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Y hablando de negritas, me viene a la cabeza... ¿hay algo en bubok en contra de las cursivas? Supongo que no les gusta que se tuerza nada, porque es imposible poner algo en cursiva. Lo que sugiere Jaume de un foro en miarroba me parece una buena idea, yo he trabajado en allí y la verdad es que es cómodo y funciona infinitamente mejor que esto. Lo malo es que allí nos "encerramos". ¿Habíes mirado las sugerencias de Elcubo? Les echaré un vistazo. |
| Gracias, David, por poner esos enlaces. Creo que son prometedores. Deberíais echarles un vistazo y valorar la posibilidad de integrarnos en una web más acogedora. No creo que tengamos ganas de crear un grupo de la nada, pero sí hacer esa integración en algún grupo en marcha que ofrezca buenas condiciones de participación. |
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Hola de nuevo por estos andurriales de huelgas subversivas. Veo que empezamos a ser bastantes los que protestamos, pero todos pertenecemos al grupo de los concursos, lo cual me hace sospechar que algo no cuadra en esta huelga. ¿Que no la han iniciado los sindicatos? Pudiera ser, como son los que mandan hasta en el infierno, no me extrañaría. Pero, como mi cabeza nunca deja de dar vueltas y jamás me rindo ante nada (Debí haber nacido en Cabezón de la Sal) pues he pensado que. Mejor os lo dejo escrito y vosotros decidís si os parece una idea interesante. Este es el tema, pero tomadlo con tranquilidad que va de largo: PROPUESTA A TODOS LOS ESCRITORES QUE PARTICIPAN Y EDITAN EN BUBOK He pasado muchas horas pensando, investigando y, ahora, montando una idea sobre Literatura y escritores. He observado que, a lo largo de muchos años de la historia de España, los escritores, cada cierto tiempo, se hicieron oír y, por tanto, leer, por el resto de los mortales, los lectores que todos buscamos con nuestras obras. Pero aquellos escritores de antaño, a diferencia que nosotros, y con muchos menos medios a su alcance, buscaron soluciones para que sus voces y sus libros volviesen al lugar que les correspondía, por derecho, por calidad y por valor cultural. Estoy hablando de las Generaciones del 98, del 27 y del 36. Pero yo me pregunto cuando, leyendo la historia de la Literatura española, me encuentro ante nombres como Valle-Inclán, Unamuno, Perez-Galdós, Altolaguirre, Baroja, Machado, Lorca, Hernandez, Clotet y otros tanto que formaron he hicieron grandes aquellas generaciones, ¿quienes eran esos escritores en aquellos momentos? ¿Quevedo? ¿Cervantes? ¿Rojas? ¿y tantos monstruos de nuestra Literatura? ¡No, amigos, no! Eran gentes como nosotros, algunos escritorzuelos, otros pseudescritores, pocos escritores y casi ningún conocido y editado. Pero llegaron porque, no solo eran buenos, sino porque cogieron el toro por los cuernos y haciendo de su capa un sayo, se reunían, hablaban, pensaban cómo salir adelante y con tanta buena narrativa como ideas, sacaron de la olvidada memoria de los lectores la necesidad de volver a leer a gente NUEVA, DIFERENTE y, sobre todo, tan buena como pudieron ser aquellos que ahora tenemos en los altares de la adoración. Y no disponían ni de la décima parte de los medios que nosotros tenemos. Tiempo para reunirse cada semana, o mes, ideas para sacar del atolladero la Literatura de sus tiempos y VOLUNTAD, sin depender de las editoras; más aún, pasándose las editoras por el arco del triunfo. Nosotros tenemos herramientas que ellos nunca pudieron ni imaginar: Internet, con sus foros, sus blogs, sus webs, los e-books y demás instrumentos... Y nos conformamos con escribir casi con vergüenza en nuestras casas y, luego, casi pidiendo perdón, editar en bubok, en Lulu y en otras más y rogándoles a nuestros compañeros de fatigas y afición, que nos lean, aunque sea un poquito cada mes. Por supuesto, gastando miles de euros para imprimir, encuadernar y enviar a los desalmados editores a ver si quieren hacernos el favor de editar alguna de nuestras obras, algo que ocurre cada cincuenta años y siempre en bisiesto. Es cierto que ahora vivimos muy alejados unos de otros, me refiero a físicamente. Es cierto que no todos pensamos lo mismo, ni de la Literatura que hay que escribir, ni de cómo hacerlo, pero también es cierto que todos disponemos de unos medios que no hemos intentado utilizar: La tan conocida red, internet. ¿Cómo? Entiendo que en principio solo algunos de nosotros podemos dedicarnos a preparar el terreno donde nos pudiéramos mover. Me refiero a que hay que trabajar gratuitamente para otros, pero que si nadie se ofrece y lo hace, nunca saldremos de donde estamos. ¿Qué trabajos? El primero de todos es ponernos de acuerdo en qué tipo de terreno queremos explanar para luego construir en él nuestro cuartel de mando. Yo le he dado vueltas a la cabeza y creo que, después de inventarnos el nombre en que quisieramos encuadrarnos todos, (ejemplo: La Generación del 2.000), ver qué medios tenemos para hacernos oír. El medio es internet, está claro; pero, ¿Cómo? Yo, después de haberlo pensado mucho, creo que el mejor medio es una página web nuestra, que lleve por título la generación que quisiéramos ser. Está claro que hay que diseñarla, montarla, comprar el dominio, meterla en los correspondientes servidores y buscadores, trabajar la publicidad... Todo lo anterior es tiempo y algo de dinero. El tiempo está claro que lo tiene quien lo tiene y, quien lo tiene, es el que tendrá que ofrecerse gratuitamente al resto de los componentes propietarios de la web. El dinero, al principio, debería ser una cuestión de todos aquellos que quieran participar como propietarios de la página. Yo, por la experiencia, poca, que tengo en estas cuestiones, sé que no es caro el tema y, que si la página es visitada suficientemente, con publicidad se cubren perfectamente los costos. Por otro lado, habría que negociar entre todos los que queramos participar y pertenecer a esta generación que crearíamos, cómo vamos a gestionar nuestras obras. Si queremos cobrar por la lectura de ellas, registros, publicación en papel para aquellos que tengan mercado... En fin, no pretendo presentaros un proyecto absolutamente desarrollado, sino una idea que más o menos he ido cuajando a lo largo de cierto tiempo y ante las perspectivas que se nos presentan a los nuevos escritores, tal y como está el tema de los e-book, las descargas sin control, las selectivas editoriales... Bien, esto es todo, espero que a quien pueda interesar, deje escritas sus opiniones y con la suma de todas ellas, podamos tomar una decisión que, yo que soy bastante optimista, creo que quedará en agua de borrajas, pero hasta la edad que he llegado en la vida, jamás me rendí ante nada. Saludos |
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Alejandro, estoy absolutamente de acuerdo en todo. Lo que has escrito es muy agudo e inspirador (si me das permiso quisiera pasarlo a mis contactos escritores de Facebook). Por otro lado, decirte (entendiendo bastante de web) que la propuesta es acertada. Los beneficios de una web, son nulos si no se tienen miles y miles de visitas con publicidad (a lo que tú apuntas), por lo que con beneficios, no hay que contar. Los gastos de una web, también son mínimos, así que con eso tampoco hay problema. El "quit" de la cuestión, es tener alguien que sepa hacer y pueda ir manejando y actualizando la web. Cómo? Quién...? Yo tengo un amigo que haces webs, es informático y el tío las programa él mismo. Nada de copiar o coger código abierto o plantillas php. Él programa en C, y después lo compila. Es como un artesano de las webs xD No sé si estaría interesado o tendría tiempo, pero se lo podría comentar.
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Colocarnos en una generación es bastante atrevido. Uno de los aspectos clave de las generaciones literarias del pasado es ser de un segmento de edad parecido, que no es el caso. Lo que pueda escribir Bizarro, por poner un ejemplo, y Alejandro o yo debe ser bastante diferente. Otro aspecto clave es explorar nuevas formas literarias contra otras anteriores, tener un enemigo común une mucho. No sé si es el caso exactamente. En líneas generales, veo que el gran interés de casi todos los bubokeros (más en los jóvenes) es integrarse en el sistema de la venta tradicional en papel y editorial al uso, aportando sobre todo géneros específicos (terror, zombies, literatura algo transgresora en el lenguaje). ¿Contra qué nos rebelamos? ¿Contra el negocio de best seller que se lleva todas las ganancias? Creo que lo que nos debía unir sería explorar un nuevo modelo de negocio basado en el libro electrónico, en formas nuevas y variadas de relación entre escritores a través de las redes sociales, en fin, todo lo que debería ser Bubok y no es. Para mí que la relación entre escritores, aquella que antiguamente se hacía en los cafés madrileños y en los casinos provinciales, es la fundamental. Primero, porque anima a escribir si alguien va a opinar y criticar lo que escribes. Segundo, porque el grupo podrá definir posturas propias a favor de unas opciones y en contra de otras. Tercero, porque un grupo, por pequeño que sea, tiene más fuerza y una imagen multiplicada en los medios y redes sociales. De modo que la idea de Alejandro es buena, hay que pulirla y desarrollarla, pero todo lo que sea trabajar codo a codo es un paso adelante.
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Me alegra ver que la idea pudiera dar sus frutos. Es cierto que habría que definir mucho mas y pulir hasta el infinito, pero bueno, para eso estamos, si queremos defender nuestra literatura. Respecto a algunas cosas que decís: Carlos, yo no estoy tan de acuerdo que en esas generaciones todos tenían la misma edad, en la del 27, Salinas fue profesor de Hernandez y se llevaban 18 añitos de nada. En la del 36, Clotet y Laforet se llevaban 19 añitos de nada. Creo que ni el estilo ni la edad importan, aunque sí creo que deberíamos dividir la generación como en el 36, en poetas, prosistas y narradores, o diferenciar los diferentes tipos de temas sobre los que escribir, o sobre los géneros: poesía, novela, relatos, cuentos... Pensad que es una idea nuestra y que podemos hacer lo que queramos y encuadrarnos a nuestro entero gusto. En cuanto a cómo hacerlo. Pienso que como dice Jaume, una ayudita externa nos vendría bien, si entre nosotros no hay nadie que maneje el diseño de webs... Yo tengo un hijo que ha terminado la carrera de informática y le preguntaré si nos puede ayudar en algo, o si conoce en su mundo de frikis si tiene un buen amigo que sepa de esas cosas. Ya iremos afinando. Lo importante, ahora es que: 1: Tenemos una plataforma gratuita donde comunicarnos y arrancar, bubok. Que nos sirva para algo. 2: Parece que tenemos los mismos intereses, que nos puedan leer; ya veremos si en papel, en e-book o como sea. 3: Que tenemos tiempo para hacerlo; unos mas, otros menos, pero no tenemos prisa alguna, en todo caso, Carlos y yo, lo digo por nuestras edades. ¿Tiramos "palante"? Y no os preocupéis del nombre, saldrá solo y es lo menos importante. Por cierto, Jaume, no me vuelvas a pedir permiso para nada; lo que escribo aquí es de todos y cada cual que haga de su capa un sayo, si al final lo comparte de igual forma con el resto. Si somos o queremos ser un equipo, las camisetas que usemos llevarán número solo para saber quien es quien, pero no por tener propiedades dentro del equipo. No lo digo seriamente, Jaume, simplemente que hagas lo que mejor sea para tirar hacia adelante. Y gracias por tu acogida a la idea, como a todos los demás.
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He estado mirando las cinco páginas ofrecidas por David y Jaume, extrayendo de ellas lo que creo más valioso para una comunidad de escritores: 1- Red social (como Falsaria) 2- Páginas personales y blogs de los miembros. 3- Información necesaria: a) Convocatoria de concursos literarios. b) Orientación legal (ISBN, DL, etc.) c) Editoriales (direcciones, email, etc, clasificados por temáticas) d) Agentes literarios. e) Enlaces con páginas de recursos para el escritor. f) Enlaces donde descargar libros electrónicos (venta y gratuidad).
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Acabo de recibir un correo de bubok didiéndome que han solucionado los
problemas en el foro e invitándome a que les comunique los que pueda
encontrar, voy a usar este hilo para hacer pruebas. Os invito a que los
demás también hagáis vuestras pruebas y comuniquéis los fallos. Gracias (a bubok y a vosotros) |
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Cabello de ángel � ¿Cuántos años tenía yo entonces? Ocho, por supuesto. Hacía la comunión, por eso había venido la abuela. Y por aquella época la comunión se hacía con ocho años. ¿Y la abuela? La abuela era dos años mayor que la otra abuela y ésta tenía entonces… si nació en el tres… setenta y… uno. O sea, que la abuela Mercedes tenía setenta y tres. Ah, pues sí que tenía ya años. No es que yo haya deformado el recuerdo y guarde de ella una imagen de dulce ancianita aunque no lo fuera. En aquel tiempo no era como ahora, que con setenta años parecen chavalitas: con su pelo teñido, repeinadas y maquilladas, que da gusto verlas. Entonces las abuelas parecían abuelas. Y las madres, madres. Que yo tengo ahora casi la misma edad que mi madre cuando murió y… que sigo pareciendo su hija, vamos. La abuela Mercedes era muy pequeñita. Yo era una niña y la recuerdo pequeña, así que tenía que serlo. Lo era, lo era. Era más baja que mi hermana, de eso me acuerdo porque me resultaba muy chocante, no me parecía normal que una niña -tenía doce años- fuera más alta que una adulta. Y mi hermana no ha pasado del uno cuarenta y cinco… Sí, la abuela era menudita. Cuando la vi salir del cuarto de baño aquel día, me pareció más grande, muchísimo más grande. Cómo me impresionó… hasta entonces no me había fijado nunca: ¡tenía los ojos azules! Eran unos ojos preciosos, no entiendo cómo no me había dado cuenta antes, llamaban la atención. Estaba en camisón. Un camisón blanco y largo, casi hasta los pies. Bueno, a lo mejor no estaba pensado para ser tan largo, pero como ella era tan bajita… Parecía mucho más joven, no parecía una abuela, fue como ver a un ángel. Sí, si supiera dibujar y me dijeran: “dibuja un ángel”, dibujaría a mi abuela saliendo del cuarto de baño aquel día; sólo le faltaban las alas, o no, porque si cierro los ojos… veo las alas. Llevaba el pelo suelto. Nunca se lo había visto así, siempre se lo peinaba recogido en un moño. Y el moño se lo tapaba con… no era una redecilla, era como un pañuelo negro, como si lo llevara embolsado. No se lo he visto a nadie más. No me llamaba la atención porque ella siempre lo llevaba así, pero la verdad es que no creo que haya sido nunca algo muy normal. O sí, pero de muy antiguo. La melena le llegaba por la cintura. Blanca, muy blanca. Daban ganas de acariciarla. Sin tocarla se sabía que era suave. Y olía bien, no pude comprobarlo hasta después, pero yo ya sabía que olía bien sólo con verla. ����������� —¡Qué pelo más largo! —Era lo único que mis ojos veían y mi boca pudo decir. La abuela dejó escapar una risilla que intensificó aún más el azul de sus ojos. Posiblemente hasta se desplegaron sus alas, pero de eso no estoy segura. ����������� —Voy a peinarme, ¿quieres ayudarme? ����������� —¡Claro! —Era una pregunta absurda, cualquiera en el mundo hubiera dado su vida en ese momento por poder acercarse a ese pelo. Fue a la habitación que ocupaba durante su visita y de una maleta sacó un peine y un trapo que parecía una toquilla, pero eso no abrigaba, era de tela fina. ����������� —Es un peinador, ¿tú no tienes ninguno? ����������� —No. ����������� —Pues éste para ti. De que acabemos lo lavamos y te lo quedas, te lo regalo yo. ����������� —¿Va a ser mi regalo de comunión? —pregunté interesada. ����������� —No. Esto te lo regalo porque quiero, para que te acuerdes de mí. Para tu comunión te he comprado una cosa que me dijo tu madre que querías. ����������� —¿El qué, abuelita? —Es curioso, qué bien se me daba ya ser zalamera cuando quería algo. ����������� —¡Ahhh…! Ya lo sabrás el día de la comunión —respondió enigmática y logrando que sus ojos no pudieran ser más azules. Fuimos a la sala, separó una de las sillas de la mesa, se sentó, echó el peinador sobre sus hombros y levantó la melena para situarla sobre él. Me dio el peine y me dejó hacer. Lo primero que hice fue meter mis dedos entre sus cabellos y deslizarlos. Supe lo que habría sentido si hubiera podido volar como un pájaro. ����������� —Está desenredado, abuela. —Y al decirlo me llevé a la cara el pelo que tenía en la mano para acariciarme con él y poder respirarlo. ����������� —Pasa el peine de todas formas, que siempre algún nudo sale. Pasé el peine de arriba abajo muy despacio una vez. Y otra. Y otra más. Y aún otra. Y luego otra. Y seguí pasando el peine. No había nudos, no podía haberlos. ����������� —¿Siempre has tenido el pelo así de largo? ����������� —Ahora lo tengo más corto. Cuando me casé me llegaba por aquí —dijo poniendo su mano en el muslo, cerca de la rodilla. ����������� —¡Hala! ¿Sí? La abuela se giró para mirarme y enseñarme su sonrisa. ����������� —¿Sabes hacer una trenza? —asentí con la cabeza —. Pues hazme una. ����������� —¿Y lo llevabas suelto cuando lo tenías tan largo? ����������� —No. Siempre lo he llevado recogido. ����������� —¿Por qué? —pregunté mientras separaba su melena en tres mechones parejos y empezaba a hacer la trenza con el mismo cuidado con el que días después dejé que se deshiciera la sagrada forma en mi boca. ����������� —Porque en mis tiempos el pelo siempre se llevaba recogido. Y para trabajar es muy incómodo llevarlo suelto, se mete en todos los sitios, y si se cae alguno… ����������� —¿Tú has trabajado? ����������� —Desde los diez años hasta que me casé. Me mandaron mis padres con una modista, de costurera. No me sorprendió la edad con la que comenzó a trabajar, me pareció normal. Sí, ahora me escandaliza, pero entonces no. Mi padre con nueve años había sido pintor, mi madre con doce también fue costurera, mi otra abuela cuidaba ovejas con siete años… Yo tenía ocho años y todos los cojines de mi casa estaban hechos a ganchillo por mí. Y cuando sobraba tela de la ropa que nos hacía mi madre a mis hermanos o a mí, en seguida me llamaba y me decía: “toma, haz un pañuelo con esto”. Un pañuelo, una servilleta, una bolsa… a veces me dejaba hacerle un vestido a alguna muñeca. Yo no trabajaba porque mis padres no me habían mandado a ningún sitio a hacerlo, pero si lo hubieran hecho no me habría parecido nada extraño. Incluso pensaba que estaba capacitada para hacerlo. Quizás hasta lo estuviera. ����������� —¿Y cuando hiciste la comunión tampoco lo llevaste suelto? —pregunté sin dejar de pasar un mechón de pelo sobre otro con el mismo cuidado que tendría quien transporta nitroglicerina. ����������� —Tampoco. Entonces no era como ahora. Mi madre me llevó a misa por la mañana, comulgué y luego en casa nos tomamos un chocolate con unos dulces que había preparado ella. El vestido era el de ir a misa, más nuevo que el otro pero nada más. ����������� —¿Y cuando te casaste? ����������� —Pues casi lo mismo —dijo encogiendo los hombros. ����������� —¿Y por qué te lo dejabas tan largo? ����������� —Mi padre no me dejaba cortármelo y luego tu abuelo tampoco quería que me lo cortara, así que… ����������� —A mí, mamá siempre me hace las dos trenzas, pero en la comunión lo voy a llevar suelto. Me van a hacer la toga. ����������� —Y vas a ir guapísima, porque lo eres. —Y al escucharlo me sentí la niña más guapa del mundo. La trenza estaba casi acabada, deshice un poco para hacerla mejor aunque no estaba mal hecha. Quería seguir tocando aquella melena. ����������� —¿Y para dormir tampoco te lo sueltas? ����������� —Dejo la trenza para que no se enrede. Antes, cuando vivía tu abuelo, algunas veces por las noches me lo soltaba del todo. ����������� —¿Por qué? Pude escuchar la risa muda de mi abuela. Cuando consiguió transformarla en sonrisa inocente se giró de nuevo hacia mí. ����������� —Porque le gustaba verme con el pelo suelto. La trenza estaba acabada. Tuve fuertes tentaciones de deshacerla por completo para comenzar de nuevo; no tuve oportunidad de dejarme llevar por ellas. La abuela había visto que estaba terminada y dio por finalizada la sesión. ����������� —La has hecho muy bien. Muchas gracias, preciosa. La sujetó con una goma que llevaba en la muñeca y en la que yo no había reparado hasta ese momento. Me dio un beso, se levantó y fue de nuevo al dormitorio. Yo la seguí como sigue un perrillo a su amo. Cogió un puñado de horquillas que reposaban sobre la mesilla, se sentó en la cama y lentamente, aunque con destreza, fue enrollando la trenza sobre sí misma, escondiéndola, hasta que toda ella quedó pegada a su cabeza. Una a una fue colocando las horquillas. Parecía imposible que allí habitara una melena tan hermosa. Tomó el pañuelo negro, lo dobló de una forma irrepetible y lo posó sobre el moño. No pude ver cómo lo hizo, fue como un truco de magia, el pañuelo quedó fijo cubriendo la trenza recogida, como si siempre hubiera estado allí. La abuela Mercedes volvió a parecer una abuela, otra vez era pequeña y sus ojos ya no eran de ningún color. ����������� —Vamos a lavar el peinador, ¿quieres? El día de tu comunión te lo pones y te peino yo. Tú también tienes el pelo ya muy largo. Ahora que lo pienso, nunca he sabido de qué color tenía el pelo mi abuela cuando era joven. No se lo pregunté y ella tampoco me lo dijo. � � � |
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Cabello de ángel � ¿Cuántos años tenía yo entonces? Ocho, claro. Hacía la comunión, por eso había venido la abuela. Y por aquella época la comunión se hacía con ocho años. ¿Y la abuela? La abuela era dos años mayor que la otra abuela y ésta tenía entonces… si nació en el tres… setenta y… uno. O sea, que la abuela Mercedes tenía setenta y tres. Ah, pues sí que tenía ya años. No es que yo haya deformado el recuerdo y guarde de ella una imagen de dulce ancianita aunque no lo fuera. En aquel tiempo no era como ahora, que con setenta años parecen chavalitas: con su pelo teñido, repeinadas y maquilladas, que da gusto verlas. Entonces las abuelas parecían abuelas. Y las madres, madres. Que yo tengo ahora casi la misma edad que mi madre cuando murió y… que sigo pareciendo su hija, vamos. La abuela Mercedes era muy pequeñita. Yo era una niña y la recuerdo pequeña, así que tenía que serlo. Lo era, lo era. Era más baja que mi hermana, de eso me acuerdo porque me resultaba muy chocante, no me parecía normal que una niña -tenía doce años- fuera más alta que una adulta. Y mi hermana no ha pasado del uno cuarenta y cinco… Sí, la abuela era menudita. Cuando la vi salir del cuarto de baño aquel día, me pareció más grande, muchísimo más grande. Cómo me impresionó… hasta entonces no me había fijado nunca: ¡tenía los ojos azules! Eran unos ojos preciosos, no entiendo cómo no me había dado cuenta antes, llamaban la atención. Estaba en camisón. Un camisón blanco y largo, casi hasta los pies. Bueno, a lo mejor no estaba pensado para ser tan largo, pero como ella era tan bajita… Parecía mucho más joven, no parecía una abuela, fue como ver a un ángel. Sí, si supiera dibujar y me dijeran: “dibuja un ángel”, dibujaría a mi abuela saliendo del cuarto de baño aquel día; sólo le faltaban las alas, o no, porque si cierro los ojos… veo las alas. Llevaba el pelo suelto. Nunca se lo había visto así, siempre se lo peinaba recogido en un moño. Y el moño se lo tapaba con… no era una redecilla, era como un pañuelo negro, como si lo llevara embolsado. No se lo he visto a nadie más. No me llamaba la atención porque ella siempre lo llevaba así, pero la verdad es que no creo que haya sido nunca algo muy normal. O sí, pero de muy antiguo. La melena le llegaba por la cintura. Blanca, muy blanca. Daban ganas de acariciarla. Sin tocarla se sabía que era suave. Y olía bien, no pude comprobarlo hasta después, pero yo ya sabía que olía bien sólo con verla. ����������� —¡Qué pelo más largo! —Era lo único que mis ojos veían y mi boca pudo decir. La abuela dejó escapar una risilla que intensificó aún más el azul de sus ojos. Posiblemente hasta se desplegaron sus alas, pero de eso no estoy segura. ����������� —Voy a peinarme, ¿quieres ayudarme? ����������� —¡Claro! —Era una pregunta absurda, cualquiera en el mundo hubiera dado su vida en ese momento por poder acercarse a ese pelo. Fue a la habitación que ocupaba durante su visita y de una maleta sacó un peine y un trapo que parecía una toquilla, pero eso no abrigaba, era de tela fina. ����������� —Es un peinador, ¿tú no tienes ninguno? ����������� —No. ����������� —Pues éste para ti. De que acabemos lo lavamos y te lo quedas, te lo regalo yo. ����������� —¿Va a ser mi regalo de comunión? —pregunté interesada. ����������� —No. Esto te lo regalo porque quiero, para que te acuerdes de mí. Para tu comunión te he comprado una cosa que me dijo tu madre que querías. ����������� —¿El qué, abuelita? —Es curioso, qué bien se me daba ya ser zalamera cuando quería algo. ����������� —¡Ahhh…! Ya lo sabrás el día de la comunión —respondió enigmática y logrando que sus ojos no pudieran ser más azules. Fuimos a la sala, separó una de las sillas de la mesa, se sentó, echó el peinador sobre sus hombros y levantó la melena para situarla sobre él. Me dio el peine y me dejó hacer. Lo primero que hice fue meter mis dedos entre sus cabellos y deslizarlos. Supe lo que habría sentido si hubiera podido volar como un pájaro. ����������� —Está desenredado, abuela. —Y al decirlo me llevé a la cara el pelo que tenía en la mano para acariciarme con él y poder respirarlo. ����������� —Pasa el peine de todas formas, que siempre algún nudo sale. Pasé el peine de arriba abajo muy despacio una vez. Y otra. Y otra más. Y aún otra. Y luego otra. Y seguí pasando el peine. No había nudos, no podía haberlos. ����������� —¿Siempre has tenido el pelo así de largo? ����������� —Ahora lo tengo más corto. Cuando me casé me llegaba por aquí —dijo poniendo su mano en el muslo, cerca de la rodilla. ����������� —¡Hala! ¿Sí? La abuela se giró para mirarme y enseñarme su sonrisa. ����������� —¿Sabes hacer una trenza? —asentí con la cabeza —. Pues hazme una. ����������� —¿Y lo llevabas suelto cuando lo tenías tan largo? ����������� —No. Siempre lo he llevado recogido. ����������� —¿Por qué? —pregunté mientras separaba su melena en tres mechones parejos y empezaba a hacer la trenza con el mismo cuidado con el que días después dejé que se deshiciera la sagrada forma en mi boca. ����������� —Porque en mis tiempos el pelo siempre se llevaba recogido. Y para trabajar es muy incómodo llevarlo suelto, se mete en todos los sitios, y si se cae alguno… ����������� —¿Tú has trabajado? ����������� —Desde los diez años hasta que me casé. Me mandaron mis padres con una modista, de costurera. No me sorprendió la edad con la que comenzó a trabajar, me pareció normal. Sí, ahora me escandaliza, pero entonces no. Mi padre con nueve años había sido pintor, mi madre con doce también fue costurera, mi otra abuela cuidaba ovejas con siete años… Yo tenía ocho años y todos los cojines de mi casa estaban hechos a ganchillo por mí. Y cuando sobraba tela de la ropa que nos hacía mi madre a mis hermanos o a mí, en seguida me llamaba y me decía: “toma, haz un pañuelo con esto”. Un pañuelo, una servilleta, una bolsa… a veces me dejaba hacerle un vestido a alguna muñeca. Yo no trabajaba porque mis padres no me habían mandado a ningún sitio a hacerlo, pero si lo hubieran hecho no me habría parecido nada extraño. Incluso pensaba que estaba capacitada para hacerlo. Quizás hasta lo estuviera. ����������� —¿Y cuando hiciste la comunión tampoco lo llevaste suelto? —pregunté sin dejar de pasar un mechón de pelo sobre otro con el mismo cuidado que tendría quien transporta nitroglicerina. ����������� —Tampoco. Entonces no era como ahora. Mi madre me llevó a misa por la mañana, comulgué y luego en casa nos tomamos un chocolate con unos dulces que había preparado ella. El vestido era el de ir a misa, más nuevo que el otro pero nada más. ����������� —¿Y cuando te casaste? ����������� —Pues casi lo mismo —dijo encogiendo los hombros. ����������� —¿Y por qué te lo dejabas tan largo? ����������� —Mi padre no me dejaba cortármelo y luego tu abuelo tampoco quería que me lo cortara, así que… ����������� —A mí, mamá siempre me hace las dos trenzas, pero en la comunión lo voy a llevar suelto. Me van a hacer la toga. ����������� —Y vas a ir guapísima, porque lo eres. —Y al escucharlo me sentí la niña más guapa del mundo. La trenza estaba casi acabada, deshice un poco para hacerla mejor aunque no estaba mal hecha. Quería seguir tocando aquella melena. ����������� —¿Y para dormir tampoco te lo sueltas? ����������� —Dejo la trenza para que no se enrede. Antes, cuando vivía tu abuelo, algunas veces por las noches me lo soltaba del todo. ����������� —¿Por qué? Pude escuchar la risa muda de mi abuela. Cuando consiguió transformarla en sonrisa inocente se giró de nuevo hacia mí. ����������� —Porque le gustaba verme con el pelo suelto. La trenza estaba acabada. Tuve fuertes tentaciones de deshacerla por completo para comenzar de nuevo; no tuve oportunidad de dejarme llevar por ellas. La abuela había visto que estaba terminada y dio por finalizada la sesión. ����������� —La has hecho muy bien. Muchas gracias, preciosa. La sujetó con una goma que llevaba en la muñeca y en la que yo no había reparado hasta ese momento. Me dio un beso, se levantó y fue de nuevo al dormitorio. Yo la seguí como sigue un perrillo a su amo. Cogió un puñado de horquillas que reposaban sobre la mesilla, se sentó en la cama y lentamente, aunque con destreza, fue enrollando la trenza sobre sí misma, escondiéndola, hasta que toda ella quedó pegada a su cabeza. Una a una fue colocando las horquillas. Parecía imposible que allí habitara una melena tan hermosa. Tomó el pañuelo negro, lo dobló de una forma irrepetible y lo posó sobre el moño. No pude ver cómo lo hizo, fue como un truco de magia, el pañuelo quedó fijo cubriendo la trenza recogida, como si siempre hubiera estado allí. La abuela Mercedes volvió a parecer una abuela, otra vez era pequeña y sus ojos ya no eran de ningún color. ����������� —Vamos a lavar el peinador, ¿quieres? El día de tu comunión te lo pones y te peino yo. Tú también tienes el pelo ya muy largo. Ahora que lo pienso, nunca he sabido de qué color tenía el pelo mi abuela cuando era joven. No se lo pregunté y ella tampoco me lo dijo. � � � |
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Cabello de ángel � ¿Cuántos años tenía yo entonces? Ocho, claro. Hacía la comunión, por eso había venido la abuela. Y por aquella época la comunión se hacía con ocho años. ¿Y la abuela? La abuela era dos años mayor que la otra abuela y ésta tenía entonces… si nació en el tres… setenta y… uno. O sea, que la abuela Mercedes tenía setenta y tres. Ah, pues sí que tenía ya años. No es que yo haya deformado el recuerdo y guarde de ella una imagen de dulce ancianita aunque no lo fuera. En aquel tiempo no era como ahora, que con setenta años parecen chavalitas: con su pelo teñido, repeinadas y maquilladas, que da gusto verlas. Entonces las abuelas parecían abuelas. Y las madres, madres. Que yo tengo ahora casi la misma edad que mi madre cuando murió y… que sigo pareciendo su hija, vamos. La abuela Mercedes era muy pequeñita. Yo era una niña y la recuerdo pequeña, así que tenía que serlo. Lo era, lo era. Era más baja que mi hermana, de eso me acuerdo porque me resultaba muy chocante, no me parecía normal que una niña -tenía doce años- fuera más alta que una adulta. Y mi hermana no ha pasado del uno cuarenta y cinco… Sí, la abuela era menudita. Cuando la vi salir del cuarto de baño aquel día, me pareció más grande, muchísimo más grande. Cómo me impresionó… hasta entonces no me había fijado nunca: ¡tenía los ojos azules! Eran unos ojos preciosos, no entiendo cómo no me había dado cuenta antes, llamaban la atención. Estaba en camisón. Un camisón blanco y largo, casi hasta los pies. Bueno, a lo mejor no estaba pensado para ser tan largo, pero como ella era tan bajita… Parecía mucho más joven, no parecía una abuela, fue como ver a un ángel. Sí, si supiera dibujar y me dijeran: “dibuja un ángel”, dibujaría a mi abuela saliendo del cuarto de baño aquel día; sólo le faltaban las alas, o no, porque si cierro los ojos… veo las alas. Llevaba el pelo suelto. Nunca se lo había visto así, siempre se lo peinaba recogido en un moño. Y el moño se lo tapaba con… no era una redecilla, era como un pañuelo negro, como si lo llevara embolsado. No se lo he visto a nadie más. No me llamaba la atención porque ella siempre lo llevaba así, pero la verdad es que no creo que haya sido nunca algo muy normal. O sí, pero de muy antiguo. La melena le llegaba por la cintura. Blanca, muy blanca. Daban ganas de acariciarla. Sin tocarla se sabía que era suave. Y olía bien, no pude comprobarlo hasta después, pero yo ya sabía que olía bien sólo con verla. ����������� —¡Qué pelo más largo! —Era lo único que mis ojos veían y mi boca pudo decir. La abuela dejó escapar una risilla que intensificó aún más el azul de sus ojos. Posiblemente hasta se desplegaron sus alas, pero de eso no estoy segura. ����������� —Voy a peinarme, ¿quieres ayudarme? ����������� —¡Claro! —Era una pregunta absurda, cualquiera en el mundo hubiera dado su vida en ese momento por poder acercarse a ese pelo. Fue a la habitación que ocupaba durante su visita y de una maleta sacó un peine y un trapo que parecía una toquilla, pero eso no abrigaba, era de tela fina. ����������� —Es un peinador, ¿tú no tienes ninguno? ����������� —No. ����������� —Pues éste para ti. De que acabemos lo lavamos y te lo quedas, te lo regalo yo. ����������� —¿Va a ser mi regalo de comunión? —pregunté interesada. ����������� —No. Esto te lo regalo porque quiero, para que te acuerdes de mí. Para tu comunión te he comprado una cosa que me dijo tu madre que querías. ����������� —¿El qué, abuelita? —Es curioso, qué bien se me daba ya ser zalamera cuando quería algo. ����������� —¡Ahhh…! Ya lo sabrás el día de la comunión —respondió enigmática y logrando que sus ojos no pudieran ser más azules. Fuimos a la sala, separó una de las sillas de la mesa, se sentó, echó el peinador sobre sus hombros y levantó la melena para situarla sobre él. Me dio el peine y me dejó hacer. Lo primero que hice fue meter mis dedos entre sus cabellos y deslizarlos. Supe lo que habría sentido si hubiera podido volar como un pájaro. ����������� —Está desenredado, abuela. —Y al decirlo me llevé a la cara el pelo que tenía en la mano para acariciarme con él y poder respirarlo. ����������� —Pasa el peine de todas formas, que siempre algún nudo sale. Pasé el peine de arriba abajo muy despacio una vez. Y otra. Y otra más. Y aún otra. Y luego otra. Y seguí pasando el peine. No había nudos, no podía haberlos. ����������� —¿Siempre has tenido el pelo así de largo? ����������� —Ahora lo tengo más corto. Cuando me casé me llegaba por aquí —dijo poniendo su mano en el muslo, cerca de la rodilla. ����������� —¡Hala! ¿Sí? La abuela se giró para mirarme y enseñarme su sonrisa. ����������� —¿Sabes hacer una trenza? —asentí con la cabeza —. Pues hazme una. ����������� —¿Y lo llevabas suelto cuando lo tenías tan largo? ����������� —No. Siempre lo he llevado recogido. ����������� —¿Por qué? —pregunté mientras separaba su melena en tres mechones parejos y empezaba a hacer la trenza con el mismo cuidado con el que días después dejé que se deshiciera la sagrada forma en mi boca. ����������� —Porque en mis tiempos el pelo siempre se llevaba recogido. Y para trabajar es muy incómodo llevarlo suelto, se mete en todos los sitios, y si se cae alguno… ����������� —¿Tú has trabajado? ����������� —Desde los diez años hasta que me casé. Me mandaron mis padres con una modista, de costurera. No me sorprendió la edad con la que comenzó a trabajar, me pareció normal. Sí, ahora me escandaliza, pero entonces no. Mi padre con nueve años había sido pintor, mi madre con doce también fue costurera, mi otra abuela cuidaba ovejas con siete años… Yo tenía ocho años y todos los cojines de mi casa estaban hechos a ganchillo por mí. Y cuando sobraba tela de la ropa que nos hacía mi madre a mis hermanos o a mí, en seguida me llamaba y me decía: “toma, haz un pañuelo con esto”. Un pañuelo, una servilleta, una bolsa… a veces me dejaba hacerle un vestido a alguna muñeca. Yo no trabajaba porque mis padres no me habían mandado a ningún sitio a hacerlo, pero si lo hubieran hecho no me habría parecido nada extraño. Incluso pensaba que estaba capacitada para hacerlo. Quizás hasta lo estuviera. ����������� —¿Y cuando hiciste la comunión tampoco lo llevaste suelto? —pregunté sin dejar de pasar un mechón de pelo sobre otro con el mismo cuidado que tendría quien transporta nitroglicerina. ����������� —Tampoco. Entonces no era como ahora. Mi madre me llevó a misa por la mañana, comulgué y luego en casa nos tomamos un chocolate con unos dulces que había preparado ella. El vestido era el de ir a misa, más nuevo que el otro pero nada más. ����������� —¿Y cuando te casaste? ����������� —Pues casi lo mismo —dijo encogiendo los hombros. ����������� —¿Y por qué te lo dejabas tan largo? ����������� —Mi padre no me dejaba cortármelo y luego tu abuelo tampoco quería que me lo cortara, así que… ����������� —A mí, mamá siempre me hace las dos trenzas, pero en la comunión lo voy a llevar suelto. Me van a hacer la toga. ����������� —Y vas a ir guapísima, porque lo eres. —Y al escucharlo me sentí la niña más guapa del mundo. La trenza estaba casi acabada, deshice un poco para hacerla mejor aunque no estaba mal hecha. Quería seguir tocando aquella melena. ����������� —¿Y para dormir tampoco te lo sueltas? ����������� —Dejo la trenza para que no se enrede. Antes, cuando vivía tu abuelo, algunas veces por las noches me lo soltaba del todo. ����������� —¿Por qué? Pude escuchar la risa muda de mi abuela. Cuando consiguió transformarla en sonrisa inocente se giró de nuevo hacia mí. ����������� —Porque le gustaba verme con el pelo suelto. La trenza estaba acabada. Tuve fuertes tentaciones de deshacerla por completo para comenzar de nuevo; no tuve oportunidad de dejarme llevar por ellas. La abuela había visto que estaba terminada y dio por finalizada la sesión. ����������� —La has hecho muy bien. Muchas gracias, preciosa. La sujetó con una goma que llevaba en la muñeca y en la que yo no había reparado hasta ese momento. Me dio un beso, se levantó y fue de nuevo al dormitorio. Yo la seguí como sigue un perrillo a su amo. Cogió un puñado de horquillas que reposaban sobre la mesilla, se sentó en la cama y lentamente, aunque con destreza, fue enrollando la trenza sobre sí misma, escondiéndola, hasta que toda ella quedó pegada a su cabeza. Una a una fue colocando las horquillas. Parecía imposible que allí habitara una melena tan hermosa. Tomó el pañuelo negro, lo dobló de una forma irrepetible y lo posó sobre el moño. No pude ver cómo lo hizo, fue como un truco de magia, el pañuelo quedó fijo cubriendo la trenza recogida, como si siempre hubiera estado allí. La abuela Mercedes volvió a parecer una abuela, otra vez era pequeña y sus ojos ya no eran de ningún color. ����������� —Vamos a lavar el peinador, ¿quieres? El día de tu comunión te lo pones y te peino yo. Tú también tienes el pelo ya muy largo. Ahora que lo pienso, nunca he sabido de qué color tenía el pelo mi abuela cuando era joven. No se lo pregunté y ella tampoco me lo dijo. � � � |