
Desde la cuna del flamenco: El Sacromonte de Granada
Subiendo por el río Darro, desde la cuesta de Chapiz hasta la Abadía del Sacromonte, hoy todo está urbanizado. La carretera, más conocida con el nombre de “Camino del Sacromonte”, asfaltada, murallas a la derecha, cuevas encaladas y convertidas en casas, a la izquierda, discotecas, bares, restaurantes, coches y muchos turistas. Tantos y en cualquier época del año, que a veces estos lugares, parecen escenarios de feria.
Sin embargo, en otros tiempos, cuando todavía por aquí no se conocía ni el faltó ni los coches ni los turistas, todo era por completo diferente. Solo existían algunos caminos que subían desde el barrio del Albaicín, Alto y Bajo o desde Granada, tierras vírgenes junto al río, muchas de ellas sembrados de huertos, cuevas en las laderas del Sacromonte, sin luz eléctrica ni agua pero todo, por un lado y otro, lleno de gente. Personas que vivían en estos sitios o que tenían por aquí amigos y familiares. Por eso todas estas personas eran como trozos naturales del hermoso valle, conocido también con el nombre del Valparaíso. Siempre frente a ellos, frente al río y a las laderas con sus cuevas, la fantástica figura de la Alhambra, como reina coronada frente a sus territorios y como amiga, continuamente presente.
Una de aquellas tardes de otoño, dos amigos subían lentamente por uno de los caminos que recorrían lo que hoy es asfalto o muros de piedra. Y entre sí comentaban:
- Pero lo que me dices ¿es cierto?
- Tú mismo, dentro de un momento, vas a verlo con tus ojos.
- ¿Y el escenario?
- En la misma puerta de la cueva pero no cuadrado ni alargado.
- ¿Entonces?
- Se abre frente a la Alhambra y a veces parece como de viento o como de niebla que se alza y se disipa en la profundidad del barranco por donde se abren las cuevas, pareciendo todo como una noche sin luna.
- ¡No lo entiendo!
- Claro que no. Ni tú ni nadie lo ha entendido nunca. Por eso te repito que hay que verlo.
Un poco antes de ponerse el sol, llegaron a donde el escenario. Como un pequeño rellano, en la misma puerta de la cueva, por donde ya otras personas esperaban sentados y todos por completo frente a la Alhambra. Los dos amigos se acercaron todo lo que pudieron, buscaron un buen sitio, procurando que la Alhambra se viera bien y se acomodaron. En el mismo suelo para fundirse con el escenario y que todo fuera aun más natural. Y no pasaron tres minutos, cuando se oyeron las notas de una guitarra. Sonidos brillantes, agudos y graves, dolorosamente bellos, como en forma de lamentos y a la vez, señoriales. Preguntó el amigo incrédulo:
- ¿De dónde salen estos acordes?
- Del guitarrista que ves sentado en la parte de atrás del escenario.
- ¿Y los bailaores?
- Espera un momento.
Y tampoco tuvo que esperar mucho rato. Porque al vibrar un penetrante y misterioso acorde de guitarra, el bailaor, apareció como de la profundidad de la cueva. De la parte más oscura y como envuelto en niebla, viento y luz amarillenta. Alzó sus brazos, giró sobre sí, golpeó con sus pies y de pronto, tembló la tierra. Sobrecogido el amigo dijo:
- Esto no es verdad.
Y en ese momento, del lado derecho y también como de la oscuridad de la ladera, surgió el grito del cantaor, potenciando el quiebro de los brazos, contorsiones del cuerpo y golpe de tacones. Los sonidos de la guitarra aguijonearon con más fuerza y el bailaor avanzó hacia la figura de la Alhambra, queriendo fundirse con ella en un sincero abrazo. De nuevo el amigo dijo:
- Es que parece como si todos surgirá de la misma luz que la tarde derrama, a la vez que también de las entrañas de estas laderas y del corazón mismo del que canta, del que rasga la guitarra y del que baila.
- Pues espera y verás.
Y cuando después de media hora el bailaor comenzó a perderse hacia la hondura de las cuevas, envuelto en un haz de luz dorada, entre los sonidos de la guitarra, los quejidos del cantaor y llevándose con él los misterios de la tarde y de la Alhambra, el amigo de nuevo comentó:
- Todo lo que me decías es nada comparado con lo que he visto y he oído. Y lo que más me ha impresionado ha sido la escena primera y última. Cuando el Cantaor, guitarrista y bailaor, aparecen como de la nada y se funden con el viento, según se marchan. Da la sensación que su mundo fuera el alma misma de estos lugares y personas que, de la forma más bella y misteriosa, ellos transforman en fuego, música y en grito desgarrador. ¿Es esto el flamenco?