Me topé con Fables en los tiempos pretéritos de mi infancia se daba una circunstancia paradójica (si bien los vientos ya estaban cambiando de dirección): los tebeos eran todavía eminentemente populares, pero a la vez no se habían convertido en un producto de mercadotecnia. De modo que era bastante frecuente encontrarte con tebeos en los quioscos y grandes superficies.
El caso es que durante un par de deliciosos meses de mi noveno o décimo año, los quioscos se vieron inundados de títulos Vértigo (supongo, aunque no estoy seguro, que fue debido a la pérdida de derechos de Norma a favor de Planeta). Me encantaban esos tomitos de lomo negro que se desgajaban a la mínima. Todavía los conservo. Con ellos descubrí The Sandman, Animal Man…y Fables
Casi de inmediato sentí una atracción por la oscuridad gótica, el nihilismo post-moderno y la lírica depresiva y elegiaca (y un poco autocomplaciente, todo hay que decirlo) que impregnaba todas sus páginas. Comprendedme. Estudiaba en un colegio de monjas y toda mi fantasía (o casi toda, porque ya había descubierto a Dylan Dog y sufrido unas cuantas noches de insomnio como consecuencia) se reducía a los tebeos de Marvel y a un gigantesco y francamente desagradable Cristo crucificado que presidía la capilla del colegio. Así que los tebeos de Vértigo resultaron ser una buena hostia, pero sabían mucho mejor que las hostias que podía meterme en la boca el curita de turno.