
LA PRINCESA Y LOS CAUTIVOS
Los cuadernos del sabio-III
Unos días más tarde, el sabio repasaba sus escritos sentado donde otras veces: en el pequeño muro del Puente del Aljibillo y, mientras se distraía en la corriente del río que en esta ocasión bajaba abundante y muy clara, se decía: “Ojalá hoy venga por aquí el hombre que el otro día me habló de la Alhambra de corazón y alma blanca y negra. Le quiero preguntar para dejar recogido en mis cuadernos las cosas que nadie cuenta de estos palacios, reyes y habitantes”. Y estaba el sabio ensimismado, repasando lo que tenía escrito y pensando en el hombre encorvado, cuando lo vio acercarse. Venía del lado del barrio del Albaicín y al llegar lo saludó. Le correspondió el sabio y enseguida le dijo:
- Me gustó mucho la historia que el otro día me contaste y que ocurrió en la Alhambra.
- ¿Y la has recogido en tus cuadernos?
- Con mucho interés para que se conserve a lo largo del tiempo. Pero mientras la escribía, me iba dando cuanta que a la historia que me narraste, le falta algo. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste?
- ¿Lo de la Alhambra de corazón y alma negra y blanca?
- Eso mismo. Si tienes tiempo y te apetece ¿por qué no me hablas de esto?
Y el hombre encorvado, sin más, dijo al sabio:
- El rey de la Alhambra quería mucho a su hija. Y como ésta era muy amante de las flores, del agua y de los árboles que rodeaban a los palacios, el padre siempre que podía la llevaba de paseo. Por los jardines más verdes y bellos que había ordenado construir dentro de los recintos amurallados y por donde se remansaban las albercas y saltaban las claras acequias.
Le decía a la princesa:
- No quiero que en esta vida te falte nada ni tampoco quiero que carezcas de los jardines más hermosos.
Se lo agradecía la princesa y se sentía orgullosa de tener por padre un rey tan bueno. Les decía a sus amigas:
- Siempre me complace en todo lo que me gusta y siempre está pendiente de mí para que sea la más feliz.
- Tu padre, desde luego, es un rey excepcional. Eso se ve y muchas personas así lo dicen. ¡Quién tuviera un padre rey tan bueno como el tuyo!
Y un día que la princesa paseaba cerca de los palacios y en compañía de su padre, sintió lamentos de hombres que gritaban.
- ¿Quiénes son y qué les pasa?
Preguntó la princesa al rey.
- Son los esclavos.
- ¿Qué esclavos?
- Otro día te hablo de ello. Hoy, sigamos con nuestro paseo y disfruta de las flores en estos palacios y del agua clara de las acequias y fuentes.
No preguntó más la princesa a su padre pero aquella noche, apenas durmió pensando en los hombres que había oído lamentarse. Al día siguiente, salió ella sola de sus aposentos, cruzó los salones de los palacios y se dirigió al lugar donde había oído los lamentos el día antes. Unos soldados le salieron al paso y le dijeron:
- Tu padre el rey nos ha dicho que no te permitamos pasear por aquí.
- ¿Y eso?
- Ahí un poco más allá, es por donde están las mazmorras de los cautivos. El rey no quiere que veas y conozca eso.
- ¿Cuántas cautivos hay ahí?
- Cientos y cientos.
- ¿Y cómo viven?
- La mayoría de ellos, encerrados en las mazmorras que hay en el suelo y sin apenas ropa, agua y alimentos.
- ¿Pero por qué sois tan crueles con estas personas?
- Nosotros solo cumplimos órdenes.
Aquel mismo día, la princesa habló con su padre el rey y le dijo:
- Yo no entiendo como aquí, a cien metros de estos palacios donde vivimos con toda comodidad y lujo, puede haber tantas mazmorras llenas de personas sin libertad.
- Los esclavos no son personas y por eso no tienen derechos.
- Pero padre, yo vivo y tengo mis aposentos y cama a solo unos metros de donde estas personas se mueren sin la luz del sol, de hambre y frío. ¿Cómo puedo tener en el corazón paz y ser feliz de este modo?
- La vida es así, hija mía. Para que nosotros podamos tener todos los lujos y comodidades que en estos palacios hay, es necesario quitarles la libertad a todos los esclavos de las mazmorras. Y para que yo sea rey debe haber muchas personas sometidas, sin libertad y sin tierras. A todos los críticos y rebeldes, siempre es necesario eliminarlos.
Y la princesa aquella noche, ya no habló más con el padre de este asunto. Tampoco durmió feliz en su cama de seda y lana porque no podía dejar de pensar en los esclavos de las mazmorras a solo unos metros de donde ella estaba acostada. Por eso, a la noche siguiente, subió a lo más alto de su torre y durante mucho rato estuvo observando el firmamento lleno de estrellas. Se preguntaba, mientras a su modo rezaba: “¿Qué podría hacer yo para darle la libertad a todos estos cautivos y que fueran felices como se merecen?” Y pensó que podría ponerse de acuerdo con los militares que conocía y pedirles que, por los mil pasadizos secretos que había y hay bajo las torres y murallas de la Alhambra, dejar que se escaparan y se fueran a la libertad, todos los cautivos que llenaban las mazmorras. “Pero ¿y si mi padre luego se enfada y me quita su cariño o me encierra a mí en estos calabozos?” Se decía asustada.
Vivió sin vivir con este extraño sentimiento durante algún tiempo. Hasta que una noche de luna clara, subió una vez más a lo más alto de la torre donde tenía su mundo. Se puso a contemplar las estrellas mientras a ratos, también miraba para las mazmorras donde adivinaba a los cautivos encerrados. Y de pronto, un blanco resplandor le dejó medio ciega. Cerró los ojos, tapándose la cara con sus manos y luego, poco a poco los fue abriendo. Asombrada fue descubriendo junto a ella y al frente, la figura de un joven muy hermoso. Le preguntó:
- ¿Quién eres y qué quieres de mí?
- Vengo desde una de esas estrellas que tú cada noche observas en el cielo.
- ¿Y qué te trae por aquí?
- En el cielo donde brillan esas estrellas, se ha oído tu plegaria y se conocen los buenos deseos de tu corazón
- ¿Vienes por aquí a liberar a los esclavos que se mueren en las mazmorras de estos palacios?
- Mira para tu derecha.
Y la princesa, miró para su derecha, lado por donde se encontraba el barrio del Albaicín. Y en las aguas del río Darro, vio caer como una densa y maravillosa lluvia de estrellas en todos los tamaños, formas y colores. Preguntó al misterioso joven:
- ¿Qué es y qué significa esto?
- Los esclavos que tú quieres liberar, por las galería subterráneas de la Alhambra, un día llegarán hasta las aguas de este río y al salir a la luz y ser libres, todos ellos se convertirán en estrellas hermosas que desde este río subirán al cielo que les pertenece y que tu padre rey les ha negado en este suelo.
- ¿Pero cómo será eso y cuando?
- Será así un día y para toda la eternidad, permanecerán libres y bellos y tú con ellos. Y pasado el tiempo, lo más valioso y hermoso que de estos palacios de la Alhambra se conocerá para siempre, serán precisamente estas personas y no las torres, piedras o tronos de los reyes y recintos de estos palacios.
II- Pasado el tiempo, muchos, muchos años después, un grupo de personas, ensayaban la escena. Caminaban por uno de los más bellos patios de la Alhambra y se dirigían a la grandiosa sala de la Torre de Comares. Al frente iba una joven muy bella que hablaba muy entusiasmada. Antes de llegar a la gran sala, le salió al paso el director y le dijo:
- Luego quiero hablar contigo, largo y tendido de este tema pero ahora, te adelanto algo: vamos a filmar vuestro ensayo para incluirlo en la gran película que estamos realizando.
- ¿Quieres decir que debemos tomarnos muy en serio lo que estamos haciendo?
- Exactamente eso es lo quiero decirte.
Y la joven, dirigiéndose al grupo que le rodeaba y seguía para ensayar la obra de teatro, dijo:
- Ya estáis oyendo. La representación que preparamos tiene que ser tan real que todo el que luego en el cine nos vea, entienda con claridad los hechos de aquella extraña y sincera princesa.
Dos días antes, el director de la película, también había filmado otra de las escenas de esta obra de teatro. En esta ocasión, exactamente en los jardines donde se creía que, en aquellos tiempos, paseaba y soñaba la princesa. Era parte de los primeros momentos de la princesa en su relación con su padre y los cautivos de la Alhambra. Pero esta escena, la que ahora se disponía ensayar el grupo de actores en la sala de la Torre de Comares, era la realmente interesante. Lo que ponía punto y final a la vida de aquella princesa, su padre el rey y los cautivos de las mazmorras.
Por eso, en cuanto el grupo de actores estuvo en la gran sala, la joven que interpretaba el papel de la princesa, tomó asiento al fondo de la sala y frente al grupo, habló y dijo:
- La princesa, primero fue encarcelada en su torre y, luego fue sometida a un juicio y, al final, fue condenada por ponerse del lado de los cautivos y hacerse amiga de los pobres. La princesa sufrió mucho porque hasta su padre la despreció. Pero ella se hizo fuerte y no renunció en ningún momento a sus convicciones más íntimas. Todo esto, nosotros ahora tenemos que memorizarlo para luego transmitirlo en la representación que preparamos. Y con más fuerza aun tendremos que expresarlo en el momento que empiece el rodaje de la película. Así que demos comienzo al ensayo del último juicio al que fue sometido la princesa amiga de los cautivos. Todos la acusaban de loca y traicionera pero en este juicio debe quedar claro que ni estaba loca ni traicionaba a nadie. Que la condenaban y ejecutaban porque a ninguno le gustaba su postura a favor de los esclavos.