
EL SALVAJE
Sobre el collado, entre la espesura de las encinas y cerca del arroyo, se veía el cortijo. Una gran almunia en forma de palacete pero con las paredes encaladas. Por eso, al salir el sol cada mañana, el edificio relucía como un espejo mágico. Desde la curva del río, al poniente del cortijo y a unos dos kilómetros, se le divisaba con toda claridad. Y lo que más llamaba la atención eran las dos altas torres que, desde blanco edificio, emergían por entre los encinares.
Aquella mañana, un buen día de primavera y por eso los jarales mostraban ya un hermoso espectáculo de flores blancas, al grandioso cortijo y desde la Alhambra de Granada, llegó el joven. Y, lo mismo que otras muchas veces, se presentó dando voces para asustar a los sirvientes:
- Ha llegado el momento. A partir de hoy ya no se ríe más de mí ese felino salvaje que recorre estos montes míos. Preparadme las flechas, poned apunto los perros y prepararos vosotros que nos vamos a cazarlo. En cuanto lo vea me lo cargo. Para que se entere de una vez que de mí nada ni nadie se ríe. Y menos este salvaje imbécil.
Y, a media mañana, la comitiva salió del cortijo, en busca del gato montés porque el joven, “el príncipe mal educado”, según se decían entre sí los criados, quería darle caza. Todos se concentraron en torno al señorito para complacerlo y porque era el que pagaba.
Al norte del edificio, por entre los jarales del cerro de enfrente, encontraron al felino. Un viejo y hermoso gato montés, bello como la criatura más bella y libre como el mismo viento. Y al verlo, enseguida dijo el joven:
- Otra vez más no te ríes de mí. Nadie ni nada se ha reído de mí desde que tengo uso de razón.
Y disparó sus flechas unas detrás de otra sin ni siquiera parar a tomar aliento.
Los gritos y las voces, se oyeron por todos aquellos barrancos y, en ese mismo instante, también se escucho un gran maullido. Ladraron los perros, atravesando los montes y sorteando rocas pero el felino, como por arte de magia, despareció. Enseguida gritó el joven:
- Que no se escape este cabrón. Y lo quiero vivo.
A lo largo de varias horas buscaron por todos aquellos montes. Azuzando a los perros y escudriñando cada hueco de cada peña. Hasta que comenzó a caer la tarde. El sol se hundía en horizonte lejano y un silencio enorme se adueñó de todos aquellos campos. Decidieron volver al cortijo y, mientras regresaban, el joven refunfuñaba lleno de rabia:
- No puedo consentirlo. Nunca nadie, en el tiempo que tengo de vida, se ha reído de mí como lo está haciendo este bicho sin corazón. El día que lo tenga entre mis manos me lo voy a comer con piel y todo.
Oscureciendo, por la orilla del río, avanzaba el amante de las montañas. Cargado con su morral y recreándose en la música que el agua de la corriente le regalaba. Y se acercó a la cueva. Descolgó su zurrón, desdobló la tela que le iba a servir como tienda y se preparó para montarla. Pero, todavía no había terminado de oscurecer ni él de montar su tienda, cuando oyó un quejido. Como un lamento humano que venía de la curva del río, un poco más abajo. Cogió su espada, avanzó por entre los juncos, mirando y escuchando atento y de nuevo oyó los lastimeros quejidos. Se acercó, procurando no hacer mucho ruido y de pronto lo vio. Estaba tendido muy cerca de la corriente del río, un poco oculto entre las raíces de un viejo fresno. Agudizó la vista un poco más y vio que, un hilillo de sangre, manaba y levemente teñía las claras aguas de la corriente del río. Dijo, como si lo conociera de toda su vida o como si lo considerara su mejor amigo:
- Ya veo que te han herido. No tengas miedo. Otra vez estoy yo aquí para ayudarte. Ahora mismo lavo tus heridas porque quiero que sigas viviendo.
Se agachó, lo acarició con sus manos, lo puso luego sobre sus brazos y, poco a poco, se lo fue llevando hacia la cueva. Y lo primero que hizo, cuando ya lo había recostado junto a una de las rocas en la cueva, fue darle un poco de alimento. Luego lavó sus heridas y allí mismo, casi pegado a su cuerpo, tendió su saco de dormir y preparó la cama. Le dijo de nuevo:
- Para que no te sientas solo ni esta noche tengas miedo. Y no te preocupes que ya verás como te curas. Tienes que seguir viviendo.
Y la noche transcurrió serena. Solo perturbada por rumor de la corriente del río, el ulular de algún cárabo y el palpitar del corazón del amigo. Pero, al llegar el nuevo día, nada más amanecer, se oyeron ladridos de perros. Luego se oyeron voces humanas y al poco, desde el otro lado del río y la alta peña bermeja, se oyó un potente grito:
- ¡Maldito felino! Acabaré contigo aunque te escondas bajo tierra.
Nadie ni nada respondieron a estas voces. Se hizo el silencio y, al poco, de nuevo se oyó la voz del joven príncipe, dueño del blanco cortijo:
- Solo eres un salvaje sin corazón. No podrás conmigo.
Y, en esta ocasión, el acantilado de la curva del río, devolvió un potente eco: “Solo eres un salvaje sin corazón. No podrás conmigo”.