Apelo a vuestra valentía de escritores o a vuestra curiosidad de lector. Os advierto que aquí no valen frivolidades ni finales fáciles. Os invito a que vayamos a una estancia profunda y tenebrosa de la mente humana. Que nos sumerjamos en un comportamiento sexual tan increíblemente intenso como adictivo. Sólo el pudor o el miedo puede impediros hablar en serio de sadomasoquismo y ninguna de las dos cosas son dignas de un amante del arte de escribir. Hablemos de Sado amigos.
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cita de salazar
TREINTA Y TRES.
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A su lado, pero de pie, y también desnuda, Shiguemi sostenía firme el látigo de una cola con el que había azotado a su amiga. Miraba a Agustín postrada frente a ella, en silencio, inmóvil como una estatua; la japonesa tenía el cuerpo cubierto de sudor y jadeaba por el esfuerzo.Había estado casi media hora seguida azotándola sin interrupción, dándola, y dándola, cada vez, en el sitio que la ordenaban. Su pelo también estaba brillante por el sudor y se le alborotaba delante de la cara; y sobre su rostro, entre las matas de cabello, brillaban sus ojos con una nueva intensidad inquietantemente extraña. -Quiero daros a vosotros también las gracias.- Mientras hablaba Agustín terminaba de relamerse el semen que le quedaba en la mano, como quien apura las manchas de un helado.- A ti Shiguemi, por haberme traído tan rápido y por acompañarme, y a ti José Andrés, por permitirme contactar con mi amo en tu casa para que pudiera ver como me azotaban mientras se la chupaba su nueva esclava. Me dio un plazo de tiempo muy breve para cumplir la orden y si no hubiera sido por vosotros no lo habría conseguido. Gracias.- Luego avanzó a cuatro patas hasta la butaca donde José Andrés, sentado, las observaba. Y comenzó a besarle los zapatos. El anfitrión era el único que estaba vestido; pantalón planchadísimo, camisa Dutti remangada y zapatos y cinturón de cuero. Todo negro. Código estricto. Cuando recibió la llamada pidiéndole permiso para llevar a cabo aquella sesión de improviso en su hogar, y accedió, tuvo tiempo suficiente para vestirse adecuadamente antes de que llegasen las invitadas. Y aunque vestido, hacía ya un rato que se había sacado la polla y se la acariciaba. Por lo tanto, en aquel preciso momento, con su pene duro emergiendo a través de la cremallera del pantalón bajada, disfrutaba del egregio espectáculo que le ofrecía Agustín, desnuda, guapísima como era, totalmente marcada por los azotes y echa un ovillo, a sus pies, besándole los zapatos agradecida. -¿Te has meado encima? La pregunta pilló totalmente desprevenida a Shiguemi, que dio un respingón hacia atrás y se agachó, mirándose la entrepierna. Desde su posición cómodamente sentado en la butaca dejó a Agustín que siguiera adorándole y la miraba. No cabía duda de que se estaba dirigiendo a la japonesa. -Es verdad. Estoy mojada, muy mojada, tengo los muslos chorreando.- Shiguemi tocó con los dedos el líquido que la empapaba de cintura para abajo y se los acercó a la nariz, para olerlo.- Lo siento.- Estaba muy azorada. No sabía bien lo que decir. -¿Te has meado? ¿Son orines?- Insistió el anfitrión. -No. No son orines. Son flujos vaginales. Son mis flujos. -Entonces te has corrido, mientras la estabas azotando. -Sí. -¿Te corriste? -Me corrí, es verdad, como jamás en mi vida me había corrido. El escritor se levantó y al erguirse, Agustín, arrodillada como estaba, quedó con la boca justamente enfrente de su polla empalmada. Le miró el miembro con auténtica codicia y estuvo a punto, por pura reacción espontánea, de metérselo hasta el fondo de la garganta, pero José Andrés no le dio tiempo. Se guardó la polla y avanzó hacia la japonesa. -Quizás has estado necesitando esto mucho más de lo que en principio pensabas. -¿A qué te refieres? |
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Antes de pasar al treinta y cuatro...
...gracias a Lonewolf, me sigue emocionando recibir mensajes privados acerca de mis escritos. Me siento un aprendiz de brujo. Un ángel endiablado. Un gusano alimentándose de la sangre de tus neuronas. Empalmadas y vampíricas. Gracias amigo. Quiero enviarte SM2 a Hungría. Yo lo pagaré todo. Este inciso es para anunciaros que dentro de dos años, algo más, se producirá el bicentenario de la muerte del Marqués de Sade. Mi divino mentor. A él debo lo que soy en el ámbito literario y deseo homenajeale. Para Sade contruiré un libro compuesto de historias de sadomasoquismo que escribirán los escritores de la la Red que residen en Bubok y yo lo publicaré.Compartiré por igual gloria y beneficios económicos con todas y todos lo que se atrevan a participar. Dos años no son mucho tiempo, algo más, tampoco, cuando se leen los privados de seres tan inteligentes como Lonewolf, y además, se tiene mucho que contar. De algo. Ya os contaré más. |
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cita de salazar
Gracias, Salazar, por tus palabras. Pero insisto en lo que te comenté por privado porque creo que se fomentará más la literatura si los lectores se rascan el bolsillo; además, lo del servicio postal aquí es para echarse a llorar, y los de mensajería privada funcionan como sacados de un film de Kusturica... Me interesa tu idea del homenaje a Sade; es curioso, también Suicide Commando, un grupo industrial -no comercial, o sea, no Rammstein, no NIN- también están pensando en un disco homenaje a Sade...
Antes de pasar al treinta y cuatro...
...gracias a Lonewolf, me sigue emocionando recibir mensajes privados acerca de mis escritos. Me siento un aprendiz de brujo. Un ángel endiablado. Un gusano alimentándose de la sangre de tus neuronas. Empalmadas y vampíricas. Gracias amigo. Quiero enviarte SM2 a Hungría. Yo lo pagaré todo. Este inciso es para anunciaros que dentro de dos años, algo más, se producirá el bicentenario de la muerte del Marqués de Sade. Mi divino mentor. A él debo lo que soy en el ámbito literario y deseo homenajeale. Para Sade contruiré un libro compuesto de historias de sadomasoquismo que escribirán los escritores de la la Red que residen en Bubok y yo lo publicaré.Compartiré por igual gloria y beneficios económicos con todas y todos lo que se atrevan a participar. Dos años no son mucho tiempo, algo más, tampoco, cuando se leen los privados de seres tan inteligentes como Lonewolf, y además, se tiene mucho que contar. De algo. Ya os contaré más. |
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TREINTA Y CUATRO. -Me refiero al sadomasoquismo, Shiguemi.-La cogió del cuello y con el pulgar la acariciaba la mejilla. Aunque ella misma no sabía muy bien por qué, la japonesa temblaba. -A veces se desean cosas que todavía no se conocen, y a veces se desean con una intensidad que nos sorprende a nosotros mismos. -He de reconocer que me siento un poco rara. -¿Estás mal? -No, no. No he dicho mal, he dicho rara. -Ha sido tu mayor orgasmo ¿verdad? -Verdad. -Dentro del sagrado círculo de los tres yinyangs deberás escoger entre dominar o ser dominada. Ahora has castigado, y sabes algo, el siguiente paso es que seas tú la castigada, y sabrás más. -Bésame, te lo suplico. José Andrés la atrajo hacia así con fuerza y sus lenguas se fundieron en un mar embravecido de saliva y jadeos. -Dame el látigo.- La separó con la misma brusquedad imprevista que el principio del beso. Para darle el instrumento que todavía llevaba en la mano y por iniciativa propia, la japonesa se arrodilló. Sosteniendo el látigo con ambas manos y levantando los brazos se lo ofreció con la misma reverencia que emplean los samuráis cuando entregan su katana en las películas. Pero no había ninguna frivolidad en aquella acción; un denso y profundo silencio de auténtica ceremonia japo lo envolvió todo en aquel instante, en aquel salón, de aquel piso madrileño. -José Andrés, mi querido amigo, te suplico que me aceptes bajo tu dominio. Te lo ruego. Quiero ser tu esclava. -Levanta la cabeza, mírame. -Como ordenes. -Preciosa mía, estás adorable y tienes los ojos llenos de lágrimas. -¿Me aceptas? Por favor, dame una respuesta ya. Necesito saberlo. -Te acepto.- Y cogió el látigo. Shiguemi se tapó entonces la cara con las manos y rompió a llorar de puro nervio. Se acurrucó en el suelo y lloraba y lloraba. El escritor la dejó así unos instantes para que se desahogara, dio un par de vueltas a su alrededor y volvió a pararse justamente en frente a ella. Balanceaba el látigo en el aire y tensaba con fuerza su cola. La japonesa parecía haberse calmado ya. -Luego Agustín te enseñará todo lo que tienes que saber sobre el tratamiento. -¿El tratamiento? -La manera de cómo te tienes que dirigir a mi, como tienes que contestar a mis preguntas, cuándo debes hablar y cómo tienes que reaccionar ante mis órdenes. -Gracias. Lo aprenderé con todo mi empeño. Gracias. -Pero será después. -¿Después? -Lo primero es lo primero; ya te he dicho que antes de nada tienes que ser castigada. Severamente castigada. Castigada por primera vez de verdad. -Haré lo que me ordenes. -Lo harás. Shiguemi, mientras decía aquello, postrada, no cesaba de hacerle reverencia en el suelo. -La postura en la que estás es la postura japonesa de máximo respeto ¿no es así? -Sí. Así es. Aunque hoy en día se trata de una postura arcaica que ya nadie utiliza. La gente en Japón ya no se tira al suelo para tocar con la frente los pies de quien se quiere honrar, por muy importante que sea esa persona. -A mí me gusta. Sigue haciéndolo. -Por supuesto. Lo hago. Lo hago. Gracias, muchas gracias. -Así, además, le daremos un toque simbólico al castigo. La geometría y el equilibrio son fundamentales en las buenas sesiones de Sadomaso; y la geometría y el equilibrio no son sólo algo físico. Te prohíbo que te muevas, ni un solo milímetro. Te ordeno que aguantes sin moverte el castigo. -Sí. Sí. No me moveré. -Te daré latigazos en el culo. Bastantes. Observaré atentamente como reaccionas ante el dolor que te provocan los azotes y te daré unos poquitos más, sólo unos poquitos, cuando rebases el límite de los que puedes llegar a soportar. Recuérdame ahora lo que te he ordenado. -No moverme. -¿Ya estás llorando? Aún no ha comenzado el castigo. -Lo siento, estoy muerta de miedo. Pero no me muevo. No voy a moverme. -Entonces ya podemos comenzar.- José Andrés se puso en posición y levantó el látigo.- La primera vez el dolor es tan abrumador que no se pueden articular palabras, por eso esta vez, sólo esta vez, no te voy a ordenar que los cuentes. Los latigazos. -No me moveré.-Lloraba de nuevo.- No me moveré.- Lloraba más fuerte. FIN DE SM2. |
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EN HONOR A SADE. (1). Pocas reglas y muy sencillas. Ya me conocéis. La fundamental es que haré en cualquier momento lo que me salga de la polla. Abro este apartado dentro de mi hilo para comenzar a recopilar relatos sadomasoquistas de los escritores de Internet que residen en Bubok. Con ellos. Construiré un libro que editaré dentro de dos años y poco, cuando se cumpla el bicentenario del Marqués de Sade y yo pagaré la edición pero compartiré gloria y beneficios económicos a apartes iguales con todas y todos los que se atrevan a participar. Seguiremos una estructuración clásica, que, estoy convencido, es la única que funciona de verdad. Probablemente tenga algo que ver con cierta configuración neuronal de la especie humana. La estructuración será Introducción-Nudo- Y Desenlace. El que quiera intervenir colgará en este hilo la introducción. Yo continuaré la historia desarrollando el nudo, y lo haré, intentando ser fiel a la intervención, en todos los sentidos; duración, estética, tempos, estilos, etc. Después el que haya intervenido, acabará la historia posteando el desenlace. Y ya está. Un último consejo y nada más. Mientras tecleáis la historia sabréis si lo estáis haciendo bien o mal de una manera muy sencilla; si se os está humedeciendo el coño, váis bien, si se os está poniendo dura la polla, seguid. Sólo quiero esas historias. Empezad. |
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cita de salazar
TREINTA Y CUATRO.
En honor a Sade.-Me refiero al sadomasoquismo, Shiguemi.-La cogió del cuello y con el pulgar la acariciaba la mejilla. Aunque ella misma no sabía muy bien por qué, la japonesa temblaba. -A veces se desean cosas que todavía no se conocen, y a veces se desean con una intensidad que nos sorprende a nosotros mismos. -He de reconocer que me siento un poco rara. -¿Estás mal? -No, no. No he dicho mal, he dicho rara. -Ha sido tu mayor orgasmo ¿verdad? -Verdad. -Dentro del sagrado círculo de los tres yinyangs deberás escoger entre dominar o ser dominada. Ahora has castigado, y sabes algo, el siguiente paso es que seas tú la castigada, y sabrás más. -Bésame, te lo suplico. José Andrés la atrajo hacia así con fuerza y sus lenguas se fundieron en un mar embravecido de saliva y jadeos. -Dame el látigo.- La separó con la misma brusquedad imprevista que el principio del beso. Para darle el instrumento que todavía llevaba en la mano y por iniciativa propia, la japonesa se arrodilló. Sosteniendo el látigo con ambas manos y levantando los brazos se lo ofreció con la misma reverencia que emplean los samuráis cuando entregan su katana en las películas. Pero no había ninguna frivolidad en aquella acción; un denso y profundo silencio de auténtica ceremonia japo lo envolvió todo en aquel instante, en aquel salón, de aquel piso madrileño. -José Andrés, mi querido amigo, te suplico que me aceptes bajo tu dominio. Te lo ruego. Quiero ser tu esclava. -Levanta la cabeza, mírame. -Como ordenes. -Preciosa mía, estás adorable y tienes los ojos llenos de lágrimas. -¿Me aceptas? Por favor, dame una respuesta ya. Necesito saberlo. -Te acepto.- Y cogió el látigo. Shiguemi se tapó entonces la cara con las manos y rompió a llorar de puro nervio. Se acurrucó en el suelo y lloraba y lloraba. El escritor la dejó así unos instantes para que se desahogara, dio un par de vueltas a su alrededor y volvió a pararse justamente en frente a ella. Balanceaba el látigo en el aire y tensaba con fuerza su cola. La japonesa parecía haberse calmado ya. -Luego Agustín te enseñará todo lo que tienes que saber sobre el tratamiento. -¿El tratamiento? -La manera de cómo te tienes que dirigir a mi, como tienes que contestar a mis preguntas, cuándo debes hablar y cómo tienes que reaccionar ante mis órdenes. -Gracias. Lo aprenderé con todo mi empeño. Gracias. -Pero será después. -¿Después? -Lo primero es lo primero; ya te he dicho que antes de nada tienes que ser castigada. Severamente castigada. Castigada por primera vez de verdad. -Haré lo que me ordenes. -Lo harás. Shiguemi, mientras decía aquello, postrada, no cesaba de hacerle reverencia en el suelo. -La postura en la que estás es la postura japonesa de máximo respeto ¿no es así? -Sí. Así es. Aunque hoy en día se trata de una postura arcaica que ya nadie utiliza. La gente en Japón ya no se tira al suelo para tocar con la frente los pies de quien se quiere honrar, por muy importante que sea esa persona. -A mí me gusta. Sigue haciéndolo. -Por supuesto. Lo hago. Lo hago. Gracias, muchas gracias. -Así, además, le daremos un toque simbólico al castigo. La geometría y el equilibrio son fundamentales en las buenas sesiones de Sadomaso; y la geometría y el equilibrio no son sólo algo físico. Te prohíbo que te muevas, ni un solo milímetro. Te ordeno que aguantes sin moverte el castigo. -Sí. Sí. No me moveré. -Te daré latigazos en el culo. Bastantes. Observaré atentamente como reaccionas ante el dolor que te provocan los azotes y te daré unos poquitos más, sólo unos poquitos, cuando rebases el límite de los que puedes llegar a soportar. Recuérdame ahora lo que te he ordenado. -No moverme. -¿Ya estás llorando? Aún no ha comenzado el castigo. -Lo siento, estoy muerta de miedo. Pero no me muevo. No voy a moverme. -Entonces ya podemos comenzar.- José Andrés se puso en posición y levantó el látigo.- La primera vez el dolor es tan abrumador que no se pueden articular palabras, por eso esta vez, sólo esta vez, no te voy a ordenar que los cuentes. Los latigazos. -No me moveré.-Lloraba de nuevo.- No me moveré.- Lloraba más fuerte. FIN DE SM2. |
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cita de salazar
EN HONOR A SADE. (1).
En honor a Sade.
Pocas reglas y muy sencillas. Abro este apartado dentro de mi hilo para comenzar a recopilar relatos sadomasoquistas de los escritores de Internet que residen en Bubok. Con ellos. Construiré un libro que editaré dentro de dos años y poco, cuando se cumpla el bicentenario del Marqués de Sade y yo pagaré la edición pero compartiré gloria y beneficios económicos a apartes iguales con todas y todos los que se atrevan a participar. Seguiremos una estructuración clásica, que, estoy convencido, es la única que funciona de verdad. Probablemente tenga algo que ver con cierta configuración neuronal de la especie humana. La estructuración será Introducción-Nudo- Y Desenlace. El que quiera intervenir colgará en este hilo la introducción. Yo continuaré la historia desarrollando el nudo, y lo haré, intentando ser fiel a la intervención, en todos los sentidos; duración, estética, tempos, estilos, etc. Después el que haya intervenido, acabará la historia posteando el desenlace. Y ya está. Un último consejo y nada más. Mientras tecleáis la historia sabréis si lo estáis haciendo bien o mal de una manera muy sencilla; si se os está humedeciendo el coño, váis bien, si se os está poniendo dura la polla, seguid. Sólo quiero esas historias. Empezad. |
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cita de salazar
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cita de salazar
EN HONOR A SADE. (1).
En honor a Sade.
Pocas reglas y muy sencillas. Abro este apartado dentro de mi hilo para comenzar a recopilar relatos sadomasoquistas de los escritores de Internet que residen en Bubok. Con ellos. Construiré un libro que editaré dentro de dos años y poco, cuando se cumpla el bicentenario del Marqués de Sade y yo pagaré la edición pero compartiré gloria y beneficios económicos a apartes iguales con todas y todos los que se atrevan a participar. Seguiremos una estructuración clásica, que, estoy convencido, es la única que funciona de verdad. Probablemente tenga algo que ver con cierta configuración neuronal de la especie humana. La estructuración será Introducción-Nudo- Y Desenlace. El que quiera intervenir colgará en este hilo la introducción. Yo continuaré la historia desarrollando el nudo, y lo haré, intentando ser fiel a la intervención, en todos los sentidos; duración, estética, tempos, estilos, etc. Después el que haya intervenido, acabará la historia posteando el desenlace. Y ya está. Un último consejo y nada más. Mientras tecleáis la historia sabréis si lo estáis haciendo bien o mal de una manera muy sencilla; si se os está humedeciendo el coño, váis bien, si se os está poniendo dura la polla, seguid. Sólo quiero esas historias. Empezad. |
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Sadomasoquismo-1. Pilar miró la pantalla al recibir la llamada y leyó: "número desconocido". No era la pantalla de su móvil lo que estaba observando, sino la pantalla del ordenador de su despacho. Todas las mañanas, lo primero que hacía nada más llegar, era sacar su móvil del bolso y colocarlo en el aparato que lo conectaba al ordenador. Lo encendía, se colocaba los fones con micrófono y ya podía enviar y recibir sms y llamadas sin aparentar interrumpir su trabajo. Una cuestión de imagen importante dado que ella era la directora general de la empresa y dado también que en muy pocas ocasiones cerraba las persianas del muro de metacrilato transparente que la separaba del hall de secretaría. De hecho todos los que estaban allí y todos los que pasaban por allí podían verla perfectamente durante casi la totalidad del tiempo que duraba su jornada laboral. Pilar pulsó la tecla correspondiente y de manera instintiva se llevó la mano a uno de los fones que tenía en la oreja. -¿Sí dígame?-Preguntó a modo de saludo. -Hola.-Era una voz femenina, algo ronca y se notaba nerviosa.-Buenos días, llamaba por lo del anuncio de la revista Clima. -Sí, sí, muy bien.-La animó Pilar.-¿Cómo te llamas? -María, me llamo María. -Muy bien María, y supongo que eres sumisa o esclava y que buscas ama. -Sí... bueno... el caso es que no tengo ninguna experiencia, pero me gustaría probar. -Bien, pero la pregunta es: ¿Te sientes sumisa, te gustaría ser poseída por un ama autoritaria? -Sí, pienso mucho en ello y la verdad es que me excita mucho la idea. -Perfecto María, mira, yo me llamo Ester, pero vamos a empezar bien desde el principio; tú me llamarás "señora" y me tratarás de usted, siempre, y yo te trataré a ti como me salga del coño ¿Has entendido? -Sí... bueno... es que... -¿Qué mierda es ésa de "sí, bueno, es que"? ,mira María,lo único que puedes contestar ahora es "sí señora" ¿Has entendido? -Sí, creo que sí. -¿Sí qué? -Sí señora, perdón. -Repítelo otra vez. -Sí señora. -Muy bien ¿Lo ves? Suena de maravilla. Dime María; ¿Te puedo volver a llamar a lo largo de la mañana y hablamos con más tranquilidad o prefieres que te llame a una hora determinada? Ahora tengo algo que hacer y he de dejarte. -No, no señora, no hace falta que sea a una hora determinada, estoy sola en casa y no voy a salir. -Perfecto, hasta ahora entonces. -Hasta ahora. -!María! -Perdón, hasta ahora señora. -Adiós. Pilar colgó la comunicación dando a una tecla y se apoyó satisfecha en el respaldo de cuero de su sillón. María le había causado muy buena impresión; su tono sumiso y su rápida adaptación a las órdenes apuntaban maneras. Probablemente se podría hacer de ella una buena esclava y si no tenía experiencia, mejor, así la adaptaría a sus gustos con mayor facilidad. Una nueva señal en la pantalla del ordenador anunció a Pilar que iba a comenzar la videoconferencia conjunta de todos los primeros jueves de cada mes con los jefes de zona. Ajustó la pantalla, sacó sus notas y se dispuso a participar. -Trabajemos un poco.- Se dijo a si misma con una media sonrisa. Intro. |
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Sadomasoquismo-2. La videoconferencia terminó antes de lo que pensaba Pilar. Estupendo. Casi media hora antes. Las persianas continuaban echadas. Era la única razón por la que Pilar las echaba, cuando tenía videoconferencia, como todo el mundo sabía ya en la oficina, y por lo tanto, el único momento en el que estaba invisible a los ojos del resto del personal en el exterior. Además, la puerta estaba cerrada por dentro con pestillo y por fuera tenía el cartel de "no molestar", que también, sólo se ponía durante las videoconferencias. Por consiguiente, y sin levantar en absoluto ninguna sospecha, durante la próxima media hora nadie entraría en su despacho cerrado, nadie llamaría a la puerta, no recibiría ninguna llamada, de eso se encargaba la secretaria, y además, nadie podía verla. Era el momento de llamar a María. Pulsó en su teclado y comenzó a oír el tono de llamada. Pilar se arrellanó en su butaca, respiró hondo y se subió la falda por encima de las rodillas. -¿Sí dígame? Otra vez la voz un poco ronca de María. -¿María? -Sí, soy yo. -Soy tu señora.-Pilar había olvidado el nombre falso que le dio antes, pero no importaba, no diría ninguno, bastaba con "señora" y ya está. Ella era el ama. Pensó cuánto le gustaba esto y se llevó la mano al interior de las bragas. -Sí señora, dígame.-María estaba nerviosa, como antes. -Dime lo que estás haciendo y lo que llevas puesto, de ropa, me refiero. -Estaba limpiando un poco la casa señora, con la tele encendida, para no aburrirme y llevo una camiseta blanca. -Lo de la tele es verdad porque la estoy oyendo. Quítala ahora. -¿Cómo? -Que apagues la tele, inmediatamente, y por favor María, no me hagas repetirte las cosas dos veces porque sino voy a tener que ser muy dura contigo. -Sí señora, perdón señora. Pilar oyó los pasitos de María y el sonido de la tecla de la televisión del salón al ser desconectada. -Ya está señora. -Bien, vamos a hablar, quiero saber cosas de ti. -Sí señora. -Para empezar, cuando yo te pregunte algo quiero dos cosas; primero una respuesta clara y completa y segundo, que siempre termines la frase con un "sí mi señora". -Sí mi señora.-Contestó María con decisión; parecía ahora menos nerviosa y más motivada. -Perfecto, veo que lo has entendido. -¿Te pajeas a menudo? -¿Cómo... mi señora? -Que si te metes los dedos u otras cosas en el chocho para darte placer cuando estás sola. -Sí mi señora. -¿Con qué frecuencia? -Casi todos los días mi señora. -¿Y mientras te estás haciendo la paja te golpeas con algo en el culo para excitarte más? -Sí mi señora. -Lo sabía ¿Y con qué te pegas en el culo? -Con una regla grande y metálica que conservo de cuando yo estudiaba. Puedo darme con ella muy fuerte y no se rompe; luego, cuando termino, la limpio muy bien y la vuelvo a dejar en su sitio, mi señora. -Coge la regla. -Sí mi señora. Pilar oyó a María como salía corriendo; escuchó las puertas que se abrían y que se cerraban. Sólo unos instantes después volvía a estar al teléfono. -Ya está mi señora.- María jadeaba un poco.- Ya tengo la regla. -¿En qué parte de la casa estás? -En el salón mi señora. -Bien, corre los visillos, las cortinas o lo que tengas, para que no puedan verte desde el exterior. Pilar oyó otra vez a María en movimiento. Era muy rápida. -Ya está mi señora. -Ponte de rodillas para hablar conmigo y deja la regla a tu lado, en el suelo. -Sí mi señora, ya está. -Has cometido una falta. -¿Qué?... ¿Qué he hecho mi señora? -Cuando te he preguntado por lo que llevas puesto de ropa, la respuesta no ha sido lo suficientemente completa. -Lo siento mi señora. -No, lo siento no,voy a tener que castigarte, se trata de una falta grave porque ya te he explicado cómo deben de ser tus respuestas. -Sí mi señora. -Primero pide perdón. Es necesario. Aunque eso no te librará del castigo. Vamos. |
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Sadomasoquismo-3. -Le pido perdón mi señora por la falta que he cometido, por favor perdóneme, no me volverá a pasar, se lo juro señora, perdón. -Bien, y ahora, el castigo. Descúbrete el culo y date con la regla seis golpes en cada nalga, fuertes y que duelan; quiero oírlos. -Sí mi señora.- Pilar oyó como María dejaba el móvil en el suelo, a su lado, y luego oyó los reglazos, uno a uno, los contó. Cada uno iba acompañado de un gritito de dolor y efectivamente, a los doce se paró. -Ya está mi señora.- María jadeaba. -¿Cómo que ya está? ¿Es que nadie te ha enseñado cómo tienes que castigarte cuando se te ordena? -No... no mi señora... nadie me ha enseñado nada antes... usted es mi primera ama, mi señora. -Ya veo. Voy a tener que trabajar mucho en tu adiestramiento y todavía no se si lo mereces ¿Tú crees que mereces que me tome tanto esfuerzo? -Seré muy obediente mi señora, se lo juro, pero por favor, enséñeme, se lo suplico. -Está bien; escucha atentamente cómo lo tienes que hacer. Contarás los reglazos y me darás las gracias por cada uno, por ejemplo, te darás y dirás; "uno, gracias mi señora, dos, gracias mi señora, tres, gracias mi señora..." y así hasta el final. Vamos, repite el castigo a ver si esta vez lo haces bien. -Sí mi señora.- Y Pilar comenzó a oír consecutivamente el "uno, gracias mi señora, dos, gracias..." acompañados del ruido del golpe y los grititos de dolor de María, hasta que terminó con los doce. Pilar se estaba metiendo los dedos en el coño y sobre la zona de la braga que le cubría la mano ya tenía una mancha como el mapa de Australia. -Ya está mi señora, ya he cumplido el castigo. -Bien ¿y ahora? -Yo... esto... le doy las gracias, mi señora, por haberme castigado. -Muy bien, respuesta correcta. Te merecías el castigo y eso te hará aprender. -Sí mi señora, gracias mi señora, estoy para servir a mi señora. -¿Y ahora que has pagado tu falta vas a contestarme bien sobre la pregunta de que ropa vistes en este momento? -Sí mi señora. Llevo unos zapatos de medio tacón, tipo chancletas, sin medias, tanga negro, sujetador de tirantes a juego y encima una camiseta holgada de hombre que me llega por encima de las rodillas, como si fuese un vestido, y el pelo recogido con un pañuelo naranja. Eso es todo lo que llevo mi señora. -Ahora sí estoy satisfecha con la respuesta ¿Ves cómo puedes ser obediente como a mi me gusta María? -Sí mi señora, muchas gracias mi señora. -Quítatelo todo, menos los zapatos y el pañuelo de la cabeza, dejas la ropa en el suelo, al lado de la regla y después te vuelves a poner de rodillas para seguir hablando conmigo !Vamos! |
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Sadomasoquismo-4. -Sí mi señora.- Pilar oyó los movimientos. Fueron unos instantes.- Ya está mi señora, ya estoy otra vez de rodillas. -¿Y en pelotas? -Sí mi señora. -Llévate la mano al coño y dime cómo está. -Chorreando mi señora, como si me hubiese orinado un poco mi señora. -Estás obedeciendo bien. Voy a premiarte.Métete tres dedos y pajeate hasta que yo te diga. -Sí mi señora. María comenzó a jadear de placer, casi gritaba, cada vez más deprisa, y Pilar, mientras la oía, se estaba metiendo los dedos también de tres en tres. -!Basta!- Cortó Pilar. Ya casi había pasado la media hora, lo acababa de ver en el reloj que aparecía en la esquinita inferior de la pantalla del ordenador. -Sí... sí... sí mi señora.- Respondió María respirando con dificultad. -¿Dónde y cuándo podemos vernos María? -En mi casa, mi señora, cuando usted quiera hasta el domingo por la tarde, que regresa mi marido. Es camionero mi señora y yo prefiero que no se entere de nada. No lo entendería. -Tranquila, si me interesas lo mantendremos en secreto. Mejor, pensó Pilar. Los casados eran los parteners que menos complicaciones provocaban. Una esclava deseosa de ser adiestrada y encima con sitio propio. Un chollo. -Pero te lo advierto María, a mi me gustan las esclavas muy obedientes. -Lo seré mi señora. -Tendrás que esforzarte mucho en cumplir mis órdenes y en complacerme. -Se lo juro mi señora, no la defraudaré. -Y además, te castigaré muy severamente cada vez que cometas una falta. -Sí mi señora, debe usted castigarme muy duro cada vez que me equivoque. Lo merezco mi señora. Yo le daré las gracias por cada castigo. -Dime la dirección.- María se la dijo y Pilar la apuntó en un posit que luego metió en el monedero de su bolso. -Perfecto. Mañana nos veremos; llegaré a las dos y media y estaré contigo hasta las cuatro de la tarde ¿Te viene bien? -Fenomenal mi señora. -Así nos conocemos. Hora y media bien empleada dan para mucho, pero en principio y hasta que no nos veamos las caras, no te prometo nada. -Como usted desee mi señora. -Hoy, durante todo el día, y mañana hasta que nos reunamos, no llevarás bragas. Eso te ayudará a no dejar de pensar en mí hasta la cita. -Estoy ansiosa porque llegue mi señora. -Y nada de pelos, ni en los sobacos ni en el coño. Te quiero totalmente afeitada y depilada; sólo te permito tener pelo en las cejas y en la cabeza ¿Has entendido? -Perfectamente mi señora, así será. -Adiós María. -Adiós mi señora.- María dijo esto un poco exultante; con auténtica sinceridad. Nada tenía que ver con el tono asustado y nervioso que tenía al principio de la conversación. Pilar estaba muy satisfecha. Se colocó bien las bragas y entró en cuarto de baño particular de su despacho para lavarse las manos. Ella también estaba casada, como María, y su marido tampoco sabía nada de su afición al Sadomaso, ni sería capaz de entenderlo. Vivirlo como una afición secreta, como una doble vida, tenía sus inconvenientes, pero después de tantos años Pilar había llegado a la conclusión de que era la mejor manera de hacerlo si uno valoraba y respetaba de verdad a su familia. Y ella la respetaba. Le encantaba su cómoda casa de cuatro habitaciones en el centro de la ciudad, adoraba a sus dos hijos, ya adolescentes, que eran cariñosos, responsables y brillantes en los estudios, y amaba de verdad a su marido, un hombre ya maduro, médico, guapo y atento con ella, cuyo único defecto; su baja actividad sexual, se había convertido con el paso de los años en; primero; la principal inducción a su disfrute extramatrimonial del Sadomaso, y en segundo término; una circunstancia personal que facilitaba sus contactos, puesto que si la normalidad de tu cónyuge es vivir en la apatía sexual, se evitan así casi todas las sospechas y suspicacias. Y luego está el hecho de que la vivencia del SM tiene una poderosa tendencia promiscua; a Pilar se le hacía muy difícil pensar que era posible llevarlo a cabo bien, acompañado de una pareja estable. En resumen, Pilar era de las que pensaban que era mucho mejor hacerlo en solitario, y aunque sus circunstancias personales a ello la obligaban, ya no pensaba que eso, en el fondo, fuese una traba. Recogió las persianas de su despacho y abrió la puerta de par en par; asomó la cabeza al hall y llamó a su secretaria. "Bueno" pensó "volvamos a la realidad". La secretaria entró y Pilar le pidió que por favor no cerrara la puerta a sus espaldas; quería que se ventilara un poco el despacho después de la videoconferencia. -Sí, huele un poco raro.- Confirmó la secretaria. -¿Verdad?- Dijo Pilar,mientras sacaba unos papeles y comenzaba a trabajar. |
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Sadomasoquismo-5. Pilar estaba frente a la puerta de la casa de María; había llegado en punto, como a ella le gustaba, y aunque eran las dos y media no había comido por si tenía sexo; quizá fuese un estúpido prejuicio, pensó, pero ella creía que se disfrutaba más de los reales si se iba con el estómago vacío. Ya comería luego. María la estaba esperando dentro; acababa de hablar con ella hacía tan solo tres minutos, la había llamado para decirla que iba a entrar en la verja del jardincito, que dejara la puerta de la casa de tal forma que tan solo con empujarla se pudiera abrir y que se quedara delante de rodillas, con la cabeza agachada, con la frente pegada al suelo, esperándola a que entrara. También le había ordenado que llevara un camisón corto, si tenía, transparente, tanga, zapatos de tacón alto y un par de pinzas de tender la ropa en cada pezón. María había dicho que sí a todo, emocionada. Le temblaba la voz, nerviosa como un flan, segundos antes de conocer a su nueva ama. Pilar respiró hondo; en efecto, la puerta de la casa estaba entreabierta y sólo había que empujarla un poco; se arregló la falda y el pelo, siempre había considerado muy importantes los primeros segundos de un primer encuentro, así que pensó un poco en qué postura pondría y qué diría nada más traspasar el umbral. Al otro lado debía de estar María arrodillada, esperándola, sí, estaba, pensó Pilar, podía oler desde allí su miedo inicial y su ansiedad excitada. Soltó el aire y empujó la puerta despacio. Entró. En efecto; allí estaba, tal y como le había ordenado. Pilar cerró la puerta tras de si y se plantó enfrente con una mano en la cintura. El camisón que llevaba era un poco repollo y de tela sintética, o sea, de una tienda de chinos, y barato, pero era transparente y tan corto que en esa posición, de rodillas y con la frente pegada al suelo, le dejaba prácticamente al aire todo el culito. Los zapatos eran muy altos, pero de tacón gordo y no finito, como a Pilar le gustaba, y con cordones que se ataban a la pierna con varias vueltas por encima de los tobillos. Ese efecto en cambio le quedaba muy bonito y mejoraba sus extremidades, musculadas y fibrosas, aunque de color un pelín blancas. El tanga apenas podía verlo, porque lo ocultaban las nalgas, que la tener la piernas juntas, estaban pegadas, pero lo poco que se podía ver del cordón era rosita claro con algunos puntitos de purpurina. El pelo de María era caoba oscuro, probablemente de tinte, porque su tonalidad era demasiado intensa y regular, y acabado en puntas un poco erizadas, hasta cuatro dedos por debajo de la nuca. Tenía los brazos en el suelo, extendidos hacia delante y mantenía la cara pegada al parqué del piso, y las palmas de las manos, boca abajo. Aquella manera espontánea de poner los brazos reforzaba más aún si cabe el aire de sumisión que la envolvía. Pilar se sintió muy satisfecha con todo lo que estaba viendo. -Levanta la vista y saluda a tu ama.- Dijo. María, que durante aquellos eternos segundos de silencio, había estado temblando como un cachorrillo, levantó la cabeza poquito a poco, hundiendo el cuello en el pecho. Abrió la boca para decir algo pero ante la visión de Pilar se quedó muda; intentaba hablar, pero no le salían las palabras; movía un poco la parte inferior de su mandíbula pero sin emitir sonido alguno. -Habla de una vez esclava. Pilar estaba divina; en el pasillo, con la puerta cerrada a su espalda. Se puso el otro brazo también en la cintura, con lo que quedó en jarras, bajando la vista hacia el rostro de María, dura y dominante. Llevaba zapatos de tacón de aguja, aunque no muy altos, de charol negro brillante, medias oscuras y falda por encima de las rodillas, muy ajustada. Chaqueta a juego. Traje, por tanto, típico de ejecutiva con un aire intencionadamente serio pero que no renuncia, porque puede, a resaltar la figura de su hermoso cuerpo; color azul muy oscuro, casi tipo azafata. Por dentro camisa de un blanco impoluto y un pañuelo al cuello, también azul, como el traje. El pelo rubio, muy liso, con un ligero toque rojizo, peinado con tiralíneas, estirado hacia detrás y recogido con fuerza con una cola, por supuesto azul. -Bienvenida... mi señora... qué guapa eres.- Balbuceó por fin María. -¿Y las pinzas de ropa en los pezones? María se llevó las manos a sus pechos, generosos y firmes, con auténtica sorpresa. -Se me olvidaron mi señora... estaba tan nerviosa... -¿Se te olvidaron? -Se me olvidaron las pinzas mi señora, lo siento mucho, por favor, perdóneme mi señora, lo siento. La voz un poco ronca de María le pareció a Pilar que le daba un aire aún más morboso a sus súplicas. En definitiva; estaba más que satisfecha con todo, así que pensó que había llegado el momento de divertirse un poco. -Más lo vas a sentir ahora.- Dijo Pilar.- Porque te voy a castigar por ello. -Sí mi señora. -Levántate del suelo y llévame al dormitorio. -Sí mi señora. -Vamos. Muévete. Corriendo.- Y María se levantó y comenzó a andar deprisa. -Sí mi señora, como ordene mi señora. |
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Sadomasoquismo-6. María comenzó a andar y Pilar la seguía. Su pelo negro, ondulado y bien peinado caía en campana hasta sus hombros. Inspiraba cierto contraste, el aire de seriedad y orden del pelo, con el camisón corto, rosa y transparente, muy de putón barato, que llevaba. Andaba muy bien con tacones, con la naturalidad grácil y un poco arqueada de mujer acostumbrada a llevarlos siempre. María tenía un cuerpo hermoso, un poco musculado pero sin dejar de ser femenino, bien marcado. Desde su posición, detrás de ella, siguiéndola, pudo observarla bien el culo y era precioso; con forma de manzana. María debía de tener bien pasados los cuarenta pero se notaba que hacía ejercicio y que se cuidaba. Atravesaron el pasillo, llegaron al salón y subieron las escaleras del fondo hasta la planta superior. La casa era un chalet unifamiliar, amplio, con enormes ventanas. Todo estaba limpio y ordenado. A Pilar le llamó la atención la intensa luz que entraba; hecho también acentuado por ser la hora de la comida. También se dió cuenta de que todos los visillos de todas la ventanas y puertas de cristal de la casa, estaban echados. Todos eran del mismo tipo de tela, un beige semirosáceo y transparente ¿Como el camisón? Con lo que la fuerza de la luz solar, que los atravesaba, inundaba todas las estancias de un sugerente color rojizo ¿Como el tanga? Entraron al dormitorio. Todas las puertas estaban abiertas. Era la habitación principal de la planta superior, amplia y casi totalmente llena de ventanas; si la luz cobriza de la casa era abundante, allí era una orgía. Los chorros de sol teñidos de seda anaranjada entraban hasta el centro como una cascada recta, y a pesar de tanta luminiscencia, la temperatura era fresca y agradable. Pilar observó que aparato de aire acondicionado estaba funcionando. María había pensado en todo; los visillos echados para que nadie pudiese ver nada raro desde fuera y el aire funcionando para neutralizar el calor que a esas horas se daba en el exterior. -Quítatelo todo menos los zapatos y te pones de rodillas en el centro de la cama. -Sí... sí mi señora... enseguida. Pilar tiró su bolso al suelo y observó como María se quitaba el camisón y en tanga; luego se subió en la cama y gateó de rodillas hasta su centro. -Ponte recta y bien erguida, así, veamos... buen culo, buenas tetas ¿y el coño? ¿Te lo afeitaste como te dije? -Sí mi señora, ayer por la noche y otra vez esta mañana, antes de meterme en la ducha; mire mi señora. Pilar se abrió de piernas y se llevó las manos al pubis abriéndose la raja. En efecto, el chocho estaba totalmente rasurado y la piel de la zona un poco más blanca que la del resto del cuerpo. -No te muevas, quédate así. -Sí mi señora. María se quedó en esa posición, abriéndose en coño, inmovilizada; tenía la boca un poco abierta, con los labios un poco arqueados hacia abajo, pero no parecía una mueca de disgusto, sino de concentración, y entrega. No era muy agraciada de rostro, porque tenía una nariz quizás demasiado generosa y arrugas en las comisuras de los ojos, pero su boca grande, y de labios carnosos, le daban un aire saludable. El pelo, además, le caía triangularmente a cada lado de la cara, con lo que tenía un cierto aire de india americana, que la aniñaba y la favorecía. En general el balance era muy positivo, pensó Pilar, mientras la observaba atentamente el chocho, que se abría a conciencia con sus manos, y recordaba su hermosísimo culo. -Ven al extremo de la cama, acércate a mí, pero sin dejar esa posición. -Sí mi señora. Y María avanzó despacio de rodillas hasta llegar a su lado. Pilar la acarició un poco el pelo y lo encontró suave y limpio al tacto. Luego le rozó con el dedo las mejillas sonrojadas. María la miraba ahora tierna, como una niña, y temblaba un poco con cada caricia. Estaba en el extremo de la cama, como se lo había ordenado, de rodillas, sentada sobre sus piernas y en pelotas. Le encantó verla así, tan sumisa y dispuesta, y le gustaba como obedecía, entendiendo la orden a la primera, rápidamente, y actuando al instante y sin dudas. Comenzó a meterle dos dedos en la boca y la reacción fue la que Pilar deseaba. María comenzó a chupárselos con intensidad y avaricia; movía sin parar la lengua alrededor de los dedos y sus labios no paraban de subir y bajar. Pilar los sacó de su boca tras unos segundos, se los limpió en las mejillas de María y comenzó a quitarse la ropa. No dejaba de caminar alrededor de la cama mientras lo hacía; de un lado a otro, y vuelta a empezar, como si fuese una modelo en la pasarela. La chaqueta, la camisa, el sujetador, la falda, el pañuelo al cuello, el tanga y la cola azul con la que se sujetaba el pelo. María la miraba como si aquello fuese una aparición; tenía los ojos como platos y en el rostro un gesto casi infantil y nervioso de satisfacción. Pilar fue tirando una a una todas las prendas al suelo, hasta quedarse solo con los zapatos altos de charol y las medias negras a medio muslo. Se paró frente a María, otra vez, con las manos en jarra. Tenía un cuerpazo, aunque muy pocas tetas, apenas nada, pero sus caderas eran de diosa, con un vientre perfecto, lleno de curvas, suaves, que iban resbalando indolentemente hasta su coño; no afeitado del todo, pero recortado meticulosamente con tijera casi al límite. María no la quitaba los ojos de encima; parecía como si la estuviese rezando. Pilar miró al suelo a su alrededor con toda su ropa desparramada. -La recoges toda y la dejas dobladita y ordenada encima de aquel mueble !Vamos! -Sí mi señora.- María saltó disparada de la cama y comenzó a recoger la ropa como se le había ordenado; enseguida lo dejó todo sobre la cómoda, tan bien, que de lejos parecía ropa recién planchada y por último puso allí también el bolso de Pilar. Era un bolso grande y parecía contener muchas cosas. -Saca la fusta. María abrió la cremallera y sacó una fusta negra que cabía justita a lo largo del bolso; la sacó del todo, volvió a cerrarlo y lo dejó encima del mueble junto a lo demás. -Sujétala con los dientes, te pones a cuatro patas y me la traes así, caminando como una perra. María intentó decir "sí mi señora", pero con la fusta en la boca sólo logró emitir una especie de gruñido de asentimiento. Cuando llegó al lado de Pilar se quedó de rodillas, levantó la cara, ofreciéndole la fusta que sujetaba con la boca y puso las manos dobladas, como hacen los perritos cuando entregan el palo al amo que se lo acaba de tirar. -Así, muy bien.- Dijo Pilar, mientras cogía la fusta con una mano y le acercaba la otra a la boca, que María comenzó a lamer de inmediato. -O sea, que esta perrita desobediente olvidó ponerse las pinzas en los pezones como yo le había ordenado ¿No es así? -Sí mi señora, así es mi señora, le pido perdón a mi señora.- Y siguió lamiendo.- Perdón, perdón. |
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Sadomasoquismo-7. Entre los pies de la cama y la cómoda donde María había puesto doblada y ordenada la ropa que Piular se acababa de quitar, debía de haber unos tres metros. Un buen espacio, abierto y despejado, para moverse sin agobios. A Pilar, cuando castigaba a algún esclavo o esclava, le gustaba estar de pie, moviéndose a su alrededor, de un lado a otro del ser dominado. Por eso le ordenó a María que se levantara, ya que continuaba de rodillas en posición de perrito, y que se pusiera en el centro de aquel espacio diáfano del dormitorio. -Las piernas abiertas, el culo hacia fuera, las tetas bien altas, como la frente, y las manos en la nuca, como le hacen los policías a los malos en las películas. Vamos, vamos, perrita. -Sí mi señora, sí mi señora... -Mientras María obedecía a toda pastilla, Pilar se movía a su alrededor, con una mano sostenía firmemente la fusta y con la otra se tocaba el coño, y se metía y se sacaba un par de dedos, ya que seguía sin nada más encima más que los tacones y las medias a medio muslo. Las dos eran casi de la misma altura. Pilar la agarró del pelo y la giró la cabeza, avanzando su rostro y dejándoselo tan pegado a su cara que María podía oler la saliva de Pilar con cada palabra que decía. -Mantén la posición; no quiero que hagas ni un solo movimiento hasta que yo te lo ordene, perra. -Sí mi señora. Pilar observó un instante la mirada que le lanzaba María, tan sólo a unos centímetros de sus ojos. Jamás nadie la había mirado nunca con tal amorosa devoción. Lo del carnero degollado se quedaba muy corto, pensó. Y comenzó a tocarle el culo, y las tetas, con fuerza; apretando la carne en serio. Sintió como se le humedecía el coño mientras la magreaba. Aquello estaba todo duro y estupendo. Aunque fuese un poco feita de cara. Le acercó la mano a la boca. -Bésala.- Y María comenzó a besar con tanta fuerza los dedos que parecía que daba chupetones. -Basta perra. Levanta más los codos, así, bien arriba, la frente alta, junta las rodillas, eso es, y separa los tobillos todo lo que puedas y ahora, lo más importante, el culo. Tienes que ponerlo sobresaliendo y en pompa, así es, perfecto, bien ofrecido, como la perra que eres. -Sí mi señora ¿lo estoy haciendo bien, mi señora? -Tienes mucho que aprender y por eso voy a castigarte, para que aprendas. -Sí mi señora. -Cuando yo ordene algo tú tienes que obedecer sin rechistar y punto. -Sí mi señora. -Pero no, tú tenías que olvidarte de ponerte una pinza de ropa en cada pezón ¿verdad? Perra desobediente. -Perdón mi señora, pero es que estaba tan nerviosa esperando vuestra visita, y no para de pensar en como seríais, y tenía algo de miedo... -Silencio. -Sí mi señora. -Da igual lo que pasase, has desobedecido y voy a castigarte; y así será siempre de ahora en adelante. -Sí mi señora. -Pero antes de azotarte, y ya que lo has mencionado, dime una cosa, ahora que me has visto desnuda ¿te parezco atractiva? A María se le iluminó el rostro y bajó un poco la frente para mirarla. -Sois guapísima mi señora, sois mucho más hermosa de lo que yo esperaba; estoy tan contenta... yo... yo... haré todo lo que me digáis, mi señora, soy vuestra, haced conmigo lo que os de la gana, os lo suplico. -Por supuesto que lo haré perra. Pero basta de charla; levanta un poco el culo que voy a comenzar. -Ay, ay, ay...- Comenzó a susurrar María. Le temblaban las piernas. -¿Qué pasa? -Es que tengo miedo mi señora, no sé si podré aguantarlo, es que nunca me han pegado, ay, ay, ay... -Silencio perra, aguantarás lo que tu dueña, que soy yo, te ordene aguantar.- Pilar estaba como una moto, metiéndose los dedos de cuatro en cuatro y ahora chorreando entrepierna abajo. El miedo de María, que movía los pies dando saltitos por el nerviosismo, la estaba provocando uno de los mayores calentones de su vida. -Quieta. -Sí... ay, ay, ay... sí mi señora. Pilar respiró hondo y le lanzó un fustazo certero y directo al centro de la nalga izquierda. Inmediatamente después de habérselo dado, pensó que quizás había sido demasiado fuerte para ser el primero. Pero en fin. Ya estaba hecho. Y qué bonito había sonado el extremo en palmeta de la fusta negra al chocar contra la piel. Una delicia, pensó, mientras se metía ya casi la mano entera en el chocho empapado. María dio un respingón, casi un salto, soltó un grito seco, se llevó las dos manos a la nalga azotada y comenzó a corretear en círculo alrededor de Pilar, agachándose u levantándose sin parar. -Ay, ay, ay, cómo duele mi señora, ay, ay, ay. Al fin se paró y se dejó caer de rodillas a los pies de Pilar; tenía los ojos inundados de auténticas lágrimas y continuaba con ambas manos sobándose el culo para aliviar el fustazo. -Ay mi señora, duele mucho, ay, ay, ay.- Y siguió llorando como una niña, ya totalmente desatada. Pilar volvió a acariciarle la mejilla, como antes, aunque ahora estaban mojadas. -Veo que tenemos mucho trabajo por delante, perrita. Necesitas urgentemente adiestramiento. -Pero no me pegue más, por favor mi señora, se lo suplico, por favor, duele mucho, no me pegue más, ah... ah... ah. -Eso es imposible María. -¿Pero por qué? -Porque tú eres mi esclava y yo te pegaré siempre que lo desee; a veces porque hayas cometido una falta, y a veces, aunque no hayas desobedecido, lo haré simplemente porque me da placer verte sufrir. Pilar se agachó y le dio un beso en los labios que María respondió con un arrebatamiento apasionado, a pesar de los lloros, enternecedor. -Mira, tú puedes elegir tenerme como ama o no tenerme, pero si eliges estar bajo mi dominio tendrás que aceptar todos los castigos que te imponga, y por supuesto, tendrás que aceptar que te pegue. -Continuó Pilar.- Y ahora dime ¿quieres que me vaya, para siempre, o quieres que me quede? María volvió a estallar en sollozos y se lanzó a uno de los pies de Pilar, y no paraba de besarlo y de lamerlo mientras hablaba. -No, no me deje mi señora, no me deje, por favor, seré buena, se lo juro, seré una perra buena y obediente, pero no me deje. Pilar la levantó suavemente la barbilla con una mano y se agachó para ponerle otra vez el rostro muy pegado a su cara. -Pues entonces vuelve a la posición. Perra. -Sí mi señora. Ahora de pie, en el centro de la habitación y con las manos en la nuca, estaba temblando toda, como una hoja en otoño, y hacía pucheros. Pilar dejó la fusta encima de la cómoda y se puso justamente delante de María; la abrazó y comenzó a besarla, metiéndole de primeras con fuerza la lengua en la boca. María no sólo correspondió el beso, sino que bajó los brazos y abrazó también a su ama con auténtica ternura. Ya estaba más tranquila. Pilar la toco el coño recién afeitado y también chorreaba. -Te he dicho que mantengas la posición.- Dijo Pilar entre jadeos susurrantes. -Sí mi señora, yo haré todo lo que me diga, muchas gracias. -¿Gracias por qué? -Por besarme mi señora, es usted muy buena, y muy guapa, y me estoy enamorando de mi señora.- Y volvió a besarla con lengua. -Basta, no hables tanto y prepara el culo. -Ay, sí mi señora ¿Me va a volver a pegar? -Pues claro perra, tienes pendiente el castigo. -Sí mi señora. Pilar volvió a coger la fusta y se puso detrás de María preparada para golpear. María cerraba con fuerza los ojos y apretaba la boca, esperando el próximo fustazo. -No quiero que te muevas, perra desobediente ¿Has entendido? -Sí mi señora. -Si vuelves a abandonar la posición recibirás el doble de fustazos en el culo. Repite lo que acabo de decirte. -Que si me muevo cuando mi señora me pegue me va a dar el doble por desobediente. -Correcto, vamos allá. Prepárate. -Sí mi señora. -Ya te lo he dicho antes; tienes mucho que aprender, pero no te preocupes, yo, y mi fusta, nos ocuparemos de que aprendas deprisa !Más arriba ese culo, perra! -Sí mi señora, perdón ¿así está bien, mi señora? -Sí, mantenlo así sin moverte, perra desobediente, y vamos allá de una vez.- Puso la mano izquierda en la espalda de María, para centrar la puntería, y mirándole fijamente las nalgas temblorosas, levantó la mano derecha con la que sostenía la fusta. |
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Sadomasoquismo-8. Esta vez Pilar se contuvo un poco y el fustazo que lanzó al culo de María no fue tan fuerte como el primero. María lo aguantó relativamente bien; puso cara rara al sentir el golpe, bajó los brazos que se le habían ordenado mantener en alto, con las manos en la nuca, pero no movió sus pies del centro de la habitación. En líneas generales, esta vez mantuvo la posición. Pilar, que era una perfeccionista, sin decir nada, dejó un momento la fusta encima de la cómoda de la ropa, le agarró los dos brazos y volvió a ponerle las manos en la posición correcta. Luego le puso una mano en la barriga y con la otra le sobeteó el culo por la zona castigada. María gimoteaba. Le resbalaban gruesos lagrimones por las mejillas, pero aunque temblaba como un flan, no se movía. -Ahora te voy a dar tres seguidos, perrita. María lanzó un sollozo desconsolado por respuesta. -Arriba ese culo, vamos, bien ofrecido, sí, sí, así, muy bien, vamos allá. Pilar recuperó la fusta, se puso detrás y lanzó rápido, uno detrás de otro, los tres fustazos en la misma nalga. Esta vez María ni siquiera bajó los brazos pero no hacía más que repetir "ay, ay, ay" y lloraba. -Vamos, no es para tanto.- Pilar cambió de posición pasando al lado derecho.- Ahora sigamos con otros tres en la otra nalga.- Y volvió a pegarla. Nada. Lo aguantó bien. Pilar la chistó un poco para que no sollozara muy alto; le excitaba que llorara, pero le gustaba más que lo hiciese bajito. Volvió a meterse los dedos de cuatro en cuatro. Estaba muy calentorra. - A ver, ahora descansa un poco. Ponte de rodillas y pide perdón. Cuando te lo ordene volverás a levantarte para ponerte en la posición y seguir recibiendo el castigo. -Sí... mi señora... - María ya se había arrodillado y juntó las palmas de las manos delante del rostro, como los niños cuando rezan; miraba a Pilar desde abajo con los ojos empapados. -Perdón mi señora, le suplico que me perdone, por favor mi señora, no volverá a ocurrir, cuando usted me lo ordene me pondré las pinzas en las tetas y lo que usted quiera mi señora, pero por favor, perdóneme. Pilar estaba como una olla a presión, de pie, delante de María arrodillada y suplicante. La cogió del pelo y la puso el coño en la boca. -Cómeme el chocho, vamos, así, metiendo bien la lengua perra !Vamos! María dejó de llorar al instante y se juntó con fuerza a Pilar hundiéndole la boca en el coño y haciéndolo con una intensidad que casi le provocaba asfixia por querer meterle la lengua muy adentro. Entre su saliva, los abundantes jugos vaginales que soltaba su ama y las lágrimas que había derramado, pronto tuvo la cara empapada, pero no decía nada, simplemente besaba y lamía como una loca. Esta vez era Pilar la que temblaba, había tirado la fusta al suelo y con ambas manos se apretaba la cabeza de María contra su entrepierna. Tenía la boca abierta, la frente levantada y los ojos en blanco. Aquello duró más de diez minutos. Pilar se tambaleaba un poco, enloquecida por el placer y María arrodillada abrazaba a Pilar ansiosa a la altura del culo, hundiéndole la boca a conciencia y dando cabezazos interminables. Estiraba tanto la lengua para metérsela bien adentro que ya le dolía, pero no por eso disminuía la intensidad de los lametazos; aguantaba el dolor y seguía comiéndole el coño con la misma furia. Al final fue Pilar la que le apartó la cara; dio unos pasos hacia atrás, recogió la fusta del suelo y respiró hondo. Sudaba. -Vuelve a la posición, vamos a acabar de una vez con lo del castigo.- Era la misma perfeccionista de siempre; odiaba dejar cualquier cosa inacabada, aunque tuviese que interrumpir lo que fuese. -Sí mi señora.- Esta vez María no protestó, si siquiera lloró; simplemente se limpió la boca mojada con el brazo mientras se levantaba y se ponía como lo tenía ordenado. |
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Sadomasoquismo-9. -Así. Por fin pones bien el culo. -Gracias mi señora. -Vas a recibir seis buenos fustazos en cada nalga ¿Y te acuerdas cómo los contabas cuando te ordené que te pegaras por teléfono? -Sí mi señora. -Pues estos los contarás igual, uno a uno y dando las gracias por cada fustazo. -Sí mi señora. Pilar dio unos pasos y se situó detrás de María. Estaba soberbia sólo con los taconazos, las medias, el coño empapado y el pelo recogido en un moño con fuerza. Hizo unos movimientos de calentamiento con la mano que sujetaba la fusta; tomó aliento y comenzó. Los golpes cayeron rápido, uno detrás de otro, porque María los contaba enseguida. Luego pasó directamente a la otra nalga, sin interrupciones y lo mismo. Al terminar María jadeaba y lanzaba algún tímido "ay, ay, ay" y Pilar dedicó unos instantes a magrearle el culo castigado; estaba precioso, enrojecido por los golpes, caliente y sudoroso. Entre magreo y magreo hundía la mano por el centro de las nalgas, metiéndole un par de dedos en el coño como quien no quiere la cosa, con naturalidad, y los dedos entraban de maravilla, entraban y salían hasta el fondo, porque si Pilar tenía el coño mojado, María lo tenía más aún; lo tenía chorreando. Y por supuesto, en ese momento mantenía la posición y se dejaba hacer. -Baja los brazos y tócate las tetas. -Sí mi señora. -Ábrete de piernas. -Sí mi señora. -Guau... te entra la mano entera sin problemas. Mira, mira. Hasta el fondo la meto. Por lo menos da las gracias perrita. -Gracias mi señora, muchas gracias mi señora, y también gracias por haberme castigado mi señora, me lo merecía, mi señora. -Hum... qué culazo tienes. Cómo me gusta. -Gracias mi señora. -Voy a disfrutar mucho castigándolo. -Sí mi señora. -No sólo te azotaré para disciplinarte cuando cometas una falta; también lo haré a veces simplemente porque me apetezca, y tú tendrás que aceptarlo sin rechistar ¿Entendido? -Sí mi señora. Durante toda la conversación Pilar no paraba de magrearle el culo y meterle los dedos y hasta la mano completa en el coño. María era la que tenía ahora los ojos en blanco, mientras se apretaba con saña las tetas y temblaba, otra vez, pero ahora enloquecida por el placer. -Ahora lo que me apetece- Continuó Pilar- es tumbarte en la cama y follarte durante un buen rato. -Sí mi señora. -Pero no, se me ha hecho tarde y tengo que irme. -Oh... como guste mi señora. -Rápido, tráeme un clínex o algo así, y sécame bien el coño. Vamos. María fue a la cómoda y sacó un pañuelo blanquísimo y planchado; y con actitud amorosa, un poco arrobada, se arrodilló de nuevo ante Pilar y comenzó a limpiarle ña raja y las piernas chorreadas. Al terminar, y sin que su ama le hubiese dicho nada, María la besó el coño. -Guarda la fusta en el bolso. -Sí mi señora. -Y ahora tráeme la ropa y ayúdame a vestirme. -Sí mi señora. Mientras María la ayudaba a ponerse las bragas, Pilar la cogió de la barbilla. -No pongas esa carita triste; tranquila. Yo te llamaré enseguida y lo volveremos a repetir muy pronto. -Gracias mi señora; muchas gracias. |
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Sadomasoquismo-10. Ocho y media de la mañana en punto. Pilar acababa de entrar en su despacho. Como siempre, dejó tras de si la puerta abierta y fue directa a su sillón. Ya estaba su ordenador encendido; de eso se encargaba su secretaria, diez o quince minutos antes de que ella llegase. Tecleó su clave y todo listo. Ser la directora jefe de una empresa que se dedicaba a la creación y venta de software tenía alguna ventaja, pensó. Sacó su móvil y lo puso en el receptáculo que tenía para él encima de la mesa, y nada más ponerse los fones con micrófono en la cabeza, apareció en pantalla el primer mensaje. Sus informáticos le habían creado aquel sistema a medida; con él podía realizar todas las funciones del móvil a través del ordenador. "Mi señora, espero que haya pasado una buena noche. Mi marido acaba de irse a trabajar y ya estoy sola en casa. Si le apetece puede llamarme. Estoy deseando obedecerla mi señora, no puedo dejar de pensar en usted ni un minuto." Era María.Inmediatamente después de leerlo lo borró y se llevó la mano por debajo de la falda sin dejar de mirar la pantalla. Desde que tuvo la sesión con María estaba con un calentón tremendo; esa mañana no se había puesto bragas y se había metido en el coño un consolador de tamaño pequeño; un poco más grueso que su pulgar, que aunque tenía función de vibrador, ella utilizaba siempre sin pilar porque le resultaba desagradable el zumbido que emitía cuando entraba en funcionamiento. Se metió los dedos entre los labios húmedos del coño y sacó el consolador un poco hacia fuera, y volvió a meterlo. A sacarlo y a meterlo. Y así estuvo unos minutos mientras recordaba las caritas de dolor que ponía María cuando ella le azotaba su hermosísimo culo con forma de melocotón. La mesa de su despacho estaba cerrada por delante por una larga tabla que hacía de travesaño, con lo que nadie podía verla mientras se pajeaba, aunque la puerta permaneciera abierta y al otro lado pasara constantemente gente a un lado y otro del hall. Una llamada. Era el móvil de tema; como ella llamaba en su fuero interno al móvil que utilizaba sólo para los contactos sadomaso. Pulsó la tecla correspondiente. -¿Sí? ¿Dígame? Era martes. La revista pornográfica y de contactos "Clima" salía todos los martes, y hay, en la sección SM aparecía su anuncio. Pilar pensó que hoy recibiría muchas llamadas; ésta era sólo el principio. Era un tío, pero no le gustó nada el tono de su voz ni como se expresaba. Sonaba con un aire altivo que Pilar encontró absolutamente inadecuado para alguien que llamaba a alguien buscando un ama y ofreciéndose como esclavo. -De acuerdo; tomo nota de tus datos. Ahora estoy trabajando y te tengo que dejar, pero yo volveré a llamarte. Adiós. Nada más colgar Pilar eliminó el número de su memoria. Luego bajó el brazo y empujó el extremo que sobresalía del consolador, con la punta de sus dedos, para volverlo a dejar donde estaba, bien metido adentro, en su coño. Otra llamada. -¿Sí? Mientras escuchaba recibió además otro mensaje de María; abrió el texto en pantalla de inmediato. "La echo de menos mi señora; por favor, llámeme, o al menos, póngame un mensaje. Seré buena y obediente. Haré todo lo que me ordene. Soy su perrita mi señora." Qué encanto, pensó Pilar, y que bien sonaba eso de que la tratase siempre de usted. -... vale, sí, ya te llamo.- Volvió a despedir al nuevo contacto y también borró el número. Apenas había prestado atención, pero daba igual, eliminado. -¿Sí? ¿Dígame? Aquello no paraba. Los anuncios de ama buscando esclavo/a eran los que más llamadas recibían. El texto del anuncio se enviaba a la redacción de la revista mediante un mensaje por móvil. Y normalmente tardaba un par de semanas en publicarse. Pero para esa cuestión sus informáticos le habían hecho otro apaño de encargo; un automatismo en su agenda electrónica que enviaba automáticamente el texto que quería al número que quisiera, todas las semanas. Con lo que Pilar lo único que hacía era revisar de vez en cuando el texto, y su anuncio, aparecía siempre. El aluvión de llamadas se producía sólo los martes por la mañana, cuando salía la revista al quiosco, y los aficionados y las aficionadas al SM se lanzaban a la sección de contactos. Como siempre, en el sado, las cosas se hacían en caliente y a la primera. Nunca se le daba vueltas a nada. Lo que surgía funcionaba o simplemente no funcionaba. El tema era así. Otro mensaje de María. Se estaba poniendo nerviosa. "Mi señora; llevo el camisón que me puse la otra tarde con usted y estoy en el dormitorio, de rodillas, a los pies de la cama. Por favor señora, se lo suplico, llame usted a su perrita." Hoy todos eran tíos, los que contestaban a su anuncio, sucedía con frecuencia. Tíos solos. Había aficionados al sadomaso, sobre todo tías, y parejas, que rechazaban a priori a los tíos solos, pero Pilar no tenía prejuicios, aunque eso sí, seleccionaba con cuidado y rechazaba mucho sin piedad. Pero le funcionaba. Con bastante frecuencia solía encontrar lo que le apetecía en cada momento. Esta vez sonaba mejor; era un tío, como los demás, pero su tono de voz era agradable, cálido y se esforzaba por sonar dulce y sumiso. Decía llamarse Paco. Quizá fuese cierto. -A ver; dime tu estatura y peso aproximados, y cuéntame qué disponibilidad de tiempo tienes por si se da el caso de que yo decida que nos veamos. |
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Sadomasoquismo-11. Pilar ya le había dicho que se dirigiese a ella como "mi ama" y él lo hacía con naturalidad, sin que le costase. Probablemente tenía alguna experiencia. La tuteaba, pero nunca olvidaba lo de "mi ama", sonaba bien. Treinta años. Moreno. Uno sesenta y cinco. Setenta kilos de peso. Ligero acento andaluz y buena disponibilidad; dice ser taxista. (Parece ser que no miente aunque no da mucha información sobre si mismo; un buen comienzo). De hecho insiste en que puede acoplarse bien y sin problemas al horario que le convenga a Pilar. -¿Tienes pareja? -Sí. Tengo novio y vivimos juntos, mi ama. -¿Novio? -Soy gay mi ama. -¿Y él sabe algo de ésto? -No, ni puede saberlo, no le gusta nada este rollo. -Mejor; eso asegurará tu discreción. -Sí mi ama. -¿Y si te gustan los tíos por qué buscas un ama? -Es una fantasía que he tenido siempre y la verdad es que todavía no he conseguido hacerla realidad. Siempre he soñado en ser dominado y utilizado como un clínex por una mujer cruel, mi ama. -¿Y que te vista de puta en la intimidad? -Eso sería fantástico. Me encanta la idea, mi ama. -¿Y qué tal aguantas el dolor? ¿Has sido azotado alguna vez? -Pues me han azotado muy poco, en eso tampoco he tenido mucha suerte, pero yo creo que lo aguantaría bastante bien mi ama. -¿Estás trabajando ahora? -Sí, estoy en el taxi, mi ama. -¿Conduces hablando con el móvil? -Tengo un manos libres y no llevo ningún pasajero. Paso aquí dentro muchas horas, así que lo tengo lo más cómodo posible, mi ama. -Hablemos ahora del lugar de encuentro ¿Tienes sitio? -No, me temo que no. En mi casa no puedo porque mi pareja pasa allí casi todo el tiempo; trabaja desde casa con el ordenador, mi ama. -Bueno, no importa, ya buscaremos una solución. Paco me has dicho que te llamas ¿no es así? -Sí mi ama. -Ahora debo dejarte porque yo también estoy trabajando, pero quiero saber si estarás libre a la hora de la comida; a los dos y media. -Sí, puedes llamarme a esa hora sin problemas mi ama. Entraba su secretaria en el despacho con unos cuentos papeles en la mano. Pilar le señaló la silla para que se sentase, tenía que ver con ella unos cuantos asuntos. Por hoy ya estaba bien de contactos. Fue a apagar el móvil del tema y vio que María le había vuelto a enviar un mensaje, que todavía no había leído, y que le había hecho dos llamadas. La perrita ya había sufrido bastante, pensó Pilar, así que iba a tener que contestarla. Apagó el teléfono y miró a su secretaria. Pero lo haría después, cuando saliese del trabajo, por la tarde. |
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Sadomasoquismo-12. Aquel día fue bien en el trabajo; no hubo demasiado lío y todo pudo hacerse bajo control. Pilar salió a comer al restaurante de enfrente, como casi todos los días, a las dos en punto. Se aseguró de estar sola y aprovechó para llamar a Paco, el nuevo contacto, entre plato y plato. Fué agradable. Jugó un poco con él y al final de la conversación le exigió que le enviara una foto de su polla. Se la hizo allí mismo, donde estaba, en un lugar apartado y sin gente, dentro del taxi. Apenas salía otra cosa que el pene, pero se notaba que sí, que era cierto, que se acababa de tomar la foto en el asiento del conductor del vehículo. Pilar pensó que ese hombre apuntaba maneras; que parecía no mentir y que obedecía bien y en el acto. Quizás podría convertirle en un buen esclavo. En la foto no se había bajado los pantalones, simplemente se había abierto la bragueta y se la había sacado. Con la mano izquierda se sostenía la polla, gruesa, bien de tamaño, y muy dura, casi brillante. La otra mano, obviamente, no salía en la foto porque con la derecha sostenía el móvil con el que se autoenfocó para sacar la imagen. Aquella polla endurecida, llena de excitación, la puso más calentorra aún de lo que estaba. Cuando terminó de hablar con Paco llamó a María. Tenía el postre delante; un flan con nata. Y aunque le hubiera gustado, como las mesas del restaurante no tenían manteles que tapasen nada, no pudo llevarse la mano al coño, por debajo de la falda, sin bragas, para meter y sacar un poco la polla de goma que seguía teniendo metida ahí dentro. No importaba. Casi antes de que terminase el primer toque María descolgó el teléfono. Debía de estar ansiosa por recibir la llamada y de inmediato Pilar pudo confirmarlo. -¿Es usted mi señora?- Le temblaba la voz, su hermosa voz, femenina y un poco ronca. Estaba nerviosa, casi descontrolada, como a punto de llorar. -Sí María, soy yo. -La he llamado, mi señora, como tres veces, y la he puesto muchos mensajes durante toda la mañana.- Un sollozo.- Y no me ha contestado. -Silencio zorra. -Perdón mi señora. -Quiero verte dentro de un par de horas; a las cinco y media en punto, en el centro comercial de Las Rosas ¿Puedes? -Sí mi señora. -Sólo estaré contigo media hora o cuarenta y cinco minutos como mucho. -Entonces perfecto. Sin problemas, mi señora. -Irás sin medias y con falda por encima de las rodillas ¿Has entendido zorra? -Sí mi señora. -Llega al centro a la hora en punto y una vez allí yo te guiaré hacia mí con mensajes. -Sí mi señora. Pilar colgó, sin despedirse y sin dar más explicaciones. Le encantaban estas fases iniciales del adiestramiento de una esclava o de un esclavo. Abrumarlos con su autoritarismo, ponerles al límite de la obediencia, obligarles a consentir sin comprender nada, humillarles. Sobre todo eso. Humillación. A la gente, aunque le gustase el tema sadomaso, le costaba sumergirse en esa humildad sexual arrebatada de la dominación, pero si lo hacían a la primera y de forma casi natural y espontánea, comprendían de inmediato lo poderosamente atractivo que resultaba. Eso era lo principal, y lo que más valoraba Pilar, que en esos momentos iniciales su deseo fuese tan fuerte que les permitiese vencer los temores de la incomprensión y fuesen capaces de obedecer ciegamente. Eso la ponía a cien. Tenía las entrepiernas mojadas. Terminó el postre, pagó la cuenta y volvió a la oficina. Por suerte el final de la jornada también transcurrió tranquilo. Salió a su hora, a las cuatro y media. Sacó el coche del garaje y fue directa al centro comercial. Estaba cerca. Por eso había quedado allí. En menos de diez minutos estaba entrando en el parking del centro. El parking tenía tres plantas, cada una de ellas con las columnas y las paredes pintadas de un color diferente; la primera planta en rojo, la segunda en azul y la tercera en verde. Era, además, lunes, a comienzo de la tarde, con lo que no había demasiado público, mejor, pensó Pilar, y vio que la primera planta del parking estaba medio vacía con lo que, en las plantas inferiores, apenas debía de haber ningún vehículo aparcado. Siguió recto por los pasillos del parking, con las luces de noche dadas, hasta llegar a la rampa que daba acceso a la planta inferior. No estaban bajadas las barreras. Estupendo. Todo abierto. Así que siguió y bajó a la última, a la tercera; la planta del parking verde. Aparcó su coche en un recoveco poco visible y era exactamente como ella quería; no había nadie. Sensación de soledad absoluta. El espacio, vacío, parecía gigantesco y el ruido de sus tacones ensordecedores, penetrantes, envueltos en la resonancias húmedas de todos los subterráneos. Llegó al hall y se puso sobre la rampa automática para subir al centro. Quedaban veinte minutos para la hora. El centro a su vez tenía dos plantas; la baja, a la altura de calle, y la superior. En la primera había tiendas y los accesos al gigantesco supermercado, y en la de arriba, más tiendas, los minicines, los restaurantes y las cafeterías. La gran bóveda del centro formaba un gran espacio interior abierto que atravesaba amplias alturas. Toda la planta de arriba se abría mediante una enorme terraza circular a cuyos lados de las barandillas los diferentes bares y restaurantes ponían sus correspondientes mesas y sillas formando una sucesión cíclica de terracitas. Sentado allí, se podía ver perfectamente a toda la gente que iba y venía por la planta de abajo. Pilar lo sabía. Se fue a la terraza de un café buscando un punto de vista hacia abajo determinado y como había tan poco público, escogió a placer su asiento perspectiva. Pidió un café con leche, un baso de agua y un licor con hielo. Mientras daba el primer sorbo sacó el móvil del bolso y empezó a enviar un mensaje a María. "¿Dónde estás?" "En el centro comercial, mi señora, llegué hace diez minutos." "Dirígete al escaparate de la tienda de ropa Coronel Tappioca. Rápido." "Sí mi señora." Desde la posición que había escogido, arriba, Pilar veía abajo aquella tienda de maravilla. Enseguida apareció María. Vestía con discreción, pero muy femenina, y con la medida de la falda que se le había ordenado y sin medias. Parecía un poco nerviosa, llevaba bolso de piel y el móvil en la mano. A Pilar le gustó mucho cómo llevaba el pelo, muy negro, largo y ondulado. Estaba guapa. Y pensó que era un buen momento para saber hasta dónde era capaz de llegar. "¿Zorra?" "Ya estoy en el sitio mi señora." "¿Qué ropa interior llevas de cintura para abajo?" "Tanga negro mi señora." "Querrás decir un tanga de putón, que es lo que eres." "Sí mi señora" "A los putones les gusta que les miren el culo." "No lo sé mi señora." "Pues ya lo sabes zorra, acabo de decírtelo." "Sí mi señora." "Vamos a vernos ahora mismo en el parking; bajarás cuando yo te diga a la tercera planta, pero antes harás una cosa." "Sí mi señora. Lo que mande mi señora." "Te subirás la falda donde estás, dejando el culo totalmente visible y permanecerás así seis segundos contados muy lentamente !Obedece de inmediato puta!" Pilar vio cómo a María le dio un repentino temblor al leer el mensaje en la pantalla de su móvil. Tenía los ojos como platos y se llevó una mano a la boca. Pilar se llevó la mano al coño; estaba tan salida y chorreaba tanto que debía de estar mojando la silla. El calentón que la abrasaba subió a un punto álgido, difícil de imaginar, mientras observaba con morbosa atención a María. Pilar estaba roja, con las mejillas encendidas, como tomates. Aquel espectáculo la estaba poniendo a doscientos. María se había quedado clavada, inmóvil. Muy recta sobre sus tacones y agarrada con fuerza al bolso ¿Qué haría? Pensó Pilar y con los dedos se metió más adentro aún el consolador que tenía en el coño. Luego sacó los dos dedos empapados y se los llevó a la boca. Se los limpió con los labios y tomó la taza de café. María seguía allí, de pie, inmóvil; frente al escaparate de la tienda de ropa, como se le había ordenado, pero con la misma cara de sorpresa y sin ser capaz de mover un músculo. Ni siquiera había contestado el mensaje. Pilar dio un trago, sin dejar de mirar a su esclava petrificada, allí, en la planta de abajo ¿Qué haría? |