
- COMPARTIR UN TRAGO
La vida, los paisajes, la naturaleza en general, es poesía, gozo a veces y belleza y dolor en muchas ocasiones.
Por debajo del Puente del Aljibillo, donde la torrentera junto al caminillo que baja a las aguas, las vio sentadas. Tres muchachas que, en el tapiz de la hierba recién nacida, extendían sus pies hacia el río y, en silencio, observaban las aguas. A sus espaldas, se alzaban las torres de la Alhambra, con los turistas haciendo fotos y contemplando las blancas casas del barrio del Albaicín y el bosque de la umbría, ya algo teñido de ocre.
Era otoño en sus primeros momentos y por eso el cielo se veía sembrado de nubes. Por el suelo y en el mismo Puente del Aljibillo, rodaban las primeras hojas caídas del almez que ahí crece. Olía el aire un poco a humedad otoñal y hacía algo de frío. Pero las tres jóvenes de la hierba, mientras entre sí comentaban y miraban a las aguas deslizándose cristalinas, parecían soñar o buscar la misteriosa paz y serenidad que la tarde regalaba.
Al verlas desde la plaza del Paseo de loso Tristes, al otro lado del río, se paró en el muro y, durante un buen rato, las estuvo observando. Se dijo: “Sin duda que la vida, las personas y la naturaleza en general, es puro gozo en muchas ocasiones, belleza profunda y limpia y dolor de ausencias, en otros instantes”. Y en ese momento recordó que, justo donde las muchachas estaban sentadas, hacia unos años atrás, él encendía una pequeña lumbre. Casi todos los días y junto a las ascuas, ponía a calentar, en un pequeño recipiente de barro, agua. Mientras esta agua se calentaba, sentado frente a la lumbre, miraba a la Alhambra y al río y dibujaba. En un papel algo grueso y blanco y con lápiz de carbón, daba forma a sus sueños y a lo que ante sí tenía.
Con nadie compartía nada, ni su lumbre ni sus dibujos ni el té en que al final se convertía el agua que calentaba en el puchero de barro pero esperaba. En silencio y mientras dibujaba las cosas y paisajes y mientras saboreaba lo que vertía desde su puchero, se decía: “Algún día tiene que llegar y entonces seré feliz compartiendo con ella el calor de esta lumbre y un trago de mi té de puchero”. Y un día, una tarde de otoño muy parecida a la de hoy, dibujaba no paisajes ni torres de la Alhambra sino frutos. Junto a la lumbre había puesto una caja de granadas que unos amigos le habían regalado y mientras se calentaba y se templaba el agua para el té, se dedicaba a dibujar las granadas. Hoy más que otros días, la esperaba y por eso en el corazón parecía tener un gozo especial.
Y tenía ya el agua a punto y su dibujo casi terminado, cuando la vio acercarse. Alta, de pelo rubio, ojos claros, cara dulce y sonrisa franca. Se levantó, la recibió con amabilidad y enseguida vertió el agua calentita del puchero de barro en unos cuencos también de barro. Al instante, el vapor se elevó y el airecillo se impregnó de un olor muy agradable, le ofreció un cuenco lleno de té oloroso y le dijo:
- Por fin has llegado y, aunque ni te conozco ni sé quién eres ni de dónde vienes ni a dónde vas, mi corazón salta de gozo en este momento. Comparte conmigo este sorbo de té y goza de mi dibujo. Es todo lo que tengo y es lo más valioso para mí porque aquí están todos mis sueños.
Le sonrió ella, saboreó el té, observó el dibujo de las granadas, miró para el río y luego para las torres de la Alhambra y le preguntó:
- ¿Y si me marcho dentro de un rato? Te lo pregunto porque yo no soy de Granada ni vivo aquí. Mi país está muy lejos de este lugar y puede que, en cuanto me vaya, no me veas nunca más en la vida.
Y él le dijo:
- Nada me importa eso. Compartir por fin un trago contigo, me deja más que feliz para toda la eternidad. Porque sabes, poseer las cosas y tenerlas para siempre, casi nunca satisface plenamente. Soñarlas durante mucho tiempo y, conocerlas y gozarlas durante unos instantes, es maravilloso, profundamente puro, gozoso y bello.
Y poco después, ella se marchó. Siguió él aquel día, al otro y a lo largo de mucho tiempo, encendiendo su fuego en este lugar y pintando sus cuadros. Y era feliz soñándola en su soledad y el tiempo sabiendo que por fin, aunque solo hubiera sido un instante, había compartido un trago. Hoy, esta misteriosa y bella tarde de otoño y después de muchos años, tres muchachas observan el río, sentadas en la hierba recién brotada y justo donde él encendía cada tarde su lumbre y calentaba agua para el té. Ni siquiera saben nada de aquella realidad. Las tiempos son otros, las personas también, el río corre hermoso y la Alhambra emerge silenciosa pero de los paisajes, las personas, las cosas y la naturaleza en general, mana la misma pureza, el mismo gozo, a veces la misma belleza y hasta el fino dolor que hace que soñar y la espera, sea hermosa y tenga sentido