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La inscripción Ni siquiera podía escribir su nombre. Se detuvo para enjugarse las lágrimas. Su hijo le miró: - ¿Quieres que lo haga yo? Negó con la cabeza. A su memoria llegaban en oleadas imágenes de ella a su lado, contemplando su trabajo, llevándole un refresco, hablando incansable de sus hijos, el sueño de un viaje, la preocupación por los primeros achaques. El hijo le observaba inquieto, con su propio dolor a cuestas. Manuel miró la desnuda lápida e imaginó en ella la más bella inscripción que hubiera realizado jamás. Sus manos comenzaron a trabajar, como si no le pertenecieran. [Editado a petición del autor/a 8/3/12] |
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Respuestas Ni siquiera podía escribir su nombre. Abandonó la piedra que le hiciera las veces de tiza en el alfeizar del ventanuco de su improvisada celda y su vista alcanzó los tejados de los edificios colindantes antes de que el sol le cegara por completo. Un fogonazo sacudió su memoria y después retornó a su inicial estado de confusión. Le dolía la cabeza y sentía sed. Se preguntaba qué querrían aquellos dos tipos que le abordaron cuando se dirigía hacia su automóvil. Pronto lo averiguaría: los sonidos de pasos que provenían del pasillo le pusieron en alerta. |
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¿Por qué a mi? Ni siquiera podía escribir su nombre. No entendía lo que le estaba ocurriendo. Se sentía nervioso, decaído, frágil desde hacía meses. ¡No podía ser!, era demasiado joven. - ¿Qué edad tiene? - 32 - ¿Desde cuándo tiene esos síntomas? - Desde hace un par de meses. |
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Ellos —¿Ni siquiera podía escribir su nombre? —No, me era completamente imposible. Tardé mucho en conseguirlo; cualquier cosa que hubiera hecho antes, entonces era un muro imposible de atravesar. Y luego, aquella desesperación que me dominaba por completo, estaba segura de que mi vida había acabado. .. —¿Qué hizo usted entonces, quién le ayudó? —Ellos, ya se lo he dicho, ellos se encargaron de enseñarme como si fuera una niña: a andar, a leer en braille, a caminar con mi bastón extensible, a confiar, a ver con los oídos… y también a escribir mi nombre. |
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Chico busca chica Ni siquiera podía escribir su nombre en el buscador de contactos del Messenger. Estaba tan cabreado… Me habían reventado las ruedas del coche y, encima, ella llevaba una semana sin conectarse. Yo había cambiado de compañía para disponer de más velocidad y así tener la posibilidad de poner las webcams y vernos, por fin, las caras. De repente, recibí un email. Era de ella. Leí, atónito, lo siguiente: “¡Hola! Te escribo desde un ciber. Estoy sin Internet porque el cabrón de mi vecino me ha cortado el wiffi. Eso sí, yo le he pinchado las ruedas del coche.” |
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Pensamiento único Ni siquiera podía escribir su nombre. Despacio, muy despacio, consiguió que algunos garabatos parecieran letras. —Conseguiremos sacar ese demonio que llevas dentro. Sonrió y se siguió esforzando. Así liberarían su mano izquierda. La cuerda estaba demasiado apretada, los dedos se le habían dormido y se habían empezado a hinchar. Nunca había creído en demonios; ya empezaba a creer. |
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Por fisgón Ni siquiera podía escribir su nombre. Entonces, ¿cómo diantres iba a escribir un microrrelato? Le entró tal rabia que golpeó la mesa con las dos manos totalmente cubiertas de gruesos vendajes. ¡Maldita sea! ¿Por qué se le habría ocurrido fisgonear en la cocina y apretar aquel maldito botón de la olla a presión? |
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La distancia Ni siquiera podía escribir. Su nombre estaba ante él, acababa de descubrirlo, y al verlo sintió el calor de todos los recuerdos de aquel verano, de ese amor de quince años y para siempre que había tenido la fortuna de vivir. Después la sucesión de días los había separado y ahora, que la volvía a encontrar, se daba cuenta de cuán lejos estaban el uno del otro. Junto a él, su secretario, el espía que le había puesto el partido, fue consciente del momento de duda y preguntó: -¿Algún conocido suyo entre las sentencias de muerte, mi general? |
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Mero trámite Ni siquiera podía escribir su nombre sin sentir que, acto seguido, pasaba a ser juzgada por extraños a los que no debía explicación alguna. Sandra apreciaba la discreción. Sabía desenvolverse en cualquier situación sin levantar sospechas, pero había ciertos compromisos inevitables. El vendedor esperaba a que ella cumplimentara el formulario con los datos para la financiación del coche por el que acababa de decantarse. Hizo acopio de toda la determinación de la que fue capaz y, empeñada en no dar un paso atrás en su nueva vida lejos de él, garabateó en el apartado indicado: Fernández Castillo, Raúl. |
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Lo que el corazón recuerda... Ni siquiera podía escribir su nombre... Ante aquella blanca pared sin recuerdos, blanca como la nada, una mesa y una silla que le respaldaban, ni siquiera moverse podía. Lentamente, miraba atónito a aquella extraña mujer, que gimoteaba en la esquina de la estancia. ¿Por qué lloraba? ¿Qué hacía allí? Pero... ¿quién era? Un hombre barbilampiño con una bata ajustada sacó a aquella pobre mujer, mientras él, a duras penas, esgrimiendo con la coordinación sufrida de que disponía, dirigía sin precisión un pesado lápiz.-No podemos hacer nada, lo siento... Nunca quiso escuchar aquellas palabras, pero ella sabía lo que significaban. A fin de cuentas, ni el amor puede sobrevivir con una enfermedad como la de su marido. Lo que el corazón recuerda la mente lo olvida. Ni siquiera podía escribir su nombre...
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La quema de los cobardes Ni siquiera podía escribir su nombre; el de su hermana. Dejó la pluma sobre la mesa y apagó la vela. Le hubiera gustado que por el resquicio de la entornada puerta entrara un haz de luz capaz de alejar, no solo a la oscuridad, sino que fuera capaz de devolverle la razón… Pero, sus hermanos esperaban, ansiosos, su declaración. Querían hallar en ese trozo de papel el nombre de la bruja que lo había arrastrado al pecado… Pensó con tristeza que ese día la hoguera volvería a quemar, pero no a una bruja, sino a un inocente. |