Esta web, cuyo responsable es Bubok Publishing, s.l., utiliza cookies (pequeños archivos de información que se guardan en su navegador), tanto propias como de terceros, para el funcionamiento de la web (necesarias), analíticas (análisis anónimo de su navegación en el sitio web) y de redes sociales (para que pueda interactuar con ellas). Puede consultar nuestra política de cookies. Puede aceptar las cookies, rechazarlas, configurarlas o ver más información pulsando en el botón correspondiente.
AceptarRechazarConfiguración y más información

Foro para escritores de Bubok

Para participar en los foros de Bubok es imprescindible aceptar y seguir unas normas de conducta básicas. Puedes consultar estas normas aquí
X
romi
Mensajes: 678
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008

La colección de fotos

12 de Enero de 2013 a las 20:50

Bubok

LA COLECCIÓN DE FOTOS

 

               I- Una gran parte de lo que hoy es el barrio del Albaicín, fue en otros tiempos bosques y tierras de cultivo. Donde solo crecían árboles silvestres como encinas, acebuches, majuelos, almeces, algún serval y un par de tejos. Sobre todo, en las tierras que desde el río Darro subían hacia las partes altas de la colina y quedaban por completo frente a la colina de la Alhambra.

 

               Uno de los reyes instalado en los palacios de la Alhambra, era dueño de casi todas las tierras salvajes en las laderas y valle del Albaicín. Estos lugares y otros parecidos, eran parte de las riquezas de aquel rey. Y como no se ocupada de estos terrenos personalmente, un día les dijo a un amigo suyo muy rico:

- Si quieres, te vendo parte de las tierras de esas laderas y colina que hay frente a esta colina de las torres y murallas.

- Y yo le compro a usted, majestad, esas tierras. Desde hace tiempo, me gustan mucho y por eso pensaba y pensaba en ellas. ¿Me va a pedir mucho dinero?

- Casi voy a regalártelas porque al fin y al cabo, ya he descubierto que el dinero, joyas o piedras preciosas, no dan la dicha por completo. Al final, todos nos vamos de esta vida, más desnudos que cuando nacemos y por eso, por muchas riquezas que tenga, aquí se queda todo.

- Eso es cierto, majestad pero ¿cuánto me pide usted por esas tierras?

   

               Y el rey le dijo al hombre que no le pedía dinero.

- ¿Entonces?

- Me conformo con que respetes los árboles y parte de la vegetación que en esas tierras crece. Algunos de esos árboles son tan hermosos y tienen tantos años, que solo merecen admiración y respeto.

- Eso a mí no me va a costar mucho trabajo porque pienso lo que usted. En esas tierras hay árboles con mucha dignidad y muy bellos. Voy a poner todo mi interés en conservarlos para que disfrute de ellos las personas que viven ahora y los que vengan después.

 

               De este modo se cerró el trato entre el rey de la Alhambra y el hombre del Albaicín y durante mucho tiempo, nadie cortó un árbol en una buena parte de este terreno. Murió el rey y murió el hombre dueño de estos lugares y las personas que nacieron después, siguieron conservando casi virgen lo que en las tierras habían encontrado. Unos a otros se decían:

- Como los árboles que hay en estos lugares de la colina frente a la Alhambra, no existen otros en el mundo entero.

- ¡Y que lo digas! Fue una gran decisión conservar por aquí estas tierras vírgenes.

Y las personas, aunque muchos necesitaban tierras para sus huertos y para construir sus casas y trazar caminos, fueron respetando lo que en las tierras crecía desde tiempos muy lejanos. Hasta que un día, el que era el nuevo dueño de estas tierras, empezó a vender trozos de terreno. Decía:

- Para que os hagáis casas y sembréis jardines y huertos.

 

               Algunos años después, ya había desaparecido por completo parte de la gran reserva de árboles y vegetación de la colina y cerros del Albaicín nuevo, que era como lo empezaron a llamar. Pero un hombre rico, compró una buena Proción de estas tierras, las valló y en ellas no sembró ni edificó nada. Dejó que la naturaleza siguiera su curso propio y dejó que los árboles y otra vegetación continuaran extendiéndose. Y siguió corriendo el tiempo y, aunque ya muchas casas, jardines y huertos llenaron la ladera y partes bajas, el trozo vallado se mantuvo intacto.

 

               Muchos años pasaron y un día, de una familia muy pobre, nació un niño muy hermoso y sano. Creció fuerte y libre y cuando ya caminaba y se movía solo por los sitios, lo que más le gustaba era irse por la pequeña finca de encinas centenarias. Y a la sombra de estos árboles, se sentaba, miraba para la Alhambra y se decía: “Nunca, nunca me iré yo de aquí ni permitiré que nadie corte ni un árbol de estos”. Pero un día, este joven, sí tuvo que marcharse del sitio donde había nacido y tanto le gustaba. Se fueron también sus padres y otras personas y pasado el tiempo, bastantes de estas personas murieron. Allá en la distancia, continuamente recordaba los lugares donde había nacido y soñaba cada día con volver.

 

               Hasta en un día volvió, cuando ya estaba muy viejo y las cosas en el mundo y todo el planeta tierra, habían cambiado mucho. Llegó al barrio del Albaicín y lo primero que hizo fue ponerse a recorrerlo para ver lo que aun quedaba de todo lo que había conocido de pequeño. Y el corazón se le llenaba de amargura a cada paso que daba y descubría en lo que se habían transformado las tierras que amó y recorrió en su niñez y juventud. No encontró las encinas centenarias, no vio ningún pájaro y ni siquiera reconocía los sitios. Las casas, los jardines, los huertos y caminos, se encontraban por todos sitios e iban y venían como elementos extraños y ocultando para siempre la imagen que en su corazón tenía del lugar y de los paisajes.

 

               Llegó al lugar donde, en mitad de la ladera frente a la Alhambra, una familia todavía conservaba un trozo de tierra algo virgen. Habló con el dueño y le dijo:

- No voy a estar en este barrio mucho tiempo pero como de todo lo que por aquí estoy encontrando, lo que más me gusta son estas tierras y tu casa ¿me puedo quedar unos días a vivir en esta propiedad tuya?

- Junto a la fuente, entre los naranjos, tengo una vivienda humilde que puede servirte para vivir en ella todos los días que necesites.

- ¿Y cuánto vas a cobrarme por ello?

- No voy a cobrarte nada. Sé que eres vecino de este barrio y sé que has vuelto para recorrer los lugares que pisaste de pequeño. Quiero que disfrutes pisando de nuevo estos sitios y quiero que veas lo que dentro de unos días voy a comenzar a desarrollar en este trozo de tierra.

Al oír esto, el hombre estuvo a punto de preguntar al dueño del terreno por lo que tenía planeado hacer pero no lo hizo. Agradeció la generosidad con que le trataba y enseguida se instaló en la pequeña estancia entre los naranjos, junto a una fuente de agua clara y frente a la Alhambra. Y aquella misma noche, mientras se dejaba acariciar por el rumor del agua de la fuente y miraba a las altas torres de la Alhambra, se decía: “Prepararé todo lo necesario y mañana mismo me pongo y hago fotos de todos estos rincones y los lugares que pisé cuando pequeño”.          

 

               II- A la mañana siguiente subió por los caminillos que discurren por la orilla del río Darro. Sin prisa ninguna y mirando muy concentrado a todo lo que iba encontrando. Árboles, plantas, huertecillos, veredas de animales, zarzas y vegetación junto al río, laderas que, desde lo alto del Cerro del Sol, caen para el valle del río. Y también al blanco edificio del Generalife, la Silla del Moro, las tierras por donde se extienden las huertas de la Alhambra y las murallas, torres y palacios en lo alto de la colina, por encima de la ciudad de Granada y frente al Albaicín.

 

               Su corazón palpitaba al irse encontrando con todos estos paisajes y al descubrir la nueva imagen que veía por un lado y otro. Tanto se fue emocionando que a ratos, estuvo a punto de llorar por la tristeza que le transmitían muchas de las cosas que encontraba. También sintió añoranza, pena, desánimo y honda melancolía. Y como nadie le acompañaba, todas sus emociones se le ahogaban en el corazón y alma como si quisieran llevárselo no se sabía a qué región del universo.

 

               Sacó su cámara de fotos y comenzó a fotografiar al frente, a la derecha y a la izquierda. Se decía: “Por más que lo intente, no voy a encontrar por aquí las imágenes que en mi mente tengo de aquellos años de mi niñez. Lo han transformado todo tanto que es imposible reconocer lo que fue en aquellos días. Pero ahora, con estas fotos que hago, sí voy a conservar para mí y para otros, las imágenes de estos lugares. Escribiré luego una historia donde contaré todo lo que por aquí hubo, he perdido y ahora siento. Y en esta historia, pondré las mejores fotos que hago para que aquellas personas que nacen ahora y un día vengan por aquí, tengan la oportunidad de ver como todo por estos lugares fue”.

 

               A lo largo de todo el día, fue de un lado para otro, mirando, soñando, haciendo fotos y meditando. Al caer la noche, regresó a su rincón entre los naranjos y al día siguiente hizo más fotos, las reveló y sacó copias. Las fue juntando en un álbum y escribiendo notas en cada margen. Salió de nuevo al día siguiente y al otro y al otro y recorrió los sitios que añoraba y continuó sacando fotos. Tres semanas más tarde preguntó al dueño del rincón de los naranjos:

- ¿Por cuánto tiempo más me deja usted vivir en este lugar?

- Todo el tiempo que necesites o quieras.

- ¿Incluso aunque fuera un año y todo lo que de mi vida queda?

- Incluso todo este tiempo yo le dejo a usted que viva en este rincón pequeño.

- ¿De verdad no le molesto?

- De ninguna manera.

Y el hombre se alegró y agradeció la generosidad del dueño del terreno de los naranjos.

 

               Por eso aquella misma noche, renovó su ilusión y preparó con entusiasmo las cosas para seguir haciendo fotos y tomando notas de lo que sentía a iba descubriendo. Y como era otoño ya bastante avanzado, se ilusionó aun más con los paisajes que junto al río Darro y por la ladera de la Alhambra iba encontrando. Se decía: “El otoño es como el preludio de lo que se acaba y desaparece para siempre. Algo así como lo que yo estoy viviendo en esta etapa de mi vida y en el encuentro con los lugares que recorrí de pequeño. El otoño es hermoso y despierta en el alma sentimientos del final de un viaje y la llegada al lugar del que nunca regresaremos”.

 

               Y al día siguiente, estaba él sentado en las laderas que desde el Generalife caen hacia el río Darro, cuando vio que el trozo de tierra de los naranjos y donde tenía la vivienda que le habían prestado, se concentraban muchas personas. Miró con interés y esperó un poco. Al rato sitió golpes y voces y esto le inquietó. Hizo unas cuantas fotos de árboles con hojas amarillentas y teñidas de otoño y luego subió rápido por los caminos, llegó al lugar de los naranjos y al ver al dueño del trozo de tierra, le preguntó:

- ¿Qué es lo que pasa por aquí hoy?

- Han dando orden para que comiencen las obras que tanto tiempo vengo esperando.

- ¿Qué obras son esas?

- Ya te dije que todo por aquí iba a cambiar de la noche a la mañana.

- Pero de los cuatro árboles que aún quedan de aquellos tiempos en estas laderas del Albaicín y frente a la Alhambra ¿qué va a ser de ellos?

- Vienen tiempos modernos y hay que dar paso al futuro.

 

               Se refugió el hombre en su rincón pequeño y prestado y aquella misma noche, revisó la colección de fotos. Las ordenó muy cuidadosamente, con el deseo de contar una historia con la mayor belleza y claridad. Pero se encontró que cuando llegaba al final de la historia que necesitaba contar, le faltaba una foto. “Es la más importante, la más bella y la que resume todo lo que por aquí he visto estos días, siento y ahora deseo contar”.

 

               Toda la noche estuvo intentando encontrar la foto final de su colección y no daba con ella. Tampoco pudo hacerla al día siguiente ni al otro ni al otro. Sí se enfadó con el dueño del trozo de tierra aun virgen en las laderas del Albaicín y frente a la Alhambra. Y por eso, al ver el destrozo que estaba llevando a cabo y comprobando que nada podía hacer por detener la transformación, al día siguiente se marchó diciendo al dueño de los naranjos:

- El único rincón que en este barrio del Albaicín aun conectaba con el pasado, tú lo estás rompiendo. Ya entiendo por qué en mi colección de fotos no encuentro la que exactamente sirve para poner punto y final.

 

               Unas horas después, el hombre se marchaba del barrio y de Granada. Nunca se supo nada más de él ni de su colección de fotos. Sí unos días más tarde, el único rincón virgen que en el barrio del Albaicín continuaba mostrando los paisajes del pasado más lejano, desapareció para siempre. Hoy, en este lugar y barrio, desde la Alhambra se ven muchas casas blancas, jardines, calles estrechas y flores y muchas ventanas. Pero ahora nadie sabe ya ni es capaz de imaginar cómo serían los paisajes de aquellos primeros tiempos. Todo por aquí y en ara del progreso, se ha transformado tanto, que se borran los caminos y hasta es imposible imaginar cómo será el final. La última foto de la colección.        

 

   
Chat de soporte de Bubok ×