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Un camarada, al fin y al cabo Murió como uno más. Su sangre chorreó por su brazo, goteando en la punta de sus dedos. Sus ojos, ahora vacíos de sentimiento alguno, seguían mirando al frente. Al enemigo. Pero sus rodillas nunca llegaron a doblarse. Murió como cualquiera, sí. Pero murió de pie, animando así a sus hombres a seguir luchando. Y lo hicieron. Lucharon con todas sus fuerzas para su gloria. Para su memoria. Porqué él había dado su vida por ellos. Porqué él había demostrado ser un compañero hasta la muerte. Porqué el, al fin y al cabo, demostró ser tan mortal como ellos. |
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La abuela
Murió sin esperarlo, le pilló la muerte en bata, sin arreglar. Mientras sus familiares discutían los detalles del entierro y el reparto de la casa, se levantó. Le costó escoger el traje pero, finalmente, prefirió el verde y escotado, de joven le sentaba tan bien. Se pintó los labios, incluso se rizó las pestañas antes de dibujarse una fina línea en el borde del ojo. “Ahora ya me puedo morir”, se dijo. Cuando se asomó su nieto Carlitos le preguntó qué hacían. “Discutir” dijo él encogiéndose de hombros. Y luego: “Estás muy guapa, abuela”. “La muerte me sienta bien”, respondió. |
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Vae
Victis |
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…dulce compañía —Murió. —Imposible —decía mientras buscaba entre los papeles con interés—. ¿Lo ves? —Mostrando el documento que por fin había encontrado—. Hasta el diez de enero del 2098 no está prevista su muerte. —Pues murió. ¿Qué quieres que te diga? Está muerta. Muerta y enterrada. —Vale… vamos a intentar arreglar esto. —Seguía rebuscando entre la montaña de folios—. Aquí está. Ésta es la que tenía que haber muerto, les cambiamos las fechas y arreglado. —Vale. —¡Pero cuídamela hasta el diez de enero del 2098! Es el tercer apaño que te hago en este siglo, no puedo trapichear más |
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. Eufemismo Murió. Murió sin decir «adiós», aunque nos despidiéramos a nuestro modo. Murió con su otrora vigorosa mano estrechando la mía hasta hacerla desaparecer. Cuando hubo perdido su fuerza la relajó y la acuné entre las mías. Murió con el rostro dibujando una eterna sonrisa que calmó mis nervios, pero que no pudo limpiar mi alma. Enjugué mis lágrimas antes de salir de la habitación al encuentro de mis hermanos; no quería hacerles sentir más culpables de lo que ya estaban por haberme elegido a mí para desconectar a papá.
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Traición Murió sin saberlo, en la más absoluta ignorancia y no fue así por respeto ni por pena. Debía morir para evitar un nuevo levantamiento del pueblo, descontento con sus gobernantes. Todos los leales al joven monarca se hacían preguntas. Nadie entendía la repentina enfermedad del rey. Murió, sí, porque convenía a la ambición de quienes decían amarle. Jamás hubiera creido que su propia madre, sin imaginarlo siquiera, le envenenaba. |
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Delicatessen
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