
307- TARDE DE INVIERNO POR LA ALHAMBRA
El río Darro, a su paso por el Paseo de los Tristes y Puente del Aljibillo, bajaba muy crecido. Con el agua color chocolate y arrastrando la hierba de las orillas, ramas de zarzas y hojas de álamos y sauces. Era pleno invierno y, a lo largo de casi una semana entera, había llovido mucho. Sobre las Sierras de Huétor Santillán, que es donde nace este río y por todas las altas colinas a un lado y otro. También había nevado mucho unos días antes de las lluvias. Las nieves habían caído sobre las montañas de cabecera del río Darro y, más aun, sobre las cumbres de Sierra Nevada. El invierno estaba siendo muy lluvioso y también muy potente en frío.
Se paró un momento en el muro que encaja al río, a la altura del viejo Hotel Reuma. Miró despacio la turbia corriente del río y por entre las adelfas, siguió atento los revoloteos de un mirlo blanco que este invierno vive por aquí. Sacó su cámara, hizo algunas fotos a este mirlo blanco, al mirlo acuático que también este año revolotea por este tramo del río y luego también hizo algunas fotos al pequeño pajarillo, gris amarillo, llamado lavandera cascadeña. Se dijo: “Este río Darro, ya aquí mismo en Granada y Paseo de los Tristes, está lleno de vida. No solo es grande su corriente y crece densa y variada la vegetación sino que hasta la fauna es muy especial. Deberíamos cuidar mucho este río amigo de la Alhambra y con tanta riqueza natural en el mismo corazón de la ciudad”. Y pensó luego en la muchacha que hacía unos meses había visto tocar su flauta bajo el Puente del Aljibillo y siguió.
Enseguida a su derecha, se le quedó el camino que lleva a la Fuente del Avellano y al mirar, a su mente vino la imagen de la muchacha rusa que se refugia en una de las cuevas que hay más arriba de la fuente. De nuevo se dijo: “Con tanta lluvia y este frío invierno, lo estará pasando mal. Y seguro que además de frío, se sentirá sola y tendrá hambre. Es buena persona y de ningún modo merece vivir de esta manera”. Siguió caminando y en unos metros, ya remontaba por la estrecha calle empedrada, comienzo de la Cuesta del Rey Chico. Al frente, se alzaba la figura de la Alhambra y a sus espaldas, cada vez que volvía la cabeza, veía las casas del Albaicín. Hoy más blancas que otros días porque estaban lavadas por la lluvia pero como veladas por fina cortinas de humo y algunos girones de niebla. De muchas chimeneas en las casas del Albaicín, salían chorros de humo. Otra vez se dijo: “Con este frío y tanta lluvia, lo que más apetece es precisamente eso: encender una lumbre en la chimenea y sentarse frente a las llamas para calentarse mientras pasa el tiempo. Y la tarde de hoy, parece que más que otros días, invita a esto”.
Subía lento la empinada Cuesta del Rey Chico y miraba a un lado y otro. Hoy, como tantas otras tardes desde hacía muchos años, recorría este camino buscando algo. No sabía qué pero hacía fotos, miraba, se paraba y luego seguía. De aquí que, después de tantas tardes y años recorriendo este camino y otros rincones de la Alhambra, ahora ya supieran mucho de todos estos sitios. Más incluso que los historiadores y guías de turistas. Porque, no solo cada día y a lo largo de muchos años recorría estos caminos sino que, cuando llegaba a su casa, leía y escribía para conocer más a fondo todos los secretos de la Alhambra. Sus amigos le decían:
- No sé para qué te esfuerzas en aprender tanto de estos sitios si luego no sacas ningún beneficio de ello.
- Lleno mi tiempo y por dentro voy creciendo.
- ¿Creciendo en qué?
- En algo que no tiene nombre y que solo se consigue del modo en que lo hago yo.
- Si al menos te dedicaras a explicarle a las personas lo que ya sabes de estos lugares, sí que tendría sentido tu trabajo. Enriquecerías a los que te escucharan y vivirías bonitas experiencias para escribir tus libros.
- Aunque no haga eso, para mí tiene mucho sentido lo que cada día vivo.
Terminó de remontar la gran cuesta empedrada y se encajó justo donde aparecen las torres clavadas en la muralla. Torre del Arrabal, Torre de los Picos,Torre de la Cautiva, Torre de las Infantas, Torre del Agua… Y al llegar a este lugar vio que los avellanos que por aquí, junto al riachuelo crecen, tenían sus ramas repletas de flores colgando en forma de zarcillos. Sacó su cámara, se puso a hacer fotos y se entusiasmó tanto que ni siquiera la vio acercarse. Pero al volverse para atrás con la intención de continuar su paseo, la vio. Se había parado frente a un pequeño panel con un plano de la Alhambra que por aquí han colocado los que gestionan estos recintos. Era joven, con un gorro gris sobre su pelo, envuelta en una recia bufanda y abrigada con gruesas prendas. Se acercó y le preguntó:
- ¿Buscas algo?
- Solo voy por aquí descubriendo esto. ¿A dónde lleva este paseo?
- Siguiendo recto, en unos metros, llegas a los pabellones donde venden las entradas para visitar los jardines y palacios de la Alhambra. Yo voy en esa dirección y paso por ahí.
No dijo nada ella pero sí comenzó a caminar en la misma dirección que él llevaba. Al rozar la Torre de la Cautiva, le explicó el relato del libro Cuentos de la Alhambra y algo de Washington Irving, autor de este libro. Dijo ella, en un español poco claro:
- Nunca he oído hablar de este libro ni de este escritor.
- ¿De dónde eres?
- De Brasil y estoy en España con beca Erasmus. He venido este fin de semana a conocer Granada y mañana voy a subir a Sierra Nevada.
Al oír esto, pensó él que podía explicarle los rincones que estaba recorriendo y que así conocería las cosas más importantes de la Alhambra. Por eso, al pasar bajo el arco de la Acequia Real, le habló del Generalife, del agua del río Darro, de la Acequia Real, de las huertas y jardines que riega y luego le dijo:
- Para entrar al recinto amurallado, sigue por aquí a la derecha y, al final, te encontrarás con la Puerta de los Carros. Algo más abajo y al frente, se ve el gran arco de la Puerta de la Justicia. Es ahora mismo la entrada principal de todo lo que hay en el interior de la muralla: Alcazaba, Palacios Nazaríes, Partal, Medina, ruinas de los palacios de los Abencerrajes, Convento de San Francisco y Paseo de las Torres.
- Y un plano ¿dónde puedo conseguirlo?
- Ven por aquí.
Desde la misma puerta de la casa de las Mimbres, caminaron unos metros, llegaron al pabellón donde venden las entradas, se acercó a una de las ventanillas, pidió un plano, lo abrió y frente a la muralla que baja hacia la Torre de los Siete suelos, le explicó el camino que tenía que recorrer para llegar al Palacio de Carlos V. Escuchó ella con gran interés, con el plano abierto entre sus manos y de pronto él le preguntó:
- ¿Quieres que te acompañe y te explico todo lo que en el plano estamos viendo?
Y muy secamente la joven dijo:
- No.
- Pues continúa todo recto, tal como aquí ves y cuando estés dentro, puedes visitar gratis, el museo de la Alhambra y también el de bellas artes.
La despidió y, durante unos segundos, la vio caminar en busca de la acera que desciende paralela a la muralla, dirección a la Puerta de los Carros. Subió él despacio en busca de los jardincillos que preceden a los aparcamientos de la Alhambra. Por aquí miró buscando la presencia de algún ave curiosa en estos parajes y como no la encontró, al poco se volvió y por el paseo central del bosque, bajó. Meditando sus cosas y mirando a un lado y otro por si encontraba algo interesante para sacarle fotos. Y se ocultaba el sol por el fondo de la Vega del río Genil, cuando cruzaba el bonito arco de la Puerta de las Granadas. Siguió bajando por la calle de Gomérez cuando, al mirar como distraído para la derecha, la vio. La reconoció enseguida y descubrió que ella también lo había visto.
Subía por la Cuesta de Gomérez, por la otra acera, con el plano en la mano y jugando con su bufanda. No le dijo nada ni ella tampoco prestó ninguna atención a su presencia pero para sí, él si reflexionó: “Hace apenas media hora que la he despedido dirección al palacio de Carlos V. Si ahora mismo sube por aquí como del centro de la ciudad, es imposible que haya estado dentro del recinto amurallado de la Alhambra. Puede ser que se haya perdido y, en lugar de entrar por la Puerta de los Carros o la de la Justicia, haya seguido bajando creyendo que lo que buscaba estaría por aquí”.
Y mientras ahora solitaria cruzaba el arco de la Puerta de las Granadas y él seguía bajando hacia Plaza Nueva, se lamentaba que ella no hubiera aceptado su ofrecimiento para acompañarla y explicarle las historias y secretos de la Alhambra. “Si me ha dicho que mañana sube a Sierra Nevada y pasado mañana regresa a la ciudad donde estudia, se irá de Granada sin conocer las maravillas que por estos lugares hay, aunque esta tarde los haya pisado. Y mis ofrecimiento ha sido sincero porque confío en lo que sé de estos sitios por lo mucho que he pisado todo esto, los libros que he leído y las páginas que tengo escritas. Yo no le hubiera hecho ningún daño sino que la habría tratado con el mayor respeto y cariño. Y estoy seguro que le hubiera aportado una rica y bonita experiencia en su visita a la Alhambra y a la ciudad de Granada”.
Y mientras ya la noche comenzaba a llegar y se perdía por entre la gente por Plaza Nueva, seguía rumiando en su corazón lo que en la joven había visto.