EL REINO DE LOS TIEMPOS PERDIDOS-TRILOGÍA
JESÚS PARADA (VIGO, 1970).
EL REINO DE LOS TIEMPOS PERDIDOS.
No existe mapa capaz de señalar el lugar donde habitan los instantes olvidados. No hay brújula que oriente al viajero hacia ese territorio donde el tiempo, desgajado de la conciencia humana, se repliega sobre sí mismo y adquiere una forma distinta, casi viva. Y sin embargo, ese reino existe.
Nace en cada segundo desperdiciado, en cada palabra no dicha, en cada decisión postergada hasta diluirse en la nada. Se alimenta de las horas que dejamos caer como polvo entre los dedos, de los días que confundimos con repeticiones sin significado, de las vidas que, sin saberlo, transcurren a medio despertar. Allí, en ese dominio invisible, el tiempo no avanza: se acumula.
Quien atraviesa sus límites no lo hace por voluntad, sino por consecuencia. Porque nadie llega al Reino de los Tiempos Perdidos por elección consciente, sino por la suma de todas sus ausencias. Es un lugar donde convergen las posibilidades que nunca fueron, las versiones de uno mismo que quedaron suspendidas en la indecisión, las realidades que apenas rozaron el umbral de lo posible.
Este reino no es un castigo, aunque muchos lo perciban como tal. Tampoco es un refugio. Es, más bien, un espejo expandido del ser humano, una geografía ontológica donde el tiempo revela su verdadera naturaleza: no como una línea, sino como una multiplicidad de caminos simultáneos que se abren y se cierran en función de la conciencia que los habita.
Aquí, el pasado no está muerto, el presente no es inmediato, y el futuro no es promesa. Todo coexiste en una tensión perpetua, como si la realidad misma estuviera suspendida en un instante infinito. En este lugar, las leyes que rigen el mundo conocido pierden su rigidez, y lo que llamamos identidad comienza a fragmentarse, a transformarse, a expandirse.
Es en este contexto donde emerge una nueva forma de existencia: el ser que ya no se define por la linealidad del tiempo, sino por su capacidad de habitarlo en todas sus dimensiones. Un ser que comprende que cada instante contiene universos enteros y que la conciencia, cuando despierta, puede trascender la prisión de la cronología.
Pero antes de ese despertar, antes de esa mutación, hay un tránsito. Un descenso —o quizás un ascenso— hacia el corazón de lo olvidado.
Este libro no es una narración en el sentido convencional. Es un umbral. Una invitación a cruzar hacia ese territorio donde el tiempo se cuestiona a sí mismo y donde el lector deja de ser espectador para convertirse en partícipe de una experiencia que desborda la lógica ordinaria.