
SENTADO EN EL PUENTE
Vivir para solo gastar el tiempo,
es la mayor de todas las pérdidas.
Junto a las murallas de la Alhambra, lo vi sentado en el pequeño puente. Miraba a las aguas de espaldas a la Puerta del Arrabal y parecía soñar. Frente le quedaba la Torre de las Princesas por donde, en cascada blanca, el agua de la Acequia Real, se derramaba en el arroyuelo. Cauce pequeño que desde las murallas y corazón de la colina de la Alhambra, desciende por el barranco de la Cuesta del Rey Chico hasta el río Darro, por debajo del Puente del Aljibillo. A su izquierda se veía el singular camino medieval que usaron los reyes nazaríes en aquellos tiempos y todavía existe y lleva al Generalife.
Por el paseo que discurre riachuelo abajo, pegado a las murallas y entre las huertas medievales, llegaron ellas. Dos jóvenes muy hermosas que al acercarse ni lo saludaron. En el bloque de piedra que, bajo uno de los olivos sirve para sentarse, soltaron sus mochilas. Se quitaron sus sandalias y, entre alegres comentarios, caminaron hacia las aguas. Cogidas de la mano, pisaron la corriente arroyuelo arriba y, al poco, se volvieron para atrás. Siguieron caminando hasta que estuvieron a solo unos pasos de donde él estaba sentado. Las miraba ahora muy interesado y se preguntaba quienes serían y por qué de esta manera jugaban con las aguas, cuando una de ellas le preguntó:
- ¿Puedes hacernos una foto?
Se levantó, cogió la cámara que la muchacha le alargaba, enfocó y le hizo la foto que le pedían. Al devolverla la cámara, la otra joven le dijo:
- No somos de Granada. Llegamos ayer por la tarde y mañana nos vamos pero antes de marcharnos, queríamos pisar el agua de este arroyuelo de la Alhambra. Nos han dicho que es muy bueno porque refresca no solo el corazón sino también el alma.
Quiso preguntarles algo pero no se atrevió. Pensó en ese momento en la joven que solo unas tardes antes, en este mismo rincón, sentada sola en el pequeño muro de la izquierda, leí un libro frente al sol de la tarde. También vino a su memoria la joven que hacía una semana, dibujaba el río Darro, sentada en el muro antes del Puente Cabrera. Y en la otra muchacha que el verano pasado, tocaba su flauta bajo el Puente del Aljibillo. También recordó a las dos jóvenes que en otoño, justo a la derecha de este pequeño puente del Arrabal y entre las hojas secas de los árboles, cantaban tristes canciones acompañándose con su guitarra. Pasaban por su mente estos recuerdos, románticos, tristes y poéticos, mientras seguía mirando a las aguas del arroyuelo y a las dos muchachas mojando sus pies en la corriente. Les preguntó:
- ¿Qué misterio hay en lo que estáis haciendo?
- Nos divertimos y al mismo tiempo, alimentamos el alma con algo bello. Y tú ¿qué haces aquí tan solitario?
- Solo gasto el tiempo meditando mis cosas.
- Casi parecido a lo que hacemos nosotras. Porque pensamos que, leer un libro en este rincón tan lleno de silencios, tocar la flauta o la guitarra, dibujar el río y los viejos puentes y meditar en la tarde aquí sentado frente a las aguas, es llenar la vida de lo mejor que hay en el Universo.
Reflexionó un momento intentando comprender lo que la joven decía y vio que, en ese instante, ellas se salían del agua. Se acercaron a la piedra en forma de banco, se calzaron sus sandalias, cargaron con sus mochilas y comenzaron a caminar. Mientras se alejaban una de ellas, de nuevo dijo:
- Gracias por la foto y recuerda: vivir solo para gastar el tiempo, es la mayor de todas las pérdidas. Pero nosotras, ya llevamos nuestras almas lavadas con la frescura de las aguas que corren por las acequias de la Alhambra.
Las despidió con amables palabras y siguió sentado en el viejo y pequeño puente del Arrabal. Mirando a las aguas que manaban por la muralla, como del corazón mismo de la Alhambra y que habían acariciado los pies de las dos jóvenes, hacía solo un momento.