(Bueno, a ver qué tal se me da esto).
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PUERIL Desempolvaros no va a ser una tarea fácil. Porque esto ya no es polvo, sino soleras alojadas por el tiempo. No importa, conseguiré que brilléis como antaño. —¿Qué es eso que has bajado del desván, mamá? —Nada. —Precipitadamente intentó esconder lo que tenía en las manos. —A ver… —El hijo consiguió arrebatárselo—. Ideas para cambiar el mundo —leyó en el viejo cuaderno. —Anda, trae. Tonterías de cuando era joven… |
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UNA CARTA DE AMOR - Desempolvaros. Es lo que voy a hacer ahora mismo, desobedientes ¿qué buscabais ahí? –dijo mamá antes de empezar a sacudirnos blandamente. Mi hermano y yo nos miramos. Se le escapaba una risita tras recibir un cachete. “Querido Ernesto, amor mío” decía aquella carta. Mi hermano la pronunciaba en silencio, haciendo gestos con la boca. Me reí también, divertido. “Te echo de menos, cariño mío” hablé en silencio yo. Mi hermano empezó a gimotear para que no se notaran sus carcajadas. Mi madre nos miraba, extrañada, con la mano levantada y el ceño fruncido.
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DE FLOR EN FLOR -Desempolvaros rápidamente y dejad de ir de flor en flor, no vaya a ser que madre llegue y se enfade al ver el banquete que os estáis pegando mientras todos siguen trabajando en casa sin descanso. - ¿Y si nos pegamos un último revolcón en esta flor? ¡Es tan hermosa! - Bueno, vale, pero daros prisa y esta vez echadle néstar al asunto y así lleváis a la colmena un poco de alimento para vuestras hermanas las obreras.
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La vida como un huracán -Desempolvaros, que vienen las chicas. Ellas eran tres prostitutas que cada noche iban a la acera de enfrente a buscar gente ávida de sexo. Los mendigos se levantaban del banco para quitarse el gorro ante ellas. Las miraban sosteniendo aquél con las manos sucias en guantes rotos, y las dedicaban piropos y sonrisas desdentadas. -Nada, hoy tampoco nos hacen caso. Y se volvían a sentar en el banco a ver pasar la vida como un huracán.
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La visita —¡Desempolvaros, adecentaros y después de una buena ducha, poneros el uniforme de gala! —gritó el primer oficial al mando— Avisad al resto de la tripulación que todo está, por fin, a punto. Quiero verlos en la cubierta, en menos de diez minutos. Todo, incluidos ellos, debe estar reluciente y perfecto cuando el Capitán pase revista. Ya sabéis que viene acompañado por el Príncipe. Habrá permiso general si las cosas salen bien. —¡Hurraaaa! Y las gorras volaron por los aires.
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Mísero, míseras vidas… — ¡Desempolvaros el cuerpo, viejas almas de piedra ennegrecidas de hollín y polución! Extended vuestras alas y surcad el negro firmamento de Paris, mientras vuestras sombras planean sobre el asfalto levantando curiosas y asustadas miradas tras vuestro paso. Aterrad a las almas, inmunes al llanto y a la compasión; recordadles que aunque seáis de piedra, vuestros ojos no se despegan de la tierra a la cual pertenecéis, y que sois testigos de cada una de sus vilezas —gritó, enfurecido, un harapiento pordiosero frente a Notre Dame, después de ver la única moneda que había en su plato de limosnas.
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En el viejo castillo Desempolvaros, viejos libros que languidecéis en las estanterías de esta antigua sala del edificio en el que he sido confinado. Desempolvaros para después leeros en silencio, pasada la medianoche. Ese es mi deseo. Pero debo aguardar durante un tiempo. Sólo hace un par de meses que fallecí, y a los fantasmas no se nos permite mover o desplazar cosas hasta diez años después de nuestra muerte.
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Fin de fiesta -¡¡“Desempolvaos”, viejas momias!! ¡Moved el esqueleto! -la ruidosa megafonía continuaba animando a los asistentes después de largas horas de baile. Me gustó la idea cuando recibí la invitación. «Será divertido volver a ver a mis compañeros de instituto», pensé. Desde la puerta, giré la cabeza hacia el interior del gimnasio y apuré las últimas gotas de mi combinado de nostalgia: zombis ocupando la barra; algunos monstruos marginados junto al aseo; vampiros y vampiresas erigidos como reyes de la noche; y las divertidas momias persiguiendo en la pista al único esqueleto que se dejaba mover. Era hora de regresar a casa.
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En una isla sin nombre - ¿Desempolvaros solamente? Si tuviera, os daría una capa de betún –aseguró, contemplando sus botines negros de tacón fino. Se les puso junto con sus mejores galas, ajadas por los años y el salitre, y recorrió por última vez el camino hacia la playa, arrastrando un pequeño baúl como único equipaje. Se sentó y tapándose con una desvencijada sombrilla, se dispuso a contemplar su pedazo de horizonte en el que hoy se recortaba, por fin, la silueta de un navío. Suspiró, feliz, viendo cómo la barca se acercaba a la costa.
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El boticario, el minero y el sastre “Desempolvaros y devolveros a vuestro lugar en el jardín”, se propuso cuando los rescató del interior de una caja sepultada bajo una enorme pila de trastos viejos en el desván. Creyó reconocer gracias a las viejas fotografías del archivo que había memorizado para restaurar la casa y el patio. “¿Sois los que coronaban el montículo de musgo junto a la alberca?”. Días después encontraron el cadáver del anticuario a medio devorar por las carpas reposando en el fondo del estanque, y como únicos testigos a los enfurruñados gnomos de pies embarrados que se sentían fuera de lugar.
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