Una vez escogidos los relatos de cada autor, se colgarán aquí, en espera de terminar la selección. Cualquier mejora de última hora será bienvenida.
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Siento no haber visto antes este subforo. Ahí mando mi relato ILUSIONANTE DEBUT
Casi antes de que el desvencijado despertador hiciese sonar su estridente pero resolutivo grito de aviso, ya la nerviosa mano de Sara había apretado el botón de “parar” y sus bien contorneadas y largas piernas, salieron a toda velocidad de debajo de las sábanas. De pie, en su habitación, comprobó que toda su ropa se encontraba perfectamente colocada en la silla; se puso una bata y, cogiendo la llave de la habitación, salió en dirección al baño común de la pensión donde se alojaba desde hacía tres días. Después del contundente lavado de dientes, empezó la operación de “decoración”. Limpieza de cara, crema de resaltes, color de mejillas, cejas, pestañas, labios… En realidad, después de casi media hora de detallado trabajo y continuada contemplación, la mujer que, sonriente, se admiraba en el espejo, en nada tenía que ver con la que acababa de levantarse. ¡Milagros de unas manos expertas que otros agradecerían con sus miradas! Terminado el extenuante trabajo del baño, limpieza interior incluida, salió de él y se encontró de frente ante los irritados y somnolientos ojos de un extraño que, indiferente al trabajo que ella se había esforzado en realizar, la miró indignado y sin pronunciar palabra; se metió dentro y cerró la puerta tras sí con un fuerte golpe. Sara se quedó estupefacta junto a la puerta, sin comprender la indignación y desinterés demostrados por aquel desconocido. Encogiéndose de hombros, caminó hasta su habitación. Se acercó a la ventana, retiró los gastados y casi transparentes visillos que resguardaban su intimidad de los ojos de cualquier vouyeroso observador y miró al exterior. No pudo evitar una mueca de desagrado al comprobar cómo la cortina de agua que caía tras los cristales, hacía del exterior una verdadera piscina. Aquello no lo había previsto y de inmediato, se acercó al apolillado armario que, en sus buenos tiempos, debió ser un mueble muy apreciado por sus dueños. La puerta, ajena al ajetreo de la habitación, gritó sobresaltada por el brusco despertar al que Sara la obligaba y abierta, dejó ver lo que tan celosamente guardaba. Sara comprobó que su gabardina se encontraba en el lugar adecuado y comenzó rápidamente a cambiar de atuendo. Ropa interior, medias, falda, que para ajustarla al “exacto” lugar que debía ocupar en su perfecto cuerpo, necesitó la ayuda concienzuda del espejo, ubicado en el trasdós de la quejosa puerta del armario; camisa, pañuelo corbata y chaqueta. ¡No! Y mil veces ¡no!. Aquel rebelde pañuelo ni ocupaba el lugar que Sara requería, ni tomaba la forma adecuada. A la cuarta intentona, la impaciencia comenzó a hacer su trabajo de zapa y la zapatilla que calzaba su pie izquierdo salió despedida, golpeando con fuerza contra la pared. Definitivamente se lo quitó, lo extendió sobre la cama, aun sin hacer, lo dobló de otra forma y… comienzo de nuevo. Al poco, y frente al espejo, una sonrisa apareció en su rostro; posiblemente también en el transparente rostro del espejo que ya, por sus esquinas, comenzaba a opaquear, aburrido de tanto iluminar la escena. Sara, despreocupada de las emociones que su ayudante de cámara pudiera sentir, se calzó los zapatos y comenzó a doblar sábanas, almohada y colcha, para dejar la habitación en perfecto estado. Finalmente, se acercó de nuevo al armario y tomando su gabardina se la puso. Una última mirada al ya triste espejo, que con tanto esmero se había dedicado aquella mañana a devolver a su dueña una imagen mejor que la que recibía; algo que desde pequeño le habían inculcado sus amados padres. Buscó la llave de la habitación, cogió el paraguas, metió en el bolso el móvil, una bolsa de clinex y unos caramelos de menta y, dirigiéndose a la puerta, salió y cerró con llave. Ascensor y a la piscina. Rápidamente hasta la boca del metro. No era una hora punta, no, eran cinco minutos después de esa maldita hora; ese momento en el que todos los que trabajan acostumbran a usar para recuperar el tiempo perdido entre las pegadizas sábanas o los sentimentales espejos de armarios. Quiso entrar en el vagón del metro, pero no lo consiguió, la metieron; a tal velocidad y de tal forma que, los llorosos ojos de Sara no quisieron mirar donde quedaba ubicado su “delicado” pañuelo de cuello. Pero, ¡ay, Dios mío, si solo hubiese sido su pañuelo! No quiso pensar en nada más y al llegar a su estación, forzó su salida del vagón, consiguiendo su intento casi en el mismo momento en el que las estrictas puertas se cerraban. Ya en el andén, intentó arreglar lo imposible, pero los milagros, aquella mañana, se había acabado al salir del baño de la pensión y llorosa y desilusionada, se dirigió a su trabajo. Al entrar en el auditorio, dejó en recepción gabardina, bolso y paraguas y, a la mayor velocidad que pudo, fue hasta donde ya se encontraba su jefa esperándola junto a otras tres azafatas de congresos. Rápidamente les recordó lo hablado el día anterior y dándoles un paquete de directorios, las fue colocando en sus sitios. Una en la puerta principal, otra a la entrada al salón, la siguiente en el pasillo entre salón y despachos y, finalmente a Sara, junto a la entrada a los aseos. Quizás estuviese pagando con el sitio designado su tardía llegada. Aquel primer día de trabajo, la pobre Sara, recién terminada su carrera de Ciencias Políticas y Económicas, su master en idiomas, inglés y alemán, su doctorado en Política exterior que, al pobre de su padre, le había costado todas las horas extras del mundo, lo pasó llorando sin lágrimas y viendo como un enorme grupo de hombres y mujeres, expertos o interesados en la agricultura extensiva, pasaban por su lado sin tan siquiera pedirle un solo directorio. Pero aun le quedaba toda una vida por delante, ¡¡¡enormemente larga vida por delante…!!!
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EL DUENDE Soldado de plomo, ¿quieres dejar de mirar lo que no te importa? Hans Christian Andersen, El valiente soldadito de plomo Érase que se era, un Duende que vivía en una caja de broma. Cuando se le daba cuerda, un resorte hacía que saliese disparado y diese un buen susto a todo el que estuviese delante de él. Cuando llegó a la casa de sus dueños, éstos lo convirtieron en la novedad de la temporada. Cada tarde era una fiesta y todo el mundo celebraba su intervención entre risas y aplausos. Cuando las carcajadas del público aumentaban de intensidad, el Duende se quitaba su sombrero y saludaba a los presentes, encantado de que su espectáculo hubiese tenido tanto éxito. Por las noches, analizaba cuidadosamente la representación de esa misma tarde, tratando de idear nuevos números para así sorprender a su público. A pocos pasos de donde vivía nuestro amigo, se alzaba un castillo de cartón. La Bailarina estaba allí, sostenida sobre una única pierna en un maravilloso pase de baile, al tiempo que su vestido se reflejaba sobre un lago de cristal. ¡Era tan bonita! El Duende la veía bailar todas las noches, admirado de su belleza y elegancia. Estaba claro que se había enamorado de ella. Y tanto fue el tiempo que la admiró en secreto que el Duende ya no volvió a ser el mismo. Ni siquiera se molestaba en ensayar su número. Cuando se le daba cuerda, ya no saltaba con el mismo entusiasmo de antes, de modo que sus dueños se acabaron aburriendo de él. Pero al Duende no le importó. En su cabeza estaba la Bailarina y sus graciosos pasos de baile. -¡Qué criatura más extraordinaria! -se decía a si mismo antes de dormir-. Si ella me lo pidiese, sería capaz de saltar hasta el techo. Actuar ante los dueños de la casa está muy bien, pero así no hago más que desperdiciar mi talento. ¡A partir de ahora actuaré únicamente para ella! Y desde ese dia, cada vez que se encontraba con la Bailarina, pegaba tales saltos que cualquiera lo habría confundido con un cohete. -Salta usted muy alto -le dijo ella en una ocasión-. Si continúa así, tal vez le de permiso para venir a verme. El Duende no hacía más que soñar con la hermosa muñequita y en imaginar lo maravilloso que sería su noviazgo. Las más dulces fantasías sobrevolaban su imaginación. Pronto se dio cuenta de que aquel castillete de papel era un lugar poco apropiado para ella. Entonces tuvo la solución: ¡la llevaría al mágico Reino de la Luna! Allí serían recibidos por sus bondadosos soberanos, quienes abrirían la sala de baile de su palacio para así festejar su llegada. ¡Y todo el pueblo estaría invitado! De nuevo los salones del palacio volverían a iluminarse, y todo el mundo hablaría de la elegancia de la Bailarina y de la exquisita cortesía del Duende. -¡Qué buena pareja hacen esos dos! -murmurarían los invitados. Y tanto la Bailarina como el Duende sonreirían felices. Cansados de tanto bailar, el geniecillo llevaría a su novia hacia el jardín más apartado del palacio. Y allí le hablaría de su amor, mientras que varias estrellas fugaces cruzarían veloces el firmamento. El Duende se perdía en sus pensamientos. El día menos pensado se declararía... Hasta entonces, se contentaría con seguir actuando para ella. Pero pasado el tiempo, la Bailarina dejó de prestar atención a las acrobacias del Duende, llegando a comportarse de forma grosera y a negarse a recibirle cuando éste la visitaba. El motivo de esta actitud se debía a un soldado de plomo que había llegado a la casa hacía pocos días. La primera noche, el Soldado y sus compañeros salieron de su cuartel y desfilaron ante el castillo de la Bailarina, que contemplaba la marcha muy admirada. -¡Qué guapo es! -pensó-. ¡Lástima que le falte una pierna! Cuando el regimiento llegó hasta la puerta del palacio, el Soldado pasó revista a sus compañeros y les obligó a que presentaran sus armas. Su autoridad impresionó a la damita, que accedió a que viniera a verla todas las noches. Y el Soldado le tomó la palabra. Era habitual verle en los jardines del palacio de papel contándole, entre otras cosas, cómo había perdido su pierna. Ni que decir tiene que ella le escuchaba admirada. -Teníamos que tomar la colina pero... ¡atención! Por el lado derecho apareció la infantería enemiga, apoyada por la caballería del general Von Büchenffausen... El Duende no podía evitar reírse ante semejante historia. Siempre que se la oía contar, lo hacía cambiando algún detalle. Unas veces, la caballería se multiplicaba por dos; en otra ocasión, la infantería enemiga cuadriplicaba su número; otro día, el general de nombre impronunciable llevaba otro distinto... Pero aún sabiendo que la historia era mentira no podía dejar de prestarle atención, pues el Soldado la contaba muy bien. Lo mismo debía pensar la Bailarina, que rara vez se paraba a reflexionar sobre el contenido de las historias que escuchaba. ¡Pensar demasiado le daba tanto sueño...! -¡Ojalá yo también supiera contar cuentos tan maravillosos! Así tal vez me ganaría la admiración de la Bailarina -pensó el Duende. Entonces cayó en la cuenta de que él nunca había corrido una aventura tan emocionante como las vividas por el Soldado, pero sí que podía contarle todos aquellos sueños que había tenido junto a ella. La Bailarina, que tenía un corazón noble y sentimental, terminaría conmoviéndose ante la historia del Reino de la Luna, mucho más bonita que esos cuentos de asaltos y batallas que tanto parecían impresionarla. Aquella noche, el Duende se aseó lo mejor que pudo, se ajustó los cascabeles de su sombrero y procuró recortarse correctamente la barba. Cuando estuvo seguro de que ningún otro gnomo pudiese hacerle sombra, se dirigió al castillo de papel. Encontró a la Bailarina ante la puerta del palacio, practicando el mismo pase de baile que le había visto hacer el primer día. El Duende creyó que sería bien recibido, pero no fue así. Pese a que se mostró educado con la dama, ésta hizo gala de una notable frialdad. Aún así, el geniecillo decidió contarle su sueño, con la esperanza de que tal vez lograra enternecerla. -¡Qué disparate! -dijo ella cuando terminó-. Nadie puede caminar por la Luna sin que se caiga de cabeza al mar. Hágase un favor a sí mismo y ponga los pies en el suelo, que es donde deben estar. El Duende pareció sorprenderse por un momento pero, aún así, continuó contándole de qué color eran las paredes del palacio del rey y cómo eran aquellos bailes organizados por la reina. La Bailarina no pudo evitar aburrirse y ponerse de mal humor. Había escuchado aquella estúpida historia por educación, pero la cháchara ya resultaba insoportable. -Si tanto le gustan esos bailes, le recomiendo que vaya a visitar a esa reina todas las noches -le contestó con desdén-. Estoy segura de que sabrá aprovechar mejor su tiempo que aquí. ¿Y quién sabe? Puede que tal vez llegue a enamorarse de usted. ¡Eso sí que sería gracioso! Y dicho esto, continuó contemplándose ante el espejo. El Duende la miró horrorizado. ¡Ella no debía pensar así! Trató de volver a hablarle, pero no le hizo ningún caso. La Bailarina estaba tan embobada mirándose a sí misma, que no advirtió que el Duende se había alejado de allí entre sollozos. Poco después apareció el Soldado y comenzó a cortejarla. Ella reía muy divertida. Parecía que había olvidado su repentino mal humor. Desde su caja, el Duende todavía alcanzó a escuchar sus risas. * * * Al día siguiente, los dueños de la casa celebraron una fiesta. Para sorprender a sus invitados, bajaron la caja del Duende al salón. Estuvieron mucho tiempo dándole cuerda para que saliera, pero nada ocurrió. Los niños abrieron la caja y se sorprendieron al ver que estaba vacía. Aquella noche, el Soldado y la Bailarina bailaron alegremente al compás de la música. Pocos días después por fin se casaron. Pero ya nadie se acordaba del Duende, cuyos cascabeles brillaban entre las cenizas de la estufa. |
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UN MUNDO LLAMADO PAULA Suena el despertador. Otro día de mierda en el que las horas se mueven a velocidad de crucero. Cinco minutos de más en el baño. Genial, a partir de ahora, serán diez menos. – ¿Qué te has hecho en el pelo? – me pregunta mi madre, atónita, al verme entrar rapada en la cocina. Ya lo sé, ya lo sé, queda horroroso, feo como patear a un cojo, pero es barato. No quiero insinuar que fuese mucho a la peluquería, que no estamos para lujos, pero joder, lo que se gasta una en que si gel que si espumas... A tomar por culo, pelo pincho, que está de oferta. Claro que, no se lo voy a decir. – Tenía calor. Me mira. No me cree. – Hay café. Tengo una madre muy diplomática cuando quiere. Dejó de meterse en mi vida a los quince. Una pena. De haber sido de otro modo, quizá no tendría yo ahora veinticinco y dos críos de ocho y nueve años, pequeños clones del canalla de su padre, Dios me perdone. Bebo café. Mordisqueo rápida una tostada seca, digo que no tengo ganas de mantequilla. Se está acabando y aún tiene que durar. Para no ver sus ojos, hago como que reviso la correspondencia. Facturas, facturas, facturas... Una carta azul me hace ilusión, pero es otra factura. – ¡Niñoooooosssss! – grito, hacia el pasillo, hacia la puerta del dormitorio de mis hijos. Ellos no tienen despertador, pero tienen madre. Total, me hacen el mismo caso, para qué andar con gastos. – Es muy pronto, ¿no? – dice mi madre. – Quiero ir andando al trabajo. Estoy como una foca. – ¿Tú? – ríe. No me cree – Lárgate, anda. Yo llevaré a los niños al colegio. – Vale – veo unos cuadernos coloreados sobre la mesa. Uno de mis hijos ha dibujado una casa ardiendo, gente chillando agita los brazos por las ventanas; el otro se ha esmerado más, se ve la Tierra abriéndose por la mitad, entre grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes? Una imagen fascinante. Me pregunto si se puede votar para que ocurra de una puta vez el Fin del Mundo – ¿Qué es esto? – Ayer jugamos a dibujar lo primero que se nos ocurriese – mira el dibujo del planeta – El Apocalipsis. Tienen talento, las criaturitas, ¿eh? – Sin duda. Estoy segura de que uno de los dos es el Anticristo, aunque aún no descubrí cuál – tengo que buscarle un psicólogo al de la casa en llamas. O al otro. Mejor a ambos. Claro que antes me tengo que buscar un amante que lo pague. ¡Un amante psicólogo! ¡Genial idea que lo arregla todo! Me paso la mano por el pelo. Cualquier intento desesperado de seducción tendrá que esperar, así que los niños se quedan sin psicólogo. Que quemen casas o que destruyan planetas. Serán males menores – ¿Luego te ocupas de la compra? – Sí. Prepararé la comida y… – se dobla, con un gemido. Dejamos de simular ser muy duras y muy fuertes, sólidos bloques de granito capaces de resistirlo todo… Joder, si sólo somos piedra pómez... La abrazo. – Mamá, mamá… – Estoy bien. Tranquila, estoy bien. Bien, no, aunque no sabemos hasta qué punto está mal. Tiene cojones la cosa, puta lista de espera del Seguro, aún tiene que aguardar nueve meses para hacerse la ecografía. ¡Lo que hace el ser pobre! La pensión de mi madre es de esas que te producen auténtica risa, qué gracia, qué chiste que haya cifras así tras toda una vida de currar mi padre como un imbécil. Ja, ja, ja. La hipoteca de la casa se come prácticamente todo mi sueldo, y eso cuando no tengo gastos extras, como el dentista de los críos. El mes pasado, tampoco pude pagar al Banco, y ayer me llegó una amable nota, indicando que, o me pongo yo al día de inmediato, o me ponen ellos en la puta calle. En fin… Le acerco a mi madre una pastilla. Es rosa. Menuda chuminada. Rosa chicle, para más señas. El médico dijo que le vendría bien, yo sospecho que pensaba en nuestro bolsillo. Dudo que haya pastillas rosa chicle más baratas en el mercado, y las cubre en parte el Seguro. Si no como mantequilla, podré pagarlas. – Lárgate, anda – me dice, tras tomarla, con un hilo de voz. Mueve una mano en el aire. Me sorprendo recordando un bofetón que me dio una vez – Vete, estoy bien. ¡Niñooos! – grita. Es grito de abuela, no de madre. No llega a categoría de despertador, pero como tengo prisa lo dejo estar. Cojo la mochila y salgo zumbada. Sigo zumbada. Joder, cada día hay más gente que tiene coche, qué bien les va a todos. Aunque no sé si compadecerles, total, hay atascos por todas partes, y yo corro y vuelo y sólo estoy a punto de ser atropellada un par de veces, una de ellas por el autobús que solía tomar antes de las pastillas rosas, de las facturas azules, de los dientes blancos de mis hijos… Llego a la fábrica. Vaya lío se ve desde fuera. Joder qué mogollón. ¿Qué coño sucede? Gutiérrez pasa corriendo por mi lado y casi me tira la mochila. Lleva dos años intentando meterse en mis bragas y resulta que ahora ni me ve. Será el pelo. Con este pelo parezco una cosa mala. Qué cojones, a quién le importa lo que parezco. Veo a Sara y a Lola entre el montón de gente. Están preocupadas. Alguien se ha muerto, seguro. Ojalá sea el jefe. – Hola, qué pasa – saludo. Me miran con horror. Normal. – ¿Pero qué te has hecho en el pelo? – pregunta Sara. – Estás horrorosa – dice Lola. Así me gusta, las cosas claras. Me paso una mano por mi patético cuero cabelludo esquilmado a tijeretazos. Aquí más largo, allá más corto. Pues vale. – Tenía calor. ¿Qué ocurre? – No sabemos. No podemos entrar. Algo va mal con las tarjetas magnéticas, parece. Se forma todavía más barullo. Intrigadas, vamos a mirar. En el interior de las puertas de cristal de la fábrica se divisa una línea de seguratas. Qué raro, casi parecen una muralla humana, dispuestos a defender con uñas y dientes los bienes de sus amos de… ¿nosotros? Me debo estar confundiendo... Conozco algunos rostros. Incluso salí con uno de ellos, maldita sea mi sombra, mira que no aprendo. Me devuelve la mirada, con expresión de culpa, y luego aparta los ojos. ¿Qué coño pasa? Martín y Daniel, dos de mis compañeros de planta, están en la puerta, llamando y discutiendo. Uno de ellos golpea el cristal con el puño, cada vez con más rabia. Otros le imitan. Y más, y más. Empieza el caos. – Pero qué ocurre… – Lola y Sara miran también asombradas. Las voces suben de volumen. Se va extendiendo la noticia. Nos han despedido. ¡Nos han despedido! ¡NOS HAN DESPEDIDO! ¡Nos han dejado en la puta calle, sin aviso previo, sin nota de agradecimiento, sin patada en el culo, sin cara hipócrita de lástima, sin nada! ¡Trescientos despedidos, dice alguien! ¡Trescientos, como los puñeteros griegos de las Termópilas! Pero, a nosotros, ni siquiera nos queda la gloria, la esperanza de ser recordados. A nosotros sólo nos esperan el frío, el hambre, la desesperación, la indigencia... Nos queda saber que no tenemos un sitio en este mundo, que este no es nuestro universo, que no es nuestra oportunidad ni nuestra vida, sino la de otros, esos que viven muy bien sin mirar a los lados, sin mirar atrás… – No puede ser… – susurro. Sara ha palidecido. Lola se muerde las uñas – ¿Despedidos? No puede ser… Las pastillas rosas. Las facturas azules. Los dientes blancos. La mantequilla amarilla, el autobús rojo. Las necesidades de mamá, los gastos de los niños, la hipoteca… La calle, el frío, la nada. La miseria absoluta, la desesperación. El fin… – ¡Paula! ¡Paula! – dice alguien. Estoy en el suelo. Veo rostros, pálidos, extraños. Giran a mi alrededor dando vueltas y vueltas. Todo retumba. Cuánto estruendo… Alguien me trae agua. No, no quiero agua, no necesito agua, necesito ayuda. Socorro, socorro, por favor, me estoy muriendo, se me viene todo encima, siento una presión en el pecho, no puedo respirar, me ahogo... No van a ayudarme, nadie va a ayudarme. Mi mundo se hunde en un barullo de voces y gritos y llantos de asombro, que son también mundos destruidos… Tengo tanto, tanto miedo… Grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes? Apocalipsis. No puedo seguir haciéndome la dura. Todo se acaba. Todo se acaba… |
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...LA COSECHA... La mujer estaba sentada en el columpio, con la mirada perdida hacia el lago, que ese día resplandecía con la fantasmagórica luminosidad que le enviaba una Luna menguante y perversamente garfiosa. De pronto, un pícaro haz de luz se le escapó al astro frío. Burlón y dionisíaco, incidió maliciosamente sobre una lacerante y ponzoñosa hoja de metal empuñada por la mujer. Ella percibió el destello blanquecino, helado y mordaz. Segura de sí misma, sabiendo que su vida había llegado al final, cerró los ojos y dejó volar su mente en fútiles cavilaciones. Levantó el cuchillo a la altura de su rostro, y el impulso de su muñeca lanzó el puñal con malvada intención hacia su garganta. Y mientras la vil hoja empezaba a sesgar la piel de su cuello, algo brilló en el horizonte, y se produjo un destello tan fuerte que obligó a la suicida a abrir los ojos. Y en ese preciso instante, cuando la sangre empezaba a derramarse por su cuello, y los gestos espasmódicos de su rostro dibujaban un gorgoteo suplicioso, sus ojos llegaron a contemplar el horror cósmico de las estrellas, el indecible e inimaginable horror del universo que estaba cayendo en el mundo. En ese último momento, cuando la vida abandonaba su endeble cuerpo y sus ojos contemplaban el caos absoluto, sintió pánico. No pudo contener las lágrimas e incluso en la muerte, siguió llorando de horror, de un horror más insondable que el abisal pozo de Demócrito, y que en los últimos momentos la poseyó, para siempre. Los rayos de luz siguieron cayendo sobre el lago, mofándose del cuerpo inerte de lo que antes había sido una hembra humana saludable y nutritiva. Y el mundo entero, sintió el impacto cósmico, la llegada del averno y de la estéril desesperación. Y en un fugaz instante que pareció eterno debido a la ausencia de oscuridad, el planeta entero hirvió de chispeantes chorros luminosos de una energía secreta y recelosamente guardada. La cortedad se adueñó del corazón de los humanos, y al ver la mefistofélica miríada de luces que brillaba en el cielo, por todas partes, por todo el universo; se encogieron sobre sí mismos, llorando y gritando patéticamente poseídos por el horror absoluto. Sus ojos se negaban a contemplar el caos astral que se derramaba y se vertía a través de la inmensidad, pero sus voluntades son débiles y se quiebran con facilidad. Y no tardaron en hundirse en la más desesperada perdición, cayendo en el Hades de la fatalidad esteral en medio de burbujeantes y orgásmicos chapoteos de un océano universal de energía cósmica. La tierra se resquebrajaba, se agrietaba y se rompía incesantemente, liberando unos gases mohosos que revelaban fugazmente las mismísimas entrañas del planeta. Los mares crepitaban con furia, saltando encrespados y lamiendo vertiginosamente las ciudades humanas en medio de la más terrible hecatombe sideral. Y entonces, el fondo oceánico, poseído por la salvajería de Pan, emergió fantásticamente desatando el más terrible de los pandemóniums. Ninguna pesadilla humana podría llegar a transmitir el indecible caos infinito que rebasa cualquier tipo de imaginación. La Humanidad no era nada, no significaba nada. Su existencia había sido irrisoria; y ante el poder absoluto y caótico del cosmos, todo se hundió en la más terrible miseria. La tierra se rompió, estallando en medio de los fuegos del purgatorio. Los océanos estallaron y, evaporándose instantáneamente, sacaron a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Entonces fue cuando aparecieron… Millones de grotescas máquinas voladoras emergieron de los negros y tenebrosos lodos oceánicos, y ascendiendo cuales demonios alados a través de remotas regiones de tinieblas, cazaron uno a uno a los endebles y patéticos humanos que corrían y se contorsionaban en un ridículo intento por huir. El mundo entero se anegó de la barbarie metálica de esas máquinas. Por dónde aparecían, la vida entera dejaba de existir. El planeta mismo estaba siendo asesinado, por unas crueles y malditas ansias de destrucción. Lo arrasaron todo a su paso y ningún humano pudo escapar de sus diabólicas garras. Los pocos seres supervivientes que consiguieron esconderse, no tardaron en quemarse vivos en los mismísimos fuegos del infierno. Mamíferos, aves, anfibios, reptiles e incluso los insectos y las bacterias… Y entonces fue cuando la quimera de fuego lo consumió todo, y el espectáculo galáctico conjuró su mejor actuación: >> La conmoción empezó repentinamente, emitiendo con una locura desenfrenada una vibración bulliciosa que emergió desde el centro del planeta. La Naturaleza luchó contra ello, desatando las mayores fuerzas volcánicas y los más devastadores tornados en medio de una universal tormenta de rayos. Pero nuestra gran madre Gaia no tardó en sucumbir y en ser aplacada por el horror que se vertió desde las estrellas, las cuales observaban con expectación y parpadeaban al compás de las explosiones. Lo que antes había sido un planeta lleno de vida, se había convertido en una nube polvorienta y nauseabunda que se esparció por la oscura galaxia como la ceniza soplada por el viento. Con la misma facilidad con la que un humano aplasta con sus botas a una hormiga, esos seres destruyeron todo el planeta, arrastrando todo tipo de vida hacia la locura del horror. |
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Pecados carnales(VII edición, lascivia) “-No estuvo bien. -¿Eso es lo que crees?- dijo él con su sonrisa profunda. Lo conocí una semana atrás, en la cabaña de madera que nos acoge a mi madre y a mí en verano. Debería decir más bien, lo volví a ver, aunque no recuerdo cuándo me abrazaba y besaba de manera fraternal, siendo yo aún una niña. Así pues, lo volví a ver por primera vez hace siete días y ocho horas. No estaba preparada para lo que apareció ante mis ojos. Yo esperaba un hombre mayor, cano, puede que calvo, gordo... estropeado por los años, en resumen. Sin embargo, me encontré con un adonis alto, de pelo aún oscuro y arábigos ojos negros y piel aceitunada, aún fuerte y joven, aún apuesto. Abrió mucho los ojos al verme y se acercó casi cohibido a darme los dos besos de rigor. -Hola Claudia ¿Cómo estás? Es un placer volver a verte- dijo lentamente. La manera en que se recreó en la palabra placer me hizo estremecerme desde la nuca a la planta de los pies. Era sucio ¿entiendes? Yo lo sabía y aún así no pude contenerme. Sonreí y me acerqué aún más a él, abrazándolo con fuerza. Convinimos que estaría con él esa semana, para conocernos mejor, y después volveríamos junto a mi madre, para ir los tres juntos de vacaciones. Se despidió de mi madre con un pasional beso y, por fin, ella se fue, dejándonos a solas. Sólo había una cama en la cabaña y él me la cedió con gusto, haciendo del sofá su refugio improvisado. Nos comportamos con propiedad durante todo el día, aunque un fuego ardía en mi interior cada vez que lo veía moverse como un felino. Ágil y fuerte. Ya por la noche ocurrió. Fue tan sucio. Después de todo, no vi otra solución.” -No tienes que apresurarte- el agente la escuchaba, ruborizado y anhelante- Puedes contarlo con pelos y señales, no tenemos prisa. Claudia lo miró con reproche y asco. Sabía lo que el hombre quería y casi podía apostar a que una erección tenía lugar bajo la mesa. “Bien, si eso es lo que quiere...” pensó. “Yo me acosté en la cama y él en el sofá. No podía dejar de pensar en él aunque sabía que no estaba bien. Pronto no pude soportar el ardor entre mis piernas, aumentado por la respiración entrecortada que oía al otro lado de la cabaña. ¿Se estará masturbando? Pensé. Pero ese pensamiento sólo me llevó a hacer más urgente mi necesidad. Comencé a tocarme hasta que, involuntariamente, un gemido escapó de mis labios y se quedó flotando en la oscura habitación. Me quedé paralizada durante un instante, que se hizo eterno, hasta que noté una respiración áspera en mi oído y una mano varonil en mi bajo vientre. -¿Necesitas ayuda? Susurró en mi oído. Comenzó a masajearme hasta que volví a gemir y entonces se metió en la cama conmigo. Prefiero no relatar lo que ocurrió entonces, pues me provoca tanto asco como anhelo y no me soporto en mi propia piel. Sólo diré que fue el mejor orgasmo de mi vida. -No estuvo bien- dije con voz entrecortada por las lágrimas. -¿Eso es lo que crees?- dijo él- ¿Acaso no te ha gustado? -Sí. -Entonces ¿cuál es el problema? -Mi madre...- estaba desesperada- ¿Qué dirá mi madre? -No puedes decírselo- contestó- Ella nunca lo entendería, aunque la atracción sexual no es nada malo. -¿Y tú cómo puedes saber eso? -¿Quién va a saberlo mejor que yo?- sonrió y me besó en la mejilla, reteniendo una lágrima- ¿O crees que te mentiría tu padre? Entonces fue cuando pasó.” Claudia paró su relato y bajó la vista. El agente no podía admitirlo, pero necesitaba que le contara algo que consiguiera que la tensión que se había apoderado de su entrepierna desapareciera, o no podría salir de la sala de interrogatorios sin violar a la supuesta asesina, aunque hasta ahora la mera idea de una violación le habría parecido un crimen ¿Cómo podía alguien tan joven ser sensual hasta el punto de hacerte olvidar tu humanidad? -¿Qué fue lo que pasó Claudia?- preguntó tenso. -Le atravesé el cuello con un abrecartas- contestó fríamente. Luego sus ojos volvieron a arder mientras parecían observar su entrepierna a través de la mesa- ¿Quiere que le ayude con eso señor agente?- preguntó con voz inocente mientras se abría de piernas y dejaba sus incipientes pechos al descubierto. Se metió debajo de la mesa y comenzó a trajinar allí donde la tensión del hombre era más fuerte, hasta que éste puso los ojos en blanco y se liberó. “Vaya con la niña” fue su último pensamiento antes de notar el cañón de su propia pistola en la ingle. -No estuvo bien- fueron sus únicas palabras cuando el comisario entró en la sala y la encontró semidesnuda bañada en la sangre del joven agente. |
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Un último baile |