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Santiago de Ossorno

A diferencia de otros seres humanos que ya parecen viejos antes de nacer, el autor nació siendo pequeño en un pueblo sevillano a orillas del río Genil, en el que normalmente hace mucho calor por lo que todo el mundo lo conoce como «la sartén de Andalucía»; vivió allí poco tiempo, el suficiente para deshidratarse un par de veces, hubieran podido ser muchas más si no fuera porque sus padres, y con ellos toda su prole, se trasladaron a vivir a Valencia, a orillas del río Turia.

A lo largo de su vida ha tenido que nacer varias veces más por razones que, si bien no vienen al caso, irán apareciendo cuando se considere necesario; la primera cuando su padre dejó de fumar para siempre, dicho sea con sentido irónico; tras el sepelio del cabeza de familia, se trasladaron a Madrid, a orillas del río Manzanares, y allí empezó un correcalles de nueve años por distintos orfanatos, incluyendo dos años en Padrón, a orillas del río Sar, hasta que ingresó por error, la juventud tiene estas cosas, en la universidad; aquello duró poco porque lo que vio no le pareció interesante y no se llevaron bien.

La amistad con personas de pensamiento diferente al suyo truncó su vocación militar en contra del deseo familiar y se matriculó, para sorpresa de todos, en Filosofía y Letras, hasta que se percató de que ni la una ni las otras eran de su incumbencia; intentó formar parte de la milicia en Zaragoza, a orillas del río Ebro, pero tampoco se entendieron y decidió buscarse la vida en otra parte; tras acabar el período militar, probó a sentar la cabeza programando ordenadores en el departamento de informática de un banco, justo en la orilla opuesta de sus sueños juveniles.

Los bancos resultan duros para sentar la cabeza pero, al tenerla tan dura, aguantó allí tres quinquenios seguidos mientras intentaba hacerse un bancario de provecho, algo que no consiguió del todo porque, a medio camino, le apeteció dejar la banca para probar suerte en otros campos, en su caso la consultoría informática.

Tras un corto paso por ese campo profesional, un golpe de fortuna propició que entrase en el complejo mundo de las telecomunicaciones, pasando los siguientes años encerrado en despachos que siempre estaban comunicando; todo iba como la seda, pero nuestro autor se iba haciendo mayor sin darse por aludido y, a la provecta edad de 52 años, sus próceres decidieron que no era empresa para viejos, le pidieron que colgase la corbata, devolviera todo lo que fuera de la empresa y se retirase a descansar del mundanal ruido ¿dónde vas a estar mejor que en tu propia casa? le dijeron, los muy cabrones, un buen día al despedirlo sin avenirse a razones.

Acabó entrando de golpe y porrazo en la orilla de las procelosas aguas de una oficina del INEM merced a un expediente de regulación de empleo; desde entonces pasa sus temporadas de asueto, que son las más del año, disfrutando del sol y la playa en Denia, entre las orillas de los ríos Alberca y Girona, o viajando por el mundo para visitar a sus hijos y nietos que viven a orillas de lejanos ríos, como son el Chattahoochee y el Hikichi; el resto del tiempo lo pasa plácidamente en su domicilio fiscal de Madrid sin conseguir perderlo de vista, procurando pasar desapercibido, sin molestar ni que lo molesten.

Mientras espera, sin demostrar prisa alguna, la hora de afrontar su desembarco vital en la mar, ocupa su tiempo libre, que afortunadamente tiene en abundancia, con actividades de todo tipo, entre las que escribir, correr, la fotografía y viajar ocupan lugares preferentes. Como buen jubilado también va al médico cuando lo precisa, porque el tiempo pasa para todos.

Como dijo magistralmente Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir: allí van los señoríos, derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos; y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos».

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