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PAISAJES NEVADOS Al levante de la colina de la Sabika, entre el río Genil y Darro, se alza un monte muy bonito. Una pequeña montaña que es casi mirador a un valle ancho, a las cumbres de Sierra Nevada, al cauce del río Darro y a las torres y murallas de la Alhambra. En todo lo alto de este monte, hay unas ruinas muy antiguas, justo donde crecen varios árboles centenarios y desde donde se descuelga una pequeña ladera sembrada de olivos y un ancho arroyo que entrega sus aguas al río Darro antes del valle. A la derecha de este monte hermoso y extraño, hubo bosques y hondonadas, al frente y por donde el sol cada día sale, se prolongaban las montañas, a la izquierda, se adivinaban copiosos manantiales y a las espaldas, por donde el sol se pone cada tarde, es por donde se eleva la gran colina de la Alhambra y la ancha Vega de Granada. Muchas tardes, en mis paseos por los lugares que rodean a la Alhambra y fueron paisajes muy concretos en otros lejanos tiempos, he subido hasta lo más alto de este cerro. Siguiendo una estrecha sendilla de tierra y aquí, en las gruesas piedras llenas de musgo y besadas por el sol, la lluvia y el viento, me he sentado. Frente a las nieves de Sierras Nevada, con la ladera de los olivos y la profundidad del arroyo, a mis pies y acompañado solo del vientecillo fresco que por el lugar siempre corre, del profundo silencio, de la soledad en este monte y del azul del cielo y el sol de las tardes. Y cuando en este silencio y mirador a los infinitos, solo me he sentado, siempre he sentido como un misterioso beso. Como si Dios, el cielo, el Universo eterno, estuvieran a mi lado mostrándome un camino muy bello y por completo oculto a los ojos de la cara. Sin saber cómo ni pretenderlo, he rezado y me he sentido bien. Hondamente en paz conmigo mismo, lleno de vida y fuerza y con la clara sensación de estar en presencia de lo más puro, bello y eterno. Por eso, más de una vez me he dicho: “Es como si en este cerro, entre las piedras de estas ruinas y al rumor del vientecillo por entre estos centenarios árboles, estuviera Dios abrazando. Y como si en este abrazo me dijera: - Te estoy mostrando, de la manera más limpia y sencilla, quién es el dueño de cuanto existe y que para ti tengo reservado ese gozo profundo que a lo largo del tiempo tú y millones de personas, habéis soñado. Te tengo reservado el mayor y mejor de todos los paraísos.” Y como una vez y otra y cada tarde que por este lugar vengo, me siento bien parado en este cerro y meditando, creo que ahora ya sí estoy preparado para contar el relato. Sentado encima de las piedras de este amigo rincón, miro hacia la ladera de los olivos, terreno que me queda en la dirección en que sale el sol y a mis pies y me parece verlos. A la madre, a su niña, al padre y al anciano y, sobre todo, a ellos montados en sus caballos y gritando mientras bajan hacia el barranco para hacerlos desaparecer. Y aunque todo esto sucedió hace ya mucho, mucho tiempo, cuando todavía había reyes en la Alhambra, a veces me parece que ocurre ahora mismo. Por la ladera que cae hacia el arroyo, un día y otro, ellos se movían. Cuidando de los olivos, en muchos momentos, recogiendo orégano, moras de las zarzas, mejorana o bellotas de las centenarias encinas que por el lugar crecen y sentándose frente al sol de la mañana para calentarse en los días fríos de invierno. Y los cuatro eran felices a pesar de la dura lucha de cada día y los escasos alimentos que de la tierra sacaban. Porque también cultivaban un pequeño huerto junto a las aguas del arroyo y cuidaban un reducido rebaño de cabras y siete u ocho ovejas. Abajo, ya casi al final de la ladera, por donde el arroyo se despeña en tres o cuatro cascadas y luego se remansa en charcos, tenían su vivienda. Una bonita cueva natural en el mismo corazón de una gran roca y que mostraba su puerta en la misma dirección en que se van las aguas del arroyo. Por eso, desde la hermosa puerta natural de esta cueva, nada más situarse aquí, ellos veían un paisajes muy amplio y bello. En primer plano les quedaba la ladera de los olivos, que arrancaba justo de la puerta de la cueva y luego subía como trazando juegos con el sol de la mañana. Al fondo, se veía siempre el arroyo, alejándose por entre dos altas colinas y a su derecha y un poco más al norte, era por donde los bosques se espesaban. También era por aquí por donde aquella mañana de invierno y paisajes nevados, aparecieron los hombres de los caballos. El día anterior, al caer la noche, el cielo estaba muy nublado pero no hacía frío ninguno. Sin embargo, según la noche fue avanzando, el frío aumentaba y ya de madrugada se oyó el crujido de un gran trueno. Dentro de la cueva, junto a las cascadas y en la gran roca, acurrucadas en sus mantas de lana y piel de oveja, la madre dijo a su niña, al notar que ésta se despertaba: - Es una tormenta que se acerca. Dentro de un rato, la lluvia caerá y puede que sople fuerte el viento. - ¡Tengo miedo! Exclamó la niña acurrucándose en la madre y en las mantas de lana. - Tú no te preocupes que en estas montañas, estas cosas pasan cuando menos se les espera. Arrópate bien para no tener frío y deja que la nube llegue y descargue lo que quiera. Se oyó otro trueno pasado un rato y entonces la madre miró para la puerta de la cueva. Vio que la luz del nuevo día ya entraba en la cueva y también comprobó que no era lluvia lo que del cielo caía sino grandes copos de nieve. Miró a su niña y la vio dormida, muy liada en las mantas de lana y tuvo el deseo de llamarla para que viera la nieve caer. Pero se dijo: “Mejor es que la deje dormir hasta que se despierte sola. Ya tendrá luego tiempo de ver la nieve tapizando estas laderas y todos los paisajes que nos rodean”. Y tal como estaba ella también acurrucada en las mantas, siguió mirando a través de la puerta de la cueva. La nieve caía en grandes copos que suaves se posaban sobre las piedras de la misma puerta y en las ramas de los árboles que había cerca. Se dijo mudamente y como hablando consigo misma: “Es tan mágico este amanecer y tan hermosos los copos blandos que caen que hasta entran ganas de irse volando”. Y en este embeleso y silencio estuvo durante mucho rato. Luego, cuando ya la luz del nuevo día iluminaba claramente, se incorporó de la cama de mantas donde, junto a su niña, estaba acurrucada. Cogió algunas ramas y palos secos, en el rincón de la derecha hizo fuego en el hueco que servía de chimenea y se puso a calentar un poco de leche, mientras doraba una pequeña sartén de migas para ella y para su niña. La despertó un poco más tarde y cuando ésta vio los copos de nieve caer y el gran manto blanco que ya se veía a lo ancho de los paisajes, dijo a la madre: - Nunca he visto yo un amanecer tan mágico como éste. ¿Hasta cuándo estará nevando? - Es una tormenta que cruza por estas montañas. Puede que pare dentro de un rato. Y media hora después, dejó de caer nieve. Ya todos los campos estaban por completo cubiertos de una ancha y espesa alfombra blanca. Después de comerse la pequeña sartén de migas con leche de cabra calentita, salieron de la cueva, muy abrigadas en gruesas telas de lana y la madre dio su mano a la niña. Se puso a caminar por la sendilla que desde la cueva surcaba la ladera y subía hasta lo más alto del collado que se veía al frente. Era este el camino que el padre y el abuelo, recorrían con frecuencia para acercarse a la ciudad de Granada y a los recintos de la Alhambra. También para sus tareas en los trabajos de las tierras, olivos y pequeño rebaño de cabras y ovejas. Y precisamente el día anterior, el padre y el abuelo, habían recorrido este camino dirección a la Alhambra. Porque dos días antes, a su cueva junto a las cascadas, habían llegado unos soldados montados a caballo y le dijeron al padre: - De parte del secretario general del rey de la Alhambra, que te presentes mañana mismo en aquellos palacios. - ¿Para qué me quiere y qué tengo que llevar? - No lo sabemos. Nosotros solo te comunicamos lo que nos han dicho. Y al día siguiente, el padre y el abuelo, salieron de la cueva, tomaron por la sencilla que surca la ladera y al poco, trasponían por el collado, dirección a la Alhambra. Hoy, esta extraña, serena y blanca mañana de invierno, ya hacía bastantes horas que los dos faltaban de estos lugares. Y como la madre no tenía ninguna noticia ni señal, dijo a su niña mientras ahora se ponían en camino por la senda de la ladera: - Vamos a subir al collado a ver si desde ahí los vemos por algún lado. - Pero mamá, con tanta nieve como ahora mismo hay en estos lugares ¿cómo van a volver ellos? - Tu padre y el abuelo, siempre han sido valientes y fuertes. Yo he aprendido de ellos y por eso tú no tengas miedo. Mientras los esperamos y salimos a su encuentro, también disfrutamos de esta nevada tan grande y blanca, ahora mismo cubriendo estos campos. Y conforme ya iban recorriendo la ladera, descubrían que las nubes se abrían en el cielo. El viento estaba por completo en calma y el sol, por lo más alto de las montañas al levante, aparecía de vez en cuando. Por eso, en cuanto la nieve dejó de caer, todo el paisaje se quedó por completo en calma y hasta parecía que la primavera quería brotar por todos lados. Lentamente remontaron ellas siguiendo la senda hasta que se encajaron en lo más alto del collado. Donde uno de los arroyos de la ladera nacía y donde, a un lado y otro, crecían gruesas y recias encinas. Todas se veían con sus ramas llenas de nieve y lo mismo los amplios paisajes que desde el lugar se divisaban. La madre detuvo sus pasos justo en lo más alto y, durante unos segundos, miró muy concentrada para la robusta colina de la Alhambra. A lo lejos, como perdida entre finas cortinas de nubes y algo tapada por grandes sábanas de niebla, se vía la recia figura de la Alhambra, las altas torres y murallas y más al fondo, se intuía la ancha Vega de Granada y las casas de la ciudad, todas también cubiertas de blanco. Y mientras ella se asombraba del inmaculado y ancho paisaje que ante sus ojos se abría, sus pensamientos se concentraba más y más en el recuerdo del marido y del abuelo. Para sí pensaba: “¿Dónde estarán ahora mismo y qué puede haberles pasado para que no vuelvan?” Le preguntó su niña: - ¿Tú crees que regresarán esta mañana? - No lo sé pero seguro que sí. Por eso, aquí mismo vamos a quedarnos a esperarlos para, en cuanto lleguen, ver qué noticias nos traen y por si necesitan que les ayudemos en algo. A la derecha del collado, sobre una gran piedra, la madre y la niña se sentaron. Frente al sol que cada vez aparecía más hermoso y, por entre las nubes, se quedaba más rato. Por detrás de ellas, un poco retirado en el terreno del collado, se veía la pequeña construcción de piedra. Una obra muy sencilla, rectangular, con solo seis metros de largo y tres de ancho que el padre y el abuelo, habían levantado tiempos atrás. Con piedras calizas, trabadas entre sí con mezcla de cal y arena y rematada en las partes altas, con sencillas estructuras de madera. Sobre esta estructura ellos habían colocado varias capas de ramas: retamas, lentiscos, madroñeras, ramas de encinas y juncos del manantial que brotaba algo más arriba. Y en esta tan sencilla y pequeña construcción, guardaban ellos algunos de los frutos que recogían en las cosechas y también las herramientas para labrar las tierras. Por dentro, la pequeña construcción, estaba dividida en dos estancias. La primera era donde se encontraba la puerta para entrar y donde también habían construido una sencilla chimenea para hacer lumbre en los momentos en que lo necesitaran. La segunda estancia, servía como de habitación y era aquí donde ellos guardaban los productos que recogían de las tierras: algo de trigo, avena y cebada, almendras, nueces, manzanas, higos secos y avellanas. A lo largo del año, de estas reservas en forma de despensa, iban cogiendo lo que necesitaban para alimentarse y también lo compartían con los animales que cuidaban. La paja que sacaban del trigo, avena y cebada y también algunos que otros cereales, se la daban como alimento a su pequeño rebaño de ovejas y cabras en los días de invierno y momentos de nieve como el que hoy se había presentado. Por eso, al poco de estar sentadas en la piedra al lado del camino, para descansar de la subida de la cuesta y para calentarse un poco con el sol que de vez en cuando aparecía por entre las nubes, la madre dijo a su niña: - Ayúdame y echamos de comer a las cabras y ovejas nuestras. Hoy no podremos llevarlas por el campo con tanta nieve por estos paisajes. Y la niña, siguió a la madre dirección al pequeño edificio de piedra donde estaban las alpacas de paja y el grano para alimentar a sus animales. Y pisaban ellas el umbral del edificio de piedra cuando, de pronto, sintieron voces y gritos. Sorprendida la madre miró para el barranco y, por la ladera al otro lado del arroyo, los vio. Un grupo de soldados montados a caballo, algunos y caminando, otros, bajaban por el camino. Delante de ellos, traían al padre de la niña y al abuelo y al llegar al arroyo, todos quedaron ocultos por entre las adelfas, tarayes y juncos. La madre siguió mirando y no tardó en oír desgarradores gritos que pedían ayuda. Los soldados parecían alegrarse y con los caballos, trotaban de un lado a otro y lanzaban grandes voces. Por completo aterrada la niña, preguntó a la madre: - ¿Qué está pasando? - No lo sé, hija mía pero creo que algo muy grave. - ¿Están matando a padre y el abuelo? - Quizá no pero parece que sí le pasa algo. - ¿Vamos y les ayudamos? - Puede que mucho no podamos hacer nosotras pero sí, vamos. Y la madre, haciendo un esfuerzo para que su niña no viera el miedo que en su corazón había, cogió a la pequeña de la mano y rápidas comenzaron a bajar por la sendilla de la ladera. Pero solo unos minutos después, vieron a los hombres de los caballos subir a prisa ladera arriba, ahora ya sin el padre ni el abuelo. Dijo la madre a su niña: - Vienen a por nosotras. - ¿Qué hacemos, mamá? Sin pronunciar palabras, la madre agarró fuerte a su niña, se volvieron para atrás, subieron a toda prisa el trozo de ladera que habían recorrido solo uno minutos antes y se refugiaron en la pequeña construcción de piedra. No tardaron los soldados en llegar, abrieron la puerta del corral de los animales y los empujaron por la senda que desde el collado seguía dirección a la colina de la Alhambra. Pero antes de alejarse, el que parecía jefe del batallón, ordenó: - Prended fuego al pajar y que arda todo lo que dentro hay. Solo unos minutos después, el chorro de humo blanco y con olor a hierba seca y monte, se elevó desde el collado. Hacia las cumbres blancas y las nieves que relucían en las montañas más altas. Y mientras los soldados dirigían sus caballos por el camino que desde allí viene a la Alhambra, por entre las llamas y humo de la pequeña construcción de piedra y monte, se oían gritos pidiendo ayuda. No le hicieron caso y sí continuaron empujando camino adelante al pequeño rebaño de ovejas y cabras. Al poco, se alejaban del collado y todo por el lugar quedó en silencio y por el aire revoloteando las últimas hebras de humo. Al caer la tarde, el cielo se nubló densamente y al oscurecer, la nieve comenzó a caer. Sin parar estuvo nevando toda la noche y al amanecer, todo el collado, las laderas y montañas cercanas, amanecieron cubiertas con un espeso manto blanco. Una nevada como no se había visto nunca por estos lugares. Por el collado, por las ladera de los olivos, por el barranco donde la cueva en las rocas y por la curva de las adelfas y grandes charcos azules, todo era silencio profundo y quietud eterna. Solo algunos mirlos, petirrojos y zorzales, revoloteaban como buscando un trozo de tierra libre de nieve. Durante diez días, la nieve siguió cayendo y los campos estuvieron cubiertos más de un mes largo. Luego salió el sol y poco a poco, la nieve se fue derritiendo. Y por los paisajes, la hierba creció y se abrieron cientos de flores en todos los colores y tamaños. Nadie apareció ni por el collado ni por el barranco de la cueva ni nadie echó de menos al padre, al abuelo o a la madre con su niña. Siguió corriendo el tiempo y en ningún momento, nunca nadie habló ni comentaban lo ocurrido por el lugar. Hoy, muchos, muchos años después de todo aquello, yo vengo de vez en cuando al collado donde estuvo y todavía se ven algunas ruinas de aquel pequeño edificio de piedra y monte. Sobre estas ruinas me siento en silencio y rezo. Y a veces noto como si el mismo cielo me abrazara y llenara de consuelo. Como si Dios, desde lo más profundo de la eternidad y donde no existe el tiempo, emergiera y por aquí se hiciera presente de una forma especial, para abrazar y besar a la madre con su niña y al padre y al abuelo. |