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pedrotijera

Mi infancia son recuerdos de la calle La Rúa, de lo que aconteció en esa calle y, por extensión, en el casco antiguo de la capital leonesa durante la década de los cincuenta. Pero para encontrar estos recuerdos tengo que rebuscar en los estancos más intrascendentes de la memoria, y cuando por fin aparecen lo hacen difuminados por ese filtro de amnesia con la que el tiempo lo va cubriendo todo, y tan solo se sostienen en mi alma gracias a la tozudez de las añoranzas más rebeldes. Sin embargo tengo un recuerdo de la niñez que regresa a mi memoria cada vez con más fuerza a medida de que van transcurriendo los años, y se me revela con tanta claridad en los sueños que, cuando despierto, me persigue la certidumbre de que apenas acaba de ocurrir.

Este recuerdo se remonta a cuando aquel atardecer ensangrentado del verano mesetario se dejó caer sobre el pueblo, y el tío Pepe metió, en el primer fardel que encontró a mano, media docena de reteles caseros y las ranas que había cazado aquella misma tarde en la Lagunilla del Caliche.

Recuerdo muy bien que el zaguán apenas había comenzado a cubrirse de morado con la sombra del ocaso cuando el tío Pepe se echó al hombro el saco donde había guardado los aparejos que usaba para pescar cangrejos. También recuerdo que yo jugaba con Canelo en la entrada. Él, con el lomo pegado al suelo de arcilla prensada y las manos recogidas a ambos lados de su diminuta cabeza, me ofrecía la barriga, anhelante, para que se la rascase. Nunca

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sentí demasiado aprecio por aquel chucho flaco y despeluzado, tal vez porque, con su ojo huero y sus colmillos amarillos salidos de la boca babeante, presentaba un aspecto triste y desagradable. De todas formas, y quizás al no tener nada mejor que hacer, ocupaba la mayor parte del tiempo jugando con él cuando mis padres nos llevaban al pueblo para que pasáramos el verano en casa de los abuelos.

Era consciente, desde luego, de que el tío Pepe le iba a ofrecer a mi hermano la posibilidad de acompañarle al río para pasar lo que yo interpretaba como una maravillosa noche de pesca. Para mí era lo máximo a lo que se podía aspirar en esta vida: una fantástica y excitante noche pescando cangrejos con el tío Pepe, y aunque comprendía que al sacarme tres años fuera él el elegido, sentía envidia de mi hermano y deseaba con todas mis fuerzas que le ocurriera algún percance: un dolor de barriga, por ejemplo, o cualquier otra indisposición que le inhabilitara para ir a pescar. Pero aquel atardecer ocurrió lo insólito, lo inexplicable, lo que era imposible que sucediera, tan imposible que cuando el tío Pepe exclamó con su característico tono festivo: <<¡vamos Tinín, hoy te toca a ti!>>, a pesar de que sus palabras eran absolutamente claras y no dejaban lugar para la duda, no llegué a comprenderlas del todo, y pensé que aquel Tinín al que se refería no tenía nada que ver conmigo. Sin embargo, la voz de la abuela me sacó del atolondramiento:

—Deja en paz al niño —gritó desde la cocina— aún no tiene edad para andar a estas horas por esos andurriales.

Pero para entonces el tío Pepe ya había tomado una decisión. Así que me hizo un guiño cerrando el ojo derecho, y le contestó sabiendo de antemano cual iba a ser la respuesta: <<Déjele madre, ya está grande>>. Al rato mi abuela emitió un gruñido de asentimiento.

Canelo nos seguía a un trecho, voluntariamente distraído, recogiendo con su fino olfato los olores que, junto al dolondón de los cencerros de un ganado menor que se recogía, nos traían los vientos gallegos premonitorios, sin duda, de una noche más fresca de lo que se podía inferir mirando el calendario. El tío Pepe se quitó la chaqueta y me la ofreció:

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—Tendrás que ponértela —dijo—. En todos mis años, que son muchos, de andar por estas riberas del río no he sido capaz de descifrar el motivo, pero puedo asegurarte que los alisios, además de ser desfavorables para la pesca del cangrejo, siempre vienen cargados de frío.

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