero lo que más me admira es lo mucho que todos lo queréis. Creo yo que no hay tesoro en el mundo más valioso que esto.

- Desde luego que no. Estar rodeado de amigos es muy valioso pero aun es más valioso saber que la amistad de estos amigos es sincera. Nada hay más grande y bello es este mundo.

- ¿Y qué podría hacer yo para que las personas me quisieran por lo que soy y no por lo que tengo?

- La respuesta la tiene usted en este hombre pobre.

             Y a partir de este momento, cada noche, mañana y durante el día, meditó y meditó en el comportamiento de su vecino pobre. Buscando la manera de poner en práctica en su vida lo que veía en él. Y a veces, encontraba una respuesta clara y otras veces, no. Fue corriendo el tiempo y los días de primavera llegaban a su final.  Por eso, en los huertos de los amigos del hombre pobre y junto a la orilla del río Darro, las plantas crecían, se llenaban de flores y empezaban a dar sus frutos. Las matas de pimientos, las tomateras  y los calabacines y esto  animaba mucho al hombre pobre. Todas las mañanas y por las tardes, se acercaba a los huertos de sus amigos y además de seguir ayudándoles a regar y cavar la tierra, miraba cada mata de tomates para contar su flores, sujetándola con palos o cañas para que se mantuvieran firmes y colocando bien cada rama o tallo. Les decía a los amigos:

 - Ocupar el tiempo en mimar cada una de estas plantas, es más gozoso que recoger y comerse sus frutos.

Y los amigos le respondían:

- Sí que es cierto lo que dices y haces. Y nosotros, también creemos que las plantas hasta necesitan del cariño y mimo que con ellas compartimos.

- Y os lo aseguro: cuando luego un día de estos maduren los tomates de estas plantas vuestras, ya veréis qué hermosos y el sabor tan rico que tienen cuando os los comáis.

- Nos los comeremos, porque tú eres tan dueño de todos estos frutos como nosotros. Cada día que les regalas, más todo por aquí moralmente te pertenece.

- Pero tened en cuenta que yo también especialmente me lleno y crezco. El amor a la naturaleza y a las plantas, siempre ennoblece y llena de sabiduría.  

            Y así fue como uno de aquellos días, justo el último de la primavera y a tan solo unas horas de la entrada del verano, el hombre pobre estaba sentado junto a las aguas del río Darro. No lejos de los huertos de sus amigos y frente a las casas del barrio del Albaicín y a los palacios de la Alhambra. Caía la tarde y en las partes altas del río, por donde las montañas antes de Sierra Nevada, se formó una gran tormenta. Al principio se vieron solo algunas nubes muy negras y poco después todo el cielo se cubrió. Y media hora más tarde las nubes aun se oscurecieron más y se vieron los destellos de los relámpagos. Crujieron los truenos y se levantó un fuerte viento. Siguió el hombre sentado carca de las aguas del río y para sí se dijo: “Que no venga por aquí esta tormenta porque, si trae granizos y descarga, romperá todas las cosechas que mis amigos tienen en sus huertos”. 

            Y estando pensando esto vio a su vecino, el hombre rico que, montado en un precioso caballo blanco, bajaba desde el Albaicín hacia el río Darro. “¿A dónde irá?” Se preguntó y siguió observándolo muy interesado. No tardó en descubrir como, muy lentamente recorría el caminillo, llegó a la orilla del río, por la derecha siguió subiendo sin detenerse en ningún momento. Parecía ir como al encuentro de la tormenta que, donde los montes se extendían y eran altos, seguía descargando. Y según se alejaba río arriba poco a poco la figura de su caballo con él en lo alto, se perdía y fundía por entre las nubes y blanquecinas cortinas de lluvia. Los relámpagos seguían brillando y los truenos no paraban de estallar. Hasta que, justo donde la tormenta parecía concentrarse, la figura del caballo blanco quedó difuminada. Como fundida con la lluvia, la oscuridad de las nubes y los destellos de los relámpagos.  

            El hombre pobre, sentado junto a las aguas del río Darro, restregó sus ojos, se levantó de donde estaba sentado, caminó hasta los huertos de los amigos y al encontrarse con ellos les preguntó:

- ¿Habéis visto lo que yo?

- Lo hemos visto claramente.

- ¿A dónde habrá ido y para qué, en este momento?

- Cuando luego regreses a tu casa, pregúntale a los que en su palacio, con él trabajan. 

            Y cuando unas horas más tarde, el hombre pobre regresó a su casa, esto fue lo primero que hizo. Se acercó al palacio del hombre rico y a los primeros que vio les preguntó:

- ¿A dónde ha ido vuestro dueño?  

- Lo sabemos pero no podemos decírtelo. Es un secreto.

- ¿Y tampoco podéis decirme de qué secreto se trata?

- Estate atento y mañana por la mañana podrás descubrirlo por ti mismo.

Y el hombre pobre regresó a su casa, elucubrando sobre lo que los vecinos le habían dicho. Comentó lo ocurrido con los que poco después fue viendo y unos y otros, intrigados, se preguntaban:

- ¿Qué será lo que ocurrirá mañana por la mañana?

- Quizá alguien de la casa del hombre rico, salga por las calles de este barrio anunciando lo que esta tarde hemos visto, allá por donde la tormenta.

- Y Puede que nos digan que el hombre rico se ha marchado.

- ¿Pero a dónde puede haberse ido?

- Él no era feliz ni tenía buenos amigos. Quizá se haya marchado en busca de un mundo nuevo.

- Sí, en busca de su identidad y al encuentro de alguna mujer que lo quiera por lo que es y no por lo que tiene.

- Pero todo esto ¿por qué y de esta manera?

- Él no era feliz ni tampoco estaba contento con la suerte de su vida.

- Vamos a estar atentos a ver qué sucede mañana por la mañana.

            Y tan atento estaba el hombre pobre que, en cuanto amaneció, se levantó. Y lo primero que hizo fue ir a su morera, cogió un buen puñado de moras, se acercó al chorrillo de agua de su fuentecilla, las lavó y se las comió. Como hacía cada día para desayunar. Y aquí mismo, junto al chorrillo de su fuente, se quedó sentado mirando para la Alhambra para gozarla según del día iba llegando y mirando para la casa de su vecino, el hombre rico. Saboreando las moras mientras también recordaba la figura del caballo blanco y el hombre rico montado encima, perdiéndose hacia el corazón de la tormenta.

            Y de pronto, cuando empezaba a salir el sol, oyó mucha algarabía de personas. Todo el ruido venía de la casa del hombre rico y, al mirar, descubrió el espectáculo. En la misma puerta del palacio de su vecino, comprobó que se concentraba un grupo de hombres y muchas bestias: burros, mulos, caballos… Los hombres entraban y salían de la casa portando grandes bultos y cajas de madera y cargaban estos objetos en el lomo de las bestias que se encontraban en la puerta. Intrigado, el hombre pobre, se preguntó a sí mismo: “¿Quiénes serán y qué estarán haciendo?” Y quiso acercarse para preguntarles pero desistió. A su memoria acudió la figura del hombre rico y cayó en la cuenta que, aunque en el fondo era bueno, también tenía cierta dosis de huraño. No le gustaba mucho que las demás personas se entrometieran en sus asuntos a no ser que él mismo tuviera interés en algo.    

Así que el hombre pobre, se quedó sentado bajo su morera, esperando que el sol saliera del todo y recreándose en la figura de la Alhambra y observando el tumulto de  personas en la puerta de la casa del hombre rico. Y poco a poco fue comprobando cómo cargaban más y más cosas en las bestias. Hasta que, como media hora después de la salida del sol, vio como el gran grupo de hombres, daban por concluido la carga en los mulos, burros y caballos y enseguida, el jefe dio órdenes y cada uno se puso al frente de un animal, tomándolos del cabestro y configurando una larga procesión desde las casas del hombre ricos, por las calles hacia el cauce del río Darro. Por aquí bajaron con la gran recua de bestias, cruzaron el río y, como media hora más tarde, se perdieron hacia las profundidades de las montañas. Por donde la tarde anterior se había fraguado la tormenta y se perdió el hombre  rico montado en su caballo blanco. 

Pero antes de que la recua de equinos, se perdieran hacia las montañas, mientras salían del barrio del Albaicín y cuando cruzaba por donde los huertos de los amigos del hombre pobre, los que veían el espectáculo de hombres y animales cargados hasta las orejas, se preguntaba:

- ¿Adónde Irán con tantos animales tan cargados de cosas?

- Nunca hemos visto nada igual en este barrio.

- Algún proyecto extraño tiene entre manos el hombre rico del palacio.

Y el hombre pobre, cuando ya la recua bajaba hacia el río, al último de la comitiva le preguntó:

- ¿Es que estáis y organizando una procesión?

- De procesión nada. Es algo muy serio que va a ocurrir dentro de un rato.

- ¿Y qué es, sí me lo puedes decir?

- Tú,  estate atento y que también estén atentos todos los vecinos de este barrio.

- ¿Acaso estáis preparando una guerra para invadir las tierras o las casas de esta ciudad?

- Nada de guerras sino todo lo contrario: algo fabuloso que será bueno para todos los vecinos del Albaicín. 

Y el hombre pobre siguió observando a la recua de burros, mulos y caballos cargados de cosas. Y se dispuso a permanecer muy atentos para que no se le escapara ningún detalle del acontecimiento que le habían anunciado, cuando vio como, poco a poco, la recua se perdió en las partes altas de río Darro, por donde también se había perdido el caballo blanco del hombre rico. Y por ese punto se quedó observando durante mucho rato. Casi dos horas o algo más y ya, casi al mediodía, descubrió que por el mismo camino, regresaba el grupo de hombres sin mulos ni burros. Bajaron por la orilla del río, rozaron las huertas de los amigos del hombre pobre, subieron las cuestas de la colina del Albaicín y al encontrarse con el hombre pobre le dijeron:

- Ha llegado el momento. Vete por todas las calles del barrio y dile a la gente que todo el que quiera hacerse rico en un abrir y cerrar de ojos, que suba rápido a las llanuras de las montañas del río Darro.

- ¿Y de qué modo vamos a hacernos ricos se subimos a esas llanuras?

- El hombre rico del palacio que conoces, ha dado órdenes para que llevemos toda su fortuna y allí quiere repartirla con todos los vecinos de este barrio. Así que subí rápido si queréis joyas preciosas, telas lujosas, muebles nobles, monedas de oro, ovejas, cabras y vacas. Vete ahora mismo por todas las calles de este barrio y díselo a  todos tus amigos y conocidos.

Y el hombre pobre, como había visto la enorme recua de  bestias cargadas con cientos de cosas, creyó que algo de cierto tenía lo que le estaban diciendo. Dudó un poco pero la curiosidad se lo comía. No se fue por las calles del barrio anunciando lo que le habían dicho pero sí comentó el asunto con sus vecinos más cercanos. Por las calles del barrio y anunciando el acontecimiento sí fueron los del la comitiva y las personas, al enterarse de lo del reparto de la fortuna, decían:

- A lo mejor nos está engañando pero por ir a ese lugar y ver lo que pasa allí, no perdemos nada.

Y media hora después todos los caminos del río Darro se veían repletos de personas que subían a las llanuras de las montañas de la parte alta del río. Y según iban llegando a la llanura, se encontraban con montones de cosas que unos y otros se repartían entre sí. Otro grupo de hombres, los que estaban al servicio del hombre rico, repartían lujosas telas, monedas de oro y joyas preciosas a todo el que llegaba. 

Se acercó también por allí el hombre pobre, preguntó a uno de los que repartía tan gran fortuna y éste le indicó donde se encontraba el hombre rico. Al lado de arriba de la llanura, en unas cuevas, se había refugiados. Para evitar encontrase con las personas que por el lugar se iban concentrando y para observar desde la distancia, los comportamientos de estas personas. Se acercó a él  el hombre pobre y le preguntó:

- ¿Por qué haces esto?

- Quiero comprobar si las personas me quieren por lo que soy o por mi dinero. ¿Cuántos han venido a por los tesoros que estoy repartiendo?

- Muchos.

- ¿Y cuántos preguntan por mí?

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