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Foro para escritores de Bubok

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pelotadeplaya
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XCIV Edición: El Lejano Oriente (hilo para relatos)

3 de Diciembre de 2012 a las 18:52
Japón, China, Vietnam, las dos Coreas, Filipinas... componen el Lejano Oriente. Historias de samurais y geishas; de coloniaziones, viejas leyendas y dinastías; la ruta de la seda... todo esto y más!
Los relatos se podrán presentar desde el lunes 3 de diciembre al jueves 13 de diciembre a las 22h. La votación, desde el día 13 de diciembre a las 22:01 hasta las 22h del día 16 de diciembre, domingo.
concursoderelatos
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  • 11 de Diciembre de 2012 a las 18:23

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concursoderelatos
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  • 11 de Diciembre de 2012 a las 19:06
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concursoderelatos
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  • 11 de Diciembre de 2012 a las 19:17
Encontrar el camino

Haba nacido en Corea, pero el destino y su padre quisieron que Hyung Yee fuese a dar con su pequeo cuerpo en la prefectura de Yamanashi, Japn. Apenas contaba con catorce aos de edad.
Su padre le haba enviado a aquella escuela militar para que se forjase un futuro digno, como castigo a sus continuos los con la autoridad y numerosas peleas callejeras.

Japn acababa de invadir el norte y el este de China, y lo que se encontr Hyung Yee al llegar no era ni mucho menos como aquellas batallas en las que l estaba acostumbrado a participar.

En la escuela, ningn maestro se andaba por las ramas y enseaban a los muchachos a usar aquellos fusiles de combate a base de golpes y gritos. El pequeo haba aprendido a luchar y a defenderse desde siempre. Haba recibido clases de numerosos maestros en artes marciales desde que haba aprendido a andar prcticamente. Pero de nada le sirvieron los golpes de boxeo ni de jiujitsu o kempo con aquellos maestros que ms parecan matones a sueldo.

En sus cortos perodos de tiempo de ocio, sala con varios compaeros por el pueblo, y no haba da que no se metiera en alguna trifulca en la casi siempre sala alguien mal parado. Aunque Hyung Yee nunca result herido; pues no slo sus conocimientos en lucha eran grandes, sino que adems era fuerte y su carcter agrio e irritado haca que pareciese ms poderoso a pesar de su corta estatura.

Hasta que un da, un oficial japons le humill en un combate sin armas en el que ambos se haban retado mutuamente. Entonces Hyung decidi que era el momento de aprender algo ms y comenz a buscar maestros japoneses que le ayudasen a complementar su forma de lucha. Pero ningn maestro japons quera ensear a un chiquillo coreano sus secretos y el muchacho comenz a endurecer ms an su carcter.

Mientras tanto, la guerra haba comenzado y las cosas comenzaban a ponerse realmente serias a la hora de sobrevivir.

El muchacho comenz por cambiarse el nombre y se hizo llamar Choi Bae-Dal y ya con dieciocho aos, cuando Japn estaba a punto de entrar en Guerra con los ingleses y los americanos, entr en el programa "Kamikaze", apuntndose al “Kihakai” y aprendiendo tcticas de espionaje y de terrorismo.

Se estaba convirtiendo en una verdadera mquina de asesinar. Pero aquellas cosas no le hacan feliz.

Un da, escuch una conversacin en la que dos muchachos, ms jvenes que l, hablaban de un maestro que era capaz de permanecer inmvil frente a un tornado. Aquello le llam mucho la atencin y decidi ir a ver a aquel fenmeno. Encontr al maestro subido en el tejado de su casa, reparando las tejas que el ltimo tifn haba soltado.

Por fin haba encontrado un maestro japons que quera ensearle. Y quera hacerlo porque se dio cuenta de que aquel joven lo que necesitaba era canalizar sus energas. Eso era lo que haca aquel maestro, segn le explic al chico, cuando los tornados llegaban: ataba sus pies al suelo, coga algo que le sirviera de escudo, y esperaba al viento, concentrando sus energas en estar anclado al suelo, hasta que la tormenta pasaba. Y as su fuerza fsica y espiritual, crecan al mismo tiempo.

Pero Bae-Dal era tozudo, y aunque pareca querer aprender los secretos de su maestro, siempre volva a meterse en algn lo. Y un da, cuando contaba con veinticuatro aos de edad, un hombre le asalt en el camino a punta de cuchillo.

La pelea no dur mucho. El chico desarm a su atacante y con un golpe de su antebrazo izquierdo, le parti la cabeza en dos cual sanda cayendo de un tercer piso.

Homicidio involuntario, defensa propia… el juez decidi dejarle libre. Pero la razn principal, era que el cadver result ser el de un mafioso que traa de cabeza a las autoridades japonesas. Aunque la sentencia que dict deca que Bae-Dal deba aprender a dominar su fuerza y su carcter, porque tarde o temprano, sus huesos daran con el fro suelo de algn calabozo.

El maestro entonces castig al muchacho.

-Debes subir al monte. Qudate all solo y recapacita. No vuelvas a m hasta que no lo hayas hecho.

Y Bae-Dal subi al monte. Los primeros das, se limit a hacer el vago y buscar comida y agua. No entenda qu era lo que quera todo el mundo de l. Era as y no poda cambiar su forma de ser. Pasaba horas y horas mirando al cielo. Tumbado en la hierba, miraba las estrellas, observaba a los pjaros volar, escuchaba el sonido de los rboles… Su cabeza no dejaba de repetirle una y otra vez que no haba nada que hacer.

Pero poco a poco, el aburrimiento y la ira comenzaron a hacer mella en l. Y un da, cuando casi empezaba a creer que se volvera loco, comenz a correr. Se caa, se levantaba, lloraba, gritaba, daba puetazos a los rboles, tiraba de las ramas ms gruesas hasta partirlas, haca profundos agujeros en la tierra en busca de races con la punta de sus dedos hasta que sangraban, intentaba romper piedras con sus puos concentrando su energa en no romperse los frgiles huesos de los dedos… y al poco tiempo de estar envuelto en aquella actitud, decidi presentarse a la esposa del hombre que haba asesinado. Ella le abofete.

l baj la cabeza y llor. Pidi perdn y comenz a ayudarle en las tareas del hogar, a pesar de que ella le gritaba que se marchara. Le insultaba, le escupa…

Bae-Dal por fin aprendi lo que su maestro quera que viera. Y cuando regres a su lado para demostrarle que haba aprendido la leccin, y que nunca ms se dejara vencer por sus sentimientos de ira, su maestro se haba marchado.

La guerra haba acabado, y Bae-Dal volvi a sentir rabia, y volvi a sentirse solo y abandonado.
Pero esta vez, decidi montar una escuela de lucha en la que ense, hasta el fin de sus das, a muchos chicos que como l no saban no meterse en los. Y todo el mundo le llamaba Masusatsu Oyama; que significa Masusatsu, la montaa magnfica. Aunque algunos tambin le recordamos como el “Maestro que mataba toros con las manos”.
concursoderelatos
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  • 13 de Diciembre de 2012 a las 17:30
Chop suey

El sargento McCauley entró en el restaurante. Casi todas las mesas estaban llenas aunque nadie pareció reparar en su presencia.
Al segundo, un camarero se le acercó solícito y el policía blandió su placa ante él.
- Llévame ante tu jefe –exclamó, desviando la vista hacia los comensales que comenzaban a lanzarle miradas curiosas.
Con una sonrisa torcida en los labios, siguió al camarero hacia el interior del local. Al llegar ante una puerta, lo apartó y entró sin llamar.
Un hombre de mediana edad estaba sentado ante una mesa preparada. De pie, detrás de él, otro lo miraba con gesto ceñudo. Parecían esperarlo.
- ¿Interrumpo, Shu? –preguntó con sorna.
- Ni mucho menos, mi querido sargento –respondió el oriental con voz suave-. Me disponía a comer. ¿Le apetecería acompañarme?
- Un poco temprano para mi gusto.
- Los negocios, sargento, son las amantes más exigentes, no le permiten a uno disponer de su tiempo.
- ¡Oh! Es usted un esclavo –respondió McCauley con sorna.
- Yo no diría tanto. A diferencia de éstos, tengo mis compensaciones.
- No lo dudo.
- ¿A qué debo el placer de su visita, sargento?
- Bueno… -dijo, abriendo los brazos-, pasaba por aquí y me dije: “¿por qué no visitar a mi chino favorito?” ¡Y aquí estoy!
El señor Shu lo miró sin variar su expresión.
- ¿Sabe? –prosiguió el policía-, ahí fuera pasan muchas cosas: talleres ilegales, prostíbulos, asesinatos… -McCauley se acercó a la mesa y, con gesto casual, como si estuviera en su propia casa, cogió un trozo de carne del plato del señor Shu y se lo introdujo en la boca-. No crea que no lo se –continuó, mientras se chupaba los dedos-. Y no es que me importe, la verdad; siempre que se reduzcan a esta parcelita que le tenemos “alquilada” puede usted hacer con sus chinitos lo que le venga en gana. Pero un oficial de policía ha desaparecido mientras investigaba en esta zona –prosiguió McCauley, apoyando las manos sobre la mesa y acercando su cara al rostro impávido del oriental-. Y eso sí me importa –añadió con tono amenazador.
- ¿Me está acusando de algo, sargento? –respondió calmado el señor Shu-. Porque si es así, no le he escuchado leerme mis derechos.
McCauley sonrió mientras se incorporaba. Con gesto más relajado, cogió otro trozo de carne y se lo comió.
- ¿Sabe, Shu? Mi país le ha dado por el culo al suyo en muchas ocasiones: en el Pacífico, en Corea, en Vietnam… si les dejamos cruzar nuestras fronteras y permitirles establecerse aquí es bajo unas normas. Las nuestras. Y tenga claro que ningún tribunal va a condenarme si, en el ejercicio de mis funciones como oficial de policía, me cargo algún chinito que ha venido aquí a saltarse la ley. Tampoco sería la primera vez.
El hombre que estaba detrás del señor Shu se puso tenso y avanzó el cuerpo apenas unos milímetros. McCauley sonrió.
- ¿Me comprende, verdad?
El señor Shu lo miró, tras unos segundos, sus labios dibujaron una leve sonrisa.
- Sargento, se presenta en mi casa, me amenaza, me insulta y se pavonea de haber asesinado a compatriotas míos. ¿Y todavía se atreve a hablar de ley y justicia? Espero que la próxima vez que venga traiga algo más efectivo que su vanidad y su orgullo patriota. Mientras tanto, le agradecería que se marchase pues tengo asuntos más urgentes que atender.
Sin mediar gesto, el oriental que estaba detrás del señor Shu se acercó a McCauley con gesto serio. Éste se le encaró, sonriendo mientras masticaba con la boca abierta a escasos centímetros de su rostro.
- Muy bueno el pollo agridulce, Shu.
- No es pollo, sargento. Es curioso comprobar que a ustedes, los americanos, todo lo que no han probado antes les sabe a pollo. Debería usted ampliar sus gustos culinarios así como sus conocimientos de la historia reciente de su propio país. Le revelarían muchas cosas.
McCauley lo miró, ceñudo.
- Y, sargento –prosiguió el señor Shu-, suerte en la búsqueda de su compañero, el sargento Folley, seguro que está más cerca de él de lo que piensa.
McCauley avanzó hacia la mesa pero el lacayo del señor Shu se interpuso en su camino con gesto rápido. El policía lo miró, evaluándolo. El señor Shu sonreía.
El sargento relajó el cuerpo y retrocedió un paso.
- Lo pillaré, Shu –le amenazó apuntándolo con el dedo-. Tenga claro que lo pillaré.
- Acompañe al sargento a la salida, señor Wu.
Al cabo de un rato, Wu volvió a entrar.
- El sargento McCauley es, sin duda, un simplón y no creo que pueda llegar a ser peligroso –murmuró el señor Shu-. Pero, no puedo dejar pasar esta ofensa. Wu, dile al cocinero que la semana que viene, serviremos chop suey.
Wu hizo una leve inclinación de cabeza y esperó.
- Y llévate al sargento Folley de aquí.
El lacayo cogió el plato que había en la mesa y se perdió en dirección a la cocina.
concursoderelatos
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  • 13 de Diciembre de 2012 a las 19:03
El viajero

Con el tiempo Andrs haba desarrollado una especie de forma de ver el futuro. No se trataba de ningn tipo mstico de precognicin, era algo mucho ms sencillo. Se dio cuenta de que nada era como lo imaginaba. Bastaba con dejarse llevar por la ilusin de un acontecimiento futuro, tratar de anticipar la secuencia de situaciones, acciones, o conversaciones, para configurar una escena que la realidad tachara despus de falsa. As, no se sorprendi de que su regreso al pueblo no fuera tal y como l lo haba imaginado. Era de esperar que no lo fuera, como la experiencia al respecto le dictaba. Con todo, Andrs mantena la esperanza de equivocarse, de que todas aquellas premoniciones errneas no fueran ms que el fruto de la improbabilidad de conocer el futuro, que no fueran ms que la constatacin de que su imaginacin era demasiado florida y por lo tanto poco seguidora de las pautas que el conocimiento de la realidad tangible pudiera marcarle. Era eso: por ms que todo el mundo le tuviera por un hombre con los pies bien plantados en la tierra, en su interior Andrs tena la cabeza a la altura de las nubes. Tena que ser eso. Aunque quizs, por una vez, alguna de sus fabulaciones pudiera llegar a cumplirse.

Afortunadamente equivocarse no era siempre frustrante. El recibimiento no fue lo efusivo que Andrs haba imaginado. Afortunadamente a veces visualizar algo incmodo evitaba que sucediera. Tras cuatro aos de ausencia, los vecinos con los que se iba encontrando no mostraban mucho entusiasmo a la hora de interesarse por el viaje del que, en realidad, su madre y hermanas haban mantenido ms o menos al da. En parte era una alivio, en parte un fastidio, la desgana que mostraban sus viejos amigos y vecinos de toda la vida, cuya vida haba continuado sin apenas cambios durante esos cuatro aos le hacan sentirse ms extranjero que cuando haba estado fuera de su hogar. Algunos haban tenido hijos, otros haban cambiado de oficio, alguno haba sufrido una desgracia, otro haban mamado de los pechos de la fortuna. Pero ninguno haba vivido la experiencia que Andrs atesoraba en su interior. La mayora no haba salido de la comarca, ni la mitad de los restantes haba visto una gran ciudad, apenas un puado haba visto el mar, slo uno se haba embarcado en una aventura semejante: Alejandro, el americano. Como Andrs, march del pueblo a probar fortuna; con la salvedad de que Alejandro busc el lecho del sol mientras que Andrs se fue para cumplir su sueo de verlo en nacer antes que nadie. Pero ni siquiera ste colega viajero mostraba un inters real por sus vivencias orientales, es ms, aprovechaba cualquier conato de conversacin para soltar una de sus historietas del nuevo mundo, cuando no la introduca con una pregunta sobre algn detalle del viaje de Andrs que apenas tena tiempo de completar. De este modo, si pareca interesarse por la travesa por el ndico no era sino una excusa para contar ancdotas sobre su viaje transatlntico; si preguntaba si era cierto que la carne de perro se tena por manjar era para hacerla de menos frente a una receta pampera a base de entraas… Al final poco o nada dejaba contar a Andrs. El resto apenas preguntaba algo o se remeta al “ya nos cont tu hermana que…” para concluir con un “…qu tal?, bien no?” que esperaba un asentimiento y poco ms. Casi mejor as.

Con el paso de las semanas Andrs volvi a ser uno ms en el pueblo, como si nunca se hubiera marchado. Ni siquiera le pusieron un mote nuevo como al americano. Ni siquiera en esa a priori sencilla prediccin fue certera. Haba barajado varios: el chino, el amarillo, el Marco Polo, el samuri…, pero no. Sus viejos amigos continuaron con sus anodinas vidas como si l no hubiera salido de ellas. l trat de reacoplarse pero ya no encontraba acomodo. Lo haba tenido alguna vez? Probablemente no. No, nunca lo haba tenido. De haberlo hecho no habra soado cada noche y cada da desde que tena memoria con salir de aquel pueblo, con conocer el mundo, con viajar lejos, tan lejos como se pudiera ir, all donde nace el sol, hasta el confn oriental del globo. No habra devorado cada mapa, cada libro, cada noticia que tuviera que ver con los exticos pases llamados India, Bangladesh, Vietnam, Camboya, Surinam… No haba tratado de descifrar los caracteres chinos, o japoneses, tal vez coreanos?, que encontrara en alguna imagen. No recorrido con la yema de los dedos las distintas rutas por las que podra llegar a su destino por tierra, por mar, cruzando la vieja Europa, siguiendo la costa norafricana, atravesando las tierras de los Mogoles para luego atravesar el Himalaya, o por las del el antiguo imperio Persa hasta cruzar el Indo. No habra reunido el valor suficiente para dejar a sus padres y hermanas en el pueblo, comenzando su viaje, con lo puesto y el dinero para poco ms que un billete de autobs a la capital… haca cuatro aos…

Pero nada haba sido como haba imaginado, ni siquiera como haba planeado, ni mucho menos como habra deseado. Y en su regreso encontr ms desacuerdo entre lo que pensaba que llegara a ser y lo que la realidad le deca que era, da tras da, a travs de la vieja rutina campesina que lo llev de la mano a travs de las semanas y los meses, siguiendo la senda del trabajo de una tierra que haba estado esperndole pacientemente como el cauce seco que sabe que antes o despus volver a fluir el agua por l; por las tardes y cuando la labor lo permita, charlas en lugares comunes con los desconocidos que fueron sus vecinos y amigos a golpe de chato a sobra de silencios, con las extraas que dorman en el cuarto de al lado sobre temas de utilidad domstica, con su la que fuera su madre que se remita a tal o cual detalle de aquella carta que se supona lleg de tal o cual pas, con su padre sobre el tiempo que quedaba para preparar la tierra, sobre el tiempo que tendran para plantar, sobre el tiempo que necesitara las verduras para madurar, sobre el tiempo que llevara la cosecha, sobre el tiempo que no deberan perder en volver a empezar de nuevo... Eso era todo? Podra serlo. Podra ser aceptablemente feliz all, con los que volveran a ser los suyos. Tal vez en unos meses ms, un par de aos como mucho, retomara algn antiguo amoro de entre las solteras de su edad que an quedaban en el pueblo, o tal vez conociera a alguna chica en alguno de los alrededores durante las fiestas, o llegara al pueblo la mujer de su vida. Aunque tampoco senta la necesidad de formar su propia familia, podra vivir con sus padres, cuidarlos en su vejez y disfrutar de los sobrinos que les dieran sus hermanas. Vivir tranquilo del campo, echar un ojo de vez en cuando a sus viejos libros, tal vez escribir alguno relacionado con sus sueos, sus viajes…

Andrs supo que nada de eso sucedera. Era su don. Nada que pudiera imaginar terminaba ocurriendo, y todas las vidas que pudiera vivir en su pueblo estaban condenadas a no llegar a comenzar por el mero hecho de haber sido invocadas por su mente. Slo tena una alternativa: volver a marcharse. Esta vez no se lo pens. Esta vez no hizo planes ni se permiti trazar ninguna ruta. Un da se despert mientras la casa an dorma e hizo una pequea maleta. Durante el desayuno se despidi sin ms. Sus hermanas se tomaron la noticia con adormilada indiferencia. Su madre le dio mil motivos para no volver a irse, para que olvidara de una vez todos los cuentos chinos que haba alimentado en su cabeza desde nio y que no le haban llevado a ninguna parte; hasta azuz a su padre para que le dijera algo que le hiciera quedarse. El padre de Andrs, simplemente desayun. Al terminar se levant, sac una caja de galletas de metal de la alacena, la abri sobre la mesa y le mostr el dinero que contena antes de entregrsela y decirle:

–Ve, pero esta vez ve de verdad al oriente y dile al sol cada maana que no se cebe sobre mi vieja espalda. No quiero que escribas cartas, que inventes historias o excusas. Quiero que vayas all y luego vuelvas. Cuando te vea de nuevo sabr si has regresado por fin. Slo entonces te dejar entrar en mi casa.

Andrs sali con l a la calle, pero mientras su padre enfil al sur l lo hizo al este, hacia la parada del autobs. Esta vez sera la buena. Lo supo cuando el conductor le pregunt dnde iba y se dio cuenta de que no haba pensado en ello. Supo que esa vez tal vez llegara a subir a un barco, un tren o hasta un aeroplano, en vez de pasar los meses trabajando como lavaplatos en un restaurante del puerto, como mozo de almacn cargando sacos de patatas, como pen cavando zanjas, o como buscavidas nocturno; que esa vez no soara con sonrisas de ojos rasgados vestidas con sedas, porque en vez de eso las buscara de verdad; que esa vez encontrara su sitio en lugar de imaginar cmo sera. Haba comenzado, esta vez s, el viaje que durante tanto tiempo slo haba realizado a la altura de las nubes, en su cabeza, pero que sus pies pegados a la tierra siempre haban encontrado algn terrn, alguna piedra, que le hiciera no dar el paso siguiente. Lo que no supo es si ese lugar estara en el pueblo de al lado, la capital de la provincia, una isla griega o en el lejano oriente. Era lo malo de renunciar a las visiones del futuro que nunca sera para afrontar y conquistar el que estaba por llegar.


   
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