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romi
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La almunia de los naranjos

16 de Mayo de 2013 a las 10:10

Bubok

LA ALMUNIA DE LOS NARANJOS

 

               Con el nombre de almunias, son conocidas las fincas de recreo, propiedad de las élites urbanas, situadas en el entorno de las ciudades islámicas. Todas ellas tenían en común el hecho de disponer de espacios irrigados que servían para la producción agrícola y el disfrute de sus dueños, además de acoger importantes residencias y palacios. En Granada se encuentra la única almunia nazarí que ha llegado a nuestros días conservando sus huertas y el edificio residencial o palacio: es el Generalife, cuyo nombre árabe era ‘Jenan al-Arif’, el jardín del arquitecto. Hubo otras fincas parecidas de las que quedan restos arqueológicos, como el ‘Jenan al-Arus’ por encima del Generalife y el Alcázar Genil en la Vega, mientras otras desaparecieron completamente y solo queda el nombre, como la Casa de las Gallinas, debajo de Cenes de la Vega, a orillas del río Genil.

 

               Él tenía la cama justo al ras de la ventana. Al lado del levante y en el ala de arriba de la casa. Y aquella templada mañana de primavera, cuando se despertó, lo primero que hizo fue mirar por la ventana. Tal como estaba en la cama y envuelto por el canto de muchos pajarillos: gorriones, mirlos, currucas, carboneros, verderones, chamarices, tórtolas y palomas. En uno de los rincones del patio y en el alero de una de las paredes, una pareja de golondrinas se afanaban en la construcción del nido. Iban y venían con pequeñas pellas de barro en sus picos que, con mimo y maestría, aplastaban contra la pared donde las primeras partes del nido ya se veían. Al otro lado del patio y del edificio, al frente y algo lejos, al mirar vio la alta montaña cubierta de bosque, una fina cortina de brumas y el sol levantándose sobre la cumbre. Tuvo conciencia de inmortal y bello momento y cuadro y por eso exclamó:

- ¡Dios míos!

 

               Poco después se levantó. Salió de la casa, atravesó el patio empedrado, cruzó el portón de la entrada y unos metros más adelante, se paró y dándose media vuelta, miró para atrás. Posó sus miradas en la pared y parte de arriba del portón y leyó: “Puerta del Paraíso”. El airecillo que subía del río le trajo racimos de esencias a flores de azahar y al mirar para las tierras llanas entre el edificio y la corriente de las aguas, ante sí apareció toda la llanura tapizada de naranjos. Todos estaban repletos de pequeñas flores blancas por donde revoloteaban cientos de abejas y mariposas. Se dijo: “Un año más, los naranjos se cubren de perlas blancas y olorosas, dando testimonio así de la presencia de la primavera y preparándose para la nueva cosecha. ¿Quién estará por aquí cuando de nuevo maduren otra vez las naranjas?” Por entre los árboles repletos de azahar, cantaban, iban y venían multitud de pajarillos en todos los tamaños y colores. De nuevo alzó su mirada para la cumbre de enfrente, un poco a la izquierda de Sierra Nevada y su corazón se llenó de asombro, mezclado con finos hilos de dolor, nostalgia y cansancio. Susurró: “El amor es bello y es la gran fuerza de la creación pero destruye y engendra dolor y mata. Nada hay más grande en este suelo que la armonía con una mismo y el silencio en el corazón y cuerpo”.

 

               Poco después, se le vio remontando por la estrecha senda que surcaba la ladera, subiendo desde el valle y pasando por la cañada. Se paraba, de vez en cuando, para echar una última miraba al valle de los naranjos y al grandioso edificio entre árboles y acequias de aguas color a nieve y bosques verdes. El mágico paraíso que solo un poco y a lo largo de algún tiempo, le había pertenecido. Más a lo lejos, dirección al sol de la tarde y por donde la ancha Vega de Granada, asomaban las altas torres de la Alhambra, entre jardines y murallas. De nuevo se dijo: “Tener la mente en blanco y no sentir nada más que el imperceptible palpitar de la naturaleza, es el sueño más perfecto y las mayor felicidad. Y no sentir dolor alguno, ni siquiera los latidos del corazón, es haber alcanzado en mejor de todos los paraíso y bendición divina”.

 

               Llegó a lo más alto de la cumbre cuando el sol de la mañana ya estaba a media altura. Bajo un gran roble y en la piedra tapizada de musgo, se sentó mirando al valle de la almunia con los naranjos repletos de flores blancas. Miró en silencio durante un rato y de pronto exclamó:

- ¡Dios mío!

 

               ¿Qué donde estaba esta Almunia de los Naranjos y por qué pasado el tiempo desapareció y nadie, desde aquella mañana, supo nunca más de él?  Nadie hoy lo sabe ni en ningún documento hay escrito nada que haga referencia a estos hechos pero este sueño fue real al levante de la ciudad de Granada y de la Alhambra. Yo sí puedo dar fe de ello. 

 

 

   
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