
LA CÁNTARA DE LECHE
En las partes altas del río Darro y por donde se abre un bonito valle, tenían ellos su cortijo. Rodeado por una pequeña porción de terreno donde crecían olivos, moreras, avellanos y viñas. Tenían un hato no muy grande de cabras que ramoneaban por las riveras del río y por las laderas a los lados. Con una bonita borriquilla, se ayudaba el marido para labrar las tierras y para llevar y traer cargas de leña o acarrear las aceitunas al molino del río o las uvas al lagar. La mujer le ayudaba en todas estas tareas y como no tenían hijos, un día el hombre dijo a su esposa:
- Si en algún momento vemos a alguien buscando trabajo por aquí, debemos ofrecérselo. Nosotros dos no podemos con tanto como hay que hacer en estas tierras.
Y solo dos días más tarde, se presentó en el cortijo un joven que después de saludarlos les dijo:
- Vivo por donde las Cuevas del Sacromonte y busco trabajo para llevar algunas monedas a mis padres que se mueren de hambre.
Y el marido enseguida le dijo:
- Quédate con nosotros ahora mismo porque te necesitamos. Te pagaré un sueldo digno, tendrás alimentos para saciarte de los productos que salen de estas tierras y también tendrás techo y un rincón calentito para dormir en tus momentos de descanso. Lo que tenemos por aquí, lo compartiremos contigo como si fueras hijo nuestro.
Sin pensarlo dos veces, el joven aceptó y se quedó y aquella misma tarde, llevó a las cabras a ramonear al monte, las encerró al caer la noche y a la mañana siguiente muy temprano, ayudó al marido a ordeñarlas. El hombre le enseñó con paciencia y en poco tiempo, llenaron de leche una vieja cántara de latón. Le dijo el marido al joven:
- Prepara la borriquilla, carga esta cántara en las aguaderas y llévala a Granada y vendes esta leche fresca.
- ¿Y en qué sitio tengo que venderla?
- En la tienda del Albaicín, subiendo las escaleras, a la izquierda. Ahí me conocen y por eso, son amigos míos. Tú, cuando llegues, le dices a la mujer, la tendera, que vas de parte nuestra y ellos se quedarán con la lecha y te darán unas monedas. Regresa luego rápido que esta tarde, tenemos mucho trabajo.
Preparó el joven la borriquilla, cargó la cántara de leche en las aguaderas y se puso en camino, río abajo hacia Granada. Era una muy bonita mañana de primavera y por eso todos los campos estaban verdes y con muchas florecillas por las tierras. La Alhambra, según avanzaba hacia Granada, se le iba apareciendo sobre la gran colina y el río, saltaba rumoroso por entre zarzas y álamos. Montado en la borriquilla, avanzaba y se decía: “En cuanto este hombre me dé las primeras monedas como pago a mi trabajo, se las entregaré a mis padres para que puedan comprar pan y alimentarse algo. Parecen buenas personas estos dueños míos y por eso tengo que portarme bien con ellos”.
Llegó al barrio, avanzó por las calles mirando para encontrar la tienda donde debía dejar la cántara de leche y como, después de un rato no dio con ella, a un hombre mayor le preguntó:
- ¿Dónde compran la leche que traigo en esta cántara?
Y el hombre señaló con su mano diciendo:
- En aquella tienda que ves junto al árbol pequeño.
Le dio las gracias y al llegar a la puerta de la tienda, amarró a la borriquilla en el árbol. Descargó la cántara y en un escalón cerca del árbol, la dejó. Entró en la tienda y a la mujer que vendía, le dijo:
- Traigo la cántara de leche del matrimonio del cortijo del valle. ¿Qué tengo que hacer con ella?
Y la mujer le dijo:
- Acerca esa cántara hasta aquí, vaciamos la leche en está otra cántara mía y te la pago porque yo ya la tengo vendida. Todas estas personas que ves aquí, están esperando para llevarse un jarrillo de leche fresca.
Y sin más, el joven dio media vuelta, salió de la tienda y se dirigía a donde la borriquilla y la cántara de leche cuando, sorprendido, se quedó parado y dijo:
- ¡Mi cántara de leche no está! Me la han robado.
Entró corriendo en la tienda, le dijo a la mujer lo que acababa de suceder y ésta exclamó:
- Hay que avisar ahora mismo a los guardias para que busquen y cojan a los ladrones.
Nervioso el joven, volvió a salir de la tienda para regresar a donde la borriquilla y asegurarse si la cántara de leche había desparecido o no, cuando de nuevo se asombró:
- Tampoco veo ahora a la borriquilla. El mismo ladrón me la ha robado también.
Salieron rápido de la tienda, la mujer y demás personas y, en ese momento, vieron al joven correr calle arriba, gritando y llamando a su borriquilla. Al poco lo vieron bajar por la otra calle y luego por la de enfrente y la paralela. Y mientras corría, a ratos gritaba y a ratos lloraba pidiendo que lo ayudaran. Unos y otros, por todos lados, lo miraban y así fue como una hora después, vieron al joven volver a donde el pequeño árbol y en el escalón donde, no hacía mucho, había dejado la cántara de leche.
Agotado y todo desanimado, en este mismo escalón se sentó, sujetó su cabeza entre las manos y sobre las rodillas y lloró. Desconsolado y triste y sin saber qué era lo que podía hacer a partir de ese momento. La mujer de la tienda se acercó a él, se sentó a su lado y con palabras dulces le dijo:
- Es muy malo lo que te ha pasado pero anímate que ya buscaremos la manera de arreglarlo.
Y el joven, hondamente desconsolado, miró a la mujer y le dijo:
- Mi amo es muy buena persona y, desde el primer momento ha confiado en mí. Por nada del mundo yo quiero defraudarlo pero lo que me ha ocurrido, él no va a perdonármelo nunca. Lo he defraudado y por eso desconfiará de mí y me dejará sin trabajo. Y claro que también pienso que las personas que roban es por necesidad y porque, igual que mis padres, se están muriendo de hambre. Hay muchas personas en el mundo que se mueren de hambre cada día y eso no es bueno. Pero tampoco es bueno robar o pensar que los demás tenemos derecho a sufrir sus agresiones. Lo que me han robado, no va a servir para quitarles el hambre toda la vida ni para hacerlos ricos siempre. Y sin embargo, mi desdicha, la pena que han traído a mi vida, es tan grande que no sé cómo podré superarla.
La mujer de la tienda, se acercó un poco más al joven, lo tocó con ternura, acarició su pelo y cara y limpió las lágrimas que por su mejilla rodaban al tiempo que le decía:
- Yo explicaré todo a tu dueño y le diré lo mal que lo estás pasando. Y luego le devolveremos, su cántara, tu cántara de leche y la borriquilla.