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BITAJON
Chontaduro


El Mundial de la Memoria

Teresa se queda en silencio, como si el tiempo se detuviera en la esquina del recuerdo. Mira el pueblo desde su ventana, donde el jazmín aún florece sin pedir permiso. Dice que los mundiales no son solo fútbol, son estaciones del alma. Cada gol, cada derrota, cada televisor encendido fue una página más en el libro invisible de su vida.

“Uno no vive por los años que pasan, sino por los momentos que se quedan”, murmura. “Y si el mundo gira cada cuatro años para ver quién mete más goles, yo giro cada día para recordar quién me hizo reír, quién me abrazó, quién partió sin despedirse. El fútbol me enseñó que hay belleza en la gambeta, pero también en la espera. Que hay arte en el pase, pero también en el silencio después del partido”.

Luego se levanta, acaricia el marco del radio Phillips, y dice:

“Como escribió Cortázar: ‘Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.’

Y como dijo Borges: ‘El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.’”

Y entonces, como si el alma le susurrara desde lejos, recuerda la parábola del retorno de Barba Jacob. Aquel viajero que vuelve al pueblo después de haberlo recorrido todo, y al ver la misma calle, el mismo árbol, el mismo silencio, comprende que el viaje no fue hacia afuera, sino hacia adentro. Teresa dice:

“Yo también he vuelto. No al lugar, sino al sentido. He vuelto como Barba Jacob, con los ojos llenos de mundo y el corazón lleno de pueblo. Porque todo lo que fui, lo fui aquí. Y todo lo que seré, lo seré recordando.”

Y como si el recuerdo le cantara desde una radio lejana, Teresa tararea con voz suave:

“Quiero cantar muy alto, soy un italiano…”

Y ríe, porque esa canción sonó en algún mundial, en alguna casa, en algún corazón.

“Tal vez no soy italiana —dice— pero he cantado alto, y he vivido como si cada partido fuera una página de mi alma.”

Entonces, cierra los ojos y dice:

“El mundo huele a mandarina cuando hay alegría, a banano cuando hay infancia, a naranja cuando hay esperanza. Y yo he vivido entre esos aromas, como quien camina por la memoria con los sentidos despiertos.”

Y cuando recuerda el Mundial de España 82, no piensa solo en Zico o Sócrates, sino en aquel himno que sonó como oración:

‘Quiso Dios con su poder, fundir cuatro rayitos de sol en una mujer.’

Teresa dice que esa frase le recordó a su madre, a su abuela, a todas las mujeres que sostuvieron el mundo con ternura y coraje.

Antes de cerrar los ojos, Teresa toma un sorbo de café.

“El café —dice— es el testigo silencioso de la memoria. Su sabor me recuerda que estoy viva, que he amado, que he llorado, que he esperado. El café no pregunta, solo acompaña. Y en su aroma está todo lo que no se puede decir.”

Entonces, una brisa entra por la ventana y trae consigo los aromas del pueblo: el eucalipto del patio de la escuela, el pan recién horneado en la casa de doña Elvira, el sancocho del mediodía que huele a infancia, el jazmín que florece sin pedir permiso, y el café que Teresa acaba de preparar, fuerte y dulce, como sus recuerdos.

Finalmente, se sienta, mira el horizonte y susurra:

“Mi vida fue hecha de frecuencias irreconciliables: el canto y el duelo, el gol y la ausencia, el pan salado y el jazmín. Pero en cada contradicción hubo una verdad, y en cada verdad, una forma de seguir cantando.”

Teresa sonríe. El mundo sigue girando. Y ella, como Funes, sigue recordando.

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detalles del producto:
  • Autor: Pablo Antonio Guerrero Patiño
  • Tamaño: 140x200
  • N° de páginas: 7
  • Interior: Blanco y negro
  • Maquetación: Espiral
  • Acabado portada: Mate
  • Estado: A la venta en Bubok
  • Última actualización: 27/03/2026
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