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romi
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Los señores de la Alhambra

20 de Julio de 2013 a las 21:14

Bubok

LOS SEÑORES DE LA ALHAMBRA

 

               Han pasado ya muchos años desde que ocurrió la historia que voy a narrar a continuación. Pero yo conozco el lugar donde sucedieron los hechos, el arroyuelo, la higuera y el manantial. Despacio y con el alma encogida, he recorrido el rincón a lo largo de bastantes tardes y lo que más me ha sorprendido y me asombra cada vez que por ahí paseo, es precisamente esto: que a pesar del mucho tiempo transcurrido, sigue verde y fuerte la higuera, brota casi virgen el manantial y se refugia en su silencio de eternidad el arroyuelo. Todo como si por el rincón no hubieran hecho mella el tiempo. Y las cosas sucedieron tal como a continuación cuento:

 

               Durante bastantes años había estado al servicio de los “Señores de la Alhambra”: reyes, príncipes, princesas, administradores y generales. Pero como en su corazón albergaba una sensibilidad especial por lo bello y respeto y amor a las personas más humildes, con frecuencia le decía a su mejor amigo:

- No son buenos los reyes que habitan en estos palacios de la Alhambra. Tampoco son buenos los príncipes y princesas ni lo generales ni administradores.

- ¿Por qué dices eso?

- ¿Tú no te das cuenta que siempre están maltratando a los más pobres al tiempo que entre sí se odian, conspiran y ponen zancadillas?

- La vida en los palacios y, sobre todo la vida de aquellos que gobiernan reinos, siempre ha sido así. Los que deberían ser mejores y dar ejemplo en bondad y honestidad, son las personas más egoístas, embusteras y miserables. Solo piensan en tener poder y acumular tesoros sin importarles nada el dolor y la pobreza de los que les rodean.

 

               Y el joven, seguía comentando con el amigo:

- ¿Pues sabes lo que te digo?

- ¿Qué es lo que me dices?

- Que un rey o un gobernante en general, debería llegar y ocupar este cargo por ser el mejor entre todos. Estoy harto de gobernantes mediocres, infantiles y mal preparados. Por eso pienso y no me arrepiento que todos los que hay dentro de estos palacios de la Alhambra, son malos. Que no tienen corazón ni practican el amor y respeto para con los demás.

- Aunque sea así, tú ten cuidado con lo que haces y dices porque cualquier día de estos puedes tener problemas.

 

               Y tuvo problemas. Tanto el rey como los príncipes, generales y administradores, se enteraron de su manera de pensar y ver las cosas. Entre sí comentaron que una persona con estas ideas no debería estar cerca de ellos.

- Un día de estos se levantará contra nosotros y tendremos que matarlo antes que también se amotinen contra nosotros sus seguidores.

Llegó a oídos del joven lo que pensaban de él los grandes de la Alhambra y una noche de luna clara, salió de los recintos amurallados de los palacios. Buscó las sendas que llevan a las montañas de Sierra Nevada y caminó durante bastantes horas. Al amanecer se tropezó con un río de aguas muy claras y corriente arriba siguió caminando.

 

               Se alzaba ya el sol a medio cielo, cuando llegó a una viña a la derecha del río. Cogió unos racimos de uvas y luego buscó la senda que subía siguiendo un arroyuelo. Al poco se tropezó con una higuera que clavaba sus raíces en el mismo surco del arroyo. Bajo este árbol y a la sombra se paró al tiempo que veía que allí mismo brotaba un claro venero. Se dijo: “Este lugar ya queda bastante lejos de la Alhambra y creo que también muy oculto. Aunque me busquen mucho, puede que no me encuentren nunca”. Y se decía esto porque ahora tenía miedo de “Los Señores de la Alhambra”, que era como él los llamaba. Sabía también que además de malos, eran crueles y vengativos y por eso temía que lo persiguieran para quitarle la vida. “Más que gobernar y usar su poder para mejorar el país y a las personas, maquinan continuamente para ver cómo quitar de en medio a los que les criticamos o podemos arrebatarles algunos de sus privilegios”.

 

               Bajo la higuera del arroyuelo, entre unas rocas y cerca del manantial, hizo una cama de juncos y mastranzos. Para gozar tanto del rumor de las aguas que brotaban en la fuente como del aire puro y las estrellas en el cielo, en las limpias noches de primavera y verano. Y también, y era lo que su corazón le pedía con más fuerza, para orar en silencio y hacer que en su alma creciera más y más el gusto por lo bello y el desprecio por la maldad en las personas. Se dijo: “Desde estas montañas y en el centro de esta exuberante naturaleza tan limpia y llena de silencios, quiero alzar mi oración a Dios. Para pedirle que Él nunca bendiga a los malvados y sí se apiade de los pobres, sin techo y sin alimentos. Y si alguien viene por aquí a buscarme o se encuentra conmigo para pedirme algo, le indicaré este camino de paz y libertad. Lo que de verdad en el fondo necesita toda la humanidad: llenar sus vidas de cielos estrellados, alimentarse de silencio y sinfonías de arroyuelos, beber del aroma de los bosques y elevar rezos sinceros al que nos da la vida y nos ilumina hacia lo bueno. Una persona puede ser plenamente feliz con solo mirar a las estrellas, rezar sinceramente al cielo y no desear nada más”.

 

               Estas cosas y otras parecidas alimentaba en su corazón mientras comenzaba a vivir en su nuevo mundo de serenidad. Bajaba, de vez en cuando, a la ciudad de Granada y, a escondidas de los señores de la Alhambra, se encontraba con el amigo. Al verlo, el amigo se alegraba y le decía:

- Pues ten cuidado que estos señores de la Alhambra están muy enfadados contigo.

- ¿Y por qué?

- Temen que en algún momento, tus ideas y forma de vida, sean dañina para su poder y privilegios y por eso te consideran peligroso.

- ¿Si lo único que hago es decir la verdad y rezar por ellos al cielo?

- Consideran que eres un hombre inteligente, íntegro y bueno y esto es lo que les llena de miedo.

 

               Volvió aquel día de nuevo a su rincón pequeño, junto a la higuera y el manantial y aquella noche, contemplando a las estrellas, oró más que nunca. A la mañana siguiente, se fue a contemplar la salida del sol a una roca que se clavaba en la ladera al levante y después de hacer aquí su largo rato de oración, bajó al río. Buscó  y cogió algunos peces para comer y cuando subía por la senda que llevaba a la higuera, vio algo que le sorprendió. Junto a una encina al lado de la senda, un hombre que no conocía de nada y que vestía pobremente, había montado como una especie de mostrador con palos, monte y piedras. Sobre este mostrador, en el suelo, por delante y a su derecha, había puesto pequeñas vasijas de barro en forma de cuencos alargados.

 

               Se acercó a él lleno de curiosidad, lo saludó y le preguntó:

- ¿Quién eres y qué representa esto?

- Soy un viejo pastor en los montes de estas montañas y ayer cogí muchos panales repletos de mil de un gran enjambre que había en el tronco de un roble. De miel he llenado todas estas pequeñas vasija de barro y me he venido a este lugar del camino. Sé que no pasa por aquí mucha gente pero por si algún viene, aquí estoy para venderle un poco de esta miel tan buena. ¿Tú quieres probarla?

- Es que yo no tengo nada con qué pagar lo que me ofreces.

- Por eso no te preocupes. Prueba toda la miel que quieras y llévate luego contigo algunas vasijas de éstas. Con que reces por mí al cielo, ya estoy más que recompensado.

 

               Y el que decía ser un viejo pastor de las montañas, alargó una pequeña vasija llena de miel al joven. La cogió éste, se la llevó a la boca, probó la miel y dijo:

- No solo está rica sino que hasta parece oler a romero.

- Pues sigue saboreándola y llévate contigo estos pequeños cuencos llenos hasta arriba de miel de estas montañas. Es un dulce alimento que te dará muchas fuerzas y ganas de vivir.

Siguió el joven saboreando la dulce miel que el pastor le ofrecía y, al poco, con sus peces y las dos vasijas llenas de miel, bajaba hacia la higuera junto a la fuente. Y el viejo pastor, en cuanto el joven se perdió en la curva del camino, desmontó su tinglado, recogió todas las vasijas de barro y desapareció arroyo abajo, dirección a la Alhambra. Unas horas más tarde llegaba a los palacios y enseguida se fue derecho al despacho del rey que estaba reunido con los generales y administradores. Pidió permiso y dijo a todos los presentes:

- El rebelde, ya es nuestro. Ha caído de la manera más inocente y sin tener que derramar ni una sola gota de sangre ni dar lugar a que sus partidarios se revelen contra nosotros.

- ¿Estás seguro de ello?

Preguntó enseguida el rey.

- Completamente seguro, majestad.

- Pues ojalá sea todo tan cierto como nos dices.

 

               Y aquella misma noche, bajo la higuera y junto a la fuente, el joven rezaba al cielo mientras contemplaba las estrellas y se quedó dormido. No despertó en toda la noche ni tampoco al amanecer ni horas después. No despertó nunca más. Y como su amigo en la Alhambra, sospechaba y hasta sabía algo, aquel mismo día fue a buscarlo. Cuando llegó se lo encontró acostado en su cama de juncos y mastranzos, bajo la higuera, cerca del manantial y como mirando al cielo y rezando. Apenando, lloró por él durante un buen rato mientras en su corazón se decía: “¡Lo han envenenado! Ciertamente que ahora compruebo que los que nos gobiernan no son buenos”. Abrazó a su amigo y algo después, no lejos de la higuera y frente a las montañas de Sierra Nevada, lo enterró. Cuando en la Alhambra se supo la noticia, el rey dijo:

- A todo el que amenace mi poder y ponga en peligro mi reino, de una manera u otra, hay que quitarlo de en medio. Y sobre todo, a los más sabios, a los que piensen por sí mismos y tengan ideas propias.

 

   
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