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He de decir que mi primer modelo de superhéreo fue... Tolstoi. Y la idea era desarrollar un personaje tan empático con la humanidad que no pudiera soportar tanto dolor, tanto sufrimiento y tanta injusticia a su alrededor. Los últimos días de Tolstoi y su muerte eran lo que, de alguna manera, quería contar. Pero eso no iba a ser un superhéroe, sino una supervíctima. Supervíctima de su empatía. Al final, el asunto me llevó a la Primera Comunión, tema que estoy seguro no tratan los telefilmes americanos ni borrachos, y a un reflexión psicológica muy conocida, y de la que es muy buen exponente tu paisano recientemente fallecido Carlos Castilla del Pino: la persona necesita intimidad (cosa que en Guantánamo saben muy bien), y la intimidad supone la posibilidad y la capacidad de mentir. En el tránsito del niño al adulto, la adquisición de esta capacidad de mentir es un hito, que se produce entre los 6 y los 9 años. Y la Primera Colmunión entra ahí, a esa edad, a mutilar y castrar, a reemplazar la clarividencia de los padres por las de un Ser Supremo, un ojo dentro de un triángulo que todo lo ve. Muy poco americano, como verás. Podía haber prescindido del CNI, pero había que vestir al personaje de superhéroe. Al menos, no fui tan tópico como para dibujar la escena en el callejón oscuro entre los bidones de basura.... Debo añadir, en los créditos, que le debo algo a un personaje llamado Valentina cuyo copyright pertenece a la Teniente y a su novela en marcha "Angeles Desalados". |