Humillados y Ofendidos (1861), Fiódor Mijáilovich Dostoievski (1821-1881)
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(Si ya colgué este pedazo, mil disculpas) "Tras muchos años de esfuerzos, he conseguido, como saben mis amigos, reunir una colección de libros raros e importantes y adquirir también un cierto número de cuadros escogidos, de los mejores maestros. Sin embargo, la posesión de estos tesoros no me ha convertido en un hombre feliz, sólo me ha dado la satisfacción de poderme decir que no he malgastado por completo mi vida. Y con eso tengo que contentarme. Pues a los espíritus pensantes no les ha sido concedido sentirse felices en este mundo." El Judas de Leonardo, de Leo Perutz (1882-1957)
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...En cuanto al joven Claudio, aprovecharé para invitarle a cenar todas las noches. Admnito que su presencia aún me turba, pero no creo que se a bueno para él cenar siempre a solas con Sulpicio y Atenodoro. Las conversaciones que mantiene con ellos son demasiado librescas y, a pear de que son excelentes personas, no son los compañeros ideales para un joven de su edad y posición... Yo Claudio. Robert Graves. |
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...En cuanto al joven Claudio, aprovecharé para invitarle a cenar todas las noches. Admnito que su presencia aún me turba, pero no creo que se a bueno para él cenar siempre a solas con Sulpicio y Atenodoro. Las conversaciones que mantiene con ellos son demasiado librescas y, a pear de que son excelentes personas, no son los compañeros ideales para un joven de su edad y posición... Yo Claudio. Robert Graves. |
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El lago En la primavera de mi juventud era mi destino Pero el terror no era espanto, La muerte estaba en aquella ola venenosa, Edgar Alan Poe Dedicado a Mariluz Herrero Vargas y Silvia Ayensa, dos buenas compañeras y amigas las cuales no atraviesan por su mejor momento de salud. Animo y fuerza. |
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Pero en aquel momento se despertó, conmovido, deshecho y con los ojos llenos de lágrimas. "¡Más valiera que no hubieras existido nunca! ¡Que no hubieras pertenecido a este mundo y fueras sólo producto de la inspiración del artista! ¡No me hubiera entonces separado del lienzo, y eternamente te hubiera mirado y te hubiera besado!... ¡Hubiera vivido, hubiera respirado de ti como de un maravilloso ensueño y hubiera sido dichoso! ¡No hubiera tenido otros anhelos! Te hubiera evocado como a un ángel guardián antes del sueño o la vigilia, contemplándote cuando tuviera que expresar algo beatífico. En cambio, ahora..., ¡qué terrible vida!... ¿De qué puede servirme vivir? ¿Acaso la vida de un loco puede ser grata para los parientes y amigos que lo quisieron en un tiempo? ¡Dios mío!, ¿qué vida es la nuestra? ¿Una eterna pugna entre el sueño y la realidad?" Nicolai Gógol, La Avenida Nevski.
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"El arte del puzzle comienza con los puzzles de madera cortados a mano, cuando el que los fabrica intenta plantearse todos los interrogantes que habrá de resolver el jugador; cuando, en vez de dejar confundir todas las pistas al azar, pretende sustituirlo por la astucia, las trampas, la ilusión: premeditadamente todos los elementos que figuran en la imagen que hay que reconstruir -ese sillón de brocado de oro, ese tricornio adornado con una pluma negra algo ajada, esa librea amarilla toda recamada de plata- servirán de punto de partida para una información engañosa: el espacio organizado, coherente, estructurado, significante del cuadro quedará dividido no sólo en elementos inertes, amorfos, pobres en significado e información, sino también en elementos falsificados, portadores de informaciones erróneas; dos fragmentos de cornisa que encajan exactamente, cuando en realidad pertenecen a dos porciones muy alejadas del techo; la hebilla de un cinturón de uniforme que resulta ser in extremis una pieza de metal que sujeta un hachón; varias piezas cortadas en modo casi idéntico y que pertenecen unas a un naranjo enano colocado en la repisa de una chimenea, y las demás a su imagen apenas empañada en un espejo, son ejemplos clásicos de las trampas que encuentran los aficionados. De todo ello se deduce lo que, sin duda, constituye la verdad última del puzzle: a pesar de las apariencias, no se trata de un juego solitario: cada gesto que hace el jugador de puzzle ha sido hecho antes por el creador del mismo; cada pieza que coge y vuelve a coger, que examina, que acaricia, cada combinación que prueba y vuelve a probar de nuevo, cada tanteo, cada intuición, cada esperanza, cada desilusión han sido decididos, calculados, estudiados por el otro." La vida: instrucciones de uso (1978), de George Perèc
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¡Hombre misterioso, de aciago destino! ¡Exaltado por la brillantez de tu imaginación, árdido en las llamas de tu juventud! ¡Otra vez, en mi fantasía, vuelvo a contemplarte! De nuevo se alza ante mí tu figura... ¡No, no como eres ahora, en el frío valle, en la sombra!, sino como , derrochado una vida de magnífica meditación en aquella ciudad de confusas visiones, tu Venecia, Eliseo del mar, amada de las estrellas, cuyos amplios balcones de los palacios de palladio contemplan con profundo y amargo conocimiento sus silentes aguas. ¡Sí, lo repito: como debiste de ser! Sin duda hay otros mundos fuera de éste, otros pensamientos que los de la multitud, otras especulaciones que las del sofista. ¿Quién, entonces, podría poner en tela de juicio tu conducta? ¿Quién te reprocharía tus horas visionarias, o denunciaría tu modo de vivir como un despilfarro, cuando no era más que la sobreabundancia de tus inagotables energías? Fue en Venecia, bajo la arcada que llaman el , donde encontré por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo. Las circunstancias de aquel encuentro acuden confusamente a mi recuerdo. Y, sin embargo, veo... ¡ah, cómo lovidar!... la profunda media noche, el puente de los suspiros, la belleza femenina y el genio del romance que erraba por el angosto canal. EDGAR ALLAN POE. 1834 Traducción de: Julio cortázar |
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“Si anhelaba la destrucción, era simplemente para que ese ojo se extinguiera. Anhelaba un terremoto, un cataclismo de la naturaleza que precipite el faro en el mar, deseaba una metamorfosis, la conversión en pez, en leviatán, en destructor. Quería que la tierra se abriera, que tragase todo en un bostezo absorbente. Quería ver la ciudad en el seno del mar. Quería sentarme en una cueva y leer a la luz de una vela. Quería que se extinguiera ese ojo para que tuviese ocasión de conocer mi propio cuerpo, mis propios deseos. Quería estar solo durante mil años para reflexionar sobre lo que había visto y oído...y para olvidar.”
“Yo no llamo poetas a los que hacen versos, con rima o si ella. Llamo poeta al hombre que es capaz de alterar profundamente el mundo.” “Mientras más cultiva el hombre las artes, menos se empalma. Se produce un divorcio más y más sensible entre el espíritu y el bruto. Sólo el bruto se empalma bien, y la jodida es el lirismo del pueblo. Joder es aspirar a entrar en el otro, y el artista no sale jamás de sí mismo.” Henry Miller. |
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París no se acaba nunca (2003), Enrique Vila-Matas (n.1948) "Hablando de panteones, la frase más irónica que conozco -tal vez la más insuperable de las frases irónicas- es el epitafio de Marcel Duchamp que escribió para sí mismo y que puede leerse en la lápida de su tumba: J'ailleurs, c'est toujours les autres qui meurent (Por otra parte, siempre se mueren los otros)." |
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"Ya lo ves. No tienes ninguna evidencia mental. Eso busco, una evidencia mental que yo pueda sentir. La evidencia física, las pruebas que tienes que buscar fuera no me interesan. Quiero algo que se pueda llevar en la mente, y tocar, y oler, y sentir. Pero no es posible. Para creer en algo tienes que llevarlo contigo. Y la Tierra y los hombres no te caben en los bolsillos del traje. Yo quisiera hacer eso, llevarme todas las cosas conmigo. Así podría creer que existen. Qué pesado y difícil tener que salir en busca de algo, algo terriblemente físico, para poder probar su existencia. Odio los objetos físicos. Los dejas atrás y ya no puedes creer en ellos." Una noche o una mañana cualquiera, relato incluido en El hombre ilustrado (1951) de Ray Bradbury.
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"Jensen se quedó boca abajo, las manos en contacto con el abdomen. Todavía trataba de sonreír. La dependencia tenía alicatadas de verde las paredes hasta la altura del pecho y, de ahí hacia arriba, pintadas de color canela. El suelo, de dos ms. por uno y medio de superficie, estaba embaldosado de un gris mate. En la pared, un distribuidor de toallas de papel. El asiento del inodoro estaba hendido. En el techo, un aplique luminoso. Gilmore aplicó la Browning a la cabeza de Jensen. - Éste -dijo- es por mí. Y disparó. - Y este otro, por Nicole. Y repitió el disparó. El cuerpo respondió a cada uno de ellos." La canción del verdugo (1979), de Norman Mailer. |
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La mayor parte de los seres humanos son unos luchadores pésimos. Retroceden, se debaten inútilmente, dan media vuelta y se escabullen. Normalmente peleamos tan mal que ello ha revertido en una ventaja evolutiva, porque antes de la producción masiva de armas la gente tenía que pensar en cómo hacerse daño de verdad, [...] Es una extraña maldición, cuando uno se pone a pensarlo. Estamos hechos para el pensamiento y la civilización, más que cualquier otro bicho viviente que conozcamos. Y en el fondo sólo queremos ser asesinos. *Armstrong, en inglés Brazo (Arm) Fuerza, fuerte (strong). Burlando a la Parca (2009), Josh Bazell
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Madre, Ninfa y Virgen, Triple Reina, Señora de la Luna Ámbar, Tú, que por tu soberanía sobre el cielo, la tierra y el mar te vuelves a triplicar, te sirvo con fidelidad, te adoro sin esperanzas. Lloré como un niño, por la emoción nerviosa, cuando leí por primera vez esta oración de Robert Graves. Y no te diré en cuál de sus libros está, Pelagio. No te lo diré. |
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Lazarillo de Tormes (Anonimo) Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y adrede, por le hacer mal y daño: si había piedras, por ellas, si lodo, por lo más alto; que aunque yo no iba por lo mas enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos; y aunque yo juraba no lo hacer con malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía más: tal era el sentido y el grandísimo entendimiento del traidor. |
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Schopenhauer: «Dilettanti, dilettanti! Sólo así pueden llamarse quienes ejercen una ciencia o una actividad por mero gusto, por el simple placer que en ello encuentran, per il loro diletto, y obtienen el menosprecio de aquellos que se dedicaban a ello por el logro de un beneficio; porque a éstos sólo les deleita el dinero que así pueden ganar. Pues bien, tal desprecio se basa en su miserable convicción de que nadie es capaz de enfrentarse seriamente con alguna cosa si no le anima la necesidad, el hambre o cualquier otro motivo de codicia. El público está impulsado por el mismo ánimo y por eso comparte su opinión; de ahí su fiel respeto ante «las autoridades profesionales» y su desconfianza hacia los aficionados. En rigor, la causa que impulsa al aficionado es su finalidad, mientras que al erudito profesional como tal, esto sólo le sirve de medio; pero únicamente es capaz de llevar una empresa con seriedad quien tiene en ella un interés inmediato y se ocupa de ella por amor a la misma; el que la hace con amore. De éstos, y no de los simples criados a sueldo, han surgido siempre las empresas más sublimes» |
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"La esencia de los suicidios no era la tristeza ni el misterio, sino simplemente el egoísmo. Las hermanas Lisbon quisieron hacerse cargo de decisiones que conviene dejar en manos de Dios. Se convirtieron en criaturas demasiado poderosas para vivir con nosotros, demasiado ególatras, demasiado visionarias, demasiado ciegas. Lo que persistía detrás de ellas no era la vida, que supera siempre a la muerte natural, sino la lista más trivial de hechos mundanos que pueda imaginarse: el tictac de un reloj de pared, las sombras de una habitación a mediodía y la atrocidad de un ser humano que sólo piensa en sí mismo. Su cerebro se hizo opaco a todo y sólo fulguró en puntos precisos de dolor, daños personales, sueños perdidos. Todos amábamos a alguna, pero iba empequeñeciéndose en un inmenso témpano de hielo, que se encogía hasta convertirse en un punto negro y agitaba unos brazos diminutos sin que oyéramos su voz. Después ya fue la cuerda alrededor de la viga, la píldora somnífera en la palma de la mano con una larga línea de la vida, la ventana abierta de par en par, el horno de gas, lo que fuera. Nos hacían partícipes de su locura, porque no podíamos hacer otra cosa que seguir sus pasos, repensar sus pensamientos, comprobar que ninguno confluía en nosotros." Las vírgenes suicidas (1993), de Jeffrey Eugenides.
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