
La calle del poeta
En Granada, por donde el río Darro, por el barrio del Albaicín y por donde la Alhambra, no solo es importante lo que se puede ver con los ojos de la cara. Detrás de lo que a simple vista se observa, escondido en el silencio y tras las cortinas del tiempo, existen y palpitan, misterios, sueños, ilusiones, amores… Los latidos de un alma que trasciende al tiempo y es mucho más grande y bello que todo cuanto pueda verse con los ojos de la cara.
Y un trocito de este universo y la luz que aun todavía irradia, yo he tenido la suerte de conocer. Por donde el río Darro, a los pies de la colina de la Alhambra y justo donde se derraman las casas del Albaicín. Por esa ancha ladera que se enfrentan a la Alhambra, siempre mirando al sol de la mañana y a las altas cumbres de Sierra Nevada. Por esta ladera, hoy toda alfombrada de casas blancas y surcada por estrechas calles, en otros tiempos hubo un pequeño jardín. Al final de una larga y también muy estrecha calle que remontaba desde las mismas aguas del río Darro, casi hasta lo más alto. Hasta un poco antes de donde hoy se encuentra el Mirador de San Nicolás.
En este punto mismo, ya casi al nivel de la Alhambra sobre la colina de enfrente, era donde él cultivó su pequeño jardín. No al estilo clásico sino como en forma de refugio, muy abierto por completo al sol de la mañana, a la hermosa figura de la Alhambra y a las nieves de Sierra Nevada. Porque esto era lo que más le gustaba a él: venirse a este jardín chiquitito, situarse frente a la Alhambra y ponerse a mirar sin prisas para las torres de los palacios. Pero antes de esto y cada día, él subía la empinada calle, siempre muy despacio y siempre mirando a un lado y otro. Y en cuanto encontraba algo que le parecía que ensuciaba la calle, lo recogía y les decía a los que por la calle pasaban:
- ¿Qué trabajo os cuesta mantener limpia esta calle?
Y algunas personas le contestaban:
- Como si esta calle fuera toda tuya y de merengue.
- Es mía, desde luego pero también vuestra. Y porque la considero importante y bella, es por lo que tanto os repito que la cuidéis, conservándola siempre limpia y ordenada.
- Pero esta calle, lo mismo que las demás del barrio, es para ir por ella y no para cuidarla como si fuera de dulce.
Y él callaba, seguía subiendo, recogiendo y ordenando todo lo que por la calle se encontraba y cuando llegaba a lo más alto, se paraba entre las plantas de su jardín. Aquí se sentaba, casi siempre a primera hora de la mañana, se ponía a mirar para la Alhambra, besado por los rayos del sol que le llegaban de frente y se dedicaba a esperarla. No la había visto nunca y por eso ni siquiera sabía cómo era su cara ni el color que tenían sus ojos y su pelo pero la soñaba por los salones de la Alhambra y con esto le bastaba. A veces, mientras miraba en silencio y se deleitaba en su sueño, escribía para ella algunos versos como estos:
cada mañana
y siempre desde este silencio
mi corazón te llama.
Quizás nunca lo sepas
pero a mí me basta
soñarte de esta manera
cada mañana.
Y algunos de estos días, cuando él se recreaba en observar la Alhambra, mientras dejaba pasar el tiempo y esperaba verla asomarse a las ventanas de las torres, los conocidos se acercaban y le preguntaban:
- Tú nunca nos lo has dicho pero nosotros estamos intrigados. ¿Por qué te pasas tanto tiempo sentado en este jardín tuyo mirando sin pestañear a la Alhambra?
Y entonces él les decía:
- Porque es ahí donde vive la princesa de mis sueños.
- ¿Qué princesa?
- Vosotros no la conocéis ni yo tampoco pero me gusta pensar en ella, mientras la sueño desde este pequeño paraíso mío.
- ¿Y esperas que venga algún día por aquí a verte?
- Yo no sé si vendrá pero por si acaso lo hiciera es por lo que cada día recorro esta calle y quito de ella toda la suciedad y lo que la afea.
- ¿Y esto tiene sentido?
- Tampoco sé si tiene o no sentido pero ¿sabéis lo que os digo?
- ¿Qué nos dices?
- Que puestos así pienso que nada en la vida tiene más sentido que soñar con una princesa. Es lo más satisfactorio y hermoso y lo que da valor a todas las demás cosas de este mundo y en el otro.
Y los conocidos le respondían:
- Puede ser cierto pero nosotros no lo entendemos.
Pasó el tiempo, el poeta de la calle, todos los conocidos y la princesa de sus sueños, murieron. La calle la transformaron muchas veces a lo largo del tiempo y nadie, absolutamente nadie hoy recuerda la historia y comportamientos de aquel hombre. Sin embargo, cuando he comentado esta historia con las personas, algunos sí que me han dicho:
- En Granada, en el río Darro y en la Alhambra, no solo es importante lo que se ve con los ojos de la cara. Hay que saber descubrir y gustar el alma y belleza de todos estos sitios y a través del tiempo. Porque esto, quizás solo esto, sea lo verdaderamente valioso y eterno.