
LAS GRANADAS
Solo un pequeño granado crecía en el trocico de tierra que había en la puerta de su casa. No era grande ni tenía el tronco grueso pero sí estaba sano y daba flores muy rojas, con pétalos que parecían finas telas de seda y olor a pura primavera.
Miraba, la puerta de su pequeña casa, a la colina de la Alhambra y por eso su granado parecía en todo momento saludarla. Cuando el vientecillo pasaba y movía las hojas y las ramas, cuando el sol caía y, desde su sombra, el árbol parecía como arropar las torres de estos palacios, cuando la luna a media noche brillaba y cuando revoloteaban los mirlos, al amanecer y al ponerse el sol. También cuando las lluvias caían y las nieblas, como palomas con misteriosas alas de algodón, se acumulaban sobre las torres y palacios en la colina.
Cuando aquel verano la conoció estudiando en la Universidad de Granada, siempre que le hablaba de este granado suyo, le decía:
- En cuanto dé sus primeras granadas, las voy a cuidar con todo el cariño para luego regalártelas.
Y ella le decía:
- Será como un sueño para mí, recibí de ti media docena de granadas de este granado tuyo en el Albaicín y amigo especial de la Alhambra. Desde ahora mismo, voy a procurar que en ningún momento se me olvide lo que me dices.
Al final del curso universitario, ella se marchó a su país lejano y aquel mismo año, en la primavera de unos meses antes, su granado dio las primeras flores. Rojas como la sangre, muy delicadas y con pétalos como trozos de seda. Se dijo: “Desde ahora mismo, cada día voy a regar este granado mío para que le cuajen muchas granadas y se desarrollen robustas y lustrosas”. Y esto fue lo que cada día hizo. Y también cada día miraba con mucho interés las flores que iban brotando, los pequeños frutos que de ellas salían y luego las redondica granadas colgando de las ramas frente a la Alhambra. Las iba contando y, aunque muchas de las flores no cuajaban en frutos, sí al final fue descubriendo que más de media docena iban cada día engordado lustrosas y sanas.
En los días en que ella se marchó, las granadas ya estaban muy desarrolladas y se les veían con mucha salud. Por eso, entusiasmado, a cada instante se decía: “Será emocionante el día que por fin coja mis granadas y las prepare para mandárselas a su país. Y para ella, seguro que será más emocionante aun el momento en que reciba el paquete y las vea y toque con sus manos”.
Pero al día siguiente de esta reflexión, ya en pleno verano, hizo mucho calor. También otro día después y luego durante todo el mes de agosto. Llegó el mes de septiembre y preocupado empezó a descubrir que los frutos su granado, apenas engordaban y algunas granadas empezaron a rajarse cuando todavía no estaban por completo maduras. Se preguntaba: “¿Será por falta de agua?” Y aunque regó y acarició las ramas de su granado con más cariño cada día, los frutos no maduraban. Al contrario, cada día que iba pasando, se abría una o dos Granada y al poco, aparecieron los mirlos y empezaron a comerse los granos de estos frutos sin estar todavía ni siquiera rojos. Apenado y pensando en ella, no sabía qué hacer para salvar el menos un par de granadas y poder cumplir así la promesa que le había hecho.
Preguntó a sus conocidos y puso un espantapájaros en las ramas del granado, regó un poco más el árbol y nada de esto fue suficiente. Cuando llegó el quince se septiembre, las granadas de su árbol, todas estaban abiertas y más de la mitad de ellas, comidas por los pájaros. Desanimado, dejó de cuidar su granado y al final de septiembre, ya solo colgaba de sus ramas, la piel de las granadas por completo abiertas y sin un solo grano. A mediado del mes de octubre, las hojas del árbol comenzaron a ponerse amarillas y al poco y en cuanto los fríos llegaron, estas hojas comenzaron a caerse, anunciando así que el otoño había llegado. Su corazón estaba triste y cada día se desanimaba más y más pensando en ella y notando que no podía cumplir lo que le había prometido.
Pero un amanecer, justo el día veinte de octubre, le despertó una gran algarabía de mirlos. Tal como estaba acostado en su cama, miró por la ventana desde la que se veía al fondo la Alhambra y se quedó por completo sorprendido. En el poyo de su ventana, vio una pequeña fuente de cristal blanco y dentro de ella, media docena de hermosísimas y frescas granadas recién cortadas del árbol. Se quedó mirando pensativo al descubrir la lustrosa fruta, con la algarabía de los mirlos de fondo y la Alhambra recortada sobre su colina. Se dijo: “Lo que ha pasado, yo no lo sé pero parece que el cielo quiere que cumpla mi promesa. Cuando dentro de unos días ella reciba estas granadas, se alegrará y comprobará que aun la sigo recordando y que cumplo lo prometido”.