Vale cualquier relato de no más de 1.7OO palabras, que contenga la locura en cualquiera de sus acepciones.
Y más datos:
Fecha límite de presentación: Jueves 11 de Marzo
Hora límite de presentación: 22:00 hs.
*Se agradece leer las bases para participar y no molestar mucho al Mdc, que es nueva en esto y no tiene ni puta idea, pero hará lo posible por resolver vuestros problemas.
¡Ala! ¡A escribir!
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A DOS PALMOS DEL SUELO
La he odo gritar. S que ellos estn ah abajo, tramando su plan, esperando el momento oportuno para caer sobre m.
Estoy inconsciente? Al menos no soy consciente de lo que pasa a m alrededor. A veces, cuando me ocurre esto, mir por la ventana del dormitorio; de noche la luna se abre paso a travs de ella como un rostro fantasmagrico, se cuela entre los pliegues de mi cerebro y me susurra. Ella es mi amiga, mi cmplice.
Pero ahora es de da, mi amiga hace rato que se fue; se perdi entre la bruma que expulsa a bocanadas la gran boca rasgada. Es entonces cuando les veo llegar. Murmuran cuando creen que no les oigo. Ilusos; piensan que son invisibles.
Llevan semanas maquinando algo; ante mis ojos no desvelan nunca su espantosa apariencia, pero yo s que no son de ste mundo. Tengo los ojos enrojecidos e hinchados por la falta de sueo y apenas puedo vislumbrar sombras. Pero esta maana la he odo gritar claramente. Un aullido que pareca surgir de las entraas desgarradas de una virgen.
Varias veces he intentado moverme. Mis msculos no responden a la actividad vertiginosa de mi cerebro. Mando rdenes a diestro y siniestro; puedo sentir el flujo elctrico entre las conexiones nerviosas que rigen mi ser. Sin embargo ni uno solo de estos estmulos es suficiente para conseguir que mueva ni tan siquiera un dedo. Lo intento una y otra vez, pero todo mi esfuerzo es baldo.
Ah estn, como cada maana. Sus pies parecen deslizarse sobre el suelo –ziss…zass –un pie delante del otro. Van a abrir la puerta del dormitorio, puedo sentir la llave maestra penetrando en la cerradura, deslizndose sobre sus engranajes con precisin.
Les oigo hablar. Ellos creen que no puedo hacerlo; les he engaado hacindome el tonto cuando me preguntan.
-Hay que bajar la calefaccin. –Dice el gordo calvo sealando a la gran boca rasgada. La bruma desaparece y tras ella vuelve mi amiga, la luna se asoma a la ventana de mi dormitorio. Me dice que est tranquilo, que no pasa nada. Pronto se irn, como cada maana.
-Enciende el foco. Quiero comprobar sas pupilas. Estn muy dilatadas. –El canijo ojeroso me toca con sus dedos largos y fros. Me manosea la cara mientras me mira fijamente. Estoy cagado de miedo, siento escalofros. Qu me van a hacer?! Intento liberarme de la fuerza invisible que me mantiene inmvil, pero nuevamente es intil. La sangre fluye como una inundacin, golpendome con fuerza en las sienes y en las muecas. Intent abrir la boca y decir algo, pero mi lengua se pierde en el vaco incapaz de articular palabra.
-Cien miligramos de clonazepam. A ver si de una vez por todas conseguimos que duerma.
Siento como algo diminuto y fino rasga mi piel, puedo or como se abre paso entre las clulas epiteliales y penetra en el msculo; un reguero clido que me recuerda a un abrazo perdido en el pasado. Unos nios corren detrs de una pelota, en un patio lleno de flores rojas y macetas verdes. De repente uno de ellos se gira y me sonre. Lucho por seguir participando de la escena, pero la oscuridad es ms fuerte que yo.
-Comprueba que las correas no estn demasiado apretadas. –Oscuridad, profunda y lgubre.
Esta maana la he odo gritar otra vez. Estaba asomada al hueco de la escalera; slo me dio tiempo a ver como se llevaba las manos a los ojos intentando negar la realidad. Se aferr a mis pies intentando evitar que quedara suspendido de una de las vigas que sustentaban el techo, a dos palmos del suelo.
Oscuridad, profunda y lgubre.
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Mientras te arreglas para venir a verme escuchas la radio, que has dejado apoyada en la pica del lavabo, mientras te aplicas colorete y brillo de labios. La base de maquillaje no disimula lo mal que lo estás pasando esta última semana por mi causa. � |
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��������������������������������������� EL CANTO DE LOS PAJAROS Escuchaba cantar a los pájaros en las copas de los árboles, allí en aquel parque por el que paseaba a diario. Sus notas penetraban en su cabeza y el formaba con ellas líneas de pentagrama que hablaban de melodías. Oía la música como si sonara de verdad en medio del vacío; su cabeza era una orquesta que tocaba entusiasmada: a la izquierda los violines, en el centro el concertino, a su lado y a la derecha las violas, violonchelos y contrabajos y más al fondo las trompas y trompetas, la percusión, las flautas y oboes�� ….� El se veía en el pequeño estrado moviendo la mano que sujetaba la batuta. Todo su cuerpo se movía al ritmo de la música, volaba lejos sin saber hacía donde le llevaba aquel sonido. No era él, desaparecía entre las notas y se perdía� para siempre, amante de la música, enamorado de la melodía, en pleno éxtasis. ��������������������������������������������������������� ***** - ¡Marcos! – le llamaba su madre – tienes exactamente dos minutos para que te sientes al piano y te pongas a estudiar. - ¡Marcos!� - gritaba - eso no suena bien, repite, repite, repite�� …. Ni siquiera llegaba a los pedales cuando empezó a tocar el piano la primera vez. No recordaba exactamente cuántos años tenía por aquel entonces, no lo sabía porque ahora había cosas que no le venían a la cabeza; pero sí sabía que podía sentir la música como parte de su vida, la principal y que su tiempo transcurría entre las clases en el colegio, otras particulares de piano y luego de violín y flauta. Horas de trabajo, de repeticiones, de ejercicios rutinarios y monótonos para entrenar sus pequeñas manos. Pronto fue el asombro de los expertos, tan joven y tan hábil en el manejo de cualquier instrumento y sobre todo aquel entendimiento perfecto del espíritu de cada partitura, de cómo la sintió el autor cuando la compuso en su día. Y empezaron a llamarle para conciertos, para acompañar a grandes orquestas en ocasiones muy especiales, para entrevistas televisivas, en artículos en los periódicos. ¡El niño prodigio! ¡La joven promesa! ¡Más que una promesa, una realidad insuperable! No había tiempo para nada más, debía seguir estudiando; un buen intérprete necesita mucha concentración, memoria y agilidad, por ello era preciso practicar, practicar. Y luego someterse a la crítica y a la observación de todo un mundo de adultos que veían en el una especie de fenómeno musical y mediático. Pudo soportarlo todo durante mucho tiempo. El amaba la música sobre todas las cosas y poder tocarla y ver que despertaba el interés de los entendidos le proporcionaba un gran placer. Viajaba por todo el mundo contratado por diferentes orquestas, para dar conciertos y así aprendió a entenderse en diferentes idiomas y un día, cuando tendría unos 22 años, no lo recordaba bien tampoco eso, conoció a� Paola, una jovencita muy hermosa y que, como él, poseía un don que la hacía diferente: bailaba ballet, o lo intentaba. Era italiana pero vivía en Paris, donde estudiaba en una prestigiosa escuela de danza clásica. Se la presentaron en una recepción que le ofrecieron en la embajada de su país a la que ella había acudido en compañía de su maestra, que intentaba introducirla en el mundo de la música y los grandes teatros. Se comprendieron pronto. Ambos eran dos criaturas que habían madurado a la fuerza antes de tiempo, que vivían una vida de disciplina y trabajo y que no podían decidir nada por sí mismos. Hablaron toda la noche y se dieron sus teléfonos para poder conectar de nuevo y así fue como sucedió el milagro que Marcos estaba esperando: encontró su alma gemela, alguien que le comprendía y que lo escuchaba a él, no al músico ni su música. Disfrutaron de su amistad mientras pudieron; no fue demasiado tiempo. Cuando su representante y sus padres se dieron cuenta de lo que estaba pasando, apartaron a Marcos con mil argumentos,� alegando que aquello no tendría ningún futuro y solo podría perjudicarle. El protestó todo lo que fue capaz, pero estaba acostumbrado a obedecer y dejar que otros decidieran por el y aceptó alejarse de la capital francesa para ir a EEUU a una gira de conciertos por aquel país para darse a conocer allí y de paso evitar así que aquella amistad se hiciera pública. Fueron años de trabajo duro, de viajes rápidos y sin ningún aliciente, de soledad en medio del barullo de los aficionados y de los componentes de orquestas que cada vez cambiaban de cara. Tuvo éxito durante todo aquel tiempo. Una mañana se levantó y se preguntó qué hacía en aquella habitación de hotel, enorme y desconocida. Pensó que aquel lugar era frío e impersonal y trató de recordar cual era el lugar al que pertenecía, ese que tenía que ver con el y sus gustos, eso que solemos llamar hogar y no encontró en su recuerdo un rincón que pudiera considerar que lo fuera. Se volvió en redondo mirando la gran cama, las butacas y los tapizados y se preguntó qué hacía allí; no podía responder a esa pregunta porque no recordaba la respuesta. Esa noche tocaba en New York, en la Main Hall y le acompañaba la Filarmónica de la ciudad, iba a ser una noche especial y de gran trascendencia para su carrera, una especie de consagración definitiva para un músico aún tan joven y que ya no era solo una promesa. Había estado practicando toda la mañana y por la tarde había vuelto a escuchar, una vez más el concierto, memorizando cada cadencia, cada cambio, cada nota, todos los pequeños detalles que hacían una pieza especial. En medio del silencio en la sala abarrotada de gente hasta lo más alto, en aquel lugar sagrado donde tantos y tan grandes músicos habían triunfado, Marcos se sintió minúsculo, una hormiga rodeada de peligrosos gigantes. Se situó delante del piano, acomodó las colas de su chaqueta y posó delicadamente sus manos sobre las blancas teclas del piano, esperó pacientemente a que la orquesta le diera pié para su entrada, mirando atentamente al director y cuando llegó el momento empezó a deslizar sus dedos velozmente por el teclado. Sus manos parecían pájaros volando en desbandada, su cabeza daba ligeros y continuos bandazos, su cuerpo se movía al compás de la música�� ….��� ¿Música? El murmullo fue creciendo en la sala, primero levemente discreto, luego parecido a una marea embravecida. La orquesta dejó de sonar poco a poco, como el viento en un día de tormenta; el director miraba sorprendido a Marcos sin saber que hacer. Y finalmente en medio de aquel dislate, se escuchaba la música, algo así como el rugir del mar en los acantilados, enloquecida, discorde, sin sentido. El seguía tocando, tocando, sin parar,� sin darse cuenta de la sorpresa que producía, del desconcierto de quienes le escuchaban y de su extraña actitud. Perdió el sentido de las cosas. Se rompió. Lo llevaron a aquella preciosa residencia y le aconsejaron que dejara los conciertos y todo lo que rodeaba aquel ambiente, al menos durante un tiempo. Pero él no podía abandonar la música, era lo único que tenía, aquello por lo que había vivido y sacrificado todo. La llevaba en el corazón y en la cabeza. Por eso cada trino de los pájaros en los árboles del parque era una nota que se enlazaba con otra y otra y formaba una melodía en su mente, para luego ser olvidada inmediatamente pues su memoria se negaba a recordar, había perdido el interés por todo lo pasado y se limitaba a recordar lo más próximo de su presente. |
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EL FIN DEL MUNDO
��� Al día siguiente de irse él, yo llamé al timbre de su casa, y me extrañó que Margari no abriese. Estaba claro que Antonio se había ido solo. Margari era muy mayor como para acompañarle en semejante viaje. Por eso supe que algo pasaba con ella. Decidí ir a la portería para buscar la copia de las llaves de su casa. El portero no estaba en ese momento, así que no dudé en cogerlas con la intención de entrar en ella y averiguar qué ocurría con Margari. Todo en la casa estaba en orden, y muy en silencio. Fui recorriendo la casa con cautela, con miedo más bien. No sabía qué me podía encontrar, y al llegar a la habitación de Margari… lo primero que vi fueron sus piernas sobre la cama. Estaba tumbada plácidamente, como durmiendo, vestida con su camisón y… sin duda, muerta.
��� El día 25 de septiembre era sábado. Me dirigí a la dirección de la casa de Carmen, y me puse allí a vigilar por si aparecía Antonio. Y así ocurrió. Llegó con un ramo de flores… y feliz. Estaba convencida de que ellos ya se habían visto la noche anterior. Al poco salieron juntos, y ella con una sonrisa en sus labios. Estoy segura de que el día anterior ella debió de haber llorado todo lo que permite el cuerpo humano… Seguramente discutieron, se perdonaron, se abrazaron por los años perdidos y por sus trágicas vidas. Pero ese día parecía el inicio de algo nuevo para ellos. Sin duda, la cercanía de Carmen era lo que Antonio necesitaba para alejarse de la locura definitivamente. ¿POR QUÉ HIZO ANTONIO ESO?
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SERIE ARMÓNICA Los padres, junto con su buen amigo, Alvaro, se sentaron frente a la mesa del Dr. Carlson. |
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EL PEREGRINO Este breve relato narra unos hechos que son la raíz y origen de grandes cosas, de formidables eventos, incluso de alguna sangrienta contienda. Poco se sabe de cierto sobre ellos, por lo que podemos permitirnos la licencia de imaginar que ocurrieron tal como los relatamos.
En una de estas peregrinaciones, sus pasos le llevaron a una región de obscura fama y peor aspecto. Deambulando por ella el peregrino parecía cansado. Su marcha no tenía la viveza de otras veces, y sus más de cuarenta años de edad comenzaban a hacerse notar en su piernas. Eran muchas las horas que había caminado, y sus ojos buscaban un lugar donde pasar la noche, un refugio. Llevaba comida suficiente en sus alforjas, y también agua para un par de días. Pero no le apetecía lo más mínimo tener que pasar la noche al raso. Había visto lo que podían hacer las fieras que deambulan por aquellos parajes en las horas nocturnas. Los restos que había hallado en su camino, de animales de gran tamaño e incluso de algún imprudente caminante como él, lo indicaban claramente. Pero quiso la fortuna presentarse en la forma de una cueva de prometedor aspecto, justo cuando los últimos rayos de sol llegaban desde el lejano poniente. En un risco elevado, a cuyo píe un frondoso bosque protegía su entrada, se abría una hendidura en la roca que abocaba a una amplia cavidad completamente vacía. Bastaría con disponer una fogata justo en la entrada para convertirla en un refugio a prueba de alimañas, de modo que dejó en el fondo de la cueva las alforjas y su recio bastón y dedicó un buen rato a recoger abundante leña por los alrededores, para poder con ella no solo calentarse la cena, sino también mantenerse a buen recaudo en el interior de la cueva durante la noche. Cuando tuvo leña suficiente observó unas hermosas matas de escasa altura que crecían entre los árboles, formando como una apretada y espesa masa de verdes hojas, y algo le llamó la atención. Unos tallos erguidos de algo más de dos palmos de altura sobresalían aquí y allá entre aquellos chaparros matorrales, y acababan en un curioso fruto de color verde azulado, con el aspecto de una pequeña granada. Tuvo un presentimiento, una intuición. Aquellos frutos estaban allí aguardándole. Poco más tarde el peregrino cenaba frugalmente en la boca de la cueva, junto al fuego. Y cuando acabó de hacerlo, calentó agua en un pequeño recipiente. Cuando el agua estuvo caliente, desmenuzó lentamente entre sus dedos varios de aquellos curiosos frutos, y los vertió en el agua. Los dejó hervir un par de minutos, y después aguardó pacientemente que su infusión se enfriase lo suficiente para poder beberla. Tomó un poco de aquella fina hierba que tanto apreciaba, comprada a mercaderes� que la traían de lejanas tierras desde el norte de África, y cargó su pipa de viaje. La prendió y pocos minutos después, cuando las suaves volutas de su aromático humo le envolvían, tomó el recipiente y bebió la infusión. Alimentó el fuego para mantener un humeante y disuasorio montón de brasas que le permitiese descansar algunas horas, y sin dejar de saborear el humo de la hierba, con la pipa entre los labios, se acostó en el interior de la cueva sobre su frazada, tendida sobre un lecho de hojarasca que había preparado. Y muy pronto notó que no estaba solo...
Recogió sus cosas, y viendo que cerca de la cueva discurría un pequeño riachuelo, acudió al mismo y procedió a asearse con una minuciosidad que no era habitual en él. A continuación se postró en tierra y dirigiendo su mirada al lejano horizonte comenzó a orar. Y aquellas oraciones parecían nacer de una voluntad dentro de su voluntad. Era como si el visitante todavía estuviese dictándole, tal y como había hecho a lo largo de la noche. � Algún tiempo después, hallamos al peregrino en pie, sobre una especie de pequeña tribuna de piedra, en una amplia explanada situada a las afueras de una próspera aldea. Viste una larga túnica, y enmarca su faz una espesa barba, que le da un aire hasta cierto punto místico. Pero son sus ojos los que confieren auténtico misticismo a su expresión. Grandes, brillantes, muestran esa luz que solo se ve en los iluminados, en los que creen haber visto la verdad. Pero la suya no es la mirada perdida de los enajenados, la suya es una mirada vigorosa e imponente, aunque algunos en la aldea la tildan de mirada de loco visionario. Le rodean centenares de personas. Mujeres, hombres, niños y ancianos. Algunos de pie, apoyados en rústicos cayatos, otros sentados en el suelo o tumbados en tierra, de todo hay. Y escuchan sus palabras como embelesados. Se nota en sus miradas que ha alcanzado sus almas, y que ese hombre que les habla va a ser, a partir de ese momento, su líder. Algo apartados, dos venerables ancianos, miembros respetados de la comunidad cristiana de la aldea, miran la escena con curiosidad y, tal vez, con inquietud. � Muchos años después, sentando en un diván confortable, fumando en un añoso narguilé, el peregrino acabó por fin de escribir aquel formidable libro. Allí estaban resumidas todas las enseñanzas que se le habían revelado en aquella noche de locura, de misterioso trance, vivida tiempo atrás. Allí, junto a las enseñanzas, las advertencias, los consejos, las lecciones, las explicaciones y los ritos, dejaba constancia de cómo, un buen día, Yhavé Dios le había mostrado su deseo de que en el futuro se dirigiesen a Él con otro nombre. A partir de aquella noche en que así lo manifestó, debían invocarlo con el nombre de Alá. Y nuestro peregrino tuvo muy claro que aquel era su único dios. Y aquello fue, no hay duda, el principio de grandes cosas para los pueblos de este mundo. Buenas y malas, pero de formidable importancia y de gran trascendencia. |
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FRENOPTICO
Cuando el tiempo comienza a pasar de una forma vertiginosa…inadvertida, llegas a la conclusin de que algo ha cambiado en tu vida. Mi “adorado” director tom la decisin un buen da de mandarme a provincias –un trabajo sin importancia, un par de reseas y te vuelves –para cubrir el indulto de cierto asesino condenado a muerte.
Se acercaba el otoo; las tardes cada vez se hacan ms cortas y la sensacin hedonista que abarrotaba las calles durante el esto madrileo, pareca diluirse entre los tonos de penumbra de la incipiente estacin.
Viajar en tren desde Madrid hasta cualquier capital de provincia era poco menos que una odisea. Haban transcurrido ms de dos aos desde el gran Desastre del 98 y el pas todava se encontraba en estado catatnico; una sociedad deprimida, cohibida y vestida de luto.
Quin era Ramn Tejedor? Mientras el vagn traqueteaba pesaroso entre campos agostados, revis las pocas notas que tena acerca de l.
Lo primero que me llam la atencin fue su apodo: “El arropiero”. A pie de pgina encontr unas notas explicativas; por lo visto su padre se dedicaba a la venta ambulante de caramelos de arrope. Pocos datos reseables de su infancia; se cro con sus abuelos y fue a la escuela. Aprendi a leer y escribir, adems de demostrar cierta capacidad autodidacta. Su padre era un individuo borracho y pendenciero que muri vctima de una cirrosis heptica propiciada por sus abusos con la bebida. Tras su fallecimiento, Ramn hered el oficio paterno; aqul fue el comienzo de una horripilante vorgine asesina.
Decid obviar lo mucho o poco que saba de l.
Tras tres largas jornadas de viaje mi tren arrib a la estacin de ferrocarril de El Puerto de Santa Mara. Pagu unos cntimos a un muchacho desgarbado para que cargara con mi equipaje y me guiara hasta las puertas del hospital frenoptico.
-La casa de los locos? Yo s dnde est. –Afirm el muchacho cabeceando con insistencia. Caminamos durante al menos una hora; el chico hablaba por los codos y no paraba de dar detalles. Observ que llevaba una especie de lata colgando de la cintura y no puede reprimir mi curiosidad.
-Qu llevas ah?
El muchacho me mir con ojos asombrados.
-Gusanas. Las cazo en el fango del ro, cuando la marea esta baja. –Me indic sealando hacia la marisma que se extenda a ambos lados de la polvorienta carretera. –Ya estamos muy cerca; desde aqu se puede ver. –El nio seal al otro lado del camino. Los muros rojizos de un edificio solitario se levantaban en mitad del campo. –La casa de los locos. –Volvi a afirmar.
Junto a la verja de hierro que cerraba el paso a la finca poda leerse en una placa: EL MADRUGADOR.
-Yo de aqu no paso. –Apreci en la mirada vidriosa del muchacho algo parecido al miedo…tal vez al pnico. Yo mismo no pude evitar un estremecimiento al quedarme solo frente al sobrio edificio.
La sensacin al traspasar la cancela de hierro fue indescriptible. Cuando por fin mis odos se acostumbraron al silencio sepulcral que reinaba en el lugar, empec a percibir sonidos extraos; aullidos, gritos y risas lgubres. Pueden las risas ser tristes?
Al poco apareci un tipo vestido totalmente de blanco y con cara de mastn; ms que un enfermero pareca un matn barriobajero.
-Don Prudencio le espera. –Gru, al tiempo que me invitaba a seguirle a travs de la parcela ajardinada.
El tal don Prudencio era un hombre enjuto y envarado. Me recibi ataviado con una bata de mdico y una actitud de eficaz funcionario.
-Dgame…Alfredo. –Tuvo que releer la carta de presentacin para recordar mi nombre. -Cree usted que el garrote vil est pasado de moda? –La pregunta me cogi por sorpresa; durante un instante vision en mi cerebro la imagen del artilugio en cuestin. No pude evitar una cierta desazn, que por lo visto se hizo visible a ojos del doctor.
-Comprendo. Ah radica el problema; si no fuera por sa circunstancia, Ramn Tejedor estara aguardando el momento de su ejecucin. No cree? –Una sonrisa se desliz a travs de los agrietados labios, al tiempo que su bigotillo bailoteaba irnicamente sobre ellos.
El enfermero con cara de mastn me acompa a lo largo del laberinto de pasillos del edificio administrativo. Si el ambiente de aquellas instalaciones era poco cordial, lo que me esperaba en el interior del pabelln donde residan los enfermos ingresados era difcil de describir.
Una amplia galera, flanqueada por celdas, me dio la bienvenida. La angustia inicial dio paso a un leve pinchazo en la boca del estmago.
El chirrido de los cerrojos se abri paso en mi cerebro.
-Pase sin miedo. Est atado. –Di un paso al frente y penetr en la celda. No haba sido el primer inquilino; las paredes estaban repletas de inscripciones y mensajes de todo tipo. Mis ojos se fijaron en una en concreto:
Gotas de escarcha que humedecen mis amaneceres. Ya no soy el que era. Siento el fro en cada una de mis vrtebras… La frase se cortaba abruptamente. Alfredo no quiso imaginar el motivo de tal interrupcin. Mir al frente y se enfrent por fin a Ramn Tejedor. Estaba inmovilizado por medio de unas correas de cuero.
Ramn Tejedor haba confesado haber matado a ms de treinta personas; una huella criminal que se extenda a lo largo y ancho de la geografa del pas, como una mancha de sangre indeleble. Aprovechando fiestas y ferias locales cometa sus tropelas y se esfumaba como el humo, sin dejar huella. La casualidad quiso que su perversin le hiciera caer en manos de la justicia. Fue en un pequeo pueblo de Len; Ramn salt la tapia del cementerio por la noche. Aquel mismo da haban enterrado a una joven de quince aos. Los guardas del camposanto le sorprendieron violando el cuerpo yacente de la muchacha.
Hbilmente interrogado, no tard en confesar sus mltiples crmenes. La noticia de su detencin conmocion a la opinin pblica.
-Aqu hay de todo, pero ste es el peor con diferencia. Mrelo, lleva as desde que ingres. No habla con nadie y se pasa la mayor parte del tiempo aislado. –Las palabras del mastn sorprendieron a Alfredo en medio de sus tribulaciones. –Le dejo, si necesita algo slo tiene que llamar. Estoy en el pasillo.
Llevaba entre sus papeles una breve anotacin extrada de las actas judiciales; demencia que debilita la voluntad y provoca la falta de desarrollo personal. Aqul haba sido el diagnstico del medico psiquiatra que haba estudiado el caso de Ramn Tejedor y lo que, inesperadamente, le haba librado de morir agarrotado. Para el mdico en cuestin, Ramn padeca un trastorno severo de sus funciones cognitivas, el cual provocaba un pensamiento confuso y una percepcin delirante de la realidad.
Al igual que su padre consuma grandes cantidades de alcohol; a la psicosis provocada por su enfermedad se unan las alucinaciones provocadas por el alcoholismo, convirtindole en una bestia humana, un monstruo capaz de torturar a un ser vivo sin el mayor atisbo de compasin.
No saba como comenzar la entrevista… Es posible entrevistar a un monstruo? Haba algo que le rondaba la cabeza y que era incapaz de reprimir por ms tiempo.
-Por qu la necrofilia?, qu placer obtena en practicar…sexo con los muertos? –Not como el labio inferior me temblaba ligeramente. Ramn levant la mirada y clav sus ojos glaucos en m.
-Cre que la vida se me iba escapando, despacio, apenas un silbido en mi pecho anegado… -Guard silencio por un momento, como si intentara recordar algo, extraerlo de algn recndito lugar de su maltrecho cerebro. -…me visit la muerte, perezosa, y la vida… Qu es vivir?
Las respuestas incoherentes y sin sentido de Ramn acabaron por desconcertarme. Estaba claro que no iba a obtener nada medianamente interesante de aquella entrevista. Decid dar por finalizada la visita en aqul punto. El mastn me devolvi de nuevo al edificio administrativo; don Prudencio haba dispuesto para m una pequea habitacin en el altillo del edificio. All podra pernoctar hasta el da siguiente.
La noche transcurri entre delirios y gritos procedentes de cada rincn del frenoptico. Por ms que lo intent no pude conciliar el sueo ms de diez minutos seguidos; a cada instante un sobresalto nuevo me devolva a una forzada vigilia.
La perspectiva de entrevistar de nuevo a Ramn me produca una inquietante expectacin.
Tena la cabeza echada hacia atrs y estaba completamente mojado, con una expresin de terror en sus ojos sin pupilas.
-Qu le ha pasado? –No tuve ms remedio que preguntar. El mastn me contest con tranquilidad.
-Una mala noche. Hemos tenido que darle una sesin de hidroterapia. Ya sabe, agua helada… para calmarle un poco. Despus le hemos llevado a la sala de shock…ya sabe. –El mastn pareca dar por sentado que conoca a la perfeccin el funcionamiento de la institucin mental.
-Entiendo. –Afirm. Estaba claro que en semejante estado cualquier esfuerzo iba a ser intil. An as prob fortuna una ltima vez antes de marcharme.
-Ramn, por qu mataba a las nias?, por qu violaba y mutilaba sus cadveres?
-Amor, diapasn, procedimiento administrativo, recurso de alzada, pena de muerte, garrote vil… -De nuevo una diatriba inconexa por respuesta.
Me dispuse a marcharme, despus de dibujar un leve boceto en mi cuaderno de trabajo. Afortunadamente me haba provisto de carboncillo suficiente para mis dibujos. Al pie anot una minuciosa descripcin del aspecto de Ramn. Drama y sangre, anot.
Al levantar la cabeza del papel me top con la cruda realidad. Mis ojos recorrieron cada centmetro de pared; all estaban, salpicadas entre dibujos obscenos y signos indescifrables. Cada una de las respuestas de Ramn estaba grabada en la pared, como un testimonio imborrable del pasado. El hilo invisible que lo mantena unido al mundo de los cuerdos.
El mastn me acompa de nuevo al jardn. La experiencia me haba dejado trastornado. Al otro extremo un paciente pareca tomar la sombra bajo un sauce; con los dedos entrelazados pareca en actitud orante.
-Aqu hay de todo, ya se lo dije. Pero se es de los peores. –Afirm sealando al pobre loco.
-Entiendo. –Contest a modo de despedida.
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El amor, todo locura. La última vez que me dieron una paliza fue por liarme con una mujer casada. Sobre aquellas magulladuras sustenté las bases de una de mis reglas de oro: “Nunca te líes con mujeres casadas.” Tenía pocas normas de ese calibre, posiblemente no dieran para confeccionar un decálogo, pero las seguía a rajatabla. Hasta que conocí a Isabel. Fue en un viaje de empresa. La firma que nos suministraba el software de gestión de contabilidad nos invitó a unas jornadas de tres días de presentación de la nueva versión, así que mi jefe me concedió el dudoso honor de acompañarlo. Esto quería decir que yo debía asistir a todas las interminables sesiones informativas mientras que él se dedicaba a “hacer negocios” y “cerrar tratos” en todos los bares y restaurantes�(y puticlubs) de la ciudad con sus congéneres. Nos conocimos durante una de esas bonitas pausas donde la gente aprovecha para hacer contactos e ingerir la mayor cantidad de café y/o pastas posible. Isabel estaba en un rincón apartado, sosteniendo un humeante vaso de plástico, con la mirada perdida, como la única superviviente de un cataclismo observando la desolación a su alrededor. Exactamente igual que yo. No me considero un casanova, más bien todo lo contrario, pero algo en sus ojos y en su porte, me atrajo hacia ella como un imán. La abordé, hablamos, reímos, congeniamos de alguna extraña manera, como náufragos perdidos en una isla desierta. Así supe que vivíamos en la misma ciudad y que trabajaba para la competencia. Volvimos a juntarnos en cada pausa de café, en cada rato muerto. La última noche, accedió a cenar conmigo, lejos de horarios y jefes. Antes del segundo plato, me dijo que tenía marido, como un policía que coloca la placa encima de la mesa y te dice que todo lo que digas a partir de entonces podrá ser usado en tu contra. Creo que me enamoré de ella entre los postres y el café. Más tarde, en la puerta de su hotel le pedí su teléfono y traté de besarla torpemente. Se fue con un revuelo de su abrigo largo y me dejó una pequeña tarjeta y el sabor fugaz de su aliento en mis labios. Tardé dos desquiciantes semanas en llamarla. Sabía que estaba incumpliendo una de mis máximas y que ello me traería problemas. Cuando finalmente lo hice, su tono de voz era el de alguien que está esperando una mala noticia para poder brindar por ella. Comenzamos a quedar. Cuando podía, nos veíamos en mi piso y hacíamos el amor, hablábamos, hacíamos el amor, comíamos un poco, hacíamos el amor y, al final, ella ocultaba su desnudez rápidamente con las prendas que iba rescatando del suelo, de encima de la lámpara, de entre las sábanas, y se marchaba con su espesa melena de negros rizos revuelta y una sonrisa culpable en los labios, dejándome, cada vez más, un poco más solo. Estuvimos tres meses así, hasta que una tarde, pocos minutos después de que me dejara, llamaron a mi puerta. Corrí deseando que fuese Isabel diciendo que había dejado a su marido y que venía, maletas incluidas, a quedarse conmigo. Sobre el felpudo había un hombre menudo y rechoncho, con una calva incipiente mal disimulada. Me miró, nervioso y derrotado. - Hola, me llamo Ramón. Soy el marido de Isabel. ¿Puedo pasar? Me quedé unos segundos mirándolo, totalmente petrificado. Él trataba de evitar mis ojos, avergonzado, como si fuese él quien tuviese que disculparse. Le hice pasar. Balbuceé cuatro palabras inconexas antes de que me interrumpiese y me contase una historia extraña: Isabel estaba perturbada, desequilibrada. Loca. No era la primera vez que se liaba con cualquiera (he de reconocer que eso me dolió). Había estado internada. Ahora estaba en tratamiento, pero Ramón tenía la sospecha de que lo había dejado en secreto. ¡Incluso tenían una hija! Rompió a llorar sentado en mi sofá, conmigo a su lado, en pijama y camiseta de tirantes, sin saber qué hacer para consolarlo. Me hizo prometer, entre sollozos y mocos, que no volvería a verla jamás, que nuestra relación agravaba su estado. Por supuesto, le dije que sí. Cuando se fue, me metí en la cama. No dormí en toda la noche. En mi cabeza se mezclaban las imágenes de la sonrisa de Isabel y las lágrimas de su marido. No sólo me había vuelto a meter en medio de una pareja, sino que, además, aquello afectaba la salud de la persona de la cual me había enamorado. Decidí que cumpliría mi promesa. Las siguientes dos semanas fueron un auténtico infierno. Me moría por verla y me costaba horrores no responder a sus continuas llamadas. Ansiaba abrazarla, besarla, desnudarla, pero me decía a mí mismo una y otra vez que era por su bien. Traté de hallar mil y una posibles soluciones, cada cual más disparatada, a aquella situación, pero ninguna que no fuese volver a estar con ella me satisfacía. Vivía como un zombie: distraído, desaliñado, arrastrando los pies, gimiendo lastimosamente. Una tarde, llamaron a mi puerta. Era Isabel. Estaba furiosa, triste, desesperada. Me estalló en la cara, me recriminó que no la llamase, que no diese señales de vida. “¿Qué pasa? ¿Sólo soy un polvo?” Me espetó. Al final, le expliqué la visita de Ramón. Me escuchó en silencio, mordiéndose los labios, tratando de dominar su inquietud. - ¿Y le has creído? –Me dijo. - Sí –titubeé. Suspiró. - Ramón no está bien –me dijo, derrotada, con la mirada perdida, como si hablase con alguien fuera de aquella habitación. Me explicó que su marido estaba perturbado, desequilibrado. Loco. Ella quería dejarlo porque ya no lo amaba pero le daba miedo que él acabase haciendo alguna tontería. La había amenazado y ella le tenía miedo, así que fingía que todo iba bien porque no sabía qué hacer. Y, por supuesto, no tenían ninguna hija. Cuando acabó, parecía más pequeña, más frágil. No me atrevía a tocarla por si se desvanecía. Tras unos minutos, alargué una mano. Me miró a los ojos, trataba de reprimir las lágrimas. - ¿De verdad creíste que estaba loca? - Yo... –balbuceé. Se levantó y se fue dando un portazo. Me quedé solo. Nunca me había sentido más solo en mi vida. Acababa de perder a la mujer más maravillosa con la que me había topado nunca. Ni siquiera era capaz de llorar. ¿Cómo había podido dejarme embaucar por aquel hombre que no había visto en mi vida? ¡Era su marido! Hubiese dicho cualquier cosa con tal de recuperarla. Y yo le creí. Sin dudarlo ni por un segundo. Me dejé caer en el sillón, derrotado. Sonó el timbre de la puerta. Corrí a abrir para encontrarme con la figura menuda de Isabel que me miraba con los ojos llenos de lágrimas, estrujándose las manos, temblorosa. Ninguno de los dos nos movimos. - Yo... –no sabía bien que decirle. Se me abalanzó con un sollozo, me abrazó, nos besamos y, sin tiempo ni para cerrar la puerta del piso, me arrastró hasta el cuarto. Me lanzó sobre la cama y empezó a arrancar su ropa y la mía con ansia, con desesperación, entre jadeos entrecortados. Yo asistía anonadado a aquella especie de tsunami que arrasaba mi cordura, extasiado y asustado por la fuerza de aquel deseo voraz. La deseaba más que nunca. Entonces, levantó su cara y se detuvo, petrificada, ahogando un grito de espanto. Levanté la vista y vi a Ramón, inmóvil, que nos miraba desde la puerta. Me levanté como pude, apartando de un empujón a Isabel, tratando de ponerme entre ella y su marido. Me di cuenta que llevaba un grueso bastón en la mano. - Oye, tío. Tra-tranquilo –acerté a decir, sin quitar la vista de la vara. Su rostro no reflejaba emoción alguna, estaba ausente, como si fuese un muñeco desconectado. - Te dije que nos dejases en paz –murmuró con un tono inexpresivo. - Vale... Deja... eso y... hablaremos. Se lanzó sobre mí con el bastón en alto, logré esquivarlo, golpeó sordamente en la cama. Oí un chillido de Isabel. Lo empujé y cayó al suelo, dándose un sonoro golpe contra la pared que lo dejó medio aturdido. - ¡No lo toques, hijo de puta! –Oí gritar a Isabel, desquiciada. Algo se estrelló contra mi cabeza, esparciendo pequeños cristales por el suelo. Tuve una fugaz visión de la lámpara de la mesita estallando en mi nuca. Caí al suelo de bruces. Entonces, ella empezó a pisotearme mientras chillaba histérica, traté de girarme para protegerme cuando sentí un terrible golpe en la espalda que me dejó totalmente helado de dolor y miedo. Ramón se había unido a la fiesta con su garrote. Tan sólo pude encogerme y cubrirme la cabeza bajo aquel diluvio de bastonazos, patadas y gritos. Casi no noté que paraban hasta que oí sollozos y murmullos, como si se consolasen el uno al otro. Los susurros se convirtieron en risitas y jadeos, en gruñidos y gemidos. Antes de desvanecerme, un pensamiento cruzó mi mente: “cuando acaben, tendré que quemar las sábanas”. Desperté en el hospital, llevo aquí una semana. Tengo la espalda destrozada y el alma partida. El médico dice que tardaré no menos de un año en volver a ir sólo al baño, eso si, tendré que apañarme con el riñón que me queda. Hace poco se ha marchado un agente. Alertados por los gritos, los vecinos llamaron a la policía, que los encontró retozando desnudos en la cama, conmigo medio muerto en el suelo. Me ha hablado del amplio historial delictivo y psiquiátrico de Ramón e Isabel (que no se llaman ni Ramón ni Isabel), que son peligrosos, que han estado internados y recluidos a partes iguales. También me ha dejado un impreso por si quiero hacer una denuncia, dice que, con mi testimonio, esta vez quizás ya no vuelvan a salir. Me he quedado sólo, pensando en la sonrisa de Isabel, en su melena encrespada y morena, con el impreso en la mano, sin saber qué hacer. ¿Cómo voy a denunciar a la mujer de mi vida? � |
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harapiento � El shogun había desayuno temprano aquella mañana. Pensaba de un modo bastante positivo mientras le ponían el kimono de seda salvaje que a su pequeña hija le gustaba ver en tiempos de paz. Su hija había tenido la inmensa suerte de disfrutar de las mañanas en un reino pacificado durante los últimos tres años. |
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FUERZAS DE REACCIÓN Cada vez que termino de masturbarme –con los ojos irritados por el sudor-, y recupero la vista y reconozco el olor de mis sobacos evaporándose en el ambiente (cargándolo mucho más y mejor); cada vez que me rindo y tengo que meter la la cabeza en la taza del váter, para ver si soy capaz de vomitar algo antes de ir al trabajo..., y descubro que ese cubo de porcelana en el que respiro profundamente por la ansiedad, lleva años sin limpiarse a fondo (que nunca he comprado desinfectantes para el cagadero), y huele a meados filtrados por riñones viejos, a infección de orina, a cadáver de rata, a mierda y a enfermedad... a cáncer de próstata. Y pienso que no quiero estar allí. Con la cabeza metida hasta el fondo de la taza, respirando y oliendo todo aquello. Que debería haber salido a vomitar al patio de atrás -con todo ese aire fresco, con las estrellas y el frío despejándome poco a poco-. Una buena “vomitona” saludable rodeado de naturaleza; el “locus amoenus”, ¡ay! Cada vez que me paso tres días con sus noches sin dormir, dando vueltas por la casa; tomando litros de café y agua y pastillas azules y rosadas; cuando comienzo a hablar solo y me creo rodeado de gente, aturdido como en medio de una multitud durante una fiesta... de improviso el murmullo cesa y me descubro -otra vez, solo- en medio del pasillo, sudoroso y jadeante... yendo y viniendo. Y pienso que si como un bocadillo de panceta y queso, tal vez me calme y pueda dormir (pero me dirijo al dormitorio en busca de cigarrillos). Y encuentro un paquete aplastado junto a la máquina de escribir -en la que 36 horas antes, aproximadamente- he dejado un folio en el que he mecanografiado a duras penas un par de frases mediocres (¡respira!). En ese instante me percato de que nunca más en mi vida escribiré algo bueno. … cada mañana que abro los ojos y no tengo muy claro ni que día es ni quien soy... Cada vez que intuyo que he olvidado algo de vital importancia... cada mañana, cada tarde y cada noche... Cada día, durante unos minutos pienso en el asesinato, en cuantos libros tendrán las bibliotecas de las cárceles de este país. ¿Y quién no lo hace? Todo esto sucede cuando me quedo solo. Cuando se rompen esas cadenas -que si bien me desollaban la piel de los tobillos- me mantenían unido a la superficie rocosa del planeta. ¡Sí, malditos primates! Ese mismo planeta que ahora pisáis (con los pies o con el culo). Ya no es mi juego... porque yo ahora soy un eco de hace 60 años. Un fantasma del pantano, un vagabundo en Nueva Orleans y estoy allí. En un cuartucho, oculto tras una columna de folios macilentos... una sombra que viste un traje arrugado, color hueso. Que oculta su faz (bajo el ala ancha de un sombrero lleno de manchas de humedad) mientras os escribe esto. La criatura del pantano alarga sus óseos dedos de seda sibilina (cómo una suave brisa) para robar unos cigarrillos. Entonces podemos ver su piel traslúcida -pez abisal-, surcada por vasos sanguíneos azules y purpúreos y nos damos cuenta de que no es más que una larva del viejo tío Lee. Que algo se está gestando en su interior; otro monstruo más y mejor; algo que se remueve entre los fluidos gelatinosos... La larva se alimenta a través de los enormes poros, sonríe y escribe, nos guiña un ojo; enciende cigarrillos y baja la boca hasta la mesa -dónde el exterminador, dejó olvidado unos polvos amarillos- los lame, los recoge con la lengua y se los traga; luego lanza señales químicas. Antes de finalizar con la metamorfosis, quiere saber si es el único de su especie. (Luego pienso que debería dejar de leer ese asqueroso libro, una y otra vez). "Sigo muy pesado. Anoche me desperté porque alguien me apretaba la mano. Era mi otra mano... Me duermo leyendo y las palabras adquieren un significado cifrado... Obsesionado por las claves... El hombre contrae una serie de enfermedades que descifran un mensaje en clave..." William S. Burroughs -El Almuerzo Desnudo-. |
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������������������������������������������������������������� Bendita ignorancia. Cuando bajó del coche entumecida por los kilómetros notó la bofetada del aire gélido en la cara. Ya la habían avisado; no era casualidad que los habitantes de aquella región hubieran llegado a referirse a ese viento por su nombre de pila como si se tratara de un viejo conocido. Las últimas nieves aún no se habían fundido y eso parecía justificación suficiente para su enfado. Intentando esconderse entre sus brazos y bajo su cuello, se acercó al único bar del pueblo. La espera no iba a ser agradable. Después de unos cientos de quilómetros tenía que aguantar los delirios de un loco. Todo, porque su jefa había creído oportuno reunirse con aquel tipo antes de publicarle ningún libro. No se trataba de nada en especial, apenas una docena de preguntas que les diesen la seguridad suficiente. No querían poner en peligro la editorial. El ambiente del bar estaba demasiado cargado. El humo y los olores se mezclaban generando un aroma consistente nada agradable para el foráneo. Una partida de dominó, algunos viejos tísicos ante su taza de café humeante y mucho ruido. Demasiado. Aquella imagen la desanimaba tanto como el frío pero consiguió frenar el impulso de volver a la carretera y regresar por donde había venido. Buscó la mesa más cercana a la estufa de leña y abrió su agenda para poder fingir que no se había percatado de las miradas curiosas. No habían pasado cinco minutos cuando él entró por la puerta; parecía haber estado esperando a que ella hubiera dado el primer sorbo de café. Su aspecto era curioso. Las ropas parecían viejas y los zapatos gastados. Llevaba la barba demasiado larga pero limpia. La cara llena de magulladuras le daba una apariencia violenta que la incomodaba. Carmen vio algo en su mirada y su forma de andar que no le gustó. Aquel hombre ignoraba que llamaba la atención de todo el mundo a su paso. Ninguno de los presentes se alegró de verlo aunque todos parecían haberlo reconocido. Andaba ligero entre las mesas del bar pero sus movimientos no parecían seguros sino automáticos. La mirada, perdida en la pared del fondo, le daba un halo ausente difícil de encajar. Se sentó sin presentarse; se colocó bien el abrigo y miró a Carmen por primera vez a los ojos. Notó como se le tensaban los músculos y frenaba su respiración. Nadie se atreve ya a mirarte, a invadirte de aquel modo, sin fingir una sonrisa que calme tus nervios. -¿Y� bien? –se limitó a preguntar. -Como sabrá, hay ciertas cosas que necesitamos saber antes de decidirnos a publicar su obra- contestó sin andarse por las ramas. Aquel tipo había recurrido meses atrás a su editorial con una obra muy peculiar, distinta. Podía parecer un soplo de aire fresco en el catálogo de autores con el que trabajaban pero las ideas expuestas por el protagonista y los hechos narrados podían generar un revuelo que a algunos peces gordos no les apetecía tener que calmar. También habían estudiado los beneficios publicitarios que podrían obtener en el peor de los casos, pero eso no había sido consuelo suficiente. Que el escritor en cuestión se limitase a presentarse con un nombre común, sin apellidos, sin más datos que la dirección y el teléfono de aquel bar no había calmado los temores de los jefazos. Menos aún cuando se negó a mandar la pequeña biografía que exigían a todos sus escritores. -Perdone que insista. ¿Y bien? Su cara seguía completamente inexpresiva pero su mirada se tornó esquiva al repetir la pregunta. Volvió la cabeza ligeramente hacia la ventana. Carmen sintió no era la única que aborrecía tener que hacer esa entrevista. -Como usted comprenderá, para trabajar con nosotros deberemos tener cierta información: nombre, documento nacional de identidad, cuenta bancaria… -Mi nombre ya lo tienen. Tendrán que espabilarse sin el resto. Su voz sonaba calmada y estaba exenta de toda entonación o emoción. Carmen no podía intuir nada de su lenguaje corporal porque éste no existía. Se sentía incomoda con aquella compañía y deseaba poder terminar cuanto antes. No le gustaba ver que la mayoría de la gente del bar los miraba ya sin disimulo. Menos, cuando se percató que el camarero tenía también la cara magullada. Demasiada casualidad en un pueblo tan pequeño. -Le seré sincera- aclaró forzando una sonrisa y olvidándose del público- a la editorial le preocupa que el texto sí sea parte de su biografía. Él sonrió sin girar la cabeza de nuevo hacia ella. No era una sonrisa calida ni bonita. Era una sonrisa irónica, perversa. Como si en ella se escondiera la confesión de mil atrocidades. Frunció el ceño y la miró de reojo helándole la sangre al instante. Aquel hombre había estado esperando esa pregunta y ahora iba a empezar a disfrutar de la respuesta. Mi vida era una puta mierda y yo he era un jodido fracasado. Hace muchos años de eso. Trabajaba de director de producción de una fábrica de suministros para la industria del automóvil. En mi empresa, que me pagaba religiosamente por disponer de mí a tiempo completo, se fabricaban escobillas para limpiaparabrisas, motores de ventanilla y demás tonterías. Yo era un marido entregado y un buen padre. Había ciertas cosas que ya no me planteaba porque lo importante era seguir adelante, siempre adelante. Cuando llegó la crisis del dos mil ocho estuvimos a punto de cerrar. Llegó el punto en que estábamos pendientes de un solo pedido. Una mañana, me desperté antes de lo normal para ir a las oficinas centrales que mi empresa tenía en Madrid. Llevaba toda la producción estudiada: costes, plazos, suministros, transportes… Estaba convencido que volvería a casa con el pedido bajo el brazo así que estaba relativamente tranquilo. Al menos, hasta que a medio camino hablé con mi jefe que estaba nervioso por lo dos. Que el pedido era importante, decía; que nos jugábamos el cuello; que la planta cerraría si volvía sin el pedido; que tenía en mis manos la comida de doscientas familias; que la planta de Barcelona andaba detrás del mismo pedido; que era el momento de dar sentido a mi puesto en la compañía. Poco a poco me fui enfadando. Hablar con mi jefe me hizo pensar que igual lo mejor era no conseguir el pedido, acabar con todo. Fue como si algo se rompiera dentro de mí y me di cuenta que solo buscaba una excusa. Ya nada tenía sentido y ya no me apetecía librar más batallas por nadie. Todo lo que hacíamos estaba muy bien; tener una vida en la que esconderte estaba bien. Pero tener que cargar con todo lo que el mundo quería poner a mis espaldas no lo estaba tanto. Ya no quería seguir pagando el alquiler de mi escondite y decidí dejar de fingir. Seguí conduciendo durante cientos de quilómetros. El teléfono sonó infinidad de veces aquella mañana pero no contesté ninguna. Me limité a conducir y respirar hasta que el coche se quedó sin gasolina. Lo dejé tirado en la autopista y seguí andando. Jamás volví a llamar a mi jefe, ni a mi mujer, ni a mis hijos, ni a mi familia… Nadie volvió a preguntar mi nombre. Paré cuando sentí hambre y seguí andando. Unos días después, me instalé en una casa abandonada de un pueblo perdido. Yo no tenía nada que perder ni nada que ganar. Por fin fui libre y siendo libre envidié la ignorancia de quienes se quedaron en su cárcel. Así que robé las cosas bellas para poder romperlas. Robé inocencia, robé libertad, robé honor y orgullo, robé amistad... Es gratificante ver como se puede hacer llorar al hombre más valiente si destruyes lo que mas ama. Hice llorar a muchos y casi me matan por ello. Pero huí; busqué otro pueblo, más lejano, más perdido. Seguí destruyendo y robando hasta que de una paliza me mandaron de nuevo al hospital. Pero no fue un problema, se convirtió en una rutina. Yo robaba, mataba y maltrataba. Tarde o temprano alguien venia a buscar justicia y yo huía.� Ahora llevo un año viviendo en este pueblo robando lo que puedo; por supuesto que es una jodida biografía. Carmen empezó a sentir miedo como no había sentido antes. La explicación de aquella simple anécdota era una confesión en toda regla. Aquel hombre estaba asumiendo la autoría de palizas indiscriminadas, atracos a mano armada, asesinatos e incluso violaciones de una crueldad demasiado novelesca. Carmen había albergado la posibilidad de que se tratara simplemente de alguien que se había documentado de crímenes no resueltos para escribir su novela. Era mucho más que eso. ¡Estaba sonriendo! Disfrutaba de aquello, se alimentaba del miedo de Carmen y su mirada confesaba que sentía una gran satisfacción por todo lo que había escrito ahora que estaba hablando con alguien que sabía toda la verdad. -Pero ahora mismo soy inofensivo- confesó. Carmen no sabía qué podía creer y qué no podía creer de aquel hombre. Esa simple afirmación no la iba a tranquilizar. -Vamos- la increpó.- No te quedes callada. ¿Cuántos charlatanes intentan dar a conocer la auténtica condición humana? ¿Crees que lo hacen por altruismo?- disfrazó la ironía de pregunta y continuó.- Lo hacen por envidia, porque cuando ves lo mezquinos y manipulables que somos ya no puedes ser feliz. Lo hacen por rabia a todas las cosas bellas tras las que se esconde la mierda. Carmen no se atrevía a contestar después de haber leído el libro. Sabía de lo que era capaz aquel hombre y sólo pensaba en salir corriendo. -Puedes convencer al mundo que tras unos pocas buenas personas y unos pocos buenos actos se esconde una realidad mezquina y repugnante pero fingirán no entenderte. No puedes apartar su mirada de las distracciones tan bellas que han puesto para nosotros- dijo abriendo los ojos mientras hacía una pausa y volvía a mirarla de frente.- Solo puedes destruirlas. |
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Trabajo en un psiquiátrico Muy pocas veces digo a nadie que trabajo en un psiquiátrico. Es como si no me creyeran. Me miran raro, como diciendo “qué miedo, ¿no?”, o pensando “anda, que menuda ocurrencia, esta se cree que es psicóloga ahora”, mientras esbozan una sonrisa que pretende ocultar sin éxito su compasión. Resulta evidente que no se cambiarían por mí. Si fuera funcionaria en el ayuntamiento me dirían jocosamente “joder, vaya chollo”, y cosas por el estilo. Sin embargo, trabajar en un psiquiátrico, qué quieres que te diga, no es lo mismo. Mi puesto, además, es difícil de definir. Esencialmente mis funciones son de apoyo al personal médico y a los celadores. Pero el mayor trato lo tengo con los internos, procurando cubrir en lo posible sus necesidades diarias y, ante todo, haciéndoles compañía. Es muy gratificante, aunque no deja de ser durísimo. Llevó aquí ya diez años, siempre digo que 24 horas al día. Todos me consideran algo así como una celadora más, pero sé que mi labor es especial y la ayuda y comprensión que brindo a muchos enfermos es más afectuosa, agradecen que alguien sea menos profesional y menos distante, porque en realidad yo antes era cocinera, no enfermera ni nada de eso, qué va, simplemente cuando me separé de mi marido, decidí en cierta manera dar un giro a mi vida, o tal vez fue la vida la que decidió por mí.� El centro está ubicado en las afueras, en los viejos pabellones rehabilitados de una antigua leprosería. Algunos guardas dicen que en sus turnos de noche han podido escuchar las voces y gritos de almas de leprosos que debieron vivir aquí, sobre todo en los edificios y alas que quedan aún vacíos, pero yo no he oído nunca nada más que el soniquete de los internos, de día y de noche, cada uno con su silencio o su cantinela. Algunos de ellos, al contrario de lo que podría parecer, tienen un discurso muy coherente, dentro de su incoherencia, claro. Si prestas atención a las reflexiones solitarias de don Manuel, por ejemplo, alcanzas a escuchar a Euclides discutiendo con Pitágoras, riéndose a un tiempo ambos de los números, de la geometría y de sí mismos. Era profesor de matemáticas en una universidad que ni conozco, pero cuando empezaron a recibirse quejas de los alumnos y un tribunal médico confirmó que había perdido la chaveta, lo retiraron y su familia lo trajo aquí. Todo esto lo sé porque escucho las conversaciones de las enfermeras y celadores, que a mí tampoco es que me cuenten mucho. Hay otra interna, Mariana se llama, que a pesar de cantar como los ángeles, tiene en su repertorio una sola canción infantil sobre un perro pekinés, que debía ser la que le cantaba su madre antes de morirse cuando ella tenía siete años. Jamás he escuchado una canción más triste. Cuatro veces al día, puntualmente, se va a un rincón concreto de la sala grande, se sienta en el suelo y se pone a cantarla. Y también está Leopoldo. Es poeta. Vive en el centro porque no tiene familia que se haga cargo, pero sobre todo porque cada dos o tres semanas sufre una fuerte crisis de ansiedad y necesita control y medicación. Muchas veces soy yo misma la que veo apurado a Leopoldo y aviso a las enfermeras. Cuando permanece consciente, da gusto verle sentarse a escribir versos y escucharle después declamarlos a voz en grito paseando por el jardín. Otros pacientes parece que son sólo personas a las que se les ha ido la mano con algunos “fármacos”, de los que se fuman y de los otros, pero nada más. No parecen estar más locos que yo misma. Si hubiera que creerse a pies juntillas cada diagnóstico psiquiátrico, ¿dónde iríamos a parar? Entre los internos más lúcidos corre el rumor de que tantas enfermedades mentales combinadas no pueden darse en un único paciente, y que los médicos se dedican exclusivamente a poner a diestro y siniestro etiquetas estándar, muchas de ellas acabadas en “-osis”, sin tener en realidad ni puta idea siquiera de qué sucede en sus propias cabezas. Todo esto lo sé porque estoy más próxima a los enfermos y más tiempo con ellos, pero los psiquiatras que pasan consultas de un minuto por barba no se enteran de nada. Incluso a veces tengo la sensación de que soy tan invisible para ellos como una chiflada más, si no fuera porque entonces vuelve la jefa de enfermería de su almuerzo y me manda a atender a algún interno, o llevar unas historias médicas a uno de los despachos en otro edificio, o ayudar en la cocina, que no me escapo de los fogones ni aquí, y con el trabajo diario se me olvida aquel desdén con que tratan a todo el mundo esos medicuchos que acaban de salir del huevo, un desdén que se parece al que me mostraba mi marido cuando empecé a no quererle como antes y a estar profundamente triste a todas horas.� Dije ya que mis labores eran muy variadas, igual estoy con los enfermos en el patio que haciendo labores administrativas, de acá para allá. Como soy el último mono, todos me dan órdenes que yo procuro cumplir, manteniéndome ocupada. Lo esencial es que haya siempre alguien con los enfermos. Casi siempre estoy a cargo de los pacientes que no se consideran “peligrosos”. Aquellos que se puede autolesionar o atacar a otros internos están atendidos por enfermeras con experiencia, en celdas individuales, y vigilados por celadores tan grandes que incluso a mí me dan un poco de miedo. Parece que para trabajar de celador en este psiquiátrico has tenido que ganar antes un par de concursos de culturismo. Si no, no te dan el puesto. Al principio, un celador de estos, que ya no trabaja en el centro, me echó una mano la primera vez que Anselmo, un enfermo que se pone pesado a menudo, intentó tocarme las tetas en uno de los pasillos más solitarios. Ahora ya sé cómo controlarlo y resulta ser bastante inofensivo, pero nunca comprenderé por qué motivo la jefa de enfermeras no me informó del comportamiento de este interno. Tal vez fuera una novatada sin gracia. Otras enfermeras y celadoras han empezado a trabajar después y a todas se les ha puesto sobre aviso. Pero bueno, es agua pasada.� A día de hoy, ¿qué más da tener más o menos trato con los compañeros, qué más da que la dirección del centro me trate mejor o peor? Hace ya diez años que me abandonó mi marido y que mi vida se fue al garete. Para conseguir algún día superarlo, lo único importante ahora es poder estar lo más cerca posible de todos estos locos, que tan necesitados están de alguien que se ponga de verdad en su situación, y sepa ver que, el que más y el que menos, también está para que lo encierren. |
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LA MAQUETA DEL PADRE DE JULIÁN
��� El desván era grande. Tenía unos ventanales por los que se colaba la luz solar durante el día y por los que se podían ver las estrellas y la luna –cuando la había- durante la noche. Las paredes estaban llenas de cuadros con fotos de otras maquetas del mundo. Las que más abundaban eran las de la maqueta más grande jamás construida, la de Hamburgo, en Alemania. En medio del desván estaba la del padre de Julián. Estaba a un metro del suelo, puesta como en una mesa enorme. Media diez metros de largo y seis de ancho. ��� Tenía de todo: trenes, vías, carreteras y coches; montañas, valles, colinas, un río y un pueblo. En el pueblo estaba la estación principal. También había una comisaría, un hangar de bomberos, un centro médico, un colegio, un mercado al aire libre y muchas casas con el tejado de pizarra y las paredes exteriores de madera. Todo estaba recreado con un detallismo sorprendente. ��� El domingo pasado Julián jugó de nuevo con la maqueta de su padre. ��� Cogió la figurita de un adolescente con mochila que estaba puesta en la calle. El chico comenzó a jugar a fútbol con otros chavales, pero éstos no le pasaban la pelota. ��� Enseguida se aburrió y marchó a la colina más cercana. Desde ella divisó el pueblo a sus pies. Pensó en lo difícil que le resultaba la vida junto a sus semejantes. En la quietud del entorno ideó un plan para que, una vez realizado, pudiera llevar una existencia agradable. ��� Luego fue al colegio. Subió al despacho del director, quien siempre llevaba chaqueta y pantalón de pana. Lo asesinó acordándose del día en el que había dicho a sus padres que necesitaba acudir a un médico especializado. En su aula estaban dando clase. Rabioso y llorando acuchilló a todos aquellos que habían presumido por haberse acostado con alguna chica, algo que él no había hecho todavía. Como eran figuras, no podían huir ni ofrecer resistencia. Después acabó con todos aquellos que se habían burlado de la pelusilla que había tenido como bigote y de que él hubiera sido el último en comenzar a afeitarse. Acto seguido asesinó a las tres chicas que le habían rechazado. Le dio el cuchillo a la profesora, quien había asistido a la masacre sin mover ni un solo músculo. Entonces el chico le dijo, aún llorando, que acabara con el profesor de gimnasia, aquel con el que se llevaba tan mal, no le soportaba. La profesora le dijo que encantada, que ya estaba harta de encontrárselo a todas horas por los pasillos. El chico pudo ver como ella acababa con el hombre que le había obligado a él, una y otra vez delante de toda la clase, a realizar esos ejercicios gimnásticos que nunca le salían, con la consiguiente humillación que eso siempre le había supuesto. ��� El chico dejó de llorar y salió al exterior. Prendió fuego al colegio, con el resto de figuras en su interior, la profesora incluida. ��� Gentes que pasaban por la calle corrían de un lado para otro y gritaban: “llamad a los bomberos, llamad a los bomberos…” Vieron que el chico tenía una caja de cerillas en una mano y el cuchillo, ensangrentado, en la otra. Observaron que sonreía con maldad. Y como los bomberos no aparecían, gritaron: “llamad a la policía, llamad a la policía…” Pero ni los bomberos ni la policía aparecieron por allí, muertos como estaban. ��� Así que un viejo de pelo blanco le quitó el cuchillo al chico y mató a un perro que defecaba en la calle y a su dueño, que se parecía mucho. Otro hombre que había allí, gordo y con un jersey rojo, le quitó el cuchillo al viejo y degolló a un señor con el que poco antes había mantenido una acalorada discusión de política. Tiró el arma al suelo, asustado. La recogió una señora de pelo teñido de granate. La señora fue a asesinar a sus vecinos, que hacían siempre mucho ruido. Lanzó el cuchillo por la ventana y de nuevo fue a pasar a manos del chico. ��� Éste puso rumbo a la estación de trenes. Cuando arribó, a pie, había una larga cola. El señor de la ventanilla salió de su puesto. Era el jefe de la estación, pues allí no había más personal que él. Tenía un bigote negro e iba vestido todo de azul, con gorra y todo. Le preguntó al chico qué narices hacía con un cuchillo tan grande como ese. El chico le dijo que era para matar gente. ��� -Entonces déjamelo –le pidió el jefe de estación, quitándoselo. ��� Y el señor cogió y mató a todos los que estaban en la cola, aquellos que cada día le habían preguntado cuánto costaba el billete y a qué hora salía el tren. ��� Se llevó al chico al ferrocarril que esperaba en el andén. Puso la punta del cuchillo ensangrentado en la papada sudorosa del maquinista, y le obligó a iniciar la marcha. ��� El tren corría y corría por las vías alejándose de aquel pueblo. El chico estaba muy feliz, con la cabeza sacada por la ventanilla de la máquina, dándole en la cara la brisa de los valles y las montañas por las que pasaban. ��� Pero el tren volvió, porque las maquetas tienen un circuito cerrado y aquél siempre retorna a su punto de partida. ��� Julián puso el interruptor de la maqueta en off y el ferrocarril se detuvo. Comenzó a llorar, tapándose los ojos. Se acercaba la hora en la que su padre siempre le obligaba a tomar la medicación. |
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COCAÍNA Ella tenía la mercancía. Ella tenía los cuarenta kilos de cocaína. Él estaba muerto y ella, ahora, tenía la mercancía. En un descampado rodeado de miles de árboles, profunda noche sin luna, luces del cochazo encendidas. En algún punto no muy distante y perdido entre las ramas se consumió el ruido del disparo. La pistola aún caliente temblaba en su mano derecha. Alrededor de aquel calvero: la negrura de un bosque frondoso. ¿Cómo había llegado allí? ¿Por qué había apretado el gatillo? Debía calmarse, detener los millones de sonidos que oía en su cabeza… El coche echaba humo por el tubo de escape, las dos puertas abiertas consentían la huída de una música alocada; y las luces de los faros dibujaban nítidamente un cuerpo inmóvil en el suelo. Su alrededor se repetía como en una película demasiadas veces vista. Dentro del cochazo: una pistola (la de él), algunas balas, el teléfono móvil, cocaína sobre un espejo y por todas partes y whisky. Fuera del cochazo: restos secos de comida basura, botellas vacías y un cadáver... Comenzaba a recordar... Tenían un plan. Habían decidido ir a la costa a vender la mercancía, allí tenían buenos contactos. Sin embargo, no recordaba cuándo iniciaron el viaje: parecían haber transcurrido meses. De ciudad en ciudad. Sexo y más sexo en moteles, en esos asientos o en cualquier descampado como aquél. Sin descansar. Cerrar los ojos implicaba sucumbir a la locura. Sin embargo a veces no había más remedio que caer como caen los edificios demolidos. Tenían cocaína para luchar. Y whisky. Y siempre aquella música veloz. Una y otra vez. Pero entonces: ¿Cómo había llegado a disparar contra él? No tenía respuesta. Sin saber por qué, recordó ahora a dos agentes que los pararon por exceso de velocidad, ¿cuándo fue?, le parecía tan lejano todo... Los agentes preguntaban, y ellos dos reían. Al poco tiempo se marcharon sin ni siquiera poner una multa. Los policías debían de ser imbéciles para no haberse dado cuenta de nada. O muy listos y quisieron evitarse problemas. El cochazo —ahora lo veía— tenía dos faros traseros rotos y una abolladura en una puerta. Pequeños golpes que no recordaba. La negrura de alrededor parecía haber cobrado vida, necesitaba agarrarse a un clavo ardiendo. ¿Qué sabía? Sabía que él estaba muerto. Y lo había matado ella. ¿Por qué? Creía quererle... No, ¡qué estaba pensando!..., pero... No estaba segura de nada, excepto de que ella tenía la mercancía, los cuarenta kilos eran ahora suyos. Se debía serenar. Y se puso cuatro rayas: dos por agujero. La escena era siempre la misma: en un descampado rodeado de gigantescos árboles, en profunda noche sin luna, un cochazo consumiendo gasolina con las dos puertas delanteras abiertas, las luces encendidas y la música a todo volumen, y una mujer delgada con cara de serpiente vestida de cuero yendo de aquí para allá mas sin moverse un metro del sitio, y un cadáver tumbado sobre tierra y piedras y pequeñas ramas secas. Por suerte, no sentía remordimientos. La cocaína le daba la razón: ella estaba viva y él muerto. En ese momento recordó cómo él le pegaba y reía. Ella primero lo pedía porque follaban como posesos; pero empezó a no gustarle. Le gritaba que parase, pero él, excitado al máximo, continuaba gritando y no dejaba de atizarle... Pero aquél era únicamente un recuerdo; no, por eso no le había disparado. A ella le faltaron unas rayas mientras él seguía bien puesto. Otras veces había sido al revés y era ella la que le mordía hasta hacerlo sangrar mientras él le gritaba que se detuviese. ¿Entonces? ¿Entonces? ¿Por qué estaba allí? Quizá esa pregunta le ayudase a razonar. Recordaba un volantazo y atravesar un camino estrecho entre miles de árboles. Fuera, detrás de su ventana, entre raya blanca y raya blanca, se sucedían frenéticamente un sinfín de caras monstruosas y objetos metálicos punzantes. Pero dentro se encontraban a salvo. Reían atronadoramente, como locos, sin conocer por qué o de qué. Y sonaba la música perfecta. Él conducía, y a veces le acariciaba las piernas. Ella preparaba las dosis en un espejo en donde no era capaz de ver su reflejo, y a veces le tocaba el pelo. Sí, ella lo quería; ¡no, ni mucho menos!…, ¡cómo podía siquiera pensar eso!..., ¡ella lo odiaba!... Aunque follasen a cada rato, no dejaba de odiarlo. Él la despreciaba, despreciaba su inteligencia, despreciaba sus opiniones con sonrisa burlona. Le llamaba zorra y puta, regodeándose. Pero tampoco era ése el motivo por el que lo había matado. Apretó el gatillo convencida, y que la despreciase no era suficiente para estar convencida. Apretó el gatillo porque no tuvo otra opción. Durante su viaje habían estado en muchas ciudades y en todas armaban jaleo. A ambos les divertía ser el centro de atención. Le vino a la mente cómo se pelearon a puñetazos en una discoteca. Le vino a la mente cómo sacaron las pistolas para robar una caja de botellas de whisky en una licorería. No tenía ni idea de dónde se hallaba, los mapas se habían perdido hacía muchos kilómetros. Era probable que ya estuviese cerca de la costa, mas también que le quedasen unos cuantos cientos de kilómetros. Además, aquello ahora no importaba. Comenzaba a razonar. Debía enterrar el cadáver. Entonces apagó el motor del coche. Y luego quitó la música, aunque finalmente sólo bajó ligeramente el volumen porque al apagarla estalló el bosque en desgarradores gritos de oscuro silencio. Se preparó dos rayas y rápidamente las esnifó. Después agarró del brazo al cadáver y lo arrastró como pudo hasta donde las luces largas del cochazo chocaban con los árboles. Llegaba poca luz y la música sonaba como en un tocadiscos viejo. Oía mil ruidos. Sentía a la locura horadando su cerebro. Pensar, tenía que centrarse, aguantar. Resistir el envite. “¿Y cómo voy a cavar?” No tenía palas, no tenía nada con lo que hacer un maldito hoyo. “Tranquila, tranquila, tranquila.” Resolvió desnudarlo. Con la ropa y las pertenencias se las apañó para hacer un petate. Además decidió que el cuerpo debía quedar ahí, llevarlo en el maletero del coche suponía demasiado riesgo. Había un arbusto enorme cerca, a uno de sus recovecos consiguió llevar el cadáver y luego lo cubrió de ramas, piedras y tierra. No era un buen escondite, “pero qué puedo hacer…” Como mínimo tenía hasta que saliese el sol. Y seguramente un poco más. Le dio la espalda y comenzó a caminar. Sus pies parecían de plomo, por suerte la música sonaba con cada paso más fuerte, protegiéndola de aquellas voces agobiantes con que gritaba el vacío negro de su alrededor. Logró llegar. Entonces miró a todos lados: Se sintió atrapada por aquel cuadro siniestro en el que se despertó hacía ya un rato por el sonido duro y seco de un disparo de la pistola que temblaba entonces caliente en su mano y que ahora reposaba indiferente en el salpicadero. Trató de respirar profundamente sin conseguirlo, y se preparó dos rayas. Grandes. Una por fosa; ahora sí se sentía mejor. Ahora la música era de nuevo perfecta. Todo iba bien. “¡Convéncete!” Tenía gasolina, tenía whisky y tenía cuarenta kilos de cocaína. Él estaba muerto y ella no. Sabía que nadie lo echaría de menos. En la costa vendería hasta el último gramo sin mayores contratiempos, como siempre. Quizá preguntasen por él, pero dejarían de indagar cuando respondiese que murió de un disparo. No había que dramatizar. Él se merecía lo que le había ocurrido. Ahora lo sabía: Ella lo mató porque él no le había dado otra opción. Cerró la puerta del acompañante y se montó en la parte del piloto. Ahora conducía ella. Por los fabulosos altavoces del cochazo comenzaba a sonar una de sus músicas favoritas. Rápida y contundente. Cerró también las lunas y puso el aire acondicionado a veinte grados centígrados. Exhaló el aire de sus pulmones y en la nueva inspiración saboreó el volver a ser ella misma. Confianza. Se preparó cuatro rayas. Dos por agujero. Y bebió whisky. Era justo lo que necesitaba. Aquella música empezaba a envolverla aislándola de cualquier otra circunstancia. Arrancó. El motor rugió en aquel vacío. Pero ella no podía oírlo. Pisó el acelerador con rabia. Recorriendo aquel camino estrecho rodeado de miles de árboles, movía su cabeza al ritmo de la música evitando doblar la vista hacia los flancos del coche en donde sabía que horrorosos rostros y angustiados gritos de metal chocaban una y otra vez con su infalible capa protectora… Ella estaba dentro y ellos fuera. Y ella tenía la mercancía. Y él estaba muerto. Ella lo había matado. Se lo había merecido. No tuvo otra opción. O él o ella: Ella. Por supuesto. Sin dudar.
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