
LAS COLLEJAS
A lo largo de toda la noche, había llovido sin parar. Sobre la colina de la Alhambra, por el barrio del Albaicín y río de las aguas azules, por la Vega de Granada y por las montañas entre los ríos Genil y Darro. En las cumbres de Sierra Nevada, la nieve había caído en abundancia y por eso el frío era intenso. Pero como solo unos días antes, las temperaturas habían sido altas porque la primavera ya estaba casi en su mitad, los campos rebosaban de verde frescos. Con mucha hierba y muy crecida poro todos los alrededores de la Alhambra, riveras de los ríos y arroyos y en las montañas.
Por eso, entre los olivos, en las laderas y junto a los arroyos, crecían los espárragos, las margaritas amarillas blancas y también las amapolas y las collejas. De aquí que, en los días antes de las intensas lluvias, por muchos de estos lugares, se vieran a las personas buscando algunas de estas plantas silvestres, buenas de comer y insuficiente para alimentarse. Sabía esto el joven y, como había aprendido de sus mayores, conocía también casi todas las plantas de los campos y apreciaba mucho a los espárragos, hinojos, cardillos y collejas.
De aquí que, en cuanto salió el sol al día siguiente de la noche de lluvia intensa, se asomó a la ventana de su casa. Amanecía despejado, con una luz muy brillante y con temperaturas casi de verano. Se dijo: “Hoy es el día indicado para ir a por las collejas que crecen en el puntal que mira al río. Y como le dije ayer a los conocidos de la Alhambra, las repartiremos entre todos y luego llevaremos a cabo lo acordamos”. Salió de su casa en la Medina de la Alhambra, caminó por las sendillas y cuando llegó al puntal que mira al río Genil, se puso a buscar las collejas. Espesas, no muy altas pero sí muy tiernas, crecían en un breve rodal del puntal. Y enseguida se puso a cortarlas con cuidado al tiempo que las iba echando a la pequeña cesta de esparto que en la otra mano portaba.
Y era medio día cuando se reunió con el grupo de los conocidos de la Alhambra. Les dijo:
- En el cortijo de la loma frente al río, nos esperan. Vamos a compartir con ellos estos humildes frutos de la tierra que acabo de recoger.
Algunos preguntaron:
- Y los demás, cada uno de nosotros ¿qué tenemos que llevar?
- Los humildes de ese cortijo, nos han invitado al tiempo que han dicho que solo llevemos estas collejas. Ellos tienen lo necesario para prepararlas y luego compartirlas con nosotros.
Por los caminos de tierra, dirección a Sierra Nevada, avanzaron animados como si fueran a una fiesta, portando cada uno un pequeño puñado de collejas. Entre sí comentaban:
- Desde luego que nunca se ha visto aquí en Granada que pastores de las montañas inviten a comer collejas a personas importantes de la Alhambra. Esto es para escribirlo para que muchos lo sepan aunque nadie se lo crea.
- Es original pero quizá tenga sentido y nosotros no lo entendamos ahora mismo.
Al poco se encontraron con un joven que, desde el cortijo de la derecha y en lo alto del cerro, bajaba con una gran barja de esparto llena de pan recién cocido. Al llegar a él, algunos comentaron:
- Ya nos parecía a nosotros que por aquí olía a gloria pura.
- Este es el pan que hemos preparado para la comida del encuentro.
Y unos metros más arriba, el olor que el airecillo les traía también era de comida recién preparada. Preguntó el joven de las collejas al que portaba el pan en su barja:
- ¿De qué alimentos es este olor?
- De cordero asado en lumbre de leña. Los pastores amigos míos, desde esta mañana temprano, lo están preparando. Ya veréis qué rico con este pan de centeno y trigo recién cocido y con las collejas que traéis vosotros.
Coronaron el collado y, antes ellos, apareció el blanco cortijo de los pastores de las montañas. Estos, en cuanto vieron a los invitados, salieron al encuentro para recibirlos y enseguida le fueron indicando para que se acercaran a las mesas de madera que habían colocado en el rellano de la puerta.
- Mientras vais probando los buenos frutos secos de nuestras cosechas del año pasado, preparamos nosotros las frescas collejas que nos habéis traído. Ya veréis qué ricas como acompañamiento a los corderos que hemos asado.
Y comenzaron a colocarse frente a las mesas, justo cuando el sol caía un poco para el lado de la tarde, cuando de pronto, por las sendas del río, vieron galopando a dos sobres negros caballos.
Todos enseguida miraron y el joven de las collejas preguntó a los presentes:
- ¿Son invitados vuestros?
- Ni los conocemos.
- Pues parece que vienen desde Granada y, hasta juraría que de la Alhambra.
- ¿Pero qué es lo que buscan por aquí?
- No nos preocupemos más, esperemos a que llegan y le preguntamos.
Solo diez minutos después, los dos jinetes, pararon sus caballos en el mismo rellano de la puerta del cortijo de los pastores. Uno de ellos, el del caballo más lustroso y bonito, preguntó:
- ¿Quién de vosotros es el que esta mañana ha cogido las collejas del puntal que mira al río Genil?
Al oír la pregunta, el joven de las collejas, dio unos pasos al frente, salió del grupo y frente al soldado del caballo, dijo:
- He sido yo. ¿Para qué me buscáis?
- El rey, esta noche, ha dormido muy relajado y entre sensaciones placenteras. Pero parece que también, algún dios, le ha revelado un extraño misterio.
Al oír esto, tanto el joven de las collejas como todos los presentes, se quedaron mirando con gran interés al soldado del caballo. Entre sí algunos murmuraban y el joven de las collejas, siguió preguntando:
- ¿Qué revelación extraña es la que ha tenido el rey y qué tiene que ver con nosotros y lo que por aquí estamos celebrando?
- El rey en su sueño, ha visto como la figura de un toro gigante alzándose desde estas montañas, dominando todo y situando su cabeza y sus cuernos sobre el cielo que corona a la Alhambra. A los pies de este toro, como vigilando tranquilamente pero dueño absoluto de todos estos lugares, el rey ha visto un gran león hambriento que lo miraba fijamente. Al levantarse esta mañana, enseguida el rey ha preguntado a los sabios y estos le han dicho algo que nosotros no sabemos. Pero rápidamente hemos recibido órdenes para que vengamos a este cortijo y te busquemos a ti.
- ¿Es que el rey me quiere para algo?
- Puede ser que sí pero nosotros tampoco lo sabemos. Así que disponte a regresar ahora mismo con nosotros a la Alhambra donde te presentaremos al rey. Cuando estés frente a él, tú le preguntas y aclaráis las cosas.
Cuando el joven estuvo frente al rey, además de otras muchas cosas, el monarca le dijo:
- Ese hermoso toro bravo que he visto en mi sueño y el león recostado a sus pies, según me dicen los sabios, son todas esas personas pobres de las montañas con las que tú compartes las collejas. Ellos, en cualquier momento, pueden levantarse contra mí, emprender su revolución particular y arrebatarme el trono y estos palacios. Así que tanto tú como ellos, sois peligrosos y por eso debo teneros bajo control.
Nada dijo el joven ni en su defensa ni para convencer al rey de lo que pensaba. Sí unas horas después, por los caminos que desde las montañas bajan hacia Granada y la Vega, se vieron a los pastores caminando, con sus cuatro cosas cargadas en borriquillos y carros. Sobre el puntal de las collejas frente al río Genil, sentado el joven miraba y triste lloraba. Se decía, como rezando al cielo: “Los ricos, los poderosos, los dictadores, siempre buscan enemigos para tener escusas. Tan pobres como son estas personas ¿a dónde irán y qué será de sus vidas a partir de ahora?”