Como la lectura es un acto íntimo y personal, hay un apartado que quizá no esté muy estudiado. Me refiero a los lugares que habitualmente utilizamos para leer. Seguro que cada uno tiene sus sitios y momentos favoritos:
Voy por delante:
-En el sofá del salón, por la noche. Con dos o tres libros esperando “en cola”, por si el que tienes entre manos es infumable.
-En el tiempo muerto del cuarto de baño. Para lecturas superficiales, de poco calado.
-En una cafetería, divisando la calle por la que la gente pasea. A poder ser un día con lluvia. Ideal para lecturas de carácter existencial y derivados.
-En las librerías. Para lecturas de sondeo, con pretensiones de compra.
-En los supermercados. Para los libros que todo el mundo comenta y que nunca comprarías. Se leen mientras vas empujando el carro, a la espera de que ella (o él) lo llene (esta posibilidad requiere negociación previa o, como se decía antes, mutuo acuerdo)
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Hablas así porque eres aún muy jovencito, Idelosan. No pontifiques. Un escritor se nutre de muchas y muy variadas fuentes. De lo que le da gana, para no andarme por las ramas. Nadie aquí ha dicho que sea normativo tener que observar a la gente para ser un buen escritor. Tampoco que únicamente se necesite observar a la gente en el tren para inspirarte y encontrar ideas. Observar a la gente, tal como dice Lola, con la que coincido absolutamente en lo dicho, es una fuente indispensable y muy rica para imaginar vidas, historias, situaciones, cuadros. Una más. Los rostros en el tren emiten mucha información. Observarlos discretamente es toda una fuente de información y potencia la imaginación… del escritor. De todos modos no todas las caras en los trenes son dignas de ser miradas, tan solo unas pocas. Me gusta la cara de la gente sencilla, no las caras de tantos y tantos soplagaitas con apariencia de poetas o eruditos a los que le gusta sentirse observados. Ya se sabe que el hábito no hace al monje. Con estos no pierdo el tiempo. Están a salvo de mis miradas malignas, salvo que necesite un modelo para vestir a un personajillo de mis novelas. Un escritor, repito, se nutre de muchas fuentes. Si un escritor piensa que tan sólo vive de sentarse a pensar y voilá, ya viene la imaginación y la inspiración a sacarte del apuros, es que aún es un pipiolo de este oficio y lo que escribirá será falso. Y sí. Los escritores tenemos un poco o un mucho de psicopatía. ¡Ay del que no la tenga! Un escritor es un OBSERVADOR. ¿Eres de la cofradía, o te quedas fuera?
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Bueno, pero si quieres saber como un personaje tuyo tiene que comportarse de tal forma, de una manera natural, de una manera obsesiva, compulsiva, infantil... lo mejor es observar al ser humano. No creo que lo que unos y otros decís sea excluyente, y está claro que todos nos fijamos en el comportamiento de otros aunque solo sea por aburrimiento, alguna vez. Eso sí, Idelosan, ser observador no tiene nada que ver con ser escritor. Por otro lado, un escritor que no es observador (observador de gente, de historias, de comportamientos, de lugares) puede no llegar a ser muy profundo o simplemente no saber llegar a la gente. |
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El problema es que quedándote en tu cuarto con tus referencias de cada día te acabas plegando sobre tí mismo, repitiéndote una y otra vez, ya que al final incluso las nuevas referencias serán similares a las viejas. Además las experiencias inferidas a través de otros no tienen nada que ver con las vividas. Ejemplo bruto: por mucho que te explique cómo es un orgasmo hasta que no te corras no lo sabrás. Sobre todo porque cada uno percibe el mundo, y sobre todo lo cuenta, de forma absolutamente subjetiva y personal. Así que no queda más remedio que salir al mundo, observarlo (bien) pero mucho mejor vivirlo y después, si eso, contarlo que ya sabéis que es lo mejor... (bueno según Punset lo mejor es anticiparlo, pero ese es otro tema). Y para eso hay que observar claro, pero también saber qué es lo que se observa. Por cierto, sobre psicópatas y trenes |
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A lo que me refería con mi anterior post es a que nunca se sabe dónde ni con qué puede darse la chispa que haga prender la vela de la inspiración. Cualquier cosa, cualquier idea, puede hacernos crear en nuestra mente un hecho, un personaje, una historia. Al final, la herramienta última con la que creamos todo es nuestra mente, lo que percibimos no son más que estímulos. Y si lo que hacemos es trasladar al papel lo que percibimos tal cual, sin realizar trabajo mental alguno, bueno... por hacerlo alguna vez imagino que no pasará nada (todo pasa por el interés que pueda tener aquello que hemos percibido)... pero hacerlo de forma sistemática no habla demasiado bien de quien lo haga. Un escritor sin imaginación... ¿en qué queda? Y si dos personas están en el tren hablando a voces sobre la hija de los vecinos, ¿está uno obligado a ponerse tapones en los oídos? Una cosa es usar nuestros sentidos para percibir el entorno y otra muy distinta aguzar el oído, intentando escuchar a dos personas que cuchichean, con una finalidad de voyeurismo fónico. ¿Y qué nos impide mirar la cara (u otra parte del cuerpo) a otra persona en el tren, en el bus o en la propia calle? ¿Acaso no se hace eso mismo con interés sexual? Si se puede usar una mirada con actitud sexual (por así decirlo), entonces ¿qué tiene de malo usarla como fuente de inspiración? ¿Es peor/nocivo/denigrante buscar la inspiración frente a buscar complacencia sexual? Una cosa es capturar y amasar lo que nuestros sentidos nos proporcionan con un interés práctico y otra cosa muy distinta es inmiscuirse en cosas que no tienen nada que ver con nosotros porque no tengamos nada mejor que hacer. Por supuesto, el problema es el de siempre, el de toda la vida: ¿Dónde acaba el interés práctico y comienza el cotilleo? Los límites son borrosos... Si pretendemos escribir, o crear historias a fin de cuentas, debemos permanecer atentos a nuestro entorno precisamente porque esos estímulos que a veces nos asaltan pueden llevarnos a crear cosas maravillosas. Autoembotar nuestros sentidos y cerrarnos al mundo como hizo Japón a comienzos del siglo XVII poco bien nos va a hacer. Nuestras propias vidas por separado pueden ser tremendamente pobres en comparación con la suma de las vidas de la gente que nos puede rodear en un momento concreto y particular. |
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Somos consumidores de literatura por las mismas razones que curioseamos las vidas de los demás, o hacemos y deshacemos los recuerdos de nuestra vida. A nivel mental, no hay ninguna diferencia entre la vida que lees, la que vives y la que contemplas o escuchas. Si acaso que la que lees es más "completa", acabada; la que contemplas es -generalmente- fragmentaria; y la tuya la presumes inacabada o en proceso. Otra cosa es que nuestro cerebro coloca en cada recuerdo o relato una etiqueta marcando su origen. |
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Casi cualquier sitio puede ser un lugar para leer. De todas formas, prefiero un cómodo asiento. En el transporte público se puede leer un libro o las miradas y gestos de la gente, se puede fantasear tanto observando que, a veces, esa "lectura" humana puede ser más interesante que la de cualquier libro mediocre, o el inicio de un libro escrito por uno mismo. |
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En los muy breves, pero afortunadamente abundantes, momentos de inactividad que el día me ofrece: en la puerta del colegio esperando a mi hija, tomando el desayuno (en el trabajo me toman por un bicho raro por ir a desayunar solo), en la sala de espera del médico... y en otros muchos momentos del día que de forma inesperada tienes que esperar, por eso siempre llevo un libro encima. |
Cuando no voy a clase, hago un hueco por la medianoche en mi habitación, simplemente.
Los que decís que os gusta mirar a la gente y por eso no podéis leer... ¿que sois, voyeurs, psicópatas...? XDDD
Yo sigo pensando que eso de ir mirando a la gente por cualquier cosa que no sea puro ocio es un poco rarito... y cuidado, que yo soy de los primeros que cuando se aburre se pone a indagar hasta en el vuelo de una mosca, pero...
No estoy de acuerdo en que un escritor se tenga que poner a observar a gente para sacar historias. Al contrario, poca imaginación se ha de tener si para escribir se necesita ponerse a forzar la observación de situaciones reales cotidianas para poderlas plasmar... de hecho, sin ir más lejos, por aquí en el foro leí una vez algo muy cierto: "no hay diálogos que queden menos naturales en un libro que la transcripción de diálogos que se den en la vida real en cualquier taberna".