
La niña, el borriquillo y los membrillos
Ayer por la tarde subía yo siguiendo la senda que recorre el Arroyo de los Granados. Por entre los álamos, las nogueras y los membrillos. El borriquillo estaba entre las higueras que hay por donde la alberca chica, en la ladera del Cerro de la Viña. En cuanto empecé a subir me vio pero yo lo había visto un poco antes. Sin que nadie se lo indicara, ya sabías él que iba a su encuentro y por eso miraba sin perderse un detalle. Tiene una gracia especial cuando mira de este modo. A él le interesa mucho cualquier cosa que ocurra en el Prado de Otoño. Y lo que sucedía ayer por la tarde parece que le concernía más que otras veces.
Siguiendo la senda del Arroyo de los Granados entré por el boscaje de las parras y los álamos y en ese momento lo sentí rebuznar. Pensé que no pasaba nada porque ya estoy acostumbrado a estas manifestaciones suyas. Siempre que me ve, aunque esté lejos, rebuzna. Lo mismo le pasa con la niña. En cuanto la ve por la puerta del cortijo o, por algún rincón de estas tierras, la mira interesado y se pone a rebuznar. Yo sé que es una forma suya de llamar la atención. Para que ella sepa que está ahí y que quiere que se vaya a jugar con él. La niña y yo lo conocemos ya y casi nunca hacemos caso de estas llamadas suyas pero él sabes que en el fondo sí le prestamos atención.
Ayer por la tarde, al salir yo a la alberca de las nogueras, miré para ver qué le pasaba y lo descubrí en seguida. La niña subía desde cortijo con una cesta en la mano y él la vio. Enseguida la llamó con su especial roznido y ella le hizo caso. Subió por el otro lado del arroyo y llegó a él antes que yo. No me había visto ella a mí porque me quedé parado junto a la alberca, tapado con los álamos, las nogueras y los granados. Pero oí que la niña le dijo:
- ¿Ves esta cesta que traigo? Es de mimbre y nueva y la quiero llenar de membrillos. Vengo a que tú me ayudes.
¡Qué ángel esta criatura!
Pero el borriquillo la entendió claramente. Según ella iba andando se puso a caminar a su lado y la llevó a los membrillos más grandes de la ladera del Cerro de la Viña. Los que hasta hace unos días tenían sus frutos colgando en las ramas y ahora ruedan por el suelo. Se paró la niña, soltó su cesta, empezó a coger los mejores membrillos y a echarlos dentro y en un ratillo ya tenía la cestilla llena. El borriquillo la miraba, olía los dorados frutos, miraba a la cesta y, de vez en cuando, partía con sus dientes un membrillo y se lo comía sin dejar de observarla. ¡Qué buena pareja hacen el borriquillo y la pequeña! Oí que le dijo:
- Ya tenemos el canasto rebosando. Ahora se los voy a llevar a mi madre para que haga dulce de membrillo y luego vengo y te regalo un trozo. ¿Tú has probado alguna vez el dulce de membrillo?
Sobre su lomo puso la niña su cesta de mimbre llena de membrillos y, con la carga dorada y olorosa, se fue con ella al cortijo.