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Santiago de Ossorno

 

A diferencia de algunos seres humanos que parecen viejos incluso antes de nacer, el autor llegó a este mundo adoptando la apariencia de un recién nacido en un precioso pueblo sevillano en el que normalmente hace mucho calor por lo que todo el mundo lo conoce como «la sartén de Andalucía», a orillas del río Genil; por motivos familiares vivió allí pocos años, los suficientes para deshidratarse un par de veces, que hubieran podido ser algunas más si no fuera porque sus padres, y con ellos su numerosa prole, se trasladaron a vivir a una lejana y bonita ciudad a orillas del río Turia que es la tierra de las flores, de la luz y del amor.

A lo largo de su vida ha tenido que renacer varias veces por razones que no vienen ahora al caso porque alargarían en demasía este resumen existencial; una de las primeras fue cuando su padre se subió a la barca de Caronte para cruzar el Aqueronte; tras el sepelio del cabeza de familia, se trasladaron a una ciudad, más grande si cabe todavía, a orillas del río Manzanares, que es la cuna del requiebro y del chotis y en la que en México, no te sabría decir por qué, piensan mucho, empezando lo que sería un correcalles de diez años por distintos orfanatos e instituciones, incluyendo dos en un pueblo gallego a orillas del río Sar, ¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!, gastronómicamente conocido porque algunos de sus pimientos pican y otros no, hasta desembocar, por razones solo achacables a su juventud, divino tesoro, y falta de criterio, en la universidad; como era de esperar dados sus antecedentes, el idilio complutense no cuajó y la abandonó apenas acabado el primer trimestre; no encontrando en ella las plácidas y cristalinas aguas en las que soñaba navegar, su relación no llegó a buen puerto.

Una amistad escolar con personas de pensamiento diferente al suyo truncó su incipiente vocación militar en contra del ferviente deseo familiar y se matriculó, para sorpresa de propios y extraños, en la facultad de Filosofía y Letras, hasta que se percató de que ni la una ni las otras eran de su incumbencia; frustrado por su falta de acierto, intentó con todas sus fuerzas formar parte de la milicia en una inmortal ciudad  aragonesa a orillas del río Ebro, caudalosa corriente de agua que misteriosamente guarda silencio al pasar por el Pilar porque la virgen está dormida y no la quiere despertar, pero tampoco esta vez hubo entendimiento y se vio forzado a buscarse la vida futura en otra cuenca fluvial; tras abandonar la nave militar, probó a sentar la cabeza programando complicados ordenadores en el departamento de informática de un banco, justo en la orilla opuesta de sus sueños juveniles.

Los bancos resultan incómodos para sentar la cabeza pero, al tenerla tan dura, aguantó allí tres quinquenios seguidos intentando convertirse en un bancario de provecho, algo que tampoco consiguió porque, a medio camino, a su naturaleza de carácter inquieto le apeteció alejarse del despiadado mundo de las finanzas para plantar la esquiva semilla de la fortuna en otros campos productivos que se perfilaron en el horizonte como posible solución a sus problemas.

Tras un vertiginoso paso por la consultoría de organización, un inesperado golpe de timón propició que su nave desembocase en el complejo mundo de las telecomunicaciones, pasando los siguientes años encerrado en despachos que casi siempre estaban comunicando; aquél nuevo mundo tampoco parecía ser el suyo, aparentemente todo iba como la seda pero nuestro autor se fue haciendo mayor sin darse cuenta del proceso hasta que, a la provecta edad de 52 años, sus cómitres decidieron que la empresa no era lugar para viejos; le pidieron que colgase la corbata, cosa que hizo con gusto, devolviera todo lo que no fuera suyo, lo cual hizo sin apenarse por la pérdida gracias a su escaso apego por lo material, y se retirase a descansar del mundanal ruido a orillas de algún río menos caudaloso; ¿dónde vas a navegar mejor que en tu propia casa, eligiendo el rumbo sin tener que darle cuentas a nadie? le sugirieron, los muy cabrones, un viernes a última hora de la mañana antes de ponerlo de patitas en la calle sin darle mayores explicaciones.

De esta forma tan poco honorable acabó en naufragio la singladura de su vida laboral, zambulléndose de golpe y porrazo en la orilla de las oscuras y procelosas aguas de una siniestra oficina del paro, merced a un expediente de regulación de empleo; desde entonces pasa sus temporadas de asueto, que son las más del año, disfrutando del sol, de la playa y de los buenos alimentos en una antigua y luminosa ciudad mediterránea, a orillas de los ríos Alberca y Girona, bajo la imponente sombra protectora del Montgó, o viajando por el mundo para visitar a sus hijos y nietos que viven sus propias vidas a orillas de lejanos ríos, como puedan ser el Trinity, el Hikichi o el Aniene; el resto del tiempo discurre plácidamente en su domicilio fiscal a orillas del Manzanares, sin terminar de saber lo que es canela fina ni armar la tremolina, procurando nadar desapercibido, en silencio, sin molestar ni que lo molesten.

Mientras aguarda, sin tener prisa alguna, la hora suprema de afrontar su inevitable desembarco final en la mar, salpimienta su existencia entregado a aficiones de todo tipo, entre las que escribir, correr y viajar sin duda ocupan lugares preferentes, sin desmerecer a otras muchas actividades complementarias con las que enreda, se entretiene y mata el tiempo. Como nuevo miembro de la temida tercera edad, el tiempo no perdona y pasa para todos, también va al médico cuando se precisa y los achaques lo requieren, aunque de momento y por fortuna no lo está necesitando en demasía ni es algo que eche de menos, tampoco podría ir de precisarlo porque la sanidad pública no está para nadie desde que se declaró la pandemia.

Como escribió magistralmente el poeta y hombre de armas castellano Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir: allí van los señoríos, derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos; y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos».



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