| Era necesario extirpar de este debate la repugnante ecuación fascista y te agradezco en este punto la concreción de tu rechazo. Cervantes escribió el Quijote como una obra mucho menos que menor, no se tomó ninguna molestia en su creación, simplemente lo hizo para divertirse y siguió con el entretenimiento. Curiosamente, aquellas otras obras que él consideraba serias e importantes y en las que sí empleó mucho trabajo y esfuerzo, hablando claro, no valen una mierda, aunque sean de Cervantes. Es más; él mismo fue un espectador asombrado del�increíble�éxito�popular�del Quijote, y ya viejo, lo terminó aceptando como algo positivo. Pero no nos engañemos; Cervantes sin el Quijote no es absolutamente nada en el gran�océano�cultural. No he podido evitar pensar en ésto cuando hablas de Millennium, Crepúsculo, Jhon Le Carré, Corín Tellado, Salsa Rosa y GH. Y la lección es que el Arte, con mayúsculas, desprecia los deseos del artista. Cuando se esfuerza mucho y se pone serio, la caga y hace el ridículo. Cuando la obra fluye de él sin esfuerzo y, sobre todo, se lo pasa bien, es un triunfo. Es casi un axioma de la creación literaria y se aprende por viejo y por perro. Acabo de publicar en Bubok "SM; dentro de una parafilia", una novela de sadomasoquismo, y te aseguro que el�único�criterio que he seguido para dar por buenos los textos ha sido el hecho de que me hubieran producido una erección al escribirlos. No me convences Cerinto, me sigue gustando Millennium.� |
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Cerinto, me dejas sin palabras. Primero, por lo que dices de terminar un libro y no haber aprendido nada de él. Vale, para mi la lectura es un hobby. No tengo por qué aprender algo necesariamente para que la obra sea buena, o me lo pase bien. Cuando en el colegio leí Menjaré bollicaos per tú / Comeré bollicaos por tí, no aprendí nada que no fuera las desgracias de un chaval tremendamente enamorado, pero me lo pase muy bien, oiga. Luego está lo de A sangre fría. Yo digo que no hay problema. Uno puede ver apología de la violencia en ese libro si se esfuerza mucho. De hecho, mucha gente lo ha leído y sigue cuerda, sin haber matado a nadie. El problema está en las mentes de quienes no saben leer o entender, que no es lo mismo. Y a mi sinceramente me da igual lo que la gente recomiende o censure. Cada uno lee lo que quiere, y por supuesto cada uno escribe como y sobre lo que quiere. Con lo de la visión deprimente de La isla del tesoro, quieres decir que hay que evitar ese tipo de lecturas a la juventud, solo por ser pesimistas o deprimentes? Porque entonces si que ya... |
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¿La Isla del Tesoro? Ese libro lo leí yo, por puro placer, hace a saber cuánto, probablemente cuando tenía 8 o 9 años. No se yo qué demonios le ves, pero a mi me pareció un libro normal de aventuras y ya está, totalmente inocuo. Solo a los cerebritos débiles y blanditos fácilmente influenciables o propensos a las paranoias o enfermedades mentales varias podrían afectarles todas las paridas que cuentas, Cerinto. Yo no soy uno de ellos, ¿Y tú? Según todas las sandeces que cuentas por aquí, tu lugar ideal sería de censor en alguna dictadura, eligiendo de forma enfermiza cada estímulo que debería recibir la plebe y vetando todo lo que tu paranoica percepción tache como dañino... ¿me equivoco? |
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Como aporte a este intercambio de ideas (aparte de saludarlos a todos), les cuento que acabo de releer A sangre fría (escuchar, porque me encantan los audiolibros) y estoy convencido que Capote es de los autores que no pierden vigencia para nada. Ya me había impactado mucho cuando lo leí hace años, lo cual me llevó a leer todo lo que pude de él (Otras voces, otros ámbitos, Desayuno en Tiffany, Música para camaleones, Plegarias atendidas, sus cuentos, etc.). Decir que A sangre fría es una apología de la violencia es algo que no puedo entender. Se trata de una crónica objetiva a más no poder. El narrador no aparece por ningún lado, ni comenta, ni aplaude, ni desaprueba, nada de eso. Más bien lo contrario, da la sensación de una crónica escrita casi desde el lado de la ley. En un momento, por ejemplo, parece insinuar una desaprobación de la pena capital, pero tampoco se embarca en la defensa de la prisión perpetua, etc. - La sola idea de buscar apología (o su contrario) en un escrito lo encuentro fuera de lugar. Para mi un escrito se analiza desde si mismo, y es bueno o malo. Y todos aquellas narraciones donde en un momento dado el autor se pone a echar un sermón me resultan lamentables. Por ejemplo, Celine es un escritor maravilloso y demoledor para mi en Viaje al fin de la noche,aunque� haya sido antijudío y profascista. Y sin embargo, sus últimos escritos (De castillo en castillo, por ejemplo) son mediocres. A eso me refiero. -� � |
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Hablábamos de arte hace unos meses y volvemos a lo mismo. No es arte o sí es arte... Francamente, no tengo ni idea, la mayoría de las veces, si me encuentro con él. Hablo desde el gusto particular y la percepción absolutamente subjetiva. Quizá si tú, amigo Cerinto, te dejaras llevar un poco más por las emociones y los gustos sin tener en cuenta si es o no moralmente (o mortalmente) educativo lo mismo disfrutarías más con este pequeño placer, a menudo vicio, que es la lectura. |
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La sensibilidad: he ahí el criterio de calidad de la literatura. Tanto más bueno el escritor, cuanto más sensible se muestre en lo que escribe. Nada de premios, ni siquiera el Nobel, oportunista en muchas ocasiones, pues puro oportunismo fue dárselo en 1988 al egipcio Naguib Mahfuz, cuya La batalla de Tebas, es a mi entender puro panfleto político y a fe mía que me ha aburrido casi hasta las lágrimas, a tal punto que lo dejé por la mitad. Un autor al que admiro y prefiero es Wenceslao Fernández Flórez, gallego nacido en La Coruña el 11 de febrero de 1887. El secreto de Barba Azul y Las siete columnas, me encantaron. Luego cayó en mis manos Un relato inmoral. Recuerdo que habiendo apenas acabado de comer, lo leía junto a una ventana del primer piso que daba a la afamada calle de la Troya. Me gustó tanto aquel humor, que reía y reía sin acabar, con una de esas risas juveniles que le salen a uno de lo más hondo y que más tarde, cuando uno envejece, es casi imposible reproducir. En ese momento me declaré devoto de aquel hombre. Al fin me hice con sus Obras Completas, y mi entusiasmo no ha disminuido. Vi después su película, Volvoreta, y de nuevo me sedujo la delicadeza y finura con que cuenta la historia, nada de grosería y facilidad, ternura en unos límites que huyen muy bien del empacho y el sentimentalismo vulgar. Ved ahora� una larga cita de Acotaciones de un oyente. El señor Alvarado se nos presenta aún demasiado inconcreto para que podamos decir algo de su psicología. No basta explicar que su cabeza es voluminosa; es preciso indagar qué hay dentro de ella, sondearla. A la magistratura y al clero no se le puede decir simplemente: “Regocijaos; ahí tenéis, para vuestro gobierno, un hombre que tiene grande la cabeza”. No; ellos se acercarían perplejos a este hombre, quizá le hiciesen una reverencia cortés, acaso llegasen a felicitarle por la feliz posesión de un cráneo tan desarrollado. Pero, a hurtadillas, con el rabo del ojo, contemplarían la cabeza ministerial y se preguntarían si, como la de Júpiter, había de parir a Minerva, o si, como la caja de Pandora, vertería sobre los humanos los males. ¿Qué hay bajo la recia envoltura craneana del señor Alvarado?... Aún no lo sabemos. Lo ignora igualmente el país, que ha tenido ocasión de admirar como ministro de Hacienda al señor Alvarado. También lo admiró como ministro de Marina. Como consejero de Gracia y justicia, no sabe nada de él. Hombre reservado, envolvió en el misterio sus estudios de preparación y los planes que fue urdiendo para cuando este instante llegara. Al país, después de presenciar estos diversos destinos incongruentes del señor Alvarado, sólo le resta una cosa: inclinarse ante la flexibilidad de sus aptitudes, creer siempre en él como posible ministro de cualquier departamento, no manifestar la menor sorpresa si un día el señor Alvarado se dedica a curar enfermos o regir una granja agrícola, o si le sorprende en medio de la calle, con la levita manchada de cal y un metro en la mano, dirigiendo a los obreros que construyen una casa. El señor Alvarado es uno de esos hombres enciclopédicos que, por fortuna para España, tanto abundan en nuestra política. Cierto que en su respuesta a las preguntas del señor Lerroux, el ministro de Gracia y Justicia no dijo nada enjundioso. Sin embargo, hemos de reconocer que dio la impresión de estar bien preparado para el puesto que ocupa. Su ademán tuvo la mesura recomendable en un ministro; es un ademán lleno de doctrina. Cierto escorzo en que con las palmas de las manos a la altura del pecho se vuelve hacia sus compañeros del banco azul, tiene la suavidad y el encanto de una bendición, lo cual, en un ministro de cultos, es pertinente y loable. A veces, apoyado en el pupitre, el señor Alvarado enmudece. Su rostro se contrae. ¿Qué ocurre en él?... Sus enemigos aprovechan estos momentos para decir que se ha quedado sin ideas. No es así. Somos imparciales y salimos indignados al encuentro de tan maliciosa hipótesis. El señor Alvarado no se queda nunca sin ideas. Ocurre algo muy sencillo que no constituye un secreto para nadie que conozca la distribución interna de un cráneo. Hay cráneos y cráneos. En el señor que, como don Marcelino Domingo, tiene pequeña la cabeza, los pensamientos están próximos a la boca y salen con facilidad. Pero en el señor Alvarado, la cuestión es distinta. Quizá la idea que en aquel momento le hace falta está en el occipucio. El señor Alvarado le manda acudir: la idea se alza del blando lecho de masa gris donde reposa y echa a correr solícita, con toda la velocidad notoria en ellas. Corre y corre, y atropella a otras ideas, y brinca por encima de los conocimientos de Economía política y sobre la abundante ciencia que acerca de la Marina de guerra almacena el cerebro del ilustre don Juan. Él la siente galopar dentro de sí y decir, cada vez más cerca: “¡Allá voy!... ¡Allá voy!...”. Y espera. ¿Qué va a hacer?... Tiene que esperar. Hay que pensar que del cerebelo a la boca del señor Alvarado no se va en un salto. ¡Qué diantre!... Aunque se lo reconozca muy preciso y por enormes que sean las distancias, en el interior de una cabeza no se puede poner un tranvía. |
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Todos tenéis razón; pero sólo una parte de razón, una razón limitada. Os contaré una anécdota. Dicen que en una ocasión el filósofo Ortega y Gasset comenzó en los siguientes términos una de sus conferencias: Aquí, en esta mesa, tengo esta naranja. Todos ustedes, ahí enfrente, en las butacas, la ven. Pero cada uno ve un sólo y único aspecto. Y ninguno de ellos es igual a ningún otro. Son tantos aspectos diferentes como los que la ven. Nadie la ve en su totalidad, en su esencia. Así pasa con todo lo demás. Cada individuo tiene acceso solamente a una parcela de la realidad. Todas son verdaderas, pero ninguna es completa, total. Pues bien; otro tanto digo yo acerca de los que aquí respondéis. Todo lo que decís es verdad... desde vuestra perspectiva. Es pues empresa fútil llevar a nadie la contraria; basta ponerse en su punto de vista para reconocerle razón. Eso echo yo de menos. Que en vez de aportar cada uno de vosotros algo original, algo genuino vuestro, os limitáis a contradecir a los otros, a contradecirme. ¿Qué ganáis con eso? Vale, os ponéis en el candelero, por un momento sois protagonistas, dejáis bien claro que también vosotros tenéis algo que decir; que no os limitáis a asentir callados a lo que otro dice. Bueno, si tal cosa os place. Pero, lo digo, resulta decepcionante, un inútil chacharear. ¡Qué mejor no sería que cada uno hablase de lo suyo, lo que lo conmueve, si queréis lo que en el momento lee, sin hacer caso de si es clásico o no clásico, arte puro o impuro, los párrafos que más le llaman la atención, algo nuevo, algo inédito; que sería atractivo por eso mismo, por ser original. Todos saldríamos ganando, pues veríamos otros puntos de vista que nos son ajenos por eso mismo, porque no son los nuestros. En fin; no os limitéis a negar, a contradecir; decid algo, algo vuestro, algo que os salga de dentro. |
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LA FERIA DE LAS VANIDADES. CAPÍTULO PRIMERO. EL COLEGIO DE LA ALAMEDA CHISWICK EN LA SEGUNDA década del siglo actual y en una deliciosa mañana del mes de junio, un espacioso coche familiar que, tirado por un tronco de gordos caballos enjaezados con arneses bruñidos y resplandecientes, avanzaba a una velocidad de cuatro millas por hora, se detuvo junto a la verja de hierro del colegio de señoritas situado en la alameda Chiswick y dirigido por la señorita Pinkerton. Guiaba el carruaje un cochero obeso, de aspecto imponente, ataviado con peluca y sombrero de tres picos. Un lacayo negro que junto al cochero ocupaba un asiento en el pescante, desrizó sus combadas piernas no bien hizo alto el carruaje frente a la dorada plancha de bronce donde campeaba el nombre de la señorita Pinkerton, descendió e hizo sonar la campana. Más de una veintena de encantadoras cabecitas hicieron su aparición en las diferentes ventanas del severo inmueble de ladrillo, más de una veintena de cabecitas curiosas, entre las cuales un observador perspicaz habría podido reconocer la naricita colorada de la bonachona Lucy Pinkerton en persona, que asomaba entre las macetas de geranios que adornaban las ventanas de su cuarto. —El coche de los señores de Sedley, Barbara —dijo Lucy—. Sambo, el lacayo negro, acaba de hacer sonar la campana, y el cochero lleva un chaleco rojo, nuevo. —¿Hizo usted los preparativos necesarios, señorita Lucy? ¿Está en regla todo lo referente a la marcha de la señorita Sedley? —preguntó la señorita Pinkerton, la mayestática dama, la Semíramis de Hammersmith, la amiga del doctor Johnson, la que se carteaba con la mismísima señora Chapone. —A las cuatro se levantaron ya las niñas, y seguidamente se ocuparon en hacer los baúles, querida hermana —contestó Lucy—. Hemos preparado un ramo... —Llámale, si te parece, bouquet, hermana: es más elegante. —Como quieras... Hemos preparado un enorme bouquet. En el baúl de Amelia he colocado dos botellas de agua de alelíes, juntamente con la receta para hacerla; son para la señora Sedley. —Confío, señorita Lucy, en que habrás hecho la cuenta de la señorita Sedley. ¡Ah!... ¿Es ésta? ¡Muy bien!... noventa y tres libras cuatro chelines... Hazme el favor de encerrarla en un sobre dirigido al señor John Sedley, juntamente con este billete que he escrito a su señora. A los ojos de Lucy, un autógrafo de su olímpica hermana era objeto de veneración tan profunda como la carta de un soberano. Únicamente cuando alguna de las colegialas salía del establecimiento, o se casaba, y, por excepción, cuando, víctima de la escarlatina, murió la pobre señorita Birch, se dignaba la señorita Pinkerton dirigir una carta, escrita de su puño y letra, a los padres de aquéllas. Por cierto que, ya que del triste fallecimiento de la señorita Birch hemos hablado, añadiremos que, en opinión de Lucy, si algo pudo atenuar el justo dolor de la señora Birch, fue, a no dudar, la misiva piadosa y elocuente con que su hermana le anunció el triste suceso. Pero volvamos al "billete" de la señorita Pinkerton, que estaba concebido en los siguientes términos: "Alameda Chiswick, 15 de junio de 18... Señora: Después de seis años de permanencia en este centro, me cabe la honra y la dicha de devolver a sus padres a la señorita Amelia Sedley, adornada de cuanto es necesario para brillar en el círculo elegante y refinado donde habrá de desenvolverse en lo futuro. Todas las virtudes que caracterizan a las señoritas de la alta sociedad inglesa, todas las dotes que corresponden a su cuna y a su posición en el mundo, las posee en grado eminente la señorita Sedley, cuya laboriosidad y obediencia le han granjeado el afecto de sus maestros, y cuyo carácter dulce y encantador ha cautivado a todas sus compañeras, tanto a las de más edad, como a las más jovencitas. En música, en baile, en ortografía, en toda clase de trabajos de aguja, llenará los deseos de sus amigos; algo deja que desear en geografía, y no estaría de más que durante los tres próximos años usase con perseverancia la tablilla-espaldar cuatro horas diarias, a fin de adquirir el porte y continente lleno de dignidad que tan necesario es a toda señorita elegante. En lo referente a principios religiosos y morales, la señorita Sedley honrará al centro docente que tiene la gloria de contar con la presencia del Gran Lexicógrafo y se enorgullece de ser patrocinado por la admirable señora Chapone. Al abandonar el colegio, la señorita Amelia lleva consigo los corazones de todas sus compañeras y la consideración afectuosa de la directora, que suscribe la presente. Señora, tiene el honor de reiterarse de usted, humilde servidora, BÁRBARA PINKERTON |
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Sigo citando -y admirando- a Galdós. Este es uno de los primeros párrafos del Episodio 29 titulado Las tormentas del 48. Se aprende en este autor más Historia de la España del siglo XIX que en todos los Bachilleratos y Planes de Estudios que han sido y serán. Que, por cierto, en Roma y La Historia de Grecia, del italiano Indro Montanelli, aprendí yo de un golpe toda la Historia que no había aprendido en 7 años de estudios de Secundaria. Allá va Galdós: Adivino la curiosidad de i posteri por conocer los móviles que me sacaron de mi casa dos años ha, llevándome casi niño a tierras distantes, y allá van mis noticias. Sepan que, apenas entrado en la edad de los primeros estudios, diome el Cielo luces tan tempranas, que mi precocidad fue confusión de los maestros antes que orgullo y esperanza de mi familia, pues declarándome fenómeno, creyeron mis padres que yo viviría poco, y maldecían mi ciencia como sugestión de espíritus maléficos. Pero al fin profesores y familia convinieron en que yo era un prodigio, con más intervención de las potencias celestes que de las demoníacas, y sólo se pensó en equilibrarme con buenas magras y un cuidado exquisito de mi nutrición. Ello es que a los catorce y a los dieciséis años ostentaba yo variados conocimientos en Humanidades y en Historia, y a los diecinueve era más filósofo que los primeros que en el Seminario de San Bartolomé gozaban de esta denominación. Devoré cuantos libros atesoraban aquellas henchidas bibliotecas y otros muchos que por conductos diferentes a mí llegaron; poseía el don de una memoria tan holgada, que en ella, como en inmenso archivo, cabía cuanto yo quisiera meter; poseía también la facultad de vaciarla, sacando de mis depósitos con fácil y seductora elocuencia todo lo que entraba por las lecturas, y lo mucho que daba de sí mi propio caletre. Antes de cumplir los cuatro lustros, mis adelantos eran tales, que los maestros y yo reconocimos haber llegado al summum del conocimiento posible en cátedras de Sigüenza, y que ni yo ni ellos podíamos saber más. Si esto no es escribir bien, baje san Pedro y lo diga. |
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Ante todo doy las gracias y respondo a quienes ya en el canal público, ya en el privado, me habéis deseado Feliz Año; otro tanto os deseo. Y ahora, dado que ayer se han cumplido 50 años de la muerte de Albert Camus, os pregunto: ¿Lo habéis leído? En tal caso ¿qué os han sugerido La Peste, El extraño, El mito de Sísifo, El hombre rebelde, Calígula...? ¿Os parece él un buen escritor? ¿Os interesan los asuntos que trata? Por poner un ejemplo, ¿que decís del El extraño, según el cual el hecho de que uno mate a otro por aburrimiento, por fastidio, porque hace calor y uno está enervado (con los nervios de punta) etc. etc. es algo de lo más ordinario y banal, de lo más indiferente, y no merece se lo tenga en cuenta, pues no vale la pena? Os propongo materia abundante para la 'interacción' que decía oftheblind? Para rematar, lo cito: “Sí, nos rodea el absurdo, pero hay que decir no, conquistar la libertad y luego decidir qué se ha de hacer. Todo parece absurdo, pero debo poner orden, luchar por la fraternidad, porque en el ser humano hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”. “No predico la virtud; demasiados la confunden con la debilidad. Si tuviera algún derecho, les predicaría más bien la pasión. Quisiera que no cediesen cuando se les dijese que la inteligencia está siempre de más, cuando se les pretenda probar que para triunfar más fácilmente no importa mentir. Quisiera que no cediesen ante los astutos, ni ante los violentos, ni ante los abúlicos. Entonces el ser humano volverá a sentir ese amor por los demás sin el cual el mundo no sería más que una inmensa soledad.” No está mal. |
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En "El extraño"(¿no es "el extranjero"?) el asesinato creo que es por la enajenación que causa al protagonista la insolación, no estrictamente por calor o aburrimiento ¿n'est pas?. Para mi "La peste" es una de las grandes del XX. Me atrevería a decir que ha inspirado a grandes escritores posteriores como, por ejemplo, el gran Saramago en "Ensayo sobre la ceguera". |
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Te saludo, emartiants. Se ha traducido por El extranjero el título L'étranger del libro de Camus. Yo he preferido traducirlo libremente como El extraño. Me hubiera gustado saber la intención del autor. Un extranjero es alguien Natural de una nación con respecto a los naturales de cualquier otra, y en el libro nada hace pensar en tal cosa. A mi entender, El extraño estaría más en consonancia con el asunto, a saber, la 'extrañeza' mutua de los seres humanos, de como somos profundamente 'extraños' unos para los otros, ajenos, nunca podremos vivir la vida del otro, sólo podremos contemplarla. Tampoco me parece que el otro mate por insolación, una indisposición corporal, como si dijéramos, sino que Mersault, el personaje central, se debate en su imposibilidad de hallarle sentido a la vida, en su aislamiento radical de los otros, y preocupado por esa angustia va a la playa, en donde tropieza con aquel otro 'extraño', que viene a molestarlo, a perturbar su abstracción, su estado de ánimo, y por eso, porque es un 'extraño', alguien que en ese momento no pinta nada, se lo saca de encima como quien se espanta una mosca. El otro no es ya un ser humano, sino una simple molestia. Así es como yo interpreto toda la cosa. Hace tiempo que he leído el libro y me pareció bien. El sentimiento del absurdo, se podría hablar de él horas seguidas. De Camus me gustó más El mito de Sísifo, y sobre todo Calígula, quizá porque es más real y menos filosófico que los otros. La peste me dejó frío; quizá entonces el asunto no me interesaba. Algún crítico ha visto ahí una especie de parábola de la subida de los nazis al poder. A Saramago no lo he leído. Sólo leí, suyo, el Evangelio según Jesucristo, que me aburrió por lo ñoño y la impresión de querer evitar por todos los medios decir nada que pudiese escandalizar a los creyentes. En esto de la aproximación a Jesucristo yo prefiero la visión protestante, para la cual se trata de un hombre más, un otro cualquiera, de ninguna manera divino ni cosa que se le parezca. ¡Absit! Mira, justamente doy con esta crítica del Ensayo sobre la ceguera: Excelente libro, digamos que describe la crueldad de lo que somos como humanos, nos pasa todos los días pero seguimos ciegos. Niego que los seres humanos seamos crueles: cometemos a veces actos de crueldad; pero no 'somos' crueles. |
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¡Enhorabuena, Bizarro! Es lo mejor que aquí has escrito. Serio, razonado y con estilo. Tal como dije, escribir cada uno acerca de aquello que le interesa, etc. Ahora contesto a emartiants y otros de días atrás. Cita: Quizá si... te dejaras llevar por las emociones y los gustos, sin tener en cuenta si es o no moralmente... educativo, lo mismo disfrutarías más con este pequeño placer, a menudo vicio, que es la lectura. ¿Que disfrutaría más dejándome llevar por las emociones, etc? Ahí está la cuestión. Quizá se deba a mi condición de ancianito de la tercera edad, como habéis sugerido; pero es que en la lectura ya no busco divertirme, si es que alguna vez lo busqué. Yo quiero aprender. Quiero ganar algo, terminar el libro con la impresión de que en cierta medida soy más sabio que antes de abrirlo y entiendo mejor el mundo que me rodea. ¡Cuántas veces no habré leído -a estos mis supuestos avanzados años- un libro de Agatha Christie o cualquiera de los otros modernos, Dan Brown o John Le Carré, y sentirme al final decepcionado, dolerme del tiempo perdido, sentir frustración, porque habré pasado dos horas o más leyendo algo que en resumidas cuentas no me ha enseñado nada; sin haber sacado provecho, sin haber accedido a un plano superior de la conciencia. En otro lugar habéis dicho que la literatura cumple su función y que esta función sea entretener. Ahí esta el quid. No lo comparto. Desconfío de esa supuesta función. Creo que el libro, la lectura, puede alimentar las neurosis, puede ser una droga tranquilizante, pero como todas ellas tiene efectos secundarios. De nuevo insisto, no estoy diciendo que todos deben por deber lanzarse a leer libros con moraleja virtuosa, ni que los libros deban 'echar un sermón', ni propongo ningún 'hay que' esto o lo otro; sino que hablo para mí -recordad la frase que en el mayo francés se hizo célebre: no pretendo cambiar el mundo; pretendo que el mundo no me cambie a mí- y me reafirmo en el temor a esos efectos secundarios nocivos. Por lo que respecta a la apología de la violencia, creo que su descripción cruda y supuesta objetiva y aséptica, roza su apología. En una entrevista se hizo notar a Umbral que en uno de sus libros metía como realmente ocurrida una escena y anécdota del todo innecesaria y que nunca había sucedido, además de comprometer a una figura aún muy reciente, a lo que él respondió que lo había hecho con toda intención, para despertar el interés del lector. Con lo cual ese autor bajó unos puntos en mi estima. Por eso aborrecí a John Le Carré, por eso aborrecí Millennium, por eso cerré sin terminarlo A sangre fría y también puse de lado las últimas páginas del Pascual Duarte; porque esa violencia descarnada y atroz descrita con señales y pelos me disgusta y da náuseas y porque desconfío de la intención supuesta distante y neutral del autor. He dicho. |
| El realismo morboso no basta si no estiras el cuello hacia arriba entre la inmundicia y buscas con los ojos lo sublime. Bizarro. Con sólo señalar la mierda que somos te quedas cojo. Tu error es todavía más grave Cerinto. Desprecias los milagros literarios sin dar ninguna razón convincente. Milagros. No estoy hablando de gilipolleces. "A sangre fría" fue en su momento una auténtica revelación narrativa, algo que cortó el aliento a los mejores lectores de este planeta, en su momento, y tú, que sabes de cine, sabrás también que originó una interminable secuela de estilo de película que todavía hoy está vigente. Eso es cultura. No gilipolleces. Con Milleniumm estamos asistiendo a un milagro idéntico, en contextos diferentes. Es lógico. La mierda ha cambiado un poco y lo sublime es diferente. |
No te preocupes, Cerinto. Yo digo lo que llevo dentro y también tengo tiempo y capacidad para contradecirte. Pero si quieres asentimientos de cabeza te recomiendo que pongas un perro pescuezoflexible en tu coche. Tú puedes seguir solicitando que no se tre contradiga y acto seguido metiendo copipegas tremendos de otros escritores que asumes te dan la razón. Es decir, haz lo que te salga de la polla. Yo también lo haré.
Y, repito, si no quieres que se te conteste, replique o niegue el juicio dedícate al grafiti. Aunque me temo que aún ahí habrá alguien que te grafitee encima.
Además de esto, te lanzo una pregunta. Cuando expones un razonamiento o réplica, ¿por qué carajo siempre añades una cita o parrafada de otro escritor que la sustente? ¿Dónde está eso de que cada uno escriba lo que sienta? ¿Tan poco peso le intuyes a tu propia persona como para tener que apoyar tu diálogo siempre en el diálogo de otros.
Te lo digo porque a mí, personalmente, lo que dijera Ortega y Gasset me parecerá correcto en cuanto a correcto, no en cuanto a Ortega y Gasset. Si piensas que citar a estas peronas aporta más peso a tu diálogo te diré que sí, que aporta el peso que hace falta para hundir un cadáver en una poza y que no aparezca más.