
EL SOLITARIO DEL RÍO
Todos los días se levantaba temprano. Antes del amanecer. Recorría despacio la sendilla y al llegar al río, se paraba. De entre las zarzas y la vegetación, recogía trozos de ramas secas y palos que por aquí las aguas habían dejado y, cerca de la corriente, encendía una lumbre. Siempre en el mismo sitio y desde donde se veía claramente la figura de la Alhambra en lo alto de la colina. Junto a esta lumbre se sentaba y esperaba. Nadia sabía qué era lo que esperaba pero sí muchos lo veían cada día y ninguno se atrevía a preguntarle.
Sin embargo él, sentado junto a fuego cerca de un gran charco del río y justo por donde discurría un pequeño camino, cuando al amanecer alguien pasaba, le decía:
- Si tienes frío, párate un momento conmigo y te calientas en esta lumbre.
Y como en los meses de invierno, a veces sí hace mucho frío por este lugar del río Darro, algunos se paraban con él y se calentaban. Era el momento en el que él aprovechaba para comentar:
- Si necesitas que labre las tierras de tu huerto, solo tienes que decírmelo.
- Es que yo no tengo dinero para pagar tu trabajo.
- Por eso no te preocupes tú. Mi ofrecimiento es gratuito. Con que seas mi amigo y os paréis conmigo de vez en cuando para calentaros en este fuego mío, estoy pagado.
Y a veces, algunos de los hombres que tenían sus pequeños huertos junto a las aguas del río Darro por el lugar llamado Valparaíso, dejaban que labrara sus tierras. También que sembrara las plantas y que las regara cuando las plantas lo necesitaban. Y a cambio, muchos de estos hombres y de vez en cuando, le regalaban frutas, tomates o melones. El hombre, sentado junto al fuego que cada mañana encendía cerca del río, se comía lo que le regalaban. Y luego, durante el día y al caer las tardes, cogía moras de las zarzas y buscaba nueces y almendras en los árboles que tenía cerca y con el permiso de sus dueños. Porque nunca robaba nada a nadie sino todo lo contrario: respetaba y cuidaba todo lo que podía las propiedades y cosechas de los que tenían sus huertos por estos rincones del río.
Por eso, las personas que pasaban por este camino y los que tenían tierrecillas por las riveras del río, con frecuencia comentaban:
- Es bueno, no se pelea con nadie, ofrece lo poco que tiene y siempre vive por aquí solitario. ¿Qué tesoro será el que por estos lugares tiene?
- Nadie lo sabemos y sí es cierto que para él no hay más mundo que este rincón del río. ¿Por qué misterio? Nadie lo sabemos.
Y tampoco nadie se atrevía a preguntarle precisamente por eso: porque lo veían un hombre bueno, respetuoso con todos y como poseedor dueño de un gran misterio.
Junto al fuego, cerca del río y un día de invierno, se lo encontraron muerto. Los hombres de los huertecillos recogieron su cuerpo y en la ladera por encima de su pequeña cueva, lo enterraron. Algunos lo lloraron y otros tantos lo echaron de menos. Respetaron su cueva y el lugar donde ellos creían tenía enterrado su tesoro. Porque entre las personas del barrio del Albaicín y del río Darro, se empezó a comentar:
- Estuvo enamorado de alguien que se fue de su vida y como soñaba que algún día volviera, para esa persona guardaba por aquí su tesoro.
Por encima de la Fuente de Avellano, un poco elevado en la ladera y no lejos del río, todavía hoy se puede ver su cueva.
Del libro inédito: “Desde la Alhambra,
Ventanas a la Eternidad”
José Gómez Muñoz