1. f. Residuo que queda de un todo. U. m. en pl.
2. f. Parte del cuerpo de un santo.
3. f. Aquello que, por haber tocado ese cuerpo, es digno de veneración.
4. f. Vestigio de cosas pasadas.
5. f. Persona muy vieja o cosa antigua. Ese coche es una reliquia.
6. f. Objeto o prenda con valor sentimental, generalmente por haber pertenecido a una persona querida.
7. f. Dolor o achaque habitual que resulta de una enfermedad o accidente.
1. f. Porción principal del cuerpo de un santo.
-----------------------------|
El ltimo recuerdo: > (George Herbert 1). El tiempo pareca no avanzar pues hasta el movimiento de la gente que atestaba la sala transcurra a cmara lenta. Si no fuera por la ausencia de bullicio, la estampa del lugar podra haberse confundido con cualquier reunin social: un cctel sin bebidas, un fin de ao sin confeti… Varios grupos de ancianos jugaban al domin y a las cartas en mesas contiguas a la ma y otros pocos se arremolinaban al final de la habitacin frente al televisor. Haba calma; demasiada calma. Nada suceda. Todo el mundo esperaba y yo, tambin. La extrema limpieza del suelo auxiliaba el reflejo de la luz que penetraba a travs de los muros acristalados y que iluminaba las paredes opuestas de la estancia. Mientras mi espera se prolongaba, acert a admirar los dibujos y manualidades que las poblaban. Mi cuerpo estaba erguido, mi cabeza gacha y mi nimo ausente, hasta que, como cada da, la vi caminando hacia m a lo largo del pasillo con esa altanera tan suya y tan ma; nos parecamos tanto… Cuando se sent frente a m estuvimos un tiempo observndonos y ninguna de las dos se aventuraba a decir nada. Podramos haber estado horas as; ya lo habamos hecho antes otras veces. Ella luca radiante y yo la admiraba orgullosa. Mir su reloj y esboz un gesto de fastidio. Tal vez tuviera prisa o mi presencia le incomodara. Si fue as no lo dijo y permaneci de esta forma un par de segundos ms, callada, resolviendo qu hacer. -Madre! Se ha tomado la pastilla? –Dijo finalmente. Yo despert del letargo de mis pensamientos y, tras vacilar un instante, decid asentircon la cabeza. Ella sigui aguardando mi respuesta. -S, hija –Le dije mientras le regalaba la mejor de mis sonrisas. Ella sonri satisfecha. -El mdico dice que esta nueva medicacin le va a sentar mejor. No deje de tomrsela! –De nuevo asent y de nuevo esper mi confirmacin. -No te preocupes, as lo har. Ella busc qu decir y yo aprovech su silencio para cogerle las manos. Frunci el ceo y tuvo intencin de retirarlas, pero no le dej. -Qu tal estn mis nietos? –Pregunt distrayendo su atencin. Sus manos seguan entre las mas. -El sbado pasado hizo la comunin el mayor. Qu guapo que estaba vestido de marinerito! …Pero eso ya lo sabe, usted tambin estuvo. No se acuerda, madre? Nuevamente el mutismo se adueo de nuestra atropellada conversacin y ella rehuy mi contacto recogiendo sus manos encima de su halda. Despus, arrug la frente y sus pupilas se dilataron para posarse reiteradamente sobre la esfera de su reloj. -Debo irme –Concluy. Ambas nos pusimos en pie y nos despedimos sin decir nada ms. Mis ojos la persiguieron con devocin mientras se alejaba parsimoniosamente por el pasillo hacia su habitacin. -Hasta maana, Madre! –Le grit buscando esperanzada su respuesta. Se detuvo y volte la cabeza provocando el baile de su hermoso pelo ceniciento. Ella busc decidida mi mirada. Por un momento cre ver en sus ojos aquel brillo de antao y un sentimiento de afliccin se apoder de mi alma. Fue apenas un instante, un hermoso segundo de lucidez y de recuerdos, y, despus de ello, oscuridad. Su mirada se apag y la ma se inund de lgrimas. Mi hijo Carlos, que haba sido testigo lejano de la escena, repar en mi tristeza y se acerc para consolarme. -Qu tal estaba hoy la abuela? -Igual que siempre –Contest. -Pero… te ha reconocido? –Pregunt con timidez. Mis lgrimas respondieron en mi nombre cuando rodaron por mis mejillas. -S –dije finalmente-. Hoy s…, a su manera. Recog mi bolso del suelo y sequ el rastro de mi sollozo. De camino a casa, mi hijo trat de recomponer mi nimo insuflndome nuevas esperanzas en vano; yo lo saba. Desde entonces, segu visitando a mi madre con la misma periodicidad pero ella ya no regres ms. 1 George Herbert (1593-1633) Poeta religioso ingls. |
|
EL DEDO
|
|
EL ASESINO DE LA ROSA Cuando sucedió la explosión, el aire y el sonido golpearon las paredes; las sacudieron hacia los cimientos y hacia el techo, atronando y bajando por la escayola hacia los cristales de las lámparas, subiendo por las patas de las mesas hasta los cristales de los vasos. El calor escapaba inflando las fisuras, pulverizando la pintura y derritiendo los cables. Incendió el aire en pocas milésimas de segundo, seguido de toda la metralla que había pertenecido a una furgoneta, apenas hacía un segundo. Los trozos de pared destruida volaban para destruir más paredes, rugiendo en golpes que provocaban más sonido, que a su vez hacía reverberar sin descanso las columnas, abriendo camino a la metralla, que se hincaba trozo por trozo en trozos y en más trozos de edificio. Y los trozos más afortunados seguían volando y devorando formas. Todo el cristal del jardín invernadero fue destruido inmediatamente. Los pedazos iban a caer al suelo como suicidas, hasta que el aire incendiado los echó a volar y a atravesar los tallos y las hojas, desde las frágiles flores hasta las recias enredaderas. Sólo una zona del jardín invernadero quedó a cubierto del calor, aquella que se escondía de la onda expansiva tras un monolito de adorno, que era constantemente bañado por una sábana de agua. El agua se evaporó de inmediato. Un enorme cascote destruyó el monolito con la indiferencia que sólo expresan las fuerzas incontenibles. El golpe fue tan limpio que no arrancó el monolito de su base, sino que lo cortó por la mitad, dejando dos palmos de roca pulida que aún cubrían las flores más bajas. El resto de plantas voló con la piedra y el metal. La metralla, habiendo perdido fuerza, rebotaba en una y otra dirección, enloquecida. Dos trozo menores, cayendo en ángulo curvo, se hincaron en el suelo seccionando cada uno una flor distinta, escoltando de este modo a la única flor que quedaba viva. Una viga cayó sobre aquellos dos trozos de metralla, que resistieron el impacto al precio de un palmo de hundimiento. Bajo la oscuridad de la viga, escoltada por la metralla y defendida por la base del monolito, la última planta del jardín, la rosa roja, sobrevivió a la destrucción del edificio. Los bomberos comenzaron a llegar con sus armas de agua, sus palas y sus martillos, asesinando el fuego y rescatando a los heridos, localizando a los muertos. Sus terribles botas evitaron el altar de derrumbe que cubría la rosa. Las caídas eventuales de material, el levantamiento de escombros, los primeros auxilios y los primeros vómitos, todo eso, sucedía lejos, por donde habían estado trabajando y desplazándose las personas. En el reino de las plantas, durante el rescate, se impuso un silencio subacuático, alienado. Nadie las echaba de menos. Así fue un buen rato, hasta que llegó el primer político, seguido del jefe de todos aquellos policías. Entonces, se permitió la asistencia de algunos periodistas de elevada estima para el político, cuyos flashes eran realmente potentes, cuyos ojos buscaban todo tipo de detalles. El político a veces asentía con cansancio, a veces negaba con energía, pero pocas veces miraba al suelo. Intentaba centrar su mirada en objetos que eran claramente amarillos, claramente negros, en ningún caso de un rojo sospechoso. Los periodistas buscaban el rojo con avidez y también el color de la carne, pero sobre todo el rojo que podía intuirse en las manchas del suelo polvoriento y de las ropas quemadas. Y así, sin pretenderlo, un periodista encontró el color rojo de la rosa. Impresionados por el hallazgo, los policías se agacharon para comprobar que una flor había sobrevivido al desastre. Ni siquiera llamaron a los bomberos para que les ayudaran a levantar el trozo de muro. Se rompieron los guantes de recogida de pruebas desenterrando la protectora metralla y, con un suspiro de asombro y bondad, los hombres contemplaron la flor. El sentimiento fue tácito y a la vez compartido. Solemne, esperanzador y bello. El político no vio necesario seguir supervisando el lugar; la flor ardía ahora en su pecho y las palabras saltaban en su mente, así que decidió no demorar por más tiempo la rueda de prensa y acudió al púlpito del pueblo llano, donde se esperaba el anuncio oficial de la condolencia. Sin embargo, el rostro del político se rebelaba en una sonrisa extasiada. Porque, en ese día, había sucedido algo extraordinario. En ese día, el destino les había hecho un prodigioso regalo. Entre los restos del derrumbe habían encontrado un rosa, viva y perfecta, que no había sido tocada por la onda expansiva, ni por el fuego, ni por las piedras. Y esa rosa podía arder con fuerza en los corazones de los que necesitaban esperanza, porque portaba un mensaje claro y alto para los terroristas: de entre las cenizas de la destrucción, siempre se alzará al menos uno de nosotros para deciros que jamás cederemos ante el chantaje. Y, efectivamente, ardieron los corazones de los familiares, de los periodistas, de los curiosos, de los policías, de los vecinos, de los bomberos, de la gente que oía al político a través de las televisiones de sus casas y de aquellos que, horrorizados, se habían hecho eco de la tragedia a través de internet. Se invirtió el dinero que fue necesario para que las labores de desalojo de los escombros se hicieran con el mayor cuidado posible y que ni el más pequeño cascote cayera cerca de los restos del jardín invernadero. La gente, conmovida, depositaba flores muertas a los pies de la flor. El terreno perdió la calificación de habitable. Se proyectó la construcción de un parque dedicado a esa rosa, al símbolo vivo de la esperanza. Por supuesto, se creó una fundación que gestionara las cuantiosas aportaciones privadas para la conservación de la rosa. En los colegios se pintaron camisetas con rosas y se organizaron excursiones al parque del homenaje. Una noche, uno de los jardineros a cargo del parque, tuvo que dar una terrible noticia: la rosa había desaparecido. La policía intentó llevar la investigación en secreto pero la noticia tardó pocas horas en filtrarse y sirvió de triste presentación en todos los noticiarios. Nadie dudaba que el terrorismo, de nuevo, había intentado sesgar la esperanza de la gente de buena fe. Las fuerzas de seguridad desplegaron sus medios. Revisaron las cámaras de seguridad que ya había operativas en el complejo, no muchas, y tomaron la matrícula de todos los coches que habían aparcado y abandonado los aparcamientos cercanos durante la noche. Comenzó el rastreo de más de cincuenta coches a través de las cámaras de la Dirección General de Tráfico y se accedió a las direcciones de los dueños de los vehículos o los tomadores de sus seguros. De todas estas matrículas, en el plazo de dos horas, se había controlado la mayoría. Algunos conductores fueron detenidos en medio de la carretera y otros fueron interrogados en sus casas, pero no se encontró en ellos indicio de delito, ni tan siquiera indignación por la detención, dado que la causa de la policía era completamente justificada. Entonces quedó sólo un coche por investigar que no había pasado por cámaras de autopista y cuyo dueño no había sido encontrado en su casa. El asunto se volvió tremendamente delicado desde un punto de vista político y policial, porque el único sospechoso que quedaba por investigar estaba en la lista de familiares de las víctimas; había perdido a su hija de dieciocho años en la explosión. Se intentó conservar el mayor celo posible con el secreto de los datos, pero en poco tiempo la policía encontró que el número de la matrícula se había filtrado a la prensa y, de ahí, a la opinión pública. El pueblo enfebrecido quería sangre, y todos los que en algún momento habían sentido calor en su corazón gracias al milagro de la rosa, aquella noche estaban en las calles, buscando el coche de aquel hombre sospechoso, con los puños cerrados y con armas improvisadas en sus propios coches. Por fortuna, un ciudadano sensato, el primero en visualizar la matrícula perseguida, llamó a la policía para facilitarles la dirección de un pequeño cementerio a las afueras. Era medianoche y las sirenas y las luces de la policía rompieron las calles para entrar a toda velocidad en la carretera de circunvalación para evitar un linchamiento. El ciudadano sensato no se había quedado cruzado de brazos mientras la policía acudía al cementerio. Parecía haber perdido la sensatez y había llamado a sus amigos y conocidos. De este modo, al llegar la policía, se encontraron con una veintena de coches aparcados junto a la verja del camposanto. Saltaron la valla, como suponían que la gente había hecho hacía pocos minutos, y corrieron para evitar una pelea, un disparo, gritos de gente enfurecida. Un linchamiento. Pero no encontraron nada de eso. En su lugar encontraron a un grupo de hombres cabizabajos y aturdidos, reunidos en derredor de una tumba. Los había de pie, sentados en el suelo o apoyados en algún árbol. Había ojos cerrados de vergüenza y ojos enrojecidos por las lágrimas, pero no había ningún cadáver por encima de la tierra. La policía se abrió paso entre los hombres y encontró al sospechoso sentado en el suelo junto a una lápida. No se había inmutado por la llegada de unos ni de otros. Sus manos caían relajadas por encima de sus rodillas. Sus ojos, brillantes de justicia, miraban la rosa cortada, depositada con tanto respeto sobre la tumba de su hija. Un policía se apoyó en un árbol y se apretó la nuca con manos temblorosas. Otros dos se miraron entre ellos y negaron con la cabeza, como si reconocieran que acababan de despertar de un estúpido sueño. El cuarto policía se sentó junto al hombre y le ofreció un cigarrillo. Intentó encontrar palabras para ofrecerle su más sentido pésame, pero no encontró ninguna. Guardó respetuoso silencio, permitiendo así que otro silencio mayor, subacuático, siguiera protegiéndolos en el camposanto. |
|
LA CICATRIZ DEL TIEMPO El Albaicín se despierta… Rabia se asoma al zaguán de la ventana, como cada mañana. Hace poco tiempo que ha aprendido a leer usando el sistema Braille y ahora le es fácil imaginar el entorno que le rodea. Cipreses apuntalando el cielo, tejados a dos aguas de un desvaído color anaranjado, paredes encaladas… Otra cosa son los sonidos. Los sonidos le acompañan desde que llegó al barrio; un tiempo lejano que por difuso parece haber quedado en el olvido. Tan sólo algunas motas negras, oscuras y dolorosas, permanecen ocultas entre los surcos de su cerebro. Emboscadas, dispuestas a convertir su mundo en un infierno a la menor oportunidad. Escucha con facilidad el rumor que asciende por la calle. Es una calle estrecha y pendiente. Por encima de ella, los pájaros; un aleteo gracioso que se agita entre los canalones que conducen el agua de la lluvia. Rabia, como cada mañana, quiere llorar. Pero hace tiempo que tiene los ojos secos; cuencas marchitas, un lecho muerto y enterrado. Hace un esfuerzo por comer algo; un ejercicio inútil que lo único que hace es prolongar su inútil vida. Mastica despacio, casi con asco, hasta que consigue deglutir a duras penas un pedazo de pan tostado. El café es otra cosa, se deleita un instante en su aroma y después bebe un sorbo con lentitud. Desde que aprendió a moverse con algo de independencia, gracias a la ayuda de un bastón, baja a diario desde San Nicolás hasta el puente del Darro. En otoño, cuando las primeras lluvias sacuden las sierras que rodean Granada, el agua discurre casi con violencia entre las pilastras que lo sustentan. Es un sonido agradable que tiene la virtud de alejar de su cabeza los malos pensamientos… Porque Rabia no puede olvidar que odia a Al-Mut Hamid, que lo odia con toda su alma. A pesar de todo, sigue siendo su hermano. Cuando el recuerdo doloroso de su hermano regresa agrediéndola sin piedad, Rabia se encierra en el refugio de su casa. La pequeña habitación no tiene ventanas; tan sólo ella, la oscuridad y sus manos que conocen hasta el último rincón de la estancia. A oscuras abre el cajón de un pequeño aparador y de allí saca una pequeña caja de cedro. Roza con la yema de los dedos el delicado arabesco grabado en la superficie de la tapa. Musita entre dientes algo… sólo ella lo sabe. Abre la caja e introduce los dedos. En el interior hay un pedazo de pellejo, curtido, añejo. Rabia lo saca y se lo acerca a la mejilla izquierda. Con los dedos recorre la superficie deforme de su cara y palpa el lugar donde antaño estaban sus ojos, vivos y ardientes. La piel muerta duele, Rabia lo sabe bien. Sobre todo cuando las terminaciones nerviosas de la epidermis todavía anhelan la venganza… Rabia guarda el pedazo de piel seca en su cajita de cedro, la guarda en el cajón de nuevo y abre la puerta de la habitación. La realidad le aguarda en el exterior, con su olor a azahar y los gritos de los chiquillos que juegan en la plaza cercana. |
|
EL MEDALLÓN Blanca caminaba despacio, de vez en cuando sujetaba su cintura con sus manos y se paraba a mirar. En realidad no estaba mirando, solo tomaba aliento para continuar su marcha. Tenía la piel de la cara plisada y sin brillo, los ojos, que miraban de frente cuando hablaba, un poco tristes pero dejando adivinar en el fondo esa chispa de sabiduría y serenidad que eran el eje de su vida ahora. Había vivido mucho, no solo porque tenía 83 años, sino porque le tocó vivir en una época difícil en un pueblo perdido en la sierra, donde una mujer era poco más que una bestia de carga y un entretenimiento para los hombres cuando se hacía evidente que ya era una moza. Así eran las cosas y lo había vivido con una impotencia y resignación llena de amargura y rabia. No hubo para ella un poco de cariño en aquella etapa de su vida. Demasiados hermanos, mucha miseria y mucho trabajo duro. Y después vino aquel hombre que le pidió a su padre poder llevarla con él. Una boca menos, dijo él cuando la vio marchar de casa. Diez años después, una mañana terrible, aquel hombre volvió a violarla de manera violenta, como hacía siempre. Protestó entre lloros por aquella indignidad y recibió una paliza, otra más. Blanca no supo nunca que pasó por su cabeza porque, sin pensarlo demasiado, cogió el calienta camas que estaba colgado de la pared y comenzó a darle golpes a aquella fiera que decía ser su marido. Después, la Policía comentó que podrían haber sido más de veinte, todos en el mismo sitio, los que causaron la muerte al hombre. Y a ella le costó pasar los siguientes diez años en una cárcel de mujeres. Aunque no se lo esperaba, fue allí donde Blanca encontró por fin un poco del cariño que siempre había añorado. Aquellas mujeres eran como ella, despojos humanos que habían sufrido desde nacer y a las que la vida había llevado, sin solución, cuesta abajo. Curiosamente en la cárcel aprendió mucho, algo que no había hecho en su infancia; le enseñaron a leer y escribir y a manejar los números y también a conocer a la gente, a comprender que hay buenos y malos y a veces es difícil distinguirlos. Cuando cumplió la condena volvió a la calle y esta vez estaba, por fin, sola. Recogió lo poco que le quedaba en la casa que había compartido con su marido. Pasó en ella el primer día de libertad y la última noche en el pueblo. Recorrió con mirada fría cada rincón de aquel lugar donde siempre había tenido miedo y empaquetó las cuatro cosas que le parecieron merecían que las llevara con ella. Para su sorpresa, guardado en el fondo de un pequeño cajón, oculto entre mantillas antiguas y guantes, encontró un medallón metido en una caja dorada y junto a él cuatro monedas también doradas, que pesaban mucho y que le parecieron preciosas, semejantes a la que formaba el colgante en su gruesa cadena. Jamás las había visto en vida de su marido. Metió todo aquello en una bolsa de tela, envolvió bien el paquete y lo guardó en la maleta. Por la mañana miró por última vez aquel lugar, no sintió nada, solo el deseo ardiente de huir de allí. Cerró la puerta y dejó la llave sobre el quicio de la misma. No pensaba volver, jamás, ni aunque estuviera muriéndose de hambre y frío. Cuando llegó a Madrid alquiló una habitación en una pensión cercana a la estación de tren y llamó al teléfono que una de sus compañeras le había dado en la cárcel. Pronto estuvo trabajando en la prostitución. Y aquello volvió a ser el infierno. Los hombres seguían siendo una pesadilla para ella y ahora la maltrataban de diferente manera, con sus exigencias y falta de sensibilidad. Cuando pensó que no podría soportarlo más, pues se sentía enferma, recordó que, escondido, tenía aquel medallón y que tal vez alguien le diera algo por él y podría dejar la calle por un tiempo. El hombre al que consultó por lo menos fue honrado con ella y le explicó que la medalla junto con las monedas eran muy antiguas, parecían mexicanas o de algún país de América y que debería tasarlas y catalogarlas para saber cual era su precio real. Pero que le parecía que eran de gran valor. Blanca, de pronto, miró aquellos objetos con otros ojos. Le dijo al joyero que tenía que pensarlo y se fue a la pensión. Se sentó en la cama, extendió el tesoro sobre ella y lo contempló mucho tiempo. - Tengo algo que es mío – se dijo – no soy tan pobre como pensaba, es bonito y antiguo y me pertenece y además parece que tiene un gran valor. -Y es mío – volvió a repetirse – me lo he ganado con creces. Aquel pensamiento la hizo sentirse mejor. Era suyo y no pensaba venderlo, decidió. Mientras lo tuviera ella sería una persona con algo que vale y eso le daba una seguridad que nunca había sentido. No era solo lo que pudieran valer aquellas monedas, sino saber que era algo preciado que tenía un mérito por su antigüedad y diseño y por el material con que estaban hechas, oro, según le dijo el experto. Ni siquiera se molestó en averiguar cual era el valor real de aquello, no le importó eso tanto como saber que era suyo y podría guardarlo. Jamás habló con nadie de ello. Cuando las cosas se ponían especialmente duras, saber que estaban escondidas en el fondo de una bolsa, en su armario, le devolvía la seguridad en sí misma. - Si me veo muy mal, en último caso, podré venderlas – se decía. Acabó casándose con el único hombre que se lo propuso. No le amaba, no conseguía amar a ninguno. Pero Pedro era bueno, solitario y triste y pensó que, al menos tendría una casa para vivir y compañía. No les fue del todo mal. A pesar de que eran ya maduros, tuvieron dos hijos y entonces fue cuando Blanca conoció el amor por primera vez en su vida. Se criaron bien, crecieron rápidamente, se fueron y ella y su marido se hicieron definitivamente mayores en una paz y serenidad llena de encuentros y desencuentros. Su vida era sencilla y rutinaria como muchas otras. Pedro era albañil y trabajador, así que el dinero nunca faltó en la casa y ella había sabido administrarlo. Sus reliquias seguían en su bolsa en el fondo del armario, bajo las ropas, escondidas en un rincón secreto. Nadie sabía que estaban allí, solo ella. Eran suyas. No deseaba compartirlas. Era lo único que era suyo de verdad. Cuando cumplió los 77 años Pedro decidió morirse. Fue una muerte sencilla, silenciosa y sin aviso. Discreta, como el había sido siempre. Y Blanca volvió a quedarse sola. No esperaba echarle en falta, pero durante mucho tiempo así fue. De vez en cuando y sin siquiera darse cuenta los recuerdos del pasado volvían a su mente, aquella soledad e indefensión de su infancia y el dolor y humillación de su juventud le parecían lejanos e irreales ahora. Vivía en una casita con jardín en un pueblo de la costa cercano a la ciudad, rodeada de otras casitas similares. Era feliz, se sentía en paz cuidando su jardín y cocinando para invitar a sus hijos y nietos. Charlaba con los vecinos, se reunía con conocidos en la casa del jubilado, jugaba a las cartas y de vez en cuando visitaba a alguno cuando enfermaba o no podía salir. Era una vida sencilla y gratificante. Y al anochecer se sentaba en su butaca y miraba, a través de los cristales, el cielo oscureciendo y las flores del jardín que se cerraban por la noche. No había olvidado nada de lo que había vivido, por el contrario, los recuerdos se hacían más presentes a medida que cumplía más años, pero ya no podía hacerle daño nada de todo aquello, pensaba que cada paso que había dado le había conducido a donde ahora estaba. Una de aquellas noches se quedó allí sentada, mirando a lo lejos, plácidamente, sin hacer ruido, como había hecho siempre, salvo aquel único día en que decidió revelarse. Y se quedó dormida. Y no despertó. Después del entierro y todos los pesados trámites, los hijos de Blanca hablaron sobre recoger aquella casa y ponerla a la venta. Lo fueron haciendo poco a poco y finalmente consiguieron que todo quedara limpio. Alguien, al poco tiempo, se enamoró de ella y la compró. Y así fue como quedaron ocultos en un hueco imperceptible, al fondo del armario empotrado, el medallón y las monedas antiguas, fieles reliquias que Blanca había atesorado secretamente, lo único que fue realmente suyo siempre. Su seguridad. Su secreto. |
|
LA CARROZA Bonifacio estaba en el medio de la calle hablando con varios vecinos del pueblo y con algunos veraneantes. Era por la tarde, a la hora de la anochecida, y el calor había actuado en Robles con gran intensidad a lo largo de todo el día. Bonifacio se dirigía a la gente para pedirles que colaboraran con el barrio para montar una carroza. La brisa se colaba por las callejas llenas de vehículos e iluminadas por farolas de luces blancas y daba un respiro, llegando hasta la plaza, en donde hacía un círculo, provocando que se movieran los arbustos de los jardines y los árboles de la huerta del tío Andrés. A lo lejos cantaban los primeros grillos, y en el ambiente olía a hierba seca y a canícula recién pasada. Robles era un pueblo montañés anclado en un valle. En el oscuro invierno no había coches y sólo permanecían abiertas cuatro casas mal contadas. Pero en verano se llenaba de gente que acudía a él en busca de sosiego y desconexión de la vida rutinaria del resto del año en la ciudad. La mayoría eran personas nacidas allí mismo, las cuales, impulsadas por la morriña, no dejaban pasar un estío sin acudir a su tierra. En agosto era cuando se celebraban las fiestas patronales de la localidad. Uno de los actos de los festejos eran las carrozas. Cada barrio confeccionaba una con esmero y dedicación. El tema era libre, pudiendo ser representado, por lo tanto, lo que se quisiera. En Robles, las carrozas, generalmente, las montaban en un remolque que luego era tirado por un tractor. Fueron varios los que se ofrecieron voluntarios para colaborar en la confección de la carroza del barrio. Bonifacio rondaba los setenta, era alto y cabezón. Su figura resaltaba por encima de la de los demás. Les dijo que lo que primero debían hacer era buscar en sus casas todo material que pudiese servir para representar cualquier cosa. El qué ya se les ocurriría. Las hermanas del tío Andrés, la Úrsula y la Antonia, buscaron en la cuadra, la cual sólo usaban para almacenar telares viejos. Entraron en ella con los mandiles puestos, nada más terminar de hacer la comida. Siempre la hacían a medias: un día una hacía el primer plato y la otra el segundo, y al otro al revés, y así. Su hermano estaba ya jubilado y se pasaba el día entero sentado en el pollo junto a la puerta del corral viendo pasar la gente. El Cigüeña buscó en el pajar, ya en desuso. Le llamaban así porque tenía las piernas muy largas y delgadas. Revolvió mucho hasta que consiguió encontrar algo. Consuelo anduvo examinando ropa antigua que tenía guardada en el desván. Lo hacía cada poco, desde que había muerto su marido. El Pincho husmeó en el sótano de la tasca sin que su hermano diera cuenta de nada. Le llamaban así porque siempre presumía de los pinchos que preparaba y que servía en su negocio. Por la tarde se hallaban en la plaza todos los voluntarios con Bonifacio. Éste les preguntó qué le habían traído. La Úrsula y la Antonia trajeron de la cuadra unos aperos de labranza, que eran una guadaña y un rastro, y además también aportaron unos cencerros. Consuelo llevó del desván camisas blancas y pantalones viejos y oscuros que habían sido de su marido y que había utilizado en el campo. El Cigüeña apareció con un carretillo de madera, en el cual había depositado una criba, un palo de horno y unas madreñas. El Pincho aportó un botijo y una tinaja. Bonifacio dijo que con todo eso lo mejor que podían representar en la carroza era una escena del campo. La harían en un carro de madera que guardaba en su corral. Iba a ser tirado por dos vacas de piel marrón que aún le quedaban. Llegó la velada señalada. Antes de comenzar cenaron juntos en la cocina de las hermanas del tío Andrés, con éste. Sentados en el escaño engulleron cecina, lomo, chorizo, pan de hogaza y queso goteante. Se montaron en el carro la Úrsula, la Antonia, el Pincho y el Cigüeña. Andando delante de las vacas iban Consuelo y Bonifacio. Todos estaban vestidos de campesinos. En la calleja que bajaba en pendiente a la plaza grande del pueblo no había luz. Los seis miraron al cielo. Estaba estrellado al máximo y la vía láctea, excelentemente visible, lo recorría de una punta a la otra. Cayó una estrella fugaz en el horizonte, detrás del pueblo. Ninguno dijo nada. Cuando entraron en la plaza –ésta sí, iluminada- la orquesta –la cual todos los años hacía de jurado- comunicó al gentío que no había más carrozas, que esa era la única. El viento movía las banderitas de diferentes países que cruzaban el sitio de un lado a otro. Comenzó la ruta, que consistía en dar dos vueltas a la plaza. Todos, pueblerinos y veraneantes, sonreían con complicidad a la carroza y sus representantes. Tenía los cencerros colgando en las esquinas y haciendo bastante ruido. Quienes iban montados estaban de la siguiente forma: el Pincho y el Cigüeña, sosteniendo la guadaña el primero y el rastro el segundo; la Úrsula y la Antonia, una con el botijo al lado del carretillo de madera y la otra sentada en una silla de mimbre junto a la tinaja y sosteniendo el palo de horno. Los que iban delante, caminando, Bonifacio y Consuelo, iban con madreñas, portando él un palo largo con el que dirigir a los pensativos y lentos rumiantes y ella una cacha. En el lateral de la carroza que daba al público había una sábana blanca en la que se podía leer, escrito con pintura negra: ROBLES. LO QUE FUIMOS. |
|
John Moore, Presente Polizón en un féretro ajeno. Tu risa sería una carcajada de huesos si pudieras oír cómo responden todos “¡Presente!” cuando el general bajito, boina roja y voz aflautada, clama “José Antonio Primo de Rivera” y reclama, por esa muerte que no es la tuya, el fruto y la semilla de otras muertes. Tus carcajadas desquician la losa de mármol, y los enterradores la atraen y la arrastran chirriando sobre el pavimento, la sujetan a las cabrias bajo la bóveda, que embrazan la piedra, la levantan, la depositan a un lado. El Caudillo cierra la mano y antes de que sus dedos se junten la palma se le llena con un puñado de la tierra que espolvorea tus restos y acude volando. Se retira el Caudillo y junto a la fosa regresa y forma la guardia de pantalón negro y camisa azul mahón, correaje y pistola al cinto. Dos enterradores se arriman al borde y tienen los cabos de las cuerdas, que descienden como serpientes, reptan por debajo del féretro y ascienden por el otro lado. Tus restos suben empujados por las sogas, que escurren pausadamente entre las manos que las sujetan. Y así, tus huesos dejan de gravitar sobre dos dinastías de reyes tan lejanos para ti como emperadores chinos y mogoles. La bandera rojinegra se descuelga del féretro y vuela en el aire hacia manos que la recogen y la pliegan. En el túmulo delante del crucero esperas a que el coro de Agustinos cante “Requiem aeternam dona eis, Domine” desde la Comunión hasta el Introito. Camisas Viejas, Palmas de Plata, Jerarquías y Dignidades toman a hombros la caja de ébano y desandan el pasillo hasta la puerta de la basílica. Franco te recibe y luego espera tu llegada, mientras el cortejo que te lleva cruza el patio de los Evangelistas y sale del monasterio. Banderas, Guiones, Estandartes y Emblemas se levantan altivos a tu paso, entre estruendo de campanas y salvas de artillería que aspiran el ruido y la nube de pólvora dentro del ánima de los cañones. Las filas prietas y firmes de batallones y centurias se relajan en posición de descanso. En los montes alrededor las hogueras fulguran, la ceniza mengua, la leña medra y por fin se apaga. Vuelan las escuadrillas militares en formación hacia atrás. Los generales y los diplomáticos suben de espaldas a sus coches y de espaldas emprenden el camino de vuelta a la capital, mientras a ti te desllevan a hombros camino de Galapagar, camino de la Universitaria, camino de Aranjuez, camino de Ocaña, camino de Albacete, La Roda, Villena, camino del mar del que viniste. Aunque ellos no saben que viniste del mar. Diez días. Cada diez kilómetros el cortejo se detiene. Doce hombres se desarriman de las andas y emplazan a otros doce. Un jefe se cuadra delante de otro jefe, grita “¡Presente!”, y el otro invoca el nombre del Ausente. Detrás delante del cortejo, dos cruces, dos curas, media docena de faroles con cirios, con sus monaguillos. A los lados, una escolta de camisas viejas, de soldados, de guardias civiles, con los fusiles apuntando al suelo, el brazo derecho sobre la cartuchera izquierda, y el paso cansino de las procesiones. Diez días. Durante diez días a la niebla de la tarde sucede el sol del mediodía, y al amanecer el aguazón de la madrugada. Los hachones de pino resinoso crecen prendidos de su llama durante la noche y se apagan cuando el sol nace por el oeste. En los cerros, las hogueras hacen eco a las antorchas. El polvo de los caminos se recoge en el aire y se asienta al paso del cortejo. En las plazas, las alfombras de flores vuelven a las manos de las mujeres en forma de ramos; se arrían las banderas; se desmontan los mástiles; los albañiles reponen las entabladuras de los arcos de ladrillo con el “José Antonio, ¡presente!”; los discursos se dicen y después se escriben y se piensan; las galanuras de los balcones se lucen y se desponen. Escupen la hierba las ovejas y las cabras en los barbechos y despoblados del camino; los pastores encaraman un brazo -es la moda-, el otro sujeta el palo -como siempre-. Al paso de los jirones podridos de tu carne, se levantan de las cunetas y las fosas los cuerpos de los rojos señalados por tu llegada. Crece la cabellera rapada de las esposas, las hijas, las viudas, las hermanas, las madres de todos aquellos que deben un paseo vengativo a los vencedores, y sus ropas se estiran, recomponen sus jirones, se desvanecen los moratones en su carne y olvidan las deshonrosas afrentas. Al décimo día llega el cortejo a la ciudad roja, señalada con el estigma de haber consentido el crimen, la muerte del Ausente. El séquito se engrosa, se alarga, se detiene delante de la casa prisión que lleva el nombre de ese hombre que no es el tuyo, y se dicen más discursos, más responsos, más himnos y voces rituales. Como un hormiguero revuelto, la población amontona las aceras, proclama su dolor y contrición manteniendo el brazo en alto hasta que duela. Los marineros se petrifican cara al puerto, las sirenas de los barcos enronquecen el aire, el cortejo entra en la catedral. Allí se desnuda el féretro y las andas del paño negro que los cubre; y el hilo de oro que borda el yugo y las flechas volverá a pasar por el ojo de las agujas y se bobinará en los carretes de tantas mujeres enterradas en vida para el culto de la muerte. Al día que precede el féretro retrocede hasta el cementerio en procesión de andas y se introduce en el nicho 513. Los cascotes y ladrillos se levantan del suelo, se ajustan entre sí, sellan el nicho. Una guardia permanente rota durante ocho meses, a la espera de que empiece la guerra, mientras las cárceles vomitan multitudes, las cunetas y los cementerios regurgitan muertos, y llega el día en que se abre el nicho nuevamente, el féretro desciende y vuelve junto a la fosa quinta, fila segunda, cuadro doce. Sacan tus huesos y te muestran putrefacto y descarnado como el odio. Miguel, el hermano del que tú no eres, atestigua y reconoce el crucifijo y las tres medallas encontrados en tu cuello. Desciendes al fondo de la fosa, y encima de ti se depositan los demás cuerpos, y encima la tierra que os entierra durante tres años, tierra que vuelve a hacerse carne, a rellenar los huesos, a dar vida a las larvas y gusanos que se extinguen. Hasta que llega el día en que los músculos rígidos se aflojan, la fosa se descubre, los cuerpos suben y vuelven a la mesa de mármol del depósito. El sepulturero se ríe de su propio acto de justicia: como si él creyera en la resurrección de los muertos. Cambia de cuello el crucifijo y las medallas. Piensa en lo que durará la guerra, su resultado probable, ahora que el Gobierno de la República ha abandonado Madrid: siempre ganan los mismos. “Se acabó la fiesta, Negro Yomá. Se acabó la fiesta para ti y para todos nosotros, hasta para el señorito fascista”, piensa recordando el buen pasar de aquel marinero negro, su alegría con un punto de altivez para no agacharse a recoger la moneda que la mala ostia de alguno le tiraba al suelo como un hueso a un perro. ¡Qué diferentes son el abrigo del señorito y el del Negro Yomá, y cuánto se parecerán así que pase algún tiempo! El sepulturero ha visto alguna vez a un príncipe filosofar en torno a una calavera monda. Contempla los seis cuerpos que tiene que enterrar este 20 de noviembre de 1936, con especial detenimiento en el señorito fascista repeinado hacía atrás, el hijo pendenciero de un general fanfarrón, y en el Negro Yomá, sucio y desgreñado, muerto de una borrachera mal dormida a la intemperie. Veinte años de fiesta, Negro Yomá. Veinte años tragando fuego y escupiendo gasolina a la botella para maravilla de la gente. Veinte años disfrutando del sol hospitalario, de la tierra hospitalaria, de las mujeres hospitalarias. Veinte años, y una lista de embarque para una tripulación embarrancada, en la que -ausente- no figura el polizón pinche de cocina que dice llamarse John Moore cuando lo descubren en la bodega del barco riendo a mandíbula batiente. En buena hora arde el Tiflis en el puerto de Alicante. En buena hora varaste en esta tierra que al final de tus días te ha dado un entierro de reyes, polizón John Moore, presente. |
|
|
|
El juego de ajedrez
El hombre entr en la tienda con una cmara de fotos colgada del hombro, ambos, el hombre y la mquina, semejaban dos antigedades ms entre todas las que all se exponan. l aparentaba algo ms de setenta aos, vesta pantaln de pana, camisa de cuadros y chaleco y calzaba unas gastadas botas de montaero. La cmara era de carrete, probablemente de mediados del siglo pasado.
El centro del local lo ocupaban dos maquinas de coser de pedal, una Singer y una Alfa, primorosamente decoradas; sobre un tosco mostrador de castao haba varias planchas a carbn, molinillos de caf a manivela, maquinas de escribir, faroles de queroseno, calderos de cobre, balanzas, diversos tipos de poleas y otros objetos de dudosa utilidad. Colgados por las paredes, se mostraban herramientas antiguas de labranza, yugos, rastrillos y relojes de pesas y pndulo entre otras reliquias.
Detrs del mostrador haba una mujer. Tena la mirada fija en el recin llegado, que en aquel momento estaba enfocando con su vieja cmara una de las maquinas de coser. El flash relampague y los tres o cuatro clientes del local se volvieron tambin a mirarle. Despus de hacer la foto, se acerc al mostrador y se fij en la mujer por primera vez, reprimi un gesto de sorpresa y permaneci dubitativo un instante, antes de dirigirse a ella:
-Perdone, su cara me recuerda a alguien que conoc hace muchos aos –dijo.
-Ay, pues yo no recuerdo haberle visto antes –dijo la mujer, retomando su tarea de sacarle brillo a un candelabro de bronce.
-Te llamas Luca? –inquiri l.
-S, ese es mi nombre –dijo ella poniendo cara de extraeza.
-Yo me llamo Rafael.
Luca alz la cabeza y le mir detenidamente.
-Rafael –susurr acercndose-. Conoc a un chico, que se llamaba Rafael, pero de eso hace muchsimos aos. No puedes ser t.
-Cuantos aos hace de eso? Cincuenta?
-S, ms o menos
-Yo tena veintids. Tus padres y t montasteis en mi pueblo una tmbola durante las fiestas patronales, pero lo que ms me impresion fue que llegasteis en una autocaravana, la primera que vi en mi vida.
-bamos con una tmbola, es cierto Cmo me has reconocido?
-No has cambiado mucho. Sigues siendo aquella jovencita de diecisis o diecisiete aos, de la que me enamor sin solucin, slo que ahora se te ve un poco ms seria y con el pelo un poco ms corto. Pero tambin me ayud a reconocerte esa manchita que tienes en el brazo izquierdo. Me dijiste que habas nacido con ella a causa de un antojo que tuvo tu madre durante el embarazo.
-Es verdad!Dios mo, cincuenta aos! Esto hay que celebrarlo. Qu tal si vamos a tomar un caf?
-Ser un placer.
Luca dej a una empleada a cargo de la tienda y se dirigi con Rafael a una cafetera cercana.
-Bueno, cuntame algo de tu vida –dijo l, mientras esperaban que les sirvieran.
-Estoy separada desde hace quince aos, tengo una hija, pero no quiso darme nietos. La tienda es suya, pero hoy est de viaje y me dej al cargo. Y t, qu tal?
-Yo nunca me cas. Me pas toda mi vida aorndote, con aquella figura que me regalaste el da que nos despedimos colgada de mi cuello.
-La recuerdo muy bien, era un elefante.
-Un elefante con una torre sobre su lomo. Es una pieza de ajedrez de origen persa, que tiene unos cuantos siglos de existencia. Supongo que te dars cuenta de lo que eso significa.
-S, que es una reliquia.
-En alguna parte del mundo hay un juego de ajedrez antiqusimo al que le falta esa pieza.
-Es posible. Pero luego hablaremos del ajedrez, ahora dime, que haces aqu en Madrid?
-Hace cuatro o cinco aos decid que ya estaba harto de vivir siempre en el mismo sitio y me dio la mana de viajar, sin ton ni son, en una autocaravana parecida a aquella en la que t llegaste a mi pueblo. Ahora pienso que en realidad te estaba buscando.
-Vaya!, y ahora que me has encontrado, qu piensas hacer?
-Quedarme aqu para intentar conquistarte. Lo malo es que estoy desentrenado; ya no me acuerdo qu armas se necesitan para conquistar a una mujer.
-Vers, el primer paso es decirle que no aparenta los aos que tiene y t eso ya me lo has dicho; has empezado bien.
-Me gustara invitarte a cenar, en algn sitio tranquilo, romntico...
-Vale. Hay un restaurante aqu, al final de esta calle. Es un sitio estupendo, se llama La Oca.
-Perfecto.
-Siento dejarte, pero tengo que volver a la tienda.
-Te acompao.
Se encontraron en el restaurante a las nueve. Rafael lleg ataviado con un traje que le quedaba algo justo, Luca con un precioso vestido de noche.
-As que andas buscando un juego de ajedrez? –pregunt ella mientras esperaban el postre.
-En realidad el ajedrez me importa un comino. Te habl de esa pieza porque es un regalo que t me hiciste hace medio siglo. Ella me empuj a entrar hoy en tu tienda por si el azar quera que encontrase otras piezas de la misma coleccin y te encontr a ti. Gracias a ella te encontr.
-Quiz yo pueda darte noticias de ese juego que buscas.
-Sabes quin lo tiene?
-Lo tengo yo. Hace un par de meses recib la visita de un anticuario. Me cont que en mil novecientos cincuenta, mi padre le haba comprado al suyo un antiqusimo juego de ajedrez, del que nunca lleg a desprenderse a pesar de que le ofrecieron mucho dinero por l. Siendo yo su nica heredera, el anticuario dedujo que el juego seguira en mi poder. Le dije que no tena ni idea de qu me estaba hablando. Me lo describi y me pidi encarecidamente que lo buscara y le llamara si lo encontraba, pues era un juego muy valioso por su antigedad y que como tal me lo pagaran. Lo encontr en una maleta entre libros viejos, pero le falta la pieza que te regal a ti y, cuando el hombre me llam por telfono, le dije que no lo tena, que probablemente lo habra perdido. El anticuario me dej su direccin por si lo encontraba que le avisase. Me dijo que su cliente era un hombre muy rico y que si el juego era el que buscaba quiz pudiramos sacarle una buena tajada. Le pregunt, cunto ms o menos y me dijo que quiz dos cientos mil, dlares, por supuesto.
-Cien mil para cada uno. No est mal, aunque sean dlares.
-Intuyo que a m, ese dinero, slo me traera quebraderos de cabeza. Oh!, creo que he tomado demasiado vino. Voy a tener problemas para llegar a casa.
-Si me lo permites yo te acompaar.
-Vale. Me coger de tu brazo.
Salieron abrazados del restaurante y se mezclaron con la gente de la calle:
-Qu lindo, viajar por todo el pas en una autocaravana! –exclam ella, de pronto-. Ojal yo pudiera hacerlo!
-Vente conmigo.
-Contigo? Lo dices en serio?
-Totalmente en serio.
-Sera una locura.
-Por qu?
-No s pero... as de golpe... Bueno, ya hemos llegado. Sube conmigo, te invito a un caf.
La puerta no estaba cerrada con llave. Haba gente dentro y estaba poniendo el apartamento patas arriba, en la habitacin de Luca encontraron a dos hombres que ni se inmutaron al verles llegar. El ms joven estaba sacando ropa del armario y dejndola en el suelo; los cajones estaban todos abiertos. Luca se solt del brazo de Rafael y exclam:
-Jorge! Qu haces? Qu est pasando aqu?
-No pasa nada, suegra, slo estamos buscando el juego de ajedrez. Este seor quiere verlo para hacernos una oferta por l y como no contestabas al mvil...
Mientras hablaba, Jorge segua con su faena. De pronto se alz con una caja de madera de cedro en las manos.
-Aqu esta!! –grit con los ojos desorbitados por el jbilo.
-Era necesario pisotear mis cosas de este modo? –grit Luca temblando de ira. Rafael adelant un paso e intent arrebatarle la caja a Jorge, pero ste, de un empujn lo sent en el suelo
Luca le ayud a levantarse y le arrastr fuera del piso.
-Llvame a tu caravana –le dijo.
-Llamemos a la polica.
-No. Mi yerno es un desgraciado, hijo de puta, pero no voy a denunciarle por esto. Vamos!
-Lo que est haciendo es un delito.
-No quiero saber la que puede liar cuando vea que el juego est incompleto.
-Yo tengo la pieza que les falta y podramos llegar a un acuerdo.
-Ni se te ocurra! La pieza que les falta nunca la tendrn!
Aquella noche Luca durmi con Rafael en su caravana, pero antes llor en sus brazos, contndole lo estpida que era su hija y lo sinvergenza que era su yerno.
Al amanecer los dos emprendieron viaje hacia los pueblos del sur.
|
|
EL OSARIO Llevaba viviendo en aquel monasterio más de medio siglo. En todo ese tiempo le había tocado vivir todo tipo de acontecimientos, unos alegres, otros tristes y la mayoría anodinos e intrascendentes. Así era la vida de un monje benedictino. Entrega al Señor y abandono de los placeres mundanos. Pero todo estaba cambiando; escaseaban los novicios y sobre todo, escaseaba la voluntad de orar por los pecados del mundo, pilar fundamental de la vocación de todo benedictino que se preciara. Como todo en la vida, la degeneración no sólo corroía los espíritus de los hombres, volubles y débiles por naturaleza, si no que se cebaba en los muros y cimientos de la que había sido su casa durante toda la vida. El monasterio se caía; aquello era algo evidente. Cada día, al caer la tarde, el fraile emprendía el camino y atravesaba un portillo lateral que le conducía, ladera abajo, hasta el discurrir sereno de un arroyo flanqueado de alisos y sauces llorones. Allí se remangaba el hábito y metía los pies en el agua fresca. La corriente parecía entonar una cantarina melodía entre las rocas verdosas que afloraban del lecho. Aquí y allá los sentidos le ayudaban a intuir la estela plateada de alguna trucha escurridiza. —Cada vez vienen menos. –Suspiró mientras intentaba encontrar el cielo a través de las copas de los árboles. — ¿Qué quieres que te diga? Para mí que esto se acaba. Pronto seremos cuatro gatos. El monasterio se derrumba, ¿has visto la techumbre de la iglesia? No creo que soporte otro invierno; con la próxima nevada se vendrá abajo, y entonces ¿dónde celebraremos los oficios diarios? El obispado nos obligará a marcharnos. Cada día se dejaba llevar por la misma rutina. Intentaba que el cielo le bendijera con algún tipo de inspiración divina; una solución que le ayudara a prolongar la agonía de la pequeña comunidad benedictina. Ni siquiera el hecho de estar ubicado en un punto estratégico en la ruta jacobea había servido para superar aquel tremendo bache. Otros conventos, otras órdenes, gozaban del favor del Obispo. Figuraban en conocidas guías turísticas, recibían a cientos de peregrinos cada día. Mientras tanto él y el puñado de frailes que convivía con él, se tenían que conformar con las migajas. De vez en cuando algún despistado aparecía por allí, sacaba algunas fotos, descansaba, comía y se marchaba sin más. —Debe haber alguna forma. No puedes dejar que desaparezcamos sin más. –Murmuraba mientras regresaba de nuevo al cobijo que le ofrecían los muros del monasterio. —Todo está en el plan de Dios, hermano. –El obispo lo tenía claro. Si el se derrumbaba, si la comunidad desaparecía y se veía obligada a esparcirse por el mundo, era voluntad del Señor. —Piense en los apóstoles de Jesús, hermano. Él les encomendó salir al mundo y predicar Su Palabra. ¿Hay misión más hermosa, hermano? –El fraile no lo tenía claro. Más aún cuando el obispo le hablaba desde detrás de su elegante escritorio —aquello debía ser nogal— mientras entrecruzaba sus largos y crispados dedos. La presencia del fraile empezaba a incomodarle. —Reflexione sobre lo que acabo de decirle. No pretenda ser un Quijote. No se trata de empeñarse contra molinos de viento, hermano. Se trata de la voluntad de Dios. El fraile abandono el obispado cabizbajo, triste y convencido de que no había nada que hacer. Se dirigió a la estación de autobuses de la ciudad y aguardó sentado en un bando durante dos horas; el tiempo que tardó en llegar el último autocar que paraba en el pueblo. Después le esperaban un par de horas a pie a lo largo de una carretera secundaria. Pretendía disfrutar de aquel paseo; tal vez fuera la última vez que lo pudiera hacer. Pasaron algunos días hasta que por fin se decidió a reunir a sus escasos hermanos. La noticia no era agradable; la mayoría eran mayores, algunos octogenarios que no tenían a donde ir. ¿Qué iba a suceder con ellos? ¿De que forma podría cambiar su destino? La noticia fue acogida con serenidad y resignación. Por todos menos por el fraile; pasaron varios días hasta que la inspiración, que con tanta ansiedad parecía buscar, apareció de la forma más extraña. —El osario. –Confesó finalmente, después de pensárselo mucho. — ¿Cómo…? –Su interlocutor no daba crédito. —Como lo está oyendo, hermano. El osario es la solución, pero antes es necesario que el Señor nos eche una mano. Aquella noche, aprovechando la oscuridad de una noche sin luna, cuando el resto de los hermanos descansaba en sus celdas, los dos frailes se deslizaron a través de los pasillos hasta el patio. Hacía frío, no obstante, la emoción del momento les mantenía a tono. Treparon por un montón de escombros apilados contra uno de los muros laterales de la iglesia. A través de ellos alcanzaron la techumbre. Las tejas estaban muy deterioradas y el musgo se había apoderado de los canalones. En una de las vertientes del tejado a dos aguas, el techo se había derrumbado por completo. Hacía tiempo ya que los frailes no podían ocupar aquella parte del oratorio. —Ayúdame. –Espetó a su compañero, al tiempo que se aferraba con las manos a una viga suelta. —Si conseguimos moverla lo suficiente, el tejado se vendrá abajo por completo. Esta parte del tejado está justo encima del osario… —Todavía no sé que es lo que pretendes. –El fraile sonrió con malicia. La luz de la luna bañó la escena por un instante, justo en el momento en que un feo nubarrón dejaba al descubierto su luminosa faz. Entre los dos frailes consiguieron por fin mover la viga; el techo se derrumbó en medio de un tremendo estrépito… Los frailes de la comunidad se precipitaron al patio llenos de inquietud. — ¡Qué ha ocurrido! ¡Dios mío, la iglesia! El fraile decidió esperar a que se hiciera de día antes de iniciar la segunda fase de su plan para salvar el monasterio. Al amanecer reunió a sus hermanos y les habló con toda la vehemencia que pudo. — ¡Hermanos, Dios ha querido que en el día de hoy iniciemos la reconstrucción de nuestra iglesia! ¡Nuestra comunidad resurgirá a partir de estos escombros! –Los hermanos se miraron unos a otros con gran extrañeza. ¿Cómo pretendía aquel loco, aquel visionario, que un puñado de viejos levantara un templo con sus propias manos? —Eso no será necesario. Tengo un plan, pero para llevarlo a cabo necesito que juréis por Nuestro Señor que os llevaréis el secreto a la tumba. Los frailes se juramentaron junto a su hermano y este les desveló el astuto plan que había tomado forma en su cerebro. Con sus propias manos removieron cascotes y vigas hasta llegar hasta el suelo de lo que había sido el oratorio de la iglesia. La losa de mármol que cubría la entrada al osario se había derrumbado bajo el peso de los escombros. Una gran oquedad había quedado al descubierto. —Vamos, seguidme. –Varios frailes, los más avezados, siguieron a su hermano al interior del osario. El interior estaba completamente a oscuras, tan sólo la luz que penetraba a través de la oquedad dejaba entrever lo más profundo. — ¡Aquí está…! Exclamó. El fraile tomó entre sus manos una de las calaveras que asomaban de la pared. —Os presento a Santiago El Menor. — ¿Cómoooo…? –Los hermanos se llevaron las manos a la cabeza. — ¿Quién se va a creer eso? El obispo nos hará excomulgar, nos obligarán a dejar la comunidad. ¿Qué haremos? —Nada de eso pasará. Hacedme caso y todos nuestros problemas se verán resueltos. El obispo se quedó patidifuso. Primero pensó que debía arrojar a la calle a aquel fraile insensato. Después, poco a poco, una idea brillante, mucho más que la del avezado monje, se fue abriendo paso en su cerebro. —Hermano, hermano… puede que el Señor te haya iluminado, ofreciéndote… ofreciéndonos una solución a nuestro problema. Al cabo de dos meses el primer cargamento de materiales de construcción ascendió por el camino secundario que conducía al monasterio. Habían llegado obreros desde todos los puntos de la provincia. Los había de todas las nacionalidades; incluso para su sorpresa, de todas las religiones… El futuro del monasterio estaba salvado, pronto aquel camino se llenaría de peregrinos deseosos de rezar ante la sagrada reliquia… Los restos de Santiago el Menor habían estado descansando, ajenos a la vorágine del tiempo y de la curiosidad de los hombres, bajo el suelo de aquel humilde monasterio. Un nuevo tiempo se avecinaba sobre la pequeña comunidad. El fraile atravesó el pequeño portillo y saludó a los dos obreros que estaban afanados en repellar aquel sector de la pared. —Buenos días, hermano. –Saludaron los dos al unísono. El arroyo bajaba igual de claro que siempre, la estela plateada de las truchas continuaba allí… pero había algo que no era como siempre. La luz penetraba entre el ramaje heterogéneo de sauces y alisos, formando un entramado de luz sobre la cabeza del fraile. Era como si Dios quisiera derramar su bendición sobre él. —Gracias, Señor. –Musitó a modo de oración. |
|
LA PEZUÑA DE SATANÁS "Entretanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente de ambiciosas imaginaciones, extiende su raudo vuelo y explora el solitario camino que conduce a las puertas del infierno. Toma unas veces la derecha, otras la opuesta mano; ya se desliza con iguales alas por la superficie del abismo, ya se eleva cual torre aérea hacia la ardiente concavidad del firmamento." John Milton. El paraíso perdido. Su recuerdo me persigue día y noche desde hace más de diez años. Quizás porque el Doctor Ayuso fue mi mentor durante mis años de estudiante. Tal vez porque su repentina desaparición nos dejó a todos huérfanos y en la inopia más absoluta. Como ya he dicho, todo empezó hace unos diez años. Yo formaba parte de un grupo de estudiantes de Paleontología. Por aquel entonces estaba enamorado de Susana Borodio, una chica argentina que me enseñó la venalidad del sexo y el mate. Habíamos pasado unas semanas estudiando los primeros vestigios encontrados en el incipiente yacimiento de Atapuerca. El Doctor Ayuso era uno de los mayores expertos en el estudio del desarrollo y el origen de la vida humana en la Tierra; no en balde se le había encargado un primer proyecto de investigación, basado en el hallazgo de depósitos de restos óseos en distintas formaciones rocosas de la zona. Pero lo que ninguno de nosotros podía suponer era la naturaleza verdadera de aquel viaje. Ninguno de nosotros podía suponer que jamás volveríamos a ver con vida al Doctor Ayuso. — ¿Dónde reside la espiritualidad del ser humano? –Todos, sentados sobre la hierba y alrededor del viejo doctor, nos miramos atónitos. La pregunta en sí encerraba matices que no estábamos preparados para descifrar. —En Atapuerca hemos descubierto restos fósiles que posiblemente arrojen luz sobre la mayoría de las cuestiones que, aún hoy, permanecen veladas por el intrépido tránsito de la Humanidad. Ahora estáis a punto de descubrir una de mis mayores frustraciones como científico. ¿Por qué ahora? Sencillo. Mañana estaré muerto. Estupefactos ante el anuncio de su propia e inminente muerte y esperando las razones que el Doctor Ayuso tenía para suponerla, permanecimos en silencio. —Nunca he podido encontrar un alumno que estuviera dispuesto a investigar los hechos de los fui testigo hace más de dos décadas, en este mismo lugar. -Todos miramos alrededor. Estábamos situados en una campa algo elevada; a la derecha un rebaño de vacas rumiaba con indiferencia, a la izquierda, descendiendo con suavidad, se desparramaban las casas de un pequeño pueblo riojano. —No, no busquéis con la mirada lo que tan sólo podríais ver con los ojos del corazón. -Las palabras del Doctor Ayuso contribuyeron a aumentar nuestra confusión. ¿A qué se refería? ¿Qué extraño suceso contemplaron sus ojos? ¿Cuáles eran los indicios que ansiaba investigar? Yo, que me vanagloriaba de ser su alumno favorito, jamás tuve ocasión de oír de su boca nada semejante antes de aquel día. —Está aquí, justo aquí. -El Doctor Ayuso sonrió por primera vez desde que pusiera los pies en aquel lugar, el cual parecía ejercer sobre él algún tipo de fascinación. — ¿Cuántos de vosotros creéis en Dios? –Todos nos miramos extrañados. — ¿Dónde reside la espiritualidad del hombre? –Recordé mi infancia entre los jesuitas de San Estanislao. Me sorprendí al descubrir en mi memoria rostros sin faz; togas negras que se desplazaban como fantasmas a lo largo de pasillos inhóspitos y sin fin. El doctor se incorporó; hasta entonces se encontraba sentado sobre un roquedo de piedra caliza. Al hacerlo señaló con el dedo una misteriosa hendidura en la piedra. —Justo aquí. —Repitió de nuevo. Con precaución nos fuimos aproximando al lugar que señalaba. Se trataba de una especie de muesca en la piedra, una doble herida cubierta de musgo amarillo y esponjoso. —Aquí tenéis el origen de la Pezuña de Satanás. —Algunos rieron nerviosos. Yo, simplemente, acerqué mis dedos a la hendidura, como si de este modo pudiera descubrir por mí mismo algún tipo de enigma oculto en la naturaleza misma de la roca. —Pero... ¿qué tiene que ver esto con lo que nos está contando? —Me atreví a preguntar con ingenuidad. —Querido Sergio, tiene mucho que ver. En realidad es la razón por la que estamos aquí. -Recuerdo que el Doctor Ayuso esgrimió una sonrisa pícara, como si el mensaje de sus palabras estuviera dirigido a mí y sólo a mí. Durante el resto de la jornada pasamos por alto el episodio de la dichosa piedra, aunque yo no puede apartar mis pensamientos de ella en ningún momento. Pasamos el día en el pueblo. A mediodía nos sentamos en los veladores de un pequeño bar; el tacto rugoso del mármol gastado me devolvió la tranquilidad, tanto como la alegre conversación de Susana, cuya proximidad se hacía cada vez más cálida. —Vamos a la iglesia. —Anunció el Doctor Ayuso. Todavía no eran las ocho de la tarde cuando la campana llamó a misa diaria. El sonido revocó en las paredes de mi memoria con fiereza. —Hay algo que quiero que veáis. —Dijo intentando estimular nuestra curiosidad. El padre Claudio nos recibió en los soportales de la ermita. A primera vista era un hombre sencillo; vestía una humilde saya de tela gris, que sujetaba a su escuálida cintura con una soga de esparto. No se parecía en nada a los espectros de toga negra que habitaban en mi memoria. El cura parecía sorprendido por semejante avalancha de fieles, de aspecto tan dispar a lo que estaba acostumbrado. -—Padre Claudio, ¿no me recuerda? —Preguntó el Doctor Ayuso adelantándose al grupo. El cura frunció el ceño. O no recordaba, o la presencia del doctor no le era del todo agradable. —Claro que le recuerdo. —Sentenció con frialdad. — ¿Qué se le ofrece? ¿Viene usted a oír misa de ocho? —Interrogó. —No, padre, no. Me preguntaba si podría mostrar a usted a mis alumnos la reliquia que guarda en el altar mayor de su ermita. Ya sabe, aquellos fósiles que... —Se refiere usted a la Pezuña de Satán, ¿verdad? —Estaba claro que aquellos dos se conocían de largo y que su relación no era precisamente cordial. —Sí. —En aquel momento lo tuve claro. El padre Claudio y mi mentor se miraban extrañamente; el clérigo clavaba una mirada incendiaria en el Doctor Ayuso, mientras que este último le observaba con un particular brillo en los ojos. —En este momento no es posible.... —Se disculpó el padre Claudio. —Vamos, sólo un vistazo. ¿Va a permitir que este puñado de muchachos se marche del pueblo sin echar una ojeada a una de las más espectaculares reliquias de la cristiandad? —A ninguno de nosotros nos pasó por alto el tono socarrón de sus palabras. Sin embargo parecieron tener el efecto deseado. —De acuerdo. Sea. El oratorio era un pasillo estrecho que tan sólo recibía un tenue hilo de luz. Las vidrieras que jalonaban los laterales filtraban algo parecido a un arco iris difuminado, el cual confluía en un punto central, a medio camino del altar. Las famosas reliquias se encontraban depositadas en una urna de tamaño mediano, situada en un pedestal a la derecha del altar. A simple vista cualquiera hubiera visto la similitud de aquel objeto con la pezuña de una vaca, o en su defecto de un bóvido de gran tamaño. Tenia todas las características para ser clasificado como un fósil animal; probablemente un ungulado de pezuña hendida... un rumiante, casi con toda seguridad... ¿una cabra? —No, definitivamente no. —Manifestó el Doctor Ayuso, mientras observaba con aire risueño la capa de espuma de su jarra de cerveza. Reparé en que nunca antes le había visto bebiendo alcohol. —Se trata de algún tipo de bóvido de gran tamaño, posiblemente el predecesor del toro... o algo así. Jamás lo puede determinar... por culpa del padre Claudio. —La historia comenzaba a ponerse interesante. La mayoría habíamos conversado durante toda la jornada acerca de la extraña relación entre el cura y el profesor. Algunos habían hecho apuestas. Yo me había limitado a moderar el tono de las discusiones. No todo el mundo apreciaba al Doctor Ayuso. —Por aquel entonces, me remonto a unos veinte años atrás, este pueblo era una pequeña aldea que comenzaba a despuntar gracias a la incipiente industria vinatera de la región. Pero era sólo eso, un pueblo. Durante unas jornadas de estudio en la zona, buscando fósiles del Pleistoceno, recalamos aquí. Fue una noche de tormenta seca, como dicen por aquí; ni una gota de agua y mucho aparato eléctrico. Seguramente alguno de vosotros sabrá que el relieve kárstico suele atraer este tipo de fenómenos atmosféricos. Es algo relativamente normal. Al día siguiente, cuando reiniciamos nuestros trabajos en los alrededores, tuve la fortuna de hallar unos restos fósiles poco comunes. Se trataba de lo que parecían las pezuñas de un animal, las cuales habían quedado al aire después de que un rayo impactara con un roquedo. Sin embargo, varias personas del pueblo, entre ellas el padre Claudio -al que ya conocéis- se empeñaron en denunciar que aquello era una muestra inequívoca de la lucha entre Dios y el Diablo, y que en aquel lugar se había producido la derrota definitiva del Mal. Los restos fósiles que encontré fueron reclamados como reliquia por el obispado de Logroño. Nadie se opuso y yo tuve que conformarme con ver como mi hallazgo quedaba expuesto en la ermita del pueblo. Por cierto, no tiene demasiados adeptos... se ve que Satanás, derrotado o no, no despierta demasiado interés. Aquella noche me proponía hacer el amor con Susana. Cuando estaba a punto de consumar mis planes, un gran estruendo procedente de la plaza del pueblo me interrumpió. Salí a la calle a tiempo de ver como el Doctor Ayuso corría desaforado hacia las afueras. Fue la última vez que le ví; algunos restos de sus ropas, incluidos sus zapatos, aparecieron a los varios días junto a la entrada de una profunda sima a la que los vecinos llamaban: “La gruta del Diablo”. Quizás por eso estoy hoy aquí, sentado frente a la boca de la sima, dispuesto a desvelar el secreto del Doctor Ayuso y preguntándome si quizá mañana también yo estaré muerto. |
|
Ewan y Weena –¿Cuánto tiempo nos queda? Ewan y Weena, los tripulantes de la nave espacial, se hallaban sentados frente a la pantalla del ordenador central del puesto de mando. Un choque inesperado con un meteorito, al abandonar el hiperespacio, les había llevado a aquella delicada situación. –Weena... “Diámetro: 14.4x10E6 m –¡Dios mío, Weena! ¡Parece un gemelo de nuestra Tierra! El aterrizaje fue muy sencillo. Posaron la nave con suavidad en una superficie plana circular de unos doscientos metros de diámetro, rodeada de frondosos bosques. Estabilizados los cuatro soportes que les anclaban al terreno, subieron de nuevo a la nave. El sistema de telecomunicación seguía sin responder. Seguramente, cuando lograsen un nivel de carga suficiente en las baterías, podrían restablecer las comunicaciones con la base de operaciones e incluso con la propia Tierra. Pasaron la noche durmiendo profundamente. Después de haber estado al borde de la muerte, su situación actual les permitió algo que hacía días no lograban. Relajarse y, despreocupados, descansar plácidamente durante unas horas.
Cuando Ewan despertó notó que le dolía mucho la cabeza. Se llevó la mano derecha al cinto en busca de su arma. No la llevaba. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? Una débil luz azulada, que venía de un punto situado unos metros por encima, le permitió distinguir que había estado acostado en una plataforma rectangular unida a la pared. Se puso en pie y palpó las extrañas ropas que lo cubrían. Un ajustada pero ligera prenda de un material flexible y suave, que le cubría por completo y dejaba libres cuello y cabeza, y manos y pies. ¿Qué le habría ocurrido a Weena? Cuando aquellas mujeres penetraron en la nave, sin darles tiempo a explicarse les habían disparado con algún tipo de rayo paralizante. Weena había caído de bruces y dos de las asaltantes, sin aparente esfuerzo, la levantaron del suelo y se la llevaron por la escotilla inferior de la bodega. Nada pudo hacer para ayudarla. Él quedó apoyado en la pared, viendo como aquellas extrañas guerreras se le aproximaban. Una, que parecía comandar el grupo, le había mirado fijamente. Recordó como sus ojos, grandes y extraordinarios, le observaban con curiosidad mientras apoyaba en su pecho un voluminoso anillo que llevaba en la mano izquierda. Aquello produjo una dolorosa descarga que le había hecho perder el sentido. Su vista se acostumbró pronto a la penumbra. Vio que estaba en un lugar cerrado. En lo alto un techo abovedado, en cuyo centro brillaba la mortecina luz azul. Le rodeaba una pared curva, formando como un semicírculo, y la sala quedaba cerrada por otra pared, plana, que unía sus extremos. Dos sillas y una mesa, y aquella plataforma adosada a la pared sobre la que había despertado, eran todo el mobiliario de aquel lugar. De pronto todo se llenó de luz, una luz viva e intensa que procedía del otro lado de la pared semicircular, que resultó ser de un grueso material transparente, como metacrilato. A su través, vio que aquella celda estaba en el interior de una vastísima sala y que no era la única. En efecto, a derecha e izquierda le pareció ver numerosas estructuras como aquella que le encerraba. En su interior vio extraños seres vivos, animales de especies desconocidas para él. –¡Ewan! Se volvió sobresaltado. Weena acababa de aparecer por una puerta que se había abierto a su espalda. Vestía un uniforme como el de las guerrilleras y se la veía bien. Pálida y algo nerviosa, pero sana y salva. –¡Weena! ¿Que te han hecho? ¿Por qué te has vestido así? Se sentaron en las dos sillas, frente a frente. Ewan alargó la mano para tomar la de Weena. Ewan miró con incredulidad a Weena. ¿Había perdido el juicio? –En este planeta, como pasó en el nuestro, los humanos evolucionaron a partir de unos simios. Los machos y las hembras se diferenciaron poco a poco, de acuerdo con las tareas que asumieron en las tribus. Los hombres cazaban y guerreaban y las mujeres cuidaban de los hijos y del poblado, cocinaban y confeccionaban pieles para vestir. Ello hizo que físicamente ellos fuesen progresivamente más fuertes que ellas. Y como ocurrió allá en la Tierra, con el paso del tiempo los hombres, desde su posición de seres más fuertes comenzaron a considerar a las mujeres como seres inferiores. Y las explotaron y maltrataron, las esclavizaron y las consideraron meros objetos de su propiedad. La poligamia fue algo natural y consentido, así como el adulterio masculino. En cambio, cualquier sospecha de infidelidad en ellas se castigaba con la muerte. Weena calló y miró fijamente a Ewan, que la contemplaba con expresión de asombro e incredulidad. Estaba claro que aquello era demasiado para asimilarlo de golpe. Dejó que el pobre muchacho reflexionase en silencio unos minutos. Cuando vio que parecía aceptar la situación le dijo algo más. –He logrado convencer a la directora de esta institución para que te colocasen aquí. Eres un ejemplar único de algo que daban por extinguido. Ewan estaba anonadado. Miraba en silencio a su alrededor y pensaba que aquello no podía ser real. Era una pesadilla. Una increíble y odiosa pesadilla. Tuvo una idea. Él seguía vivo. No le habían matado. –Pero Weena... si todo eso es cierto, ¿por qué sigo con vida? –Ya te lo he dicho, eres un ejemplar único. El último representante de una forma de vida extinguida. Una reliquia del pasado. Como tal estás en este lugar, un moderno museo de zoología. Aquí podrán visitarte con sus hijas los fines de semana, y señalarte como uno de aquellos enemigos a los que vencieron en el pasado. |