
Los dos jóvenes del Albaicín
La Alhambra, se ve de otra manera
y se descubre en ella otra imagen cuando,
en una amplia mirada,
se recorren los lugares que le rodean.
En aquellos tiempos, mientras en el interior de los palacios y torres, se movían, charlaban, iban y venían, reyes y princesas, criados, artesanos y militares, en los alrededores de la Alhambra, la vida y el mundo, era otra cosa. Casas blancas por el barrio del Albaicín, calles estrechas, personas pobres que bajaban y subían, borriquillos con aparejos de esparto, el río Darro y por sus orillas, pequeños huertos repletos de árboles, más personas pobres que por aquí y por allá trajinaban…
Muchas de aquellas personas, cuando salían de sus casas para ir a por agua al río Darro o para trabajar en las tierrecillas de sus huertos, miraban de reojo a la Alhambra sobre la alta colina y nunca, nunca sabían lo que ocurría dentro. Para ellos, el gran castillo de la montaña, era otro mundo, muy lejano aunque estuviera tan cerca y eran otras personas las que por los recintos interiores de la Alhambra, vivían y se movían. Y ella, pobre desde su nacimiento, esto era lo que cada día veía y rumiaba en su corazón. No sabía nada más ni conocía más mundo que su pequeño rincón, al final de una calle estrecha, donde había una gran piedra en la que cada día se sentaba. Por este lugar pasaban cada mañana, al mediodía y por las tardes, muchas personas conocidas. No todos amigos de ella, que iban y venían a las tierrecillas de las riberas del río, a por agua o a lavar la ropa en la corriente o charcos del cauce. Y no todos ni todos los días, los que por delante de ella pasaban, le daban cosas pero sí de vez en cuando, algunas personas se paraban frente a ella, la saludaban y, ofreciéndole algo de comida, le decían:
- Esto para que comas hoy. Un pequeño trozo de pan duro pero otra cosa no tengo.
Y otros, al volver de las tierras del huerto, le regalaban algún tomate y también le decían:
- Te lo comes antes de acostarte y, así al menos hoy, ya te alimentas algo.
Ella, siempre se alegraba, les sonreía y luego les decía:
- Gracias, que te lo pague el cielo y para ti, desde lo más sincero de mi corazón, un limpio beso.
- Gracias a ti y que sepas, que a nuestro modo, todos te queremos. Ser pobre no es ninguna desgracia si el corazón lo tienes lleno de cosas hermosas y buenos sentimientos.
Tenía ella sólo dieciocho años, su cara era algo redonda, ojos negros, pelo también oscuro, nariz pequeña y una muy sincera y limpia sonrisa. Por su juventud y por la gran belleza de su cuerpo y corazón, podría haber sido una de las princesas de la Alhambra y sin embargo era la joven más pobre del barrio del Albaicín. Con este nombre y de esta manera era como la conocían y, el que más, era el joven, amigo de los hortelanos. Porque no tenía él tierras para sembrar un huerto por las riberas del río Darro y por eso, se buscaba la vida trabajando con unos y con otros, casi siempre ayudándoles en la faenas de los huertos. De aquí que cada día, a primera hora, pasará por delante de la joven pobre de la piedra. Y cada día la saludaba, charlaba un rato con ella y luego le decía:
- Al volver por la tarde repartiré contigo lo que me den por mi trabajo.
- No deberías hacerlo porque tú lo necesitas tanto como yo.
- Aunque sea cierto, hasta hoy, voy saliendo adelante y para mí ya es mucho, poder repartir contigo lo poco que tengo.
La joven le sonreía, le daba las gracias y le regalaba un limpio y sincero beso.
Al caer la tarde, cuando el joven regresaba del trabajo en los huertos de los vecinos, otra vez se paraba junto a ella y la regalaba algún tomate, una granada, higos secos o cualquier otra cosa que previamente le hubieran regalado a él como pago de su trabajo. Y tanto la joven como él, se sentían bien, eran felices con lo que entre sí repartían, en su rincón y mundo pequeño frente a la Alhambra. Dentro de estos palacios, todos ignoraban la existencia de estos dos jóvenes y lo mismo ellos, que tampoco sabían lo que ocurría en los salones interiores de la Alhambra. Sin embargo un día, en la calle donde la joven se ponía a pedir, apareció un grupo de hombres que dijeron:
- Venimos en nombre del rey y las órdenes que tenemos es cortar esta calle para que nunca más nadie pasé por aquí.
El joven, amigo de la muchacha pobre, enseguida preguntó:
- ¿Y porqué hacéis esto?
- Al final de esta calle, el rey quiere construir un pequeño palacio para un amigo suyo.
- Pero este rincón y esta piedra, le pertenece a mi amiga desde que era pequeña. Si cortáis la calle, nadie pasará por aquí y ella se morirá de hambre.
- Eso es cosa tuya y de tu amiga, nosotros cumplimos órdenes del rey.
El joven miró a la muchacha pobre, acarició su cara, limpió con sus dedos las lágrimas que por la mejilla le rodaban y suavemente le dijo:
- No te preocupes. Aunque nos quiten esta calle y la piedra donde siempre te has sentado yo seguiré trayéndote cada día lo poco que me den por mi trabajo. No te dejaré desamparada y anímate porque ni ellos ni nadie podrán quitarnos el cariño y respeto que nos tememos.
La Alhambra, se ve de otra manera y se descubre en ella otra imagen cuando, en una amplia mirada, se recorren los lugares que le rodean y rodeaban.